DERRUMBES




-Es lo que hay –dijo.
-Sí –respondió.
-¿Podíamos haber hecho algo más?
-Era muy difícil.
-¿Qué suena?
-El volcán.
-¿Ya?
-Parece.
-Cenizas…
-Cenizas.
-Algún día tenía que ser.
-Sí.
-¿Han nacido los cinco niños japoneses?
-Todavía.
-Entonces…
-Sí.
-Queda poco.
-Poco para que empiece.
-¿Será rápido?
-Tanto como quiera serlo.
-Sí.
-Ya no depende de nosotros.
-Quedarán defraudados.
-Mira.
-¿Qué?
-El volcán.
-¿Qué?
-Su furia.
-Sí.
-¿Tienes miedo?
-No.
-Ya no hay marcha atrás.
-Ya no.
-Acaríciame, antes de que termine todo.
-Mi alma.

Un día, mientras la lava de un volcán de Islandia discurría ladera abajo para caer al mar y solidificarse, la llave de un grifo muy antiguo, de aquellos con forma de estrella, ya oxidado, decidió abrirse sin el permiso de nadie, con esa sabiduría que sólo los veteranos saben y que los jóvenes no tienen en cuenta, harto de esperar la calidez de la carne, el roce de unos dedos que lo giraran. El caño despertó con un fuerte dolor en las entrañas y vomitó agua turbia por los años de tristeza y olvido dentro de las cañerías de plomo, atrapadas entre los muros de un caserón abandonado...
Aquel mismo día, a miles de kilómetros de allí, casi, casi en la Patagonia,  un libro se leyó a sí mismo y quedó satisfecho; aunque la historia, su historia, él, en definitiva, era muy triste. Abatido, comenzó a llorar porque pensaba que nunca iba a poder llorar su autocomplaciente tristeza...
Y aquel mismo día, también, una jirafa despistada empezó a comer las tiernas hojas de las copas de los árboles sin mirar adónde iba, hasta que sin darse cuenta llegó al desierto de Australia. Miró a un lado y a otro, estirando el cuello más todavía, para intentar ubicarse, pero no vio nada, sólo dos nubes que chocaban a lo lejos y una pulga que se le acercaba y que se agrandaba a cada salto, hasta convertirse en un insecto gigante y monstruoso, parecido a un canguro. Entonces, la jirafa comprendió que se había perdido, que estaba hecha de tinta y que nunca podría volver a la pluma de aquel escritor mejicano de la cual salió...
Y en otro lado del mundo, no importa cuál, una lupa descuidada quiso ver tan de cerca el sol que, absorta en su empeño, no se dio cuenta de que detrás de ella, en su retaguardia cristalina, se quemaba todo lo que tocaba el haz destructor que ella misma desprendía, y dejó yermo lo vivo, aquello donde había vivido angustiada por la inmensa percepción del mundo que tenía... Un mundo que estaba loco: tierra de pura agua, ruedas cuadradas, pinzas que no sujetaban, días sin horas y adioses de bienvenida... Realmente, aquel día fue decisivo; tanto, que los niños africanos no hicieron caso a sus ombligos abultados y comieron lo incomible, lo repugnante, lo nauseabundo. Y unos niños de Suecia tiraron sus juguetes alemanes a la basura, mientras un matrimonio japonés tuvo cinco hijos: Hosokawa, Tomiichi, Hashimoto, Koizumi y Junichiro.

Otro día, el volcán de Islandia calló para siempre y dejó de arrojar  lava, las tuberías del viejo caserón se quedaron secas de lágrimas,  el libro que se leyó a sí mismo se volvió rencoroso, la jirafa comprendió la diferencia entre un canguro y una pulga, la lupa se dio cuenta de su poder... el mismo día que el mundo loco se quedó en paz.

Arriba, mucho más arriba de donde está Dios encadenado, donde no hay nada y está todo, algo se regocijaba por el trabajo bien hecho y la última mosca de mayo nació para arreglar el mundo, sin saber que sólo tenía un día para hacerlo. Y piensa que te piensa en cómo y cuándo, la mosca murió al anochecer con el deber en el propósito, beatificada en su propia buena intención… La luz se apagó y todo quedó en nada.
La nada, harta de serlo, comenzó a dar muestras de querer ser algo, así que dio un salto y la buena intención se convirtió en propósito. La rueda fue redonda y comenzó a girar… Al pan se le llamó pan; al hombre, hombre; a esto, esto; a aquello, aquello… Hasta que un día un volcán de la extinta Islandia comenzó a rugir.

-Calla.
-¿Qué pasa?
-¿No oyes?
-¿Qué?
-El volcán.
-Ya estamos otra vez.
-Sí.
-¿Hasta cuando?
-No lo sé.
-Cenizas…
-Cenizas.


CONSANGUÍNEO: EL CHICO DE LA CÁMARA

4 comentarios:

brokemac dijo...

TE QUIERO!

Javier Arnott Álvarez dijo...

Como siempre nos llevas de un lado para otro, entre la realidad y la inquietud, entre la fantasía y la reflexión de un mundo agónico que a penas sabe hacia dónde va.

Strawberry Roan dijo...

brokemac: lo sé.

Strawberry Roan dijo...

Javier, gracias por leerme.