1) Me paso el día leyendo los anuncios breves de los periódicos. Hay algunos muy curiosos: “Señora vallisoletana sin piernas ni brazos, busca joven mozo sin piernas, pero con brazos, para empezar nueva vida. Preferible que disponga de olla exprés”. Pensé en cortarme las piernas y responderle, pero cuando estaba a punto de cortarme la segunda pierna, me di cuenta de que no tenía una olla exprés. Una pena. “Mujer ambigua, muy viajada y con barco propio, busca compañero ambiguo y con ganas de recorrer mundo, para encerrarnos en casa durante un año. Abstenerse menores de diez años”. Obviamente, no le contesté. “Caballero sin igual, busca a nadie con el que pueda compararse”. “Mujer abierta, busca alma gemela que la cierre”. “Si quieres conocer caballero augusto dispuesto a todo, no busques más, estoy detrás de ti”. “Si al levantarte cada mañana sientes que te duele el bazo, llámame”. “Auténtico turco en el amor ofrece demostración gratis”. “Soberbia soltera daría clases de buena conducta a un precio módico”. “Crucigramista consumada desearía fundar hogar”. “Busco a alguien para actividad simpática”. “Vendo o regalo mujer por cansancio, a cambio de masaje capilar”, etcétera, etcétera... Yo, ya tengo preparado el mío: “Busco gente de todo tipo a la que le guste la oca rellena. No importa sexo, ni edad”. 2) Me encanta mirarme al espejo durante horas enteras, totalmente quieto, sin pestañear, casi sin respirar. Siempre gana el de enfrente. 3) Cuando defeco, observo si el producto flota o no. Es un buen sistema para decidir cualquier duda de cualquier tipo. 4) Me gusta hacer lámparas modelo Tiffany, broches de pan tostado, fruteros de papel maché, muñecos de alcanfor, ceniceros de tela, y tarjetas de felicitación al óleo o carboncillo, que nunca obsequio y que guardo en el fondo del armario. 5) Adoro romperme las uñas con las tenacillas y las falanges de los dedos con el martillo, para luego aullar de dolor. 6) Asomado al balcón de mi casa, me pongo a mirar a toda la gente que pasa: si alguien tiene el pelo ensortijado, o es menor de siete años, tiro una maceta desde lo alto para que le rompa la cabeza, y luego me escondo y me río. Me gustan todas estas cosas, que ya se han convertido en aficiones. No podría vivir sin ellas. No podría.
AFICIÓN ANTIGUA
Siempre me ha gustado la tierra. Comer tierra. De pequeño, cuando mi madre me llevaba al parque para que me columpiara en las cadenetas y en la barca, yo prefería comer tierra. Menos mal que el pediatra le dijo a mi madre que eso era normal en los niños. Así, primero comía tierra y después jugaba con los niños a hacer castillos de arena, a las canicas o bolas, a las chapas que debían seguir el camino trazado en el suelo arenoso. Yo, todo lo hacía con la boca: los castillos de arena, lanzar la canica contra otra con la lengua, desplazar la chapa con los labios... Todo, con tal deque mi boca estuviera en contacto con la tierra. Me quedé sin amigos. No controlaba. Decían que era un cochino. Me daba igual. Yo seguí comiendo tierra sin controlarme. Hasta ahora. Al salir de casa no me persigno, sino que cojo un puñado de tierra de las macetas que adornan el portal del edificio donde vivo, y me lo meto en la boca. Si no lo hago, no salgo. He tenido algún problema con algún vecino (últimamente, con mi vecino Federico) que me ha visto comer la tierra de las macetas comunales, pero lo he mandado al carajo y punto. Dicen que soy un degenerado, y ya. Pues bueno, soy un degenerado, ¿y qué? Ayer mismo, cuando fui a la floristería a comprar tres saquitos de tierra vegetal, el dependiente me preguntó si tenía una buena terraza con plantas, pues voy cada semana a comprarle unos cuantos sacos de tierra, y cuando le dije que no, que me los comía, me miró de una manera extraña. Que se joda. Ya no voy a comprarle nunca más. Además, últimamente encuentro demasiadas lombrices de tierra en sus sacos, y a mí, lo que me gusta es la tierra, no los gusanos. Todo tipo de tierra me gusta. La tierra abertal, que se abre tiernamente, con sus grietas misteriosas. La tierra blanca o de Segovia, como astringente o aperitivo. La tierra campa, ¡kilómetros cuadrados de tierra sin un solo árbol! La tierra de batán como caramelo. La tierra de miga, tan arcillosa y sabrosa. La tierra de pan llevar, donde se siembran los cereales, tan nutritiva. La de Venecia o ancorca, dura como el turrón alicantino. Incluso la tierra vegetal, oxigenada y orgánica. A veces, quisiera morirme y que me enterraran bajo tierra para estar en contacto permanente con ella. Pudrirme con ella. Deshacerme en ella. Para siempre. Sin que nadie me moleste. Sólo yo. Yo, y nadie más.
NUEVA Y SINGULAR AFICIÓN
Hoy he deshuesado una oca. Le he abierto las patas para poder vaciarla por el ano. No es ninguna tontería, es algo muy delicado. Cuando he introducido los dedos (índice y corazón) a través del recto (proctólogo yo), he tenido una erección. ¿A partir de ahora, cada vez que quiera follar con alguien, tendré que hacerlo con los dedos metidos en el culo de una oca...? Bueno, la oca era grande, no sé cuanto pesaba, pues la vendían por pieza y no por peso. ¡Una gran oca! Me la han vendido viva. Yo he insistido en ello. He preferido jugar un poco con ella antes de matarla. Al llegar a casa la he soltado dejándola en el suelo y se ha puesto a correr como una loca. La oca loca. Parecía que supiera, la cabrona. Se ha metido en todas las habitaciones, meándose y cagándose por todos lados. Ahí ha sido cuando me he cabreado y he empezado a darle golpes con el palo de la escoba en la cabeza. ¡Toma, hijaputa, toma!, le decía. Pero ella, claro, no entendía su penosa situación y se ha puesto histérica. ¿Las ocas qué hacen: gritan, cacarean, aúllan, gruñen, berrean...? No sé, el caso es que se ha puesto a chillar como una desequilibrada. Puesto que dicen que la música tranquiliza a las fieras, he puesto un CD de Mozart. Pensé que La flauta mágica iría bien, dado el caso (¿qué caso?), pero no. Cuando la reina de la noche entonaba mi aria preferida, la de la risa, la oca subió el tono de sus gritos y yo me dije: ¡basta! ¡Ahora vas a ver...! ¿Que qué hice? ¿Alguien ha visto una oca desplumada viva? Es patético..., pero divertido. La oca, desplumada, se quedó muda. No sé si traumatizada, pero muda, por fin. Con la oca calladita en un rincón de la cocina, me dispuse a preparar el relleno: jengibre, hinojo, canela, azafrán, ciruelas pasas, todo ello, macerado en un buen coñac. La oca (desplumada) miraba muerta de miedo, cómo iba yo pesando y mezclando los ingredientes para su relleno. Cuando terminé de ¿acondicionar? lo que le iba a meter por el culo, la miré y le dije: ven. Ella, claro, no se movió. Yo insistí con un tono de voz más dulce: ven, ven, que no te voy a hacer nada... No se movió. Como vi que se resistía, desistí yo también: la deshuesaría viva y punto... Creo que al final murió de vergüenza, o del susto, o... no sé. El caso es que no soportó ser sodomizada. No lo entiendo, seguro que se pasó la vida poniendo huevos mucho más grandes que el diámetro de mis dos dedos. Nunca imaginé que deshuesar una oca por el ano fuera tan sencillo, siempre que se tengan los utensilios adecuados. Lo primero que he hecho es cortar de un tajo el cuello por el coracoides, y las patas por el tarso: la cabeza y los pies han quedado separados del cuerpo central. Después, con la oca bocabajo, he separado las tibias para dejar más espacio libre a la salida de los huesos, y he metido los dedos por el ano para inspeccionar y tener una idea más clara de lo que había por ahí dentro (ha sido cuando he tenido la erección, arriba mencionada). Lo primero que he encontrado ha sido el pigostillo, que son los huesos que están pegados a la pelvis y al fémur. Sin pensarlo dos veces, he tirado de ellos para ver qué pasaba. Parecía que la oca tomaba vida otra vez, pero no, sólo era el movimiento involuntario de su carne al mover sus huesos por dentro. Tras un momento de duda comprendí que nunca podría sacar los huesos de la oca por el ano de aquella manera, pues estaban todos unidos y el conjunto era demasiado grande para poder sacarlo por un orificio tan pequeño. Así no. Imposible. Pero pensando, pensando... Cogí un mazo y golpeé a la oca por todo el cuerpo: tenía que romper sus huesos para poder sacarlos con mayor facilidad. Y así fue: todos iban saliendo gracias a mi paciencia y buen hacer. La caja torácica salió sin ningún tipo de complicación. Poco a poco, a trocitos. Todo el proceso me llevó dos horas. Dos horas extrañamente perturbadoras y hermosas. A todo ello, yo seguía con la erección. Incluso, cuando llegó el momento de rellenar la oca (procedimiento mucho más fácil que el deshuesado), yo seguía caliente. Por eso, antes de meter la oca en el horno, tuve un affaire con ella. Fue perfecto. Yo diría que sublime. Una sensación nueva a la que tendría que prestar atención más adelante (¿se convertiría en una nueva afición?). Cuando llegó el momento de éxtasis, lo pensé... De verdad que lo pensé: ¿sigo o no? Era tanto el placer, que seguí. No pude parar. Un ingrediente más se uniría al relleno... ¡Mis invitados a la cena no notarían la diferencia! Estoy muy contento de haber encontrado una nueva afición. Aparte de aportarme una necesaria vida social que últimamente tenía olvidada. No debo estar solo. Cada día una cena, una reunión: una sopita, unos bombones rellenos de... licor, una buena copa con sus cubitos de... hielo, un buen café con... ¿leche?
CUATRO MUNDOS NUEVOS
La afición a deshuesar ocas ha producido, indirectamente, otras no menos singulares: 1) la de hacer cojines una vez desplumado el animal. Cojines grandes, pequeños, medianos, de seda, de raso, de algodón salvaje, triangulares, redondos, cuadrados o en forma de trapecio... 2) Hacer caldos de ave con sus huesos, que hierven durante largas horas en las tardes de domingo... 3) Crear lienzos abstractos con sus vísceras... 4) Recoger perritos abandonados de las calles... Me explico: una vez sodomizada y cocinada la oca, ¿qué hacía con sus despojos?... A veces pienso que no merezco tanta felicidad, tanta dicha causada por mis aficiones, pero quién sabe si Dios existe y me obsequia con simpáticas ocupaciones, que yo hago con aplicada pasión... Una vez, el vecino de enfrente me dijo que yo era raro y que en ocasiones le daba miedo. ¡Hipócrita! Recuerdo el día que lo vi en el cuarto de baño de su casa frente al espejo, desnudo y espatarrado, con una cubitera repleta de hielo. Yo estaba peinándome, a punto de salir de casa para ir a la granja a comprar una oca, cuando oí unos gemidos extraños. Apagué la luz y observé por la ventanilla (que, mira tú por dónde, está frente a la de mi vecino). ¡Se metía cubitos de hielo por el culo! Después, esperaba unos minutos y los expulsaba ya licuados, extasiado y sollozando de placer. ¡Eso es raro, no yo! Si hubiese sido en verano, en pleno mes de agosto, lo entendería, lo vería lógico, pero introducirse cubitos de hielo en pleno invierno, es de locos. Mi vecino Federico, (¿Federico on the rocks…?) No, yo no soy raro, ¡no señor! ¿Qué tiene de raro hacer cojines con pluma de oca, o hacer sopa de ave, o plasmar en lienzos mis emociones, o recoger perritos abandonados?
COJINES
Una vez enculada y guisada la oca, ¿qué podría hacer con sus plumas? Evidentemente, cojines. Me gusta hacerlos, sobre todo, en forma de estrella de cinco puntas. Son los más difíciles, pero los que me dan mayor satisfacción una vez terminados. Primero, dibujo dos estrellas en dos piezas de tela. Una en cada trozo. No es nada fácil, no. Una estrella de cinco puntas bien hecha tiene su intríngulis. Como en un principio no me salían, tuve que recurrir a mi vecino Federico, que es matemático (aparte de raro). Al principio, no quería prestarme un libro de trigonometría, por lo que tuve que acudir al bajo instinto del chantaje. Le dije: “o me prestas el mejor libro de trigonometría que tengas o en la próxima reunión de la comunidad digo que te metes cubitos de hielo por el culo. Tengo pruebas; lo he grabado con mi cámara de vídeo.” Y me fui a mi casa a esperar los dos minutos escasos que tardó en traerme no uno, sino cinco libros de trigonometría y un curioso y sesudo tratado sobre el tema, titulado: “Trigonometría de los tres tristes tigres” (¡Ay, Guy yermo de cabras e infantes!) Ahora, dibujo unas estrellas de cinco puntas perfectas para mis cojines de pluma de oca. En pocos meses, hice cientos de cojines de todas clases. La casa se me llenó de cojines, por lo que tuve que empezar a regalarlos. No hay biblioteca, geriátrico o sala de espera en toda la ciudad, que no tenga uno de mis cojines de pluma de oca. Son cómodos y originales. Tuvieron tanto éxito que tuve que patentarlos, y ahora, Zorra Home quiere hablar conmigo y llegar a un acuerdo para su comercialización a gran escala por todo el mundo. Pero yo no quiero. Mi afición a hacer cojines con pluma de oca no es lucrativa. Es un acto de amor, un pasatiempo, un no tirar plumas de oca al viento. Hay que aprovecharlas y punto. Como los huesos...
SOPAS
Un día, cuando la oca estuvo deshuesada, follada y asada, me dije: si se hacen caldos de pollo, se podrán hacer también de oca. Así fue como empezó mi afición a los caldos de oca. Me salen riquísimos. En una cacerola pongo dos litros de agua fría, los huesos de la oca, una cebolla partida en dos, abundante apio, tres zanahorias medianas que le pido a mi vecino Federico (que siempre tiene, no sé porqué, aunque empiezo a sospechar), y un pellizco de sal. Lo dejo cocer todo una hora y media a fuego mediano. Después, saco los huesos de la oca, pero no los tiro, pues me servirán para otra afición que me embauca sobremanera y que más adelante contaré... Aparte, en una sartén, pongo aceite y un trozo de mantequilla a calentar: añado harina y leche (he dicho leche) sin dejar de remover con la varilla hasta que tengo lista una bechamel (he dicho bechamel), que añadiré licuada junto con la zanahoria y el apio previamente colados al caldo de oca. Al final, una vez apartado el caldo, deslío una yema de huevo (a ser posible de oca) en él, pero con cuidado que no hierva, pues la yema no tiene que cuajar. Escupo tres o cuatro veces en la olla, y ¡ya está lista para tomar! Yo... no la pruebo. Yo sólo como tierra como creo recordar que os he dicho alguna vez; pero a mis amigos les encanta. Ellos no conocen mi toque final... Reconozco que es una pequeña travesura mía. Travesura, no perversión. Para perversión la de mi vecino Federico. Además, son tan gratos los domingos por la tarde en los que preparo el caldo y siento su olor impregnado por toda la casa mientras lanzo vísceras de oca contra el lienzo.
LIENZOS
Cuando ya pensaba que las ocas no daban más de sí, descubrí, de pronto, que sí, que todavía había más por hacer. Hasta el momento, una vez que había hecho el amor (queda claro que no es ninguna perversión: hacer el amor) con la oca y se horneaba, rellena, poco a poco en mi horno, yo tiraba sus vísceras a la basura. Pensaba que no servían para nada. Pero no fue así. Una nueva afición se estaba gestando sin yo saberlo: cuando un día, un trozo de hígado cayó al suelo blanco (de mármol impoluto) de la cocina y vi aquella masa informe desparramada bajo mis pies, quedé maravillado. Exaltado, comprobé que una nueva afición se imponía: ¿qué pasaría si, en vez del suelo, el destino de la casquería ocal fuera lanzado contra un lienzo desde diferentes posiciones espaciales y a velocidades alternativas? Al día siguiente, compré un lienzo de dimensiones considerables (tres por cuatro metros) y lo dispuse recostado en la pared más grande de mi salón. Lo primero que lancé fue un riñón, que estalló en la tela en tonos marrones y lilas. Quedé maravillado, imposible explicar lo que sentí ante el impacto visual que, de pronto, se ofrecía ante mis ojos. Sin pensarlo (era mi primer cuadro y no tenía experiencia, no me controlaba), cogí el hígado que yacía, viscoso, en una bandeja junto al resto de la casquería y lo reventé contra el lienzo, que cambiaba de vida a cada explosión de color visceral. Viendo que mi obra necesitaba un rojo intenso en la esquina superior derecha, lancé con furia el corazón. Quedó magnífico, quizás algo ostentoso, pero justo donde yo quería. La lengua y las patas quedaron fijadas en la parte inferior del cuadro, oportunas y eficaces. Las mollejas, justo en el centro, como corales extraños que daban un toque marino y ambiguo a la obra. Los ojos estallaron en el borde izquierdo del tapiz, creando una atmósfera inquietante y a la vez graciosa. Y, por último, dispuse los sesos triturados sobre la tela para que fueran escurriéndose, a ver qué pasaba. Esa noche casi no dormí. Me levantaba a cada rato de la cama e iba al salón para observar cómo iban deslizándose los sesos en mi obra de arte. Hipnotizado, quedé dormido en el suelo del salón, mientras miraba embelesado el discurrir lento y viscoso, caracolil, de los sesos entre la demás casquería plasmada sobre la tela. Ese fue mi primer cuadro. Ahora, después de haber hecho cientos de ellos, se pueden observar en distintas galerías de arte, y están muy cotizados. Tengo un prestigio. Un reconocimiento. Pero, que estén muy cotizados, no quiere decir que los venda. Son míos. Míos y de nadie más. No hago cuadros para enriquecerme. Es una afición. Una de tantas, y no la comparto. Mi vecino Federico dice que soy raro, que no es normal que no venda mis cuadros que valen millones. Yo le digo que más anómalo es meterse cubitos por el culo en pleno invierno. Él se enfada y deja de hablarme durante un par de semanas, y yo, lejos de preocuparme por ello, aprovecho y encuentro nuevas aficiones. Como la de recoger perritos abandonados por la calle.
PERRITOS
Mira, Federico, le dije un día a mi vecino, no pienso darte dos pepinos grandes, ni un poco de sal, que sé cómo eres y cómo las gastas; además, no soy tonto, y sé que la sal es para despistarme. Y le cerré la puerta en las narices. Desde entonces no me habla, pero no me importa, pues gracias a él he encontrado otra afición. Cuando me siento solo, salgo a la calle y recojo un perrito abandonado. Me da igual la raza. Conque quiera venir conmigo, me basta. Yo no lo obligo. ¿Que por qué esta nueva afición? Pues para ver cómo roen los huesos que han servido para el caldo de oca (que previamente ha sido dada por culo, rellenada y dorada lentamente en el horno) y que por supuesto, no he tirado, sino que he guardado en la nevera después de su cocción, ya que nunca se sabe qué nueva afición puede acontecer. Y es que es una delicia entrañable ver cómo roen y juguetean los perritos con el hueso antes de atragantarse con ellos. Ya se sabe que estos huesos no son los más adecuados para que los coman los perros, pero ellos parecen no saberlo. Mucha gente pensará que esto es una perversión. Nada más lejos. No. Antes de que les pase algo malo por estas incívicas calles de Dios, yo los recojo, los acaricio y les doy algo que comer. Para perversión, la de mi vecino Federico. Algún día acabará mal.
CONCLUSIÓN
Me levanto de la cama a las siete de la mañana. Me lavo la cara, las manos, y el glande después de orinar. Voy a la cocina y me preparo un buen tazón de tierra vegetal para desayunar. Desayuno en pijama si es invierno o desnudo si es verano. Después, me visto y me peino (con raya al lado) y salgo a la calle contento. Voy al parking donde tengo mi moto (dos calles más abajo). La arranco normalmente a la primera, y voy hacia la granja donde compro siempre las ocas. El dueño de la granja me saluda efusivamente (soy una mina para él). Pongo la oca dentro del ¿cofre? de la moto. La oca chilla: no comprende esa oscuridad, ni esa compresión. A la vuelta, antes de subir a casa con mi oca, compro el periódico en el quiosco del barrio. El quiosquero, en vez de coger el dinero que vale el periódico y callarse, me pregunta: ¿otra oca? Yo ni le respondo. Espero el cambio (si lo hubiera), doy media vuelta y voy directo a mi casa con la oca (que no para de moverse) en brazos y que es motivo goloso de algún perro callejero que no deja de mirarla y que a la menor oportunidad le hincaría el diente. Me apiado de él (del perro) y lo invito a casa. Al llegar, dejo a la oca en el suelo, y al momento se pone a correr. Cojo al perro para que no vaya tras la oca, y le acaricio suavemente la cabeza y el lomo. El perro, agradecido, me lame la mano cariñosamente y se calma. Mientras la oca corre aterrorizada por toda la casa, yo leo tranquilamente los anuncios clasificados del periódico junto a mi nuevo amigo canino, que me mira ufano y satisfecho. Tomo un aperitivo de tierra de Segovia mientras leo y subrayo los anuncios que me parecen interesantes, tipo: “alquilo pasapurés antiguo a persona decente”, o “pies de cerdo, vendería a persona inspirada”. A eso de las dos de la tarde, deshueso y relleno la oca como ya he explicado más arriba y la meto en el horno. Aparto los huesos y las vísceras para posteriores aficiones. De hecho, mientras la oca se tuesta en el horno, aprovecho y hago el caldo de oca (ver el apartado sopas) y comienzo a lanzar las vísceras contra el lienzo (ver apartado lienzos.) El perro observa estupefacto mis lanzamientos de casquería sobre un cojín de pluma de oca (ver apartado cojines) que yo mismo he hecho días atrás. Con mi obra de arte (perturbadora, precisa e inquietante, según los críticos) a medio terminar, cuelo el caldo para entresacar los huesos de oca y apago el horno. Los pongo en un plato y llamo al perro (ver apartado perritos). Viene moviendo la colita (si la tiene), me mira expectante reprimiendo un ladrido. Entretanto, yo mantengo el plato de huesos en mi mano y observo cómo va poniéndose cada vez más nervioso. Cuando el perrito dice guau o empieza a saltar intentando llegar hasta la pitanza, poso el plato en el suelo para que empiece a corroer los huesos. Durante unos segundos o minutos (depende del caso), observo detenidamente al perro que ni me hace caso mientras come. Hasta que: ¡oh!, se le atraviesa un hueso fino de oca en la garganta o en el cuello, y muere. El tiempo de agonía varía según el hueso y el lugar en donde se haya obstruido (de tres minutos a cuatro horas, por el momento). Meto al perro en una bolsa de basura perfumada. Bajo y lo tiro al container más cercano y vuelvo a subir a mi casa para terminar de preparar el caldo, y sacar la oca del horno. Después, culmino el cuadro lanzando las últimas vísceras. Si no tengo invitados, ceno solo en la cocina algo de tierra de pan llevar o de batán. Antes de irme a dormir, no siempre, aunque cada vez más, observo a través de la ventanilla del cuarto de baño y a oscuras a mi vecino Federico. Seguidamente, me voy a dormir y sueño con nuevas aficiones.
A las 10:45 horas, Camila De Souza e Mello sale de la floristería La Fleur du jour con un ramo de de flores variadas [foto 6, carrete 3].Aprieta el ramo contra su pecho, huele las flores y después mira al cielo. Hace un día espléndido, radiante. Mientras intenta abrir el parasol para proteger su fina y blanca piel, el ramo de flores cae al suelo [foto 7, carrete 3]. Stephan de la Gueroniert, que casualmente pasa frente a la floristería, se apresura a recoger las flores del suelo para seguidamente ofrecérselo a la señorita De Souza, la cual agradece la atención bajando ligeramente la cabeza [foto 8, carrete 3]. Se establece entre ellos una corta conversación de no más de diez segundos. Después, cada uno camina en sentido contrario.
Hoy, a las 19:15, horas se ha encontrado el cuerpo sin vida de Eduardo Souto de Moura, reconocido comerciante de telas florentinas, bajo la hojarasca y ramas secas del bosque, al noreste de la región. Su cuerpo ha sido trasladado al Hospital Viana do Castello. Estamos a la espera de los resultados de la autopsia...
Leo en los periódicos que ha desaparecido otro niño...
Causa de la muerte del hombre (todavía sin identificar) encontrado hace una semana en el Parque Santarém: desconocida.
La bella Camila De Souza e Mello sale de la floristería Los Jardines de Babilonia a las 09:30 horas con un ramo de rosas rojas [foto 9, carrete 3]. Antes de bajar el escalón que separala puerta de la floristería de la acera, mira hacia el cielo azul. Hace un día radiante. Abre el parasol, baja el escalón como lo haría una gacela y el ramo de rosas cae al suelo [foto 10, carrete 3]. Joao Pessoa, que casualmente pasaba por allí, recoge las rosas rojas del pavimento y lo devuelve a Camila De Souza. Ella, aparentemente ruborizada, oculta una leve sonrisa tras el ramo y da las gracias con una grácil inclinación, que pareciera de otra época [foto 11, carrete 3]. Hablan unos segundos, once o doce a lo sumo. Al despedirse, ella ofrece su mano y él la besa [foto 12, carrete 3]. Siguen caminos separados.
Hoy, al amanecer, concretamente a las 05:10 horas, se ha encontrado el cuerpo sin vida de Stephan de la Gueroniert, reputado notario sin mácula y querido por todos. El cuerpo, sin aparente signo de violencia, se trasladó al Hospital Viana do Castello, donde se le practicará la consiguiente autopsia...
Ayer desapareció otro niño...
Causa de la muerte de Eduardo Souto de Moura: desconocida.
Son las 11:15 horas y la bella, dulce y admirable Camila De Souza e Mello camina por el bulevar elegantemente. Lleva el parasol cerrado, pues algunas nubes ocultan el Sol y amenazan tormenta; además, el aire es fresco, más de lo normal para estas fechas. En cambio, utiliza el parasol como si fuera un fino bastón, e igual que si estuviera bordando, pespuntea el cemento del suelo a cada paso que dan sus delicados pies [foto 13, carrete 3]. Se detiene ante la floristería La Follie Verte [foto 14, carrete 3].No entra, parece dudar. Empiezan a caer las primeras gotas de lluvia; es entonces cuando se decide y entra en la floristería. Al cabo de unos minutos, la señorita De Souza e Mello sale de la floristería con un gran ramo de capullitos de alhelíes [foto 15, carrete 3]. La garúa ha parado y las nubes van despegándose unas de otras. La calle está desierta. Parece que ella espera algo, no sé qué. Mira a un lado y otro de la calle: nada. Da un taconazo en el suelo (¿de rabia, de impaciencia?) [foto 16, carrete 3] y comienza a caminar justo cuando dobla la esquina Gonçalo Braga e Freitas. Camila De Souza e Mello aminora la marcha; tanto, que queda inmóvil sobre la calzada, acaricia delicadamente una de sus mejillas, en lo que pareciera ser un síntoma antes del desmayo. De su brazo se desliza poco a poco el ramo de flores, hasta que, por fin, cae al suelo [foto 17, carrete 3]. Los capullitos de alhelíes quedan esparcidos en la acera. El señor Braga e Freitas pasa de largo y sigue caminando sin inmutarse. Camila se tapa la boca con ambas manos y emite un pequeño quejido ahogado, mientras cae al suelo, también, sobre las flores [foto 18, carrete 3]. Gonçalo Braga gira la cabeza y vuelve sobre sus pasos. La ayuda a levantarse [foto 19, carrete 3], recoge los capullitos de alhelíes [foto 20, carrete 3] y los devuelve a las manos de Camila [foto 21, carrete 3]. Ella parece ruborizada y, mientras con una mano sujeta el ramo de flores, con la otra se da aire con un abanico japonés [foto 22, carrete 3]. Entre la señorita De Souza y el señor Braga e Freitas se entabla una corta conversación de no más de dos minutos, en la que ella gesticula afectadamente [foto 23, carrete 3] y él permanece estático e impasible ante los mohines y aspavientos (extrañamente elegantes y persuasivos) de Camila. Al despedirse [foto 24, carrete 3], Gonçalo Braga e Freitas levanta ligeramente su sombrero de la cabeza y Camila de Souza e Mello hace una tímida genuflexión con la mano en el pecho. Cada uno sigue por caminos distintos.
Hoy, a mediodía, a las 12:50 horas, se ha encontrado el cadáver de Joao Pessoa, conocido almirante naval de nuestra ciudad, bajo la escalinata Beja do Braganza, situada en la calle con mismo nombre. Dentro de cuatro días, conoceremos los resultados de la autopsia que, como la de los demás cuerpos encontrados durante el último mes, se realizará en el Hospital Viana do Castello...
Desaparece otro niño...
Causa de la muerte de Stephan de la Gueroniert: desconocida.
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Tras certificar que todos los hombres que han estado en contacto con la señorita Camila De Souza e Mello, tras las visitas de ésta a las diferentes floristerías de la ciudad, han fallecido, he decidido buscar y retener en la comisaría al señor Gonçalo Braga e Freitas, antes de que sea demasiado tarde...
Al llegar a su casa, se ha confesado culpable...
Las casualidades vienen cuando menos te lo esperas. Sin quererlo, he resuelto el caso de los niños perdidos [Caso 634, estantería 9, G-12].
Igualmente, he creído conveniente tomarle declaración y preguntarle sobre la señorita Camila De Souza e Mello. Es la confesión increíble y atroz de un hombre trastornado:
[Grabación 938, estantería 45, S-5: Confesión del señor Gonçalo Braga e Freitas]
“Comencé... Comencé arrancándome con los dientes el pellejo de los pulgares y, después de un tiempo, ya tenía el cuerpo de un niño en el congelador...
Me gustaba desangrarlos antes de comer el cuerpo; los colgaba de los tobillos, a veces aún vivos, en un gancho de carnicería, como a las reses, con los antebrazos abiertos en canal, hasta que el corazón se detenía...
No me importa el sexo...
Salir de caza no es algo cotidiano, un cuerpo puede durar en el congelador hasta tres meses o más, antes de ponerse demasiado tieso o insípido; luego, salgo a la calle y elijo otra víctima, la estudio, tomo notas de sus hábitos, de cuándo salen del colegio, de cuándo están solos... Cuando el ataque es seguro, no hay forma de escapar, la cacería, como la llamo yo, es fulminante...
Conseguí una pistola de aire, de las que se usan en los mataderos para sacrificar a los cerdos; en la televisión dijeron que el estrés liberaba toxinas en los músculos en el momento de la muerte, y eso afecta a su sabor. Por eso compré la pistola de aire... Al principio, necesitaba disparar dos o tres veces, pero con la práctica, con una solo bastaba...
La otra noche abrí la nevera y sólo hallé un pedazo de hígado apelmazado... Entonces, me acordé de la invitación que me hizo la señorita Camila De Souza para ir a su casa, el día en que la ayudé frente a la floristería. Siempre han sido niños, pero ella me pareció ideal para cambiar la edad de mis víctimas. Ella es muy bella... Fui a su casa con la pistola de aire comprimido... Cuando me abrió la puerta, fingió sorprenderse. Ahora sé que fingió... en aquel momento, todo me pareció normal... Me hizo pasar al salón y tomar asiento. Me ofreció un licor, no sé cual, pues no lo probé, en un vasito diminuto. Observé que el salón estaba lleno de jarrones con flores marchitas, algunas muy secas; sólo uno de los búcaros contenía flores frescas. Había un olor rancio... Ella estaba sentada frente a mí, en un sillón de orejeras rojo, sin hablar, con la copita de licor entre sus manos reposadas en el regazo. De vez en cuando bebía pequeños sorbitos. No hablábamos; simplemente bajábamos la cabeza cuando nuestras miradas se cruzaban... Su cabello parecía prenderse en el respaldo del sillón, igual que la hiedra en una pared. El olor de flores mustias me revolvió el estómago... Hubo un momento en que ella cerró los ojos, como si esperase a que yo la besara... Del bolsillo interior de mi americana saqué la pistola de aire comprimido y le disparé entre ceja y ceja... Me levanté del sofá en el que estuve sentado todo el tiempo y me acerqué a ella... Pensé en seguir con la rutina de preparar, por así decirlo, el cuerpo allí mismo. Al cortar sus antebrazos con el bisturí, no brotó ni una gota de sangre. Extrañado, sacudí con fuerza su cuerpo: nada. Empecé a acuchillarla por todo el cuerpo, cara, piernas, vientre, manos... produciendo pequeños tasajos. En el momento en que estaba a punto de sesgar su cabeza, unas manos heridas detuvieron el vuelo del metal. Los ojos de Camila De Souza e Mello se abrieron y entendí instantáneamente el significado de la frase “quedarse congelado”. El bisturí cayó al suelo. Cuando vi levantarse su cuerpo del sillón y su cabello se desprendía del terciopelo rojo, creí perder la razón... Aquel ser lacerado, aquella bestia desnuda se acercó a mí y me golpeó en el pecho con los puños; después, recogió el bisturí del suelo y cortó un trozo de su propia carne. Me abrió la boca y metió el trozo de piel y músculo hasta donde alcanzaron sus dedos, obligándome a tragar... Mientras la vida se me iba, pude observar que el único ramo de flores frescas que había en el salón iba marchitándose poco a poco, tan lentamente como iba yo muriendo...
Después, al día siguiente, creo yo, me desperté con fuertes convulsiones. Lo primero que vi fue a la señorita Camila, intacta, sin una sola herida, que me dijo: Gonçalo, ahora yo te enseñaré a cazar como se debe...
Ya no sé nada más, no la he vuelto a ver... Todo esto fue hace dos días.”
[Fin de la confesión del señor Gonçalo Braga e Freitas]
*****
Hace más de un año que se cerró el caso 711 (estantería 10, H-9), conocido como Caso de las Flores o Caso Camila,debido a la desaparición de la señorita Camila De Souza e Mello. Esta mañana abro el periódico y leo que, desde hace unos meses, aparecen en París los cuerpos sin vida de varios hombres respetables a los que se les relaciona con una tal Camille, amante de las flores... Me pregunto si debo abrir de nuevo el caso u ofrecer mis notas a las comisarías francesas... Todavía pienso en Gonçalo Braga e Freitas. ¿Debería visitarlo al Psiquiátrico Almeida Cardoso?
Tengo un cuchillo en las manos… Estoy tan triste... Los oigo hablar todas las noches. Y no debería oírlos, pues están muertos. Ellos están vivos en el mismo sentido en que un naipe está vivo. Están paralizados. No pueden moverse. O no quieren moverse... Se quejan. Sus lágrimas están atascadas en sus ojos. Sus gargantas están llenas de piedras secas. Pero esto no es lo que cuenta. Lo que cuenta, esencialmente, es la locura que poco a poco invade el alma; eso, y el sonido sordo de las larvas corroyendo la madera de los marcos que circundan sus cuerpos inmóviles, los gusanos arrastrándose por el interior, comiéndose la poca vida que subyace, rectangular, en las vetas del roble y la caoba de los marcos tallados de los dos espejos que cuelgan en el salón… Y llega la noche. Cada día, la noche se espesa, maligna, y el aire se llena de locura. Y todas, todas las noches, sus imágenes reflejadas lloran su propia muerte. Parecen silenciosos, pero hablan en susurros, como si tuviesen miedo. Y quizás lo tienen. Como yo. Sus palabras fluyen en la oscuridad de la noche. Sobre los remolinos de maldad que giran en la casa, nutren su dolor en conversaciones vacuas. Sus palabras, livianas, como sonidos hechos con plumas, conmueven las rancias paredes. Los oigo hablar y están muertos.
-Debe ser verano -dice él desde uno de los espejos.
-¿Por qué? –pregunta ella desde el otro.
-¿No oyes cómo estallan los higos…? Están llenos de vida y, de pronto, llega la muerte y los revienta.
-Como a nosotros.
-Sí, como a nosotros…
El amanecer tapona sus gargantas, que permanecen calladas hasta que vuelve, otra vez, la noche. Pues sus voces sólo pueden oírse entre el reptar de las criaturas nocturnas.Y es por eso por lo que creo que muchos espíritus gritan en la noche, tras la agonía de tragarse sus propias palabras durante el día. En las oscuras noches vomitan desesperadamente los pensamientos detenidos y coagulados durante el lento pasar del Sol en el cielo. Con o sin Luna, con estrellas o sin ellas, liberan sus tormentos, en el rumor silencioso de las tinieblas… Y los oigo hablar cada noche a pesar de que están muertos.
-El moho nos corroe...
-Corroe el cristal.
-Yo ya no tengo ojos.
-¡No quiero, no quiero!
-Primero era un picorcillo, pero ahora me duele.
-No es más que el moho que carcome tu ojo.
-¡No quiero!
-No pasa nada; ya estamos muertos.
-Si estamos muertos, ¿por qué vemos? ¿Por qué oímos? Y lo que es peor, ¿por qué sentimos?
Y se callan, mientras el moho avanza por el cristal, extendiéndose, creando vida en la muerte de sus retratos reflejados, en un ciclo inevitable de terrible hermosura… Y vuelve el amanecer... Y vuelve la noche y los oigo hablar.
¡Qué tristeza! Como un enorme telar de miedo, el moho teje, inexorable, el paso del tiempo, hasta que un día sus imágenes desaparecerán para siempre bajo el manto verdoso. Decido cerrar las persianas para que puedan seguir hablando en la oscuridad…
***
A veces veo al hombre triste reflejado en la hoja del cuchillo. Me persigue, me lo encuentro en todas partes, siempre me está mirando. No sé por qué me odia ni por qué quiere hacerme daño ni quien es ni qué es lo que le he hecho. Pero no puede entrar en casa, las persianas están bajadas, aquí no puede verme; por eso siempre estoy en casa, aquí no puede hacerme nada. El hombre triste me espera fuera, de día, de noche nunca se aleja... A veces miro entre las rendijas de las persianas bajadas y no lo veo, pero sé que está ahí. Alguna vez salgo con mucho cuidado y sin hacer ruido. Ya nadie trae comida y tengo que salir yo. Ella ya no está. Quizás ha sido ella la que ha enviado al hombre triste; le hice daño y ella se fue. Pero eso no le basta, quiere que sufra. Quiere que yo sufra mucho. Por eso está él ahí afuera, esperándome. Por eso me persigue y no me deja en paz. A veces lo veo reflejado en la hoja del cuchillo. Pero en casa no puede entrar. Las luces están apagadas; todo está oscuro. No puede entrar. Estoy a salvo del hombre triste. Él quiere que muera. Ella es la culpable. Ella es la razón... Sólo él sabe que yo la maté; nadie más lo sabe, sólo él y por eso me persigue... También el otro está muerto... Pero eso no le importa al hombre triste. Quizás debería decírselo, hablarle del otro. Debería decirle: estáis enterrados juntos, los dos en el jardín, uno encima de otro, tal y como os encontré. Tendría que contárselo al hombre triste, pero me da miedo oír su voz... Él sólo desea mi muerte, sólo piensa en eso... Pero en casa no puede entrar. No puede. Las ventanas y las puertas están cerradas, las persianas están bajadas; todo está a oscuras, las luces están apagadas. Nunca hablo para no hacer ruido. No quiero que él me oiga. ¿Estará siempre vigilándome? Quizás se aburra y se vaya algún día. No hablo, permanezco callado. Sólo hablo cuando las otras voces se confunden con la mía. Son voces horribles... El hombre triste está fuera esperándome. Ya no lo puedo aguantar más. Ya no puedo. Estoy harto de verlo reflejado en la hoja del cuchillo. Pero en casa no puede entrar. En la casa no hay espejos porque todo está oscuro. No hay nada, sólo oscuridad. Mis manos aprietan el cuchillo con fuerza. En la casa no hay espejos, no pueden verme... En la oscuridad no hay espejos, no hay nada…
***
Oigo un quejido que interrumpe mi sueño en medio de la noche. Al abrir los ojos no veo nada. Sé que la puerta de la habitación está abierta. Y sé que el murmullo que me ha despertado proviene del largo pasillo oculto en la penumbra. Me incorporo de la cama intentando que los muelles del colchón no hagan el menor ruido, cojo el cuchillo que tengo bajo la almohada y ando a tientas entre la sombras de la noche. Cauto y sigiloso, me dispongo a recorrer el pasillo intentando discernir en la negrura cualquier sombra agazapada, algún ente suspicaz que haya decidido que afloren mis más ocultos temores nocturnos. Pero, con férrea voluntad, avanzo con paso firme y lento, sin encender la luz, para no demostrar que en el fondo sí que siento el frío aguijón del miedo atravesando mi espalda.
Curiosamente, el sonido no cesa, lo que pone en evidencia que no ha sido fruto de mi imaginación. Se vuelve más audible a medida que recorro los escasos metros que me separan de la última puerta del pasillo, la que da al salón. Quizás la última puerta que haya de atravesar en la vida. Temeroso, me detengo. Escruto la oscuridad con las manos. Nada. Intento descifrar la procedencia de la voz, su situación exacta, sea de este mundo o de los abismos tenebrosos que se extienden más allá del orbe de los vivos. Comienzo a andar de nuevo, lentamente. De pronto, dos fuertes golpes, secos y atronadores, hacen que me detenga. El miedo deja escapar un pequeño alarido de mi garganta, que evidencia mi debilidad a oídos de la criatura que se oculta tras la última puerta, en el salón frente al cual ahora me encuentro. Estoy sudando. Todo mi cuerpo tiembla. Una mano agarra el pomo de la puerta, la otra empuña el cuchillo. Espero... Espero y no pasa nada. Ahora hay un silencio sepulcral. Pienso que lo que fuese que estuviera tras la puerta del salón, quizás haya decidido abandonar y haya vuelto a su mundo de tinieblas... Pero no me fío y grito:
-¡No te ocultes tras el silencio! ¡Sé que estás ahí! Sé que esperas que regrese a la cama para arrebatarme el alma. ¡Sal! ¡Muéstrate! –le reto.
-Entra tú -replica tras la puerta lo que quiera que sea, con voz quebrada y aguda, más animal que humana, más muerta que viva.
-Eres tú quien te has presentado en mitad de la noche. ¡Sal!
-Entra tú -repite, el ente, el monstruo, o lo que sea, sin alterar un ápice su tono de ultratumba.
-¡No me retes! ¿Quieres matarme? ¡Si tanto anhelas acabar con mi vida, demuestra tu osadía! ¡Enfréntate conmigo! ¡Sal de una vez! -incito a la criatura, alentado por mi instinto de supervivencia, aunque retrocedo unos pasos en el pasillo.
-Entra tú -reitera una vez más, intentando poner a prueba mi cordura.
Recorro de nuevo los últimos pasos que me separan de la puerta y decidido enfrentarme a la maligna presencia con la improvisada arma.
-¡Por última vez! ¡Te lo ordeno! ¡Sal!
-Entra tú -insiste de nuevo, contumaz, la fascinadora voz.
Sin siquiera detenerme un segundo, me armo de valor, determinado a mostrar mi oposición a abandonar la vida sin al menos plantar cara a quien quiera que sea. Rápidamente, abro la puerta y me adentro en la tenebrosidad dando cuchilladas al aire.
***
Decido abrir las persianas. Ya no quiero más oscuridad. No quiero oír más voces en la sombra. La luz inunda el espacio. Entonces los veo. Vuelven a aparecer los dos espejos del salón, uno al lado del otro, como si nada hubiera pasado durante todos estos meses. ¿Realmente ha pasado algo? Sigo estando triste. Me siento en uno de los sillones y, derrotado, dejo caer de mis manos el cuchillo, que cae al suelo con un sonido sordo, simple. Alzo la vista hacia los dos espejos y observo parte del jardín de casa reflejado a través de la ventana, no ellos, que pareciera que nunca hubieran existido. El trozo de cielo que distingo en el espejo no es azul, sino de un color leonado, inusual y, extrañamente, no observo ningún ave que lo cruce. En el lado derecho de uno de los espejos veo parte de los setos que circundan y ocultan la piscina, y detrás, un fragmento de la parte superior de la verja de madera gastada que rodea todo el perímetro de la casa. En el espejo de la derecha, veo parte de los viejos rosales que ella cuidaba con tanto esmero y cariño y que, a pesar de estar en plena primavera, están sin una flor. Tampoco hay flores en los macizos de lilas y margaritas de detrás, ni en las copas de los árboles frutales diseminados por el jardín y que puedo ver reflejados. No hay ni una pizca de viento, todo está quieto, estático, muerto. Paso la vista al otro espejo y me parece ver a alguien que camina a lo lejos por el sendero que conduce hasta mi casa. No me parece humano y no recordaba haberlo visto antes. Desde la oculta piscina llega a mis oídos un siniestro chapoteo. Fijo la vista sobre los setos esperando ver qué o quién puede aparecer. Me parece ver que se alza un tentáculo, como el de un pulpo gigante, pero quizás me he dejado llevar por la imaginación del momento e intento sonreír pensando en Lovecraft y sus monstruos marinos. De pronto, oigo algo parecido a una sirena y después un fuerte ruido metálico. Espero sentado alternado la vista de un espejo a otro. No ocurre nada. Miro hacia el lejano sendero y ya no hay nadie; pienso que quizás nunca lo hubo. Dirijo la mirada hacia los setos, pues me parece haber visto movimiento, pero los setos están inmóviles. Una sirena, más aguda que la de antes, vuelve a sonar, y a los dos segundos, otro fuerte ruido metálico. No he despegado la vista de los setos, y ahora sí, estoy seguro de ver un largo brazo que se alza y vuelve a caer en el agua de la piscina. Cierro los ojos. ¿Qué ha pasado mientras he estado encerrado en la oscuridad durante estos meses? De pronto me acuerdo de ellos, uno encima de otro, bajo las sábanas de la cama, bajo la tierra del jardín… No recuerdo haber visto el montículo de tierra bajo el cual están enterrados. Abro los ojos. El sonido extraño y penetrante de una sirena se oye de nuevo, y después, como si una gran placa metálica cayera en un suelo de cemento provocando un atronador eco metálico. No veo el montículo de arena bajo el cual están enterrados… Miro hacia la piscina escondida tras los setos. No veo nada. Miro el espejo de la izquierda, después el de la derecha. Ahora caigo: el montículo queda oculto entre los dos espejos; la separación entre uno y otro no me deja verlo, sólo veo un trozo de pared rectangular que divide el jardín en dos… Oigo un rumor de tierra moviéndose. Miro de un espejo a otro. Llego a ver de nuevo un gran tentáculo sobre los setos. Me incorporo del sillón y cambia la perspectiva del jardín. Aterrorizado, observo el reflejo de la tierra removida y de una mano que intenta agarrarse en el alféizar. Oigo una voz tras de mí.
-¡Entra tú! –me grita.
Corro hacia la ventana y cierro la persiana. La penumbra toma la casa de nuevo. Sé que ellos vuelven a estar entre el moho de los espejos porque oigo sus voces.
-Ya debe de ser verano.
-¿Por qué lo sabes?
-¿No oyes cómo estallan los higos?
Me arrastro por el suelo, tanteándolo con las manos buscando el cuchillo… Lo encuentro… Miro la hoja del cuchillo y vuelvo a ver los ojos del hombre triste… No debo bajar la guardia. Habré de estar siempre dispuesto a luchar contra todo aquello que quiera secuestrar la libertad de mi cuerpo o de mi espíritu. No quiero que mi corazón quede congelado.
Esa respiración permanente que siempre oigo, que acaso sea la mía. Ese clic. Inspiro, clic; expiro, clic. Alguien llora. Me atormenta… Iba yo entrelazándome en las columnas como si obedeciera órdenes de Lezama Lima. Eran duras y frías, de mármol diría yo, aunque me sería imposible asegurar todo esto que estoy diciendo, casi sin pensar; porque pensar en ciertas cosas, me da miedo. Después de que el jaspe acariciara mi cuerpo, miré hacia el cielo, que no era azul, lleno de tortugas pequeñas, y me pregunté porqué las cosas más simples son las que más me cuesta comprender. Nunca lo difícil, que me entretiene desenmarañando su intrincado ovillo de incógnitas, hasta dejarlo liso y comprensible, sensible e indefenso. Pero es entonces cuando lo ignoto deja de serlo y se convierte en fácil para mi entendimiento, gira la rueda de nuevo y no lo comprendo, pues como ya he dicho antes, lo simple me entorpece y se me hace arduo para su vislumbre. Son estos ciclos de idas y venidas en mi propio pensamiento los que se me revelan como un latigazo en lo sensato y hace que vuelva a ellos con la firme convicción de que jamás podré salir de su gravedad demoníaca. Es por todo esto que como si de una orden de Lezama se tratara, iba yo entrelazándome entre las columnas de mármol frío, aunque no pueda asegurarlo, porque digo todo esto casi sin pensar... Esa respiración permanente que siempre oigo, que acaso sea la mía. Ese clic. Inspiro, clic; expiro, clic. Alguien llora. Me inquieta… Marchaba yo entretejiéndome en las pilastras como si acatara órdenes de Lezama Lima. Estaban rígidas y heladas, de jaspe señalaría yo, no obstante sería quimérico afirmar todo esto que estoy explicando, poco más o menos sin cavilar; porque pensar en algunas cosas, me da pavor. Luego de que el mármol arrullara mi cuerpo, eché un vistazo hacia a las alturas, que no eran añiles, y me inquirí a mí mismo porqué las unidades, sean tortugas o no, más fáciles, son las que más me cuesta percibir. Jamás lo peliagudo, que me distrae dilucidando su enredado lío de enigmas, hasta dejarlo llano y evidente, impresionable y desamparado. Mas a la sazón, es cuando lo desconocido deja de estarlo y se reconcilia en posible para mi intelecto, da la vuelta el círculo de nuevo y no lo alcanzo, pues como ya he dicho anteriormente, lo fácil me estorba y se me crea tarea peliaguda para su comprensión. Son estos períodos de impulsos y regresos en mi propio especular los que se me revelan como un azote en lo juicioso y hace que retorne a ellos con la irrevocable certeza de que en la vida podré saltar de su infernal gravitación. Es por todo esto que como si de una orden de Lezama se tratara, iba yo trabándome entre los puntales de cuarzo helado, si bien no puedo aseverarlo, porque expreso todo esto poco más o menos sin recapacitar... Esa respiración permanente que siempre oigo, que acaso sea la mía. Ese clic. Inspiro, clic; expiro, clic. Alguien llora. Me aflige… Caminaba yo trenzándome en los puntales como si cumpliera un mandato de Lezama Lima. Vivían rigurosas y frescas, de diaspro acotaría yo, sin embargo concurriría caprichosamente en aseverar todo esto que estoy declarando, poco más o menos sin meditar; porque recapacitar en algunas cosas me da pánico. Un poco más tarde de que el ónice coqueteara con mi cuerpo, observé la cúpula celestial, que no era celeste, repleta de tortugas, y me contrarié porque las cosas más factibles son las que más me cuesta distinguir. En absoluto lo laborioso, que me hacen matar el tiempo interpretando su confundido fardo de misterios, hasta dejarlo natural e innegable, susceptible y desabrigado. Pero cuando lo inexplorado deja de estarlo y se aviene cómodo para mi capacidad, da la vuelta el disco nuevamente y no logro su merecimiento, ya que como he expuesto antes, lo posible me cohíbe y se me crea labor compleja para su juicio. Son estas etapas de tracciones y regresiones en mi propio discurrir los que se dejan ver como una flagelación en el juicio y hace que regrese a ellos con la irreparable seguridad de que en la vida conseguiré dejarme llevar en su vorágine espiral de elementos inabarcables. Gracias a ello me sometía a un supuesto mandato de Lezama, si es que de eso se trataba, e iba yo enlazándome entre cariátides que no lo eran, de piedra inerme y fría, aunque no pueda confirmarlo, porque casi siempre digo las cosas por decirlas, casi sin pensarlas, casi por decir algo, casi, casi, como cuando iba yo entrelazándome en las columnas como si de una orden de Lezama Lima se tratara.... Y si de eso se trataba, tengo que decir que las columnas que se disponían a lo largo y ancho de aquel jardín sombrío, no eran columnas, ni tan siquiera había, pero yo obedecía órdenes de alguien, que no era Lezama, y no podía dejar de entrelazarme en ellas. Porque era tan fácil hacerlo, tan sencillo, que no importaba que no hubiera pilastras en las que entretejerme si me lo mandaba Lezama, aunque no fuera él quien me lo ordenara, ya que yo estaba decidido a obedecer. Y aquél cielo que no era cielo, ni firmamento, ni nada parecido, lleno de tortugas. Lo azul, que no lo era, y que yo veía, se extendía a un infinito acotado por mis ojos cerrados. Me dejaba llevar por el roce de las columnas con mi cuerpo, mientras pensaba en cosas difíciles de entender y que comprendía, para dejar de comprenderlas. Yo creo que fue aquel día cuando sucedió todo. O, al menos, comenzó a suceder, y ni siquiera sé cuando acabará, porque una cosa es segura: todavía no ha terminado. Veo tortugas que se hacen más y más pequeñas a medida que cogen altura. Las tortugas se convierten en tortuguitas. Aún sigue lo oscuro sobrecogiéndome como a un animal indefenso antes de ser devorado por su enemigo, que quizás no lo sea, o sí, quién sabe... Esa respiración permanente que siempre oigo, que acaso sea la mía. Ese clic. Inspiro, clic; expiro, clic. Alguien llora. Me angustia… Quién sabe si no empezó todo el día en que las columnas me llamaban en susurros con la voz de Lezama obligándome a ir hacia ellas. Acércate, me decían. Y yo apartaba la hiedra del camino con sólo mirarla. Ni una sola hoja pisé de las trepadoras que confundían el camino tortuoso que conducía a las hileras de sirenas de piedra. Porque yo ya pensaba que las pilastras eran sirenas de piedra, cariátides marinas de sal, de cuarzo, de mármol. Y la voz de dios Lezama, de lezama Dios, empujándome, ordenándome que fuera hacia la misteriosa telaraña de columnas en la que quedaría atrapado como una hoja, un insecto, un Ulises trastornado por la suave voz que como una ligera brisa discurría entre el aire acuoso y frío de aquellas sombrías pilastras del fondo del jardín... Poco a poco fui descubriendo la terrorífica verdad. ¿Era realmente aquello un jardín? ¿Eran columnas? ¿Era Lezama quien me hablaba? Yo creo que estaba buscando a Dios igual que un pájaro hambriento busca los huevos semienterrados de mamá tortuga a punto de resquebrajarse… Los pájaros negros, más negros aún que las aguas del mar en la noche, esperan a que las mamás tortugas pongan los huevos. Una acción lenta la de poner los huevos, como lento es el enterrarlos en la arena, como lenta es la vuelta de las tortugas, arrastrándose, a las negras y lentas aguas del mar en calma. Desde los acantilados los pájaros vislumbran el reflejo nacarado de los huevos mal enterrados y se lanzan hacia ellos. Negro rápido contra blanco lento… Pero es normal: en el momento en que la ola calma acaricia la cabeza de mamá tortuga lenta, el pico del pájaro rápido rompe el cascarón del huevo indefenso… Dios es todo esto y más: la horrible verdad. Pues, ¿no es cierto que la verdad siempre es despiadada? Y si la verdad es Dios y dios es la Verdad, Dios también es despiadado: los pájaros esperan a que los huevos maduren, florezcan y se rompan, de pronto, todos en la misma noche negra, dejando libres a miles de tortuguitas lentas y siniestramente florales que corren desesperadas con sus cortas patas-pétalo hacia la playa calma. Terrorífico… Intentan escapar del pico rápido y mortal de las aves bajo los gritos de las lentas mamás tortugas que ven cómo sus crías lentas son devoradas en la negra noche por los negros pájaros, más negros aún que las aguas calmas del mar adónde intentan llegar las miles de tortuguitas lentas sin llegar a conseguirlo, en un angustioso ciclo de supervivencia y depredación absoluta. Tortuguitas que vuelan entre los picos de las aves aleteando en el aire sus cortas patas-pétalo a punto de morir bajo la desesperada mirada de mamá tortuga-flor, que sólo le queda sumergirse en las negras profundidades del océano para llorar, sola, sin ser vista, escondida entre las algas. El castigo que impone la vida llega demasiado pronto para algunos. No hay que luchar contra ese castigo, sino aceptarlo. No hay nada que hacer… Esa respiración permanente que siempre oigo, que acaso sea la mía. Ese clic. Inspiro, clic; expiro, clic. Alguien llora. Me abruma… Es la sentencia más horrible de la vida. Igual que el amor es utilizar a las personas, yo utilizaba a las columnas para entrelazarme en ellas y ellas me utilizaban a mí para acariciarme, aunque no lo recuerdo bien. No logro recordar ciertas cosas, pero sé que había amor y tortugas-flores. Mi auténtico primer recuerdo es el de ayer. Ayer mismo, como cuando me entrelazaba en las columnas del fondo del jardín, o eso creo. El caso es que empiezo a recordar un futuro sin algas. El pasado se me nubla, no puedo recordarlo. Por eso, no sé desde cuando me deslizo entre las columnas del fondo del jardín. Si pudiera recordar… Pero prefiero jugar. Somos niños en un gran jardín de infancia lleno de columnas. Y jugamos a las cuatro esquinitas. No estoy solo. No estamos solos, las tortugas y yo. Jugamos a mirar dibujos. Miramos dibujos de tortugas para salvarnos. Ahora sólo miro dibujos de tortugas. Antes podía leer, pero ya no, no sé desde cuando las letras dejaron de serlo para ser sólo dibujos de tortugas. Creo que Dios intenta salvarme, pero ¿por qué a mí? Quizás piense que merezco ser rescatado del pico implacable del ave Recuerdo, al igual que una tortuguita lenta la salva la mano de la ola Suerte, ofreciéndome las columnas del fondo del jardín para entrelazarme en ellas, bajo el cielo azul, que no es tal, sino negro, como el destino de un recuerdo pasado e inútil de Lezama, que me implora y ordena que me entreteja en las pilastras de mármol del fondo del jardín, o al menos eso creo yo. Porque no hay mayor placer que poder hacer una y otra vez algo que me gusta. Acaso no sea más que un simple juguete en este jardín de infancia. Las columnas vivas juegan con mi cuerpo inerme. O no… O sí, no sé. A veces estoy tan, tan nervioso que podría salirme de la misma piel. Aunque no pueda recordar, todavía puedo pensar. Carpe diem sin final, si no fuera por esa respiración permanente que siempre oigo, que acaso sea la mía. Ese clic. Inspiro, clic; expiro, clic y que me atormenta… No oigo llorar a nadie… No oigo llorar a nadie… Creo que cada vez tengo las cosas más claras. Estoy más cerca de la verdad. Pero, antes de que deje de oír el sonido metálico de mi, acaso, propia respiración, déjenme hacer una pregunta: ¿no es verdad que he estado entrelazándome en las columnas del fondo del jardín?
Irresoluta se deslizaba por el sendero que conducía al páramo en donde siempre había vivido y donde esperaba encontrar a Libidinoso. Estaba contenta y no le importaba que la pudieran encerrar, pues que sea una asesina, no quiere decir que no tengo mi corazoncito, ¿verdad, mamá?, miraba al cielo. A partir de ahora, todo va a ser distinto en la vida de Irresoluta, que no puede ser tanta desgracia, que en alguna estadística tengo que encajar, por el amor de Dios. Y dejaré de ser atea, lo prometo. Por favor: que todo me salga bien, seguía arrastrándose hacia el páramo. Estaba cansada después de estar dos días enteros deslizándose, pero más cansada estoy de ser virgen, que a quien se lo cuente, no se lo cree. Si lo que yo digo… Si lo que ella dice: siempre hay un roto para un cosido. ¿O es un roto para un descosido? Yo ya no sé, no sé, lo único que sabe es que está contenta… ¡Qué contenta estoy! Ya le falta poco para llegar, y una rana atrevida la saluda sobre un nenúfar. Hola, le dice. Hola, le responde. ¿Cómo estás? Yo, muy bien, ¿y tú? Yo, también. E Irresoluta desenrolla su larga lengua hacia la impertinente sapilla y la engulle en un abrir y cerrar de ojos; que buena que está, es verdad que está muy bien, no mintió, no me ha mentido, no como mi ex amiga Dilema, que se ha pasado toda su vida mintiendo, sólo para hacer mal, para su bien y nada más. Irresoluta no quiere ni pensar en Dilema, porque se le hace mala sangre, y no quiere, que a partir de ahora, sólo va a pensar en cosas agradables, que ya está bien, se dice… ¿Cómo haría para encontrar a Libidinoso antes de que la encontraran a ella? Debía tener mucho cuidado, que de lo contrario me veo en la cárcel más sola que la una.
¿Hay alguien por ahí?, fue lo que preguntó, asustada, cuando vio cómo se movían unas mimosas cercanas. No vio a nadie, pero tenía que tomar precauciones. Siguió arrastrándose hasta que sintió un ruido detrás suyo; ¿hola?, preguntó, expectante. Hola, salió avergonzada de detrás de unas grandes adormideras su amiga Dilema, ¿qué tal?, sonrió, mientras aprovechaba y atrapaba un escarabajo que salía huyendo. La había estado siguiendo todo el camino, escondiéndose tras los arbustos, porque, ¿qué iba a hacer ella sola en la ciudad? Ahora mismo te vas por donde has venido, le dijo Irresoluta, que no quiero verte nunca más, ¿para qué vienes, para quitarme a Libidinoso? No se lo iba a permitir, que ya no era la misma de antes. ¿Qué cómo se me ocurre?, le preguntó Dilema. Porque te conozco, Dilema, te conozco, que Irresoluta no es tonta. Pero en aquel momento, Dilema se desliza rápida y adelanta a su amiga, y le dice que ella se va al páramo, que no tiene nada que perder, porque ella no ha matado a nadie, y que la recibirán como a una heroína, que es lo que soy, Irresoluta, porque yo te he ayudado mucho, y soy buena, que la mala eres tú, la asesina, que yo no he hecho nada, sólo ayudarte, porque tengo buen corazón, y…
… Y cuando Irresoluta llegó al páramo, toda la comunidad de jiracoleones estaba allí, esperándola. La miraban raro, o al menos, fue lo que pensó ella, que los ojos con qué me miran, me dan miedo, se preocupó. Y Dilema, desenrolló su cola apuntándola, diciendo: ahí la tenéis...
Y la tenemos en la cueva-cárcel del páramo, esperando que su amado Libidinoso venga a rescatarla para huir, otra vez, hacia un futuro incierto, porque me quiere, se dice, me quiere más que a su vida, piensa, mientras que justo en ese momento, Dilema y Libidinoso están en los dominios de Irresoluta, acoplándose sobre su roca preferida.
-Anoche acabé de construir la jaula para Teodoro –comentaba Julia a su amiga mientras se sentaban en una de las mesitas del bar al que eran asiduas-. Un café descafeinado de máquina con sacarina –pidió al camarero, que se acercó nada más verlas.
-Una cerveza –pidió, Juana-. ¿Ah, sí? –respondió, sin mucho interés.
-¿Una cerveza a estas horas? No sé cómo puedes –le recriminó-. Bueno, pues eso, ya está terminada… Dentro de la jaula puse una foto con un paisaje –sonrió Julia, volviendo al tema, mientras abría el bolso.
-¿Una foto? –se sorprendió su amiga.
-Sí, algo así como un cuadro de… ¿cómo se llama? –dudó, cerrando los ojos- ¡Ah, sí, de Magritte, de René Magritte –se acordó, mientras se pasaba las manos alrededor de la cabeza, y moviendo los dedos, como si eso ayudara a entender cómo era la fotografía-. Con unas nubes y unos sombreros así como de tipo hongo, ¿sabes? –sacó un paquete de Marlboro y encendió un cigarrillo-. ¿Quieres? –le ofreció uno a su amiga.
-Estás loca, Julia –sonrió, aceptando el cigarrillo.
-Lo hice con la mejor intención, para alegrarlo un poco –apagó el cigarrillo.
-Supongo –se extrañó Juana, al ver que su amiga no consumía el cigarrillo como siempre y lo apagaba después de haberle dado tan solo un par de caladas.
-Aunque, claro, a lo mejor quien se vuelve loco es Teodoro. Imagínate estar viendo un cuadro de Magritte toda tu vida… -dijo, mientras apoyaba las manos abiertas sobre la mesa y se acomodaba en la silla con un ligero movimiento de caderas.
-Sí, más bien –consideró Juana y se reclinó en la silla para dejar más espacio libre al camarero que traía lo que habían pedido, y pudiera servirles-. Gracias –dijo, cuando terminó de hacerlo.
-…pero más vale eso que estar viendo sólo las varillas de una jaula, ¿no te parece? –siguió hablando, Julia-. ¿Es descafeinado de máquina, verdad? –preguntó al camarero, que afirmó con la cabeza y se fue.
-Hombre, pues no sé qué es peor, yo creo que le dará igual –contestó Juana, perdiendo el poco interés que en un principio podía tener, mientras daba un primer sorbo de cerveza helada.
-… y además, siempre puedo cambiarle la foto por otra… -siguió, Julia-. ¿No crees? –encendió otro cigarrillo.
-Julia… -le dijo, con la copa en la mano.
-… o ponerle un espejo o algo así –seguía hablando la amiga, como si no escuchara a Juana.
-Julia... –insistió, otra vez, con la copa de cerveza todavía en suspenso a la altura de los labios.
-¿Qué? –preguntó, contrariada.
-No me interesa tu iguana –dejó la copa sobre la mesa.
-Perdona, es que… -apagó el cigarrillo, nerviosa.
-¿Qué te pasa?
-¿A mí?
-Sí, a ti.
-¿Qué me va a pasar? –volvió a coger otro cigarrillo del paquete.
-¿Tres en cinco minutos, y quieres hacerme creer que no pasa nada y que no tienes nada que decirme? –preguntó Juana arrastrando el cenicero hacia su amiga.
-¿Ah, yo? –miró las colillas-. Tu también has fumado –intentó justificarse.
-Sólo uno y todavía no lo he apagado –le mostró el cigarrillo entre los dedos, moviendo la mano.
-No pasa nada, Juana, de verdad –mintió.
-Sé que me estás ocultando algo.
-¿Qué te voy a ocultar?
-Venga, que te conozco.
-Que no, tonta.
-Venga…
-¡Ay, cómo eres! ¿Qué quieres que te diga?
-La verdad.
Siempre hay un punto en el que ya no sabemos si mentimos o si la conclusión a la que hemos llegado es más verdadera que nosotros mismos. Creemos que nuestra información filosófica e histórica nos salva del realismo ingenuo. Para que me entiendan, llegamos a admitir que la realidad no es lo que parece; estamos siempre dispuestos a reconocer que los sentidos nos engañan y que la inteligencia nos fabrica una visión tolerable, aunque incompleta, del mundo que nos rodea. Que quede claro: muchas veces, por no decir siempre, un amigo, un verdadero amigo, para serlo, tiene que ser realista, honesto y despiadado. Por otro lado, no es fácil aceptar la realidad del monstruo amable que es nuestro amigo, puesto que en primer lugar no hay allí ningún monstruo, pues ¿cómo va a serlo la persona que nos cuenta la verdad, que nos la echa a la cara, mientras nos ofrece amablemente un cigarrillo para hacernos callar, quedándonos con un cosquilleo en el estómago por la incógnita de lo que nos pueda decir nuestro monstruo querido? Por supuesto, las palabras sirven para tapar agujeros, unos profundos, y otros no tanto. Lo malo es que, a veces, pesan demasiado e incluso muchas veces hemos deseado que no nos taparan esos agujeros por donde podíamos escapar ante cualquier angustia o pesar, pero admitamos que un verdadero amigo, un auténtico monstruo, sólo nos quiere ayudar… ¿Qué no haríamos o inventaríamos, sólo por ver a nuestros amigos contentos?...”
-Pues vaya rollo –le dijo Dilema a su amiga Irresoluta, cerrando de golpe el libro que estaba leyendo-. ¿Salimos a dar una vuelta?
-Estoy cansada.
-¿Cansada de qué, si estás todo el día tumbada encima de la roca?
-Cansada de ti.
-No sé para qué hemos venido a la ciudad, si no nos movemos del sitio.
-Sal tú sola.
-¿Yo sola? Me aburro si salgo sola. Tengo que tener a alguien con quien hablar.
-Pues haz lo que quieras y déjame en paz.
-¡Ay, hija, cómo te pones! Yo no sé qué es lo que voy a hacer contigo.
-No tienes que hacer nada, quédate tranquila.
-No, si tranquila estoy, pero una, que solo quiere ayudar… Por cierto, ¿tú crees que para ser una verdadera amiga se tiene que ser sincera, honesta, y despiadada?
-Qué pesada estás.
-Irre, lo único que quiero es animarte. Pero, claro, si te cierras en banda…
-Estoy de mal humor.
-Es que tú siempre estás de mal humor.
-Eso, no es verdad.
-Sí que lo es. Y no es bueno que siempre estés así. Te va a pasar la vida por delante de tus narices y ni siquiera te vas a enterar.
-Gracias a ti me estoy enterando.
-¿Qué quieres decir? No me vengas con acertijos, las cosas claras y el flujo espeso, que no me gusta que me hables de ese modo, que yo siempre te hablo bien para que no te ofendas, pero tú siempre que si esto, que si lo otro… Y yo me hago la tonta, y te dejo hacer. Por respeto, porque sé comportarme como es debido, porque soy buena, que si no…
-Dilema, cállate ya.
-¿Lo ves? Cuando ves que tengo razón, me haces callar. Y eso, no, Irresoluta, eso no. Todo lo que he hecho por ti sin pedir nada a cambio, todo lo que he sufrido y que he perdido por tu culpa: mi libertad, mi vida social, mi inocencia y mi dignidad, que por ti voy todos los días a robar al mercado, para que tú comas, para que estés bien alimentada; y mira cómo me lo agradeces, haciéndome callar. Y ya estoy harta. Harta de todo… ¿Me estás escuchando, o qué?
-Qué remedio, además, si vas a robar, es porque te gusta, que a ti, si se te deja hacer…
-Estúpida.
-Venga, no te enfades. Mira, si me recompones un poco la concha, salimos a pasear por ahí.
-¡Vale! Pero no sé si podré, porque tu concha está inservible después de que te despeñaras el otro día... Vaya barrigazo que te pegaste, hija mía.
-Sí, no me lo recuerdes.
-¿Dónde está la concha?
-En la bolsa.
-¿Y dónde está la bolsa?
-Detrás de la roca.
-¿Qué roca?
-Aquella.
-¿Esta?
-No, la de al lado.
-¿Esta?
-No, al otro lado.
-¡Ah, sí! Qué tonta, si yo misma la puse aquí. Lo que yo te diga, Irre, tengo tantas cosas en la cabeza que, a veces, la pierdo. Yo no sé, no sé…
-Mas bien parece que no quisieras repararme la concha.
-¿Qué te hace pensar eso?
-Te conozco.
-Pues me conoces mal.
-Ya.
-Venga, ponte.
-Así.
-Así, muy bien. No te muevas, que empiezo.
-Dilema…
-¿Ajá?
-Eres una buena amiga.
-Claro que sí. No sé qué harías sin mí.
-Eso es otra cosa, no me hagas hablar.
-Hace mucho que no me pegas.
-Desde que supe que te gustaba.
-Cómo eres…
-Dilema…
-¿Sí?
-¿Qué estabas leyendo antes, que decías que era un rollo?
-Una novela de un tal Antonio García. Un plomo. Yo no sé cómo pueden publicar una cosa así. Tanto flujo desaprovechado… Además, los nombres de las protagonistas eran muy raros: Julia y Juana. Vaya nombres, habiendo otros tan bonitos como Oscilación, Fluctuación o Perplejidad, que son mucho más normales, ¿no crees?
-Algo tendrá, ¿de qué iba?
-Trataba de la amistad. Por eso te preguntaba si tú creías que para ser una verdadera amiga se tenía que ser honesta, sincera, y despiadada.
-Ay, no sé. Honesta y sincera, sí, pero despiadada…
-Es lo que a mí me ha extrañado, pero es lo que pone en el libro.
-Pues vaya.
-Sí, vaya, no sé…
-¿Cómo va?
-Bien, no te muevas.
-Dilema…
-¿Qué?
-¿Tú siempre has sido sincera conmigo?
-Por supuesto.
-¿Nunca me has ocultado nada?
-Nunca.
-¿De verdad?
-Que sí, hija, que sí. Y deja de moverte de una vez.
-…
-…
-…
-Bueno, una vez…
-Ya me extrañaba a mí.
-…
-Ya que has empezado, termina.
-No sé si contarte.
-Si eres mi amiga, tienes que ser sincera.
-¿Y despiadada?
-Mas que nada, honesta.
-Bueno, ¿te acuerdas de Libidinoso?
-¿Libidinoso Salido?
-El mismo.
-¿Qué pasa?
-Pues iba yo, un día, paseando por el páramo, como quien no quiere la cosa, y me lo encontré. De esto hace como un año, más o menos.
-¿Y?
-Pues eso, me lo encuentro y le pregunto que adónde iba, y me dice que a tus dominios, porque quería hablar contigo.
-¿Conmigo?
-Sí, imagínate.
-Pues nunca vino.
-No te pongas nerviosa, y no te muevas, que no voy a acabar nunca de repararte la concha.
-Sigue.
-Bueno, pues me dijo que quería hablar contigo para proponerte una cosa, y claro, en el momento que me dijo eso, yo le pregunté que qué era lo que te tenía que proponerte, que me lo contara, porque yo era muy amiga tuya, y que, a lo mejor, lo podía ayudar. Y que conste que yo no quería inmiscuirme.
-¡Seguro!
-No seas cáustica, Irresoluta… El caso, es que me recosté en una roca para escucharlo cómodamente.
-¿Y qué te dijo?
-Espera, no te impacientes.
-¿Cómo quieres que no me impaciente? ¡Si Libidinoso era el jiracoleón soltero más guapo de todo el páramo!
-Pues que conste que su intención era acoplarse contigo…
-¿Qué?
-…pero yo lo disuadí.
-¿Cómo?
-Lo hice por tu bien. Lo que él quería era aparearse, nada más. No dijo nada de himeneo, nada de jiracoleoncitos, ni de formar un dominio junto a ti para toda la vida.
-Dilema, ¿qué me estás diciendo?
-No te alborotes, Irresoluta, no te alborotes, que se te caen los trozos de concha que ya te he puesto.
-¡Pero si yo lo que siempre he querido es dejar de ser virgen! ¡Me importa una mierda si hay nupcias o no!
-Vaya boca que tienes.
-¡Una mierda!
-Vaya boca…
-Bueno, ¿y qué pasó?
-Pues nada, me dijo que desde hacía tiempo te había echado el ojo, que le parecías una buena jiracoleona, y que corría el rumor por todo el páramo de que todavía eras virgen, que si esto, que si lo otro, que qué me parecía a mí, y esas cosas…
-¿Qué si esto, que si lo otro, y esas cosas? Explícate.
-Ay, tú ya sabes que cuando alguien empieza a hablar demasiado, yo me distraigo, porque lo normal es que sea yo la que hable. Que no es egoísmo, no seas malpensada… El caso es que mientras él hablaba, yo estaba más pendiente de un nido de arañas que había cerca de nosotros, que de lo que, el pobre, me estaba contando.
-¡Pobre, yo!
-No. Pobre, yo, que tuve que acoplarme con él, para que se le bajara la calentura, que yo, si hay que ayudar, soy la primera.
-Sí. Ya veo que me ayudaste mucho.
-No era un jiracoleón para ti, no te convenía.
-Pero sí para ti.
-Es que una ya está hecha a todo. Y yo, por una amiga hago lo que sea, lo creas o no.
-No, no, si te creo... ¡bastarda!
-No me insultes, que si no es por mí, los bastardos los tendrías tú, que Libidinoso no quería casarse contigo. Además, eso no es todo.
-Ah, ¿pero hay más?
-Sí, escucha y estate quieta de una vez… Pocos días después, fue cuando tú asesinaste a Problema y Conflicto, y acuérdate el revuelo que se formó en el páramo, lo que me molestó un poco, porque sólo se hablaba de ti y de tu homicidio. Y no es por afán de protagonismo, pero yo estoy acostumbrada a que se hable de mí, aunque no me gusta hacerme notar.
-¡Ya!
-Calla... Bueno, pues cuando huiste la primera vez y yo me fui a tus dominios, para cuidarlos, no para quedármelos como piensas tú, que otras cosas puedo ser, pero usurpadora, no, que no me gusta esa palabra…
-Quizás ladrona sea la palabra adecuada.
-O te callas, o no te lo cuento, que no haces más que cortarme.
-Venga, sigue.
-Si es que es verdad…
-Sigue, que me callo.
-Bueno, pues una noche, después de haber estado buscando todo el día los cuerpos de Problema y Conflicto, que por cierto, algún día me tienes que decir dónde los escondiste, me quedé rendida sobre una roca. Y cuando estaba a punto de quedarme dormida, ¿sabes quién vino a buscarte?
-¿Libidinoso?
-Ajajá. Me dijo que venía a buscarte para escaparse contigo, y yo le dije que ya habías huido, y que no sabía por dónde parabas, porque no me habías dicho nada, ¡vaya amiga!, le dije, y también, que yo había tomado posesión de tus dominios para cuidártelos mientras tanto, sobre todo por los helechos, que eran lo que más tú querías, y que no iba a permitir que se murieran…
-Sí: cuidaste muy bien de mis helechos.
-No seas sarcástica, que sabes muy bien que no tengo mano para las plantas. Hice lo que pude.
-Y más.
-Anda, calla. El caso es que me sorprendió que te quisiera tanto. Me dio un poco de envidia, porque yo, para serte sincera, mucho acople, mucho acople, pero ningún jiracoleón me ha dicho nunca de formar un hogar, fíjate tú, que estoy pensando que de lo que yo tenía fama en el páramo, era de puta.
-Pues sí.
-Shhh, estate quieta. Estoooo… después de acoplarme con él…
-No perdiste la oportunidad…
-¿Y qué le voy a hacer? Bueno, después de aparearme con Libidinoso, me dejó dicho que te dijera que, si por casualidad volvías, que te esperaba para huir juntos a otro páramo y formar una familia, que te quería y blablablá. Yyo le contesté que por supuesto que te lo diría,que te ibas a poner muy contenta, y todo eso, que confiara en mí, que era tu mejor amiga… No sé porqué se me olvido decírtelo cuando volviste, en qué estaría pensando…
-Me vuelvo al páramo ahora mismo, hija de puta.
-No puedes, insensata. Eres una fugitiva peligrosa, ¿o es que no te acuerdas?
-Me da igual. Me voy ahora mismo.
-No he terminado de arreglarte la concha.
-Pues sin concha.
-No puedes dejarme aquí, sola.
-Sí que puedo.
-Espera, soy tu amiga. He sido sincera y honesta, como tú querías.
Llegamos a Jiracoleón City desechas, aunque eso no impedía a mi amiga hablar sin parar, como si ya hubiera olvidado todo lo que había pasado entre nosotras. Yo no dije ni media palabra mientras nos adentrábamos en la gran ciudad. En cambio, ella no dejó de disertar, excitada a más no poder.
-¡Pues vaya ciudad! -decía, mirando a un lado y a otro-. No hay ni un solo insecto que echarse a la boca -se quejaba-. Estoy por subirme a una farola y comerme las luciérnagas del alumbrado público, pero no sé si atreverme, no vayan a encerrarme en la cárcel por delincuente, porque supongo que en la ciudad habrá una cárcel, ¿no crees? -dijo, mirándome desafiante con los ojos entornados- Imagínate -siguió-, yo en la cárcel por una tontería, y tú, que eres una asesina, suelta por la ciudad... Aunque cosas más raras se han visto, pero bueno... ¡Huy, cuánta roca desperdigada! La verdad es que no sé dónde vamos a dormir. Están todas ocupadas. Ni una roca libre... Hija, tápate el dorso, que todo el mundo se te queda mirando. Lo que te gusta hacerte notar. Si vemos un hospital, entramos para ver lo que pueden hacer con tu concha, aunque no te hagas ilusiones, que yo creo que lo tienes muy mal, la verdad, pero vamos a ver lo que opina un experto, que quizás no esté todo perdido. Ánimo, tonta... ¡Dios mío! Cuantos jiracoleones guapos hay. Aquí dejarás de ser virgen, te lo digo yo, que siempre hay un roto para un descosido. Mira ése -me señalaba con un ojo-. O ése -me señalaba con el otro-. Si te lo digo yo, Irresoluta, que aquí la que no es puta es porque no quiere. Fíjate que yo creo que acabaré por ser promiscua, que te lo digo yo... Oye, creo que estamos en pleno centro, porque por aquí hay mucha roca apiñada... La verdad es que se desliza una muy bien en la ciudad, pero claro, con tanto ir y venir, está todo lleno de flujo jiracoleonil y te resbalas que da gusto... Oye, di algo, que estás muy callada... ¿Es que no hay ni una maldita charca para beber un poco de agua? Estoy deshidratada, y no hay nada peor que estar deshidratada para una jiracoleona, ya lo sabes. ¿Tú no tienes sed? Bueno, bastante tienes con lo de tu concha, la verdad. Por cierto, tápate el lomo, que vaya espectáculo estás dando, ¿es que te da igual? No tienes vergüenza, hija mía, no te retraes por nada, pero bueno, tampoco sé lo que haría yo en tu caso. Menos mal que me tienes a mí... Pero, ¿dónde vamos a dormir? Se nos va a caer la noche encima y no tenemos una roca en donde caernos muertas. Vaya plan. No, si al final tendrás razón tú cuando dices que vamos de mal en peor... ¡Qué ganas tengo de fumar! ¿Le pido un cigarrillo a ése? No, a ése no. Mejor a uno más guapo, que nunca se sabe... Oye, estoy pensando que nos podríamos cambiar el nombre, ¿no crees? Hay que tomar precauciones, que nunca se sabe. ¿Qué te parecen Tribulación y Disyuntiva, o Escépticae Iracunda? A mí me quedaría bien llamarme Escéptica o Disyuntiva, y tú podrías elegir cualquiera de los otros dos, que van más contigo. Pero bueno, ya lo pensaremos después, que ahora tenemos cosas más importantesque hacer... ¡Ahhh, mira, mira! ¡Una rana! ¿Será de alguien? ¿Qué hago, me la como? Qué raro, una rana entre tanto jiracoleón. A ver si va a ser la mascota de alguien, que aquí en la ciudad, les da por eso, que son muy finos y unos snobs, que lo sé yo, y en vez de comérselas, las cuidan y las tratan como a unas reinas. Oye, yo no veo que sea de nadie -dijo, girando los ojos a todos lados-. Pues me la como, que tengo hambre -desenrolló su larga lengua y engulló la rana en un abrir y cerrar de ojos-. ¡Qué rica! -dijo, sin haberle dado tiempo de degustarla-... ¿Quién es esa que viene corriendo hacia nosotras hecha una furia? ¡Válgame Dios! ¡Seguro que es la dueña de la rana! ¡Corre, Irresoluta, corre -gritaba, mientras me cogía del cuello con la cola y tiraba de él-. Escondámonos detrás de ése cinamomo. No, espera, que es muy pequeño y no nos tapa, mejor detrás de ésa roca. Aquí, ¿ves qué bien? ¡No ganamos para disgustos! Bueno, ya pasó el peligro. Sólo falta que hayamos venido aquí para seguir siendo unas fugitivas. No, si lo que yo digo... Oye, estás muy callada... Pensándolo bien, es lo que yo quería, ¿no? Aventuras. Pero, hija, tantas emociones no sé si me van bien... ¿Qué es eso de allá? ¡Cuántos jiracoleones! Acerquémonos para ver... ¡Anda, pero si es un mercado! Espérame aquí, y no te muevas, que voy a ver si consigo algo para comer... O mejor ven conmigo, que así se fijarán en tu espinazo y se distraen mientras yo intento robar algo, que no tenemos ni un jiradólar para comprar un pimiento. Tú, ponte a mi lado, y mueve el dorso. Dios mío, cuánto jiracoleón, ni que regalaran las cosas. Irresoluta, sígueme. A ver, permiso... ¡Cuánto roce! Irre, aprovecha y no seas tonta... ¡Qué trasiego, por Dios! Irresoluta, ¿me has tocado tú el esfínter? ¿No? Bueno, pues que le aproveche a quien haya sido... ¡Mira! ¡Bolsitas de escarabajos y nidos de araña! Ven, Irre, no te despegues de mí, disimula, hija, mueve el dorso por lo menos, ayuda en algo... ¡Ya está! ¡Ay, qué nervios! Venga, salgamos de aquí, rápido. Antes de salir, aprovecha y toca algo, que aquí, el que no corre, vuela. Venga, venga, que me va a dar un infarto... ¡Por fin! Qué calor, virgen santa. Pues no ha sido tan difícil, la verdad. Figúrate, Irresoluta, yo robando. Lo que hace la necesidad. Ha sido divertido, ¿no? ¿Qué quieres, la bolsita de escarabajos o el nido de arañas? ¿O lo compartimos todo? Espera, alejémonos un poco más, que no me siento segura todavía, no vaya a ser que... -nos dirigimos hacia las afueras de la ciudad-. Tú, una asesina, y yo, una ladrona -seguía hablando, sin parar-. Vaya par de delincuentes... Pero bueno, qué se le va a hacer, si las cosas están como están... Tenemos que conseguir cigarrillos, que ya no puedo más. A ver si vemos a algún pánfilo y lo desvalijo, que ya me a gustado esto del hurto. ¿Tú no tienes ganas de fumar? Yo estoy que reviento, no sé cómo puedes, hija mía, pero bueno, como rompes todas las estadísticas, supongo que es normal... Irresoluta, di algo, que desde que hemos llegado a la ciudad no has dicho esta boca es mía... Tú misma, tú sabrás lo que haces, no voy a ser yo la que te obligue a nada, que ya eres mayorcita. Virgen, pero mayorcita... Nos va a caer la noche y no tenemos dónde dormir. Aunque por aquí no hay mucho movimiento, la verdad. Quizás encontremos algo... ¡Mira! ¿Lo ves? Allá hay dos rocas libres. No es un barrio muy bonito, pero para esta noche, ya está bien. Que más podemos pedir. Venga, vamos a descansar y a comer. Para mí la roca de la derecha, que parece más cómoda, y para ti, como duermes en cualquier lugar y te da igual, la otra... ¡Huy! ¡Pero qué despiste el mío! ¡Tanto hablar y hablar, se me ha ido el santo al cielo, y me he comido la bolsita de escarabajos y el nido de arañas sin darme cuenta! Lo que yo te digo, Irre, hago las cosas sin darme cuenta... Bueno, no importa, mañana será otro día. Ahora a descansar, que mañana tenemos mucho que hacer... ¡Qué cansada estoy! Buenas noches Irresoluta, que descanses bien... ¿Hola?... Por lo menos podías responderme y desearme buenas noches, tú también... En qué habrás estado pensando desde que hemos llegado a la ciudad, que si no te conociera, vale, pero seguro que estás maquinando algo, que no soy tonta... A veces, me das miedo... Ay, yo nosé qué va a ser de nosotras, no sé si hemos hecho bien en dejar el páramo, porque allí, por lo menos, conocíamos el terreno, pero aquí, en la ciudad, me siento como desubicada, no sé tú... Ay, Irresoluta, qué preocupación más grande... ¿Te has dormido ya? ¿Hola? ¡Pues anda que estás tú preocupada! Yo no sé si voy a poder dormir, porque tengo hambre otra vez. ¿Qué me oyes? ¡Pues vaya! ¿Y ahora, qué hago yo? Si lo que yo digo...
Me desperté, aturdida, al cabo de unas horas, sobre una cómoda y gran roca recubierta de helechos, y pensé: ¿dónde estoy?... Pues ya lo he dicho: estaba sobre una cómoda y gran roca recubierta de helechos, en dónde pensé: ¿dónde estoy?
-¿Quién es usted? -pregunté, desconfiada, a una que había al lado mío, porque nunca me he fiado de los desconocidos, como bien me enseñó mi madre, que en paz descanse, aunque pensándolo bien, quién sabe si ahora seguiría todavía virgen que, por otro lado, me lo tengo merecido por mojigata y desconfiada, las cosas como son, así que espero y deseo que mi madre esté ardiendo en el infierno.
-¡Lo que me faltaba! ¡Sin concha y encima amnésica!
-¿Amnésica, dice que se llama?
-Soy Dilema, estúpida.
-Pues no la recuerdo, perdone usted -dije muy educada, porque una cosa no quita la otra.
-Soy tu amiga del alma, que nunca ha dejado de cuidarte y que tú siempre has querido tanto. Soy Dilema, la que tanto ha hecho por ti. ¿Cómo es posible que no te acuerdes de mí?
-Pues, la verdad...
-Y tú eres Irresoluta. Una asesina en serie, que todavía sigue siendo virgen.
-Lo de virgen me suena -recordé.
-Claro, aunque con la caída que has tenido, vete a saber si no se te ha roto el himen, y has dejado de ser virgen, porque hija mía, vaya barrigazo que te has pegado, que si has resistido eso, resistes cualquier cosa. Yo creo que has roto todas las estadísticas...
Mientras mi amiga Dilema hablaba, yo iba recordándolo todo, pero decidí que siguiera hablando para ver hasta dónde podía llegar.
-...y siempre has tenido envidia de mí, que soy tan guapa y distinguida, no como tú, que aunque no estés del todo mal, no es que seas una maravilla, a las pruebas me remito, no vayas a creer que te lo digo para hacerte mal, pero es que no te has comido una rosca en toda tu amargada vida, por no decir triste y aburrida, mientras que yo he estado con unos y con otros llevando una vida sexual satisfactoria y gratificante, sin llegar a ser promiscua, por supuesto... Pero vamos a ver, ¿cómo es posible que no te acuerdes de todo esto? No lo entiendo, la verdad... Y ahora somos fugitivas por tu culpa, que eres una asesina en serie y me has involucrado a mí, que soy una caritativa jiracoleona, tan bondadosa y sensible, pero bueno, por ayudarte, y porque yo haría cualquier cosa por una amiga sin importarme lo que sea, me veo obligada a huir contigo y dejar el páramo en donde siempre hemos vivido, y en donde yo tenía una vida social envidiable...
-Dilema -la corté.
-¿Qué?
-Nada -le dije, mientras mi cola ceñía su cuello constriñéndolo hasta que mi amiga empezó a agonizar.
Ya no necesitaba más pruebas para saber cómo era mi amiga Dilema. Ya no tenía ninguna duda al respecto. Ya sabía que no tenía corazón, ni corazoncito. Ya sabía que en la única que podía confiar era en mí y en nadie más... Sabía todo eso, y no pude matarla... todavía.
-Maldita -le dije, mientras aflojaba la cola de su cuello.
-¡Casi me matas! Eres una asesina nata -dijo mi amiga cuando recuperó el aliento.
-Cállate, Dilema, cállate.
-Todo lo que he dicho, lo he dicho sin pensar, de verdad. Lo que pasa es que como estabas amnésica, me he ido animando y no me he podido controlar. Ya sabes que una cosa lleva a la otra; tú lo has dicho en más de una ocasión, acuérdate.
Mi amiga y yo nos dispusimos a bajar a la ciudad. Cuando estuvimos en la cumbre de la montaña, enroscamos nuestras colas y nuestros cuellos y, embutidas en nuestra concha helicoidal de caracol gigante, nos preparamos para rodar por la ladera hasta llegar a la ciudad.
-¿Preparada?
-Sí.
-¿Lista?
-Sí.
-¡Ya!
Nos lanzamos ladera abajo rodando cada vez más rápido, que aunque no haya estudiado física, es lo normal, debido a la aceleración en una unidad de tiempo, o algo así, no estoy muy segura. Y rodando y rodando, la verdad es que llegamos abajo en un santiamén. Mareadas, eso sí, pero también es normal después de tanta vuelta.
-¡Cloc! -fue el sonido que hizo Dilema cuando su concha se golpeó al llegar abajo.
-¡Crac! -fue el mío.
Yo me quedé traspuesta por no sé cuanto tiempo, tendida en el suelo, mientras mi amiga Dilema gritaba sin parar.
-¡Irresoluta, dime algo! -intentaba reanimarme mi amiga, dándome lengüetazos en la cara, mientras que yo, conmocionada como estaba, sólo pensaba: ¿crac? ¿Por qué mi concha no ha hecho cloc, como la de Dilema? Por supuesto, me temía lo peor...
-¡Irresoluta, no te mueras, por Dios te lo pido, aunque sea atea, pero no me dejes aquí sola! ¿Qué voy a hacer yo sola en la ciudad? No me hagas esto, después de todo lo que yo he hecho por ti. ¡Tanto que te he ayudado! ¡Tanto que tienes que agradecerme! ¡No te mueras ahora, desagradecida! -seguía mi amiga dándome lengüetazos y zarandeándome con la cola para intentar no sé muy bien qué, porque de seguir así, la que me iba a matar de verdad era ella con tanto meneo.
-Dilema... -conseguí decir.
-¡Ah! ¿No estás muerta? -se sorprendió.
-No. Anda, ayúdame a levantarme, que estoy hecha polvo -le rogué, sin atreverme todavía a mirar mi concha, más que nada porque soy una miedica, lo reconozco.
-Hecha polvo está tu concha -me sacó de la duda, mi amiga.
-¿Mucho? -pregunté, temerosa.
-A-ñi-cos -respondió mi amiga, convincentemente.
-¿Añicos?
-Hecha cisco, hija mía. Está inservible.
Nada más ver mi concha desperdigada por el suelo, y efectivamente, hecha añicos e inservible, me desmayé por la impresión, pues imagínense lo que es verse una de esa manera, y si no se lo pueden imaginar, figúrenselo. Porque una cosa es tener la concha resquebrajada, y otra bien distinta es tenerla hecha cisco, créanme.
-Hola -se despertó, por fin, pues ya eran las tantas, mi amiga Dilema-. ¿En qué piensas? -me preguntó, al verme meditando, porque ya lo he dicho antes, yo pienso, no como mi amiga, que ya saben cómo es: superflua y con la cabeza llena de pájaros; aunque, la verdad, la pájara es ella, y menuda, no vayan a creer, os lo digo yo, que la conozco de cabo a rabo, literalmente lo expongo y lo afirmo, aunque sin ánimo de ofenderla, pues en el fondo tiene su corazoncito, o no, pero vayan ustedes a saber, que yo ya no estoy segura de nada.
-Irresoluta, ¿que no me oyes? -insistió mi amiga, que por si acaso no lo he dicho ya, es la mejor insistiendo, y no para hasta que consigue lo que quiere, aunque debo decir que, la pobre, no es que tenga mucha amplitud de miras, qué le vamos a hacer, y yo la contento con cualquier cosa. Pero en aquel momento, como en muchos, yo no tenía la intención de hacerle el más mínimo caso, que bastante estaba yo haciendo pensando en lo que podíamos hacer. Y es que una no puede estar en todo.
-Irre, ¿te pasa algo o qué? -se alarmó un poco mi amiga, al ver que no le respondía.
-No -me limité a decirle, porque cuando yo quiero, me limito y me contengo.
-¿No? Pues no lo parece -me dijo, mientras se acercaba a mí, no sé muy bien con qué intención, aunque imagino que buscaba guerra, pero yo ya había decidido de antemano que no iba a caer en la trampa y que no le iba a pegar, aunque me lo pidiera de rodillas, que dicho sea de paso, no puede pedirme las cosas de rodillas, porque no las tiene, pero es un decir, y como puedo decir lo que yo quiera, porque soy yo la que cuenta la historia, pues lo digo, y punto.
-Haces mala cara -me dijo, cuando estaba a mi lado, como quien no quiere la cosa.
-Pues claro que hago mala cara -empecé a gritarle, y ya no pude parar, echándole en cara todo lo que se me pasaba por la cabeza-. No he dormido en toda la noche pensando en lo mejor que podíamos hacer dada nuestra situación, mientras que tú dormías a cola suelta despreocupada de todo, y eso no, Dilema, eso no, que yo no puedo hacerme cargo de todo, que bastante tengo yo con lo de mi concha y con lo de seguir siendo virgen, que ya no puedo más, que estoy a punto de reventar, y la verdad es que podrías ayudar un poco...
-¿Y qué culpa tengo yo con lo de tu concha y de que sigas siendo virgen? -me reprochó, no sin cierta razón, lo confieso, pero yo tampoco tenía culpa, y ya que decía ser mi amiga, que por lo menos compartiera un poco de mi desespero, pues para algo están las amigas, ¿o no?
-Algo de culpa tendrás -me defendí.
-Pues no sé en qué -se defendió ella, enroscando la cola.
-Es que eres tan... -dije, sin terminar la frase, porque no hay cosa en la vida que le moleste más a mi amiga Dilema que dejarla sobre ascuas.
-Tan, ¿qué? -se interesó, molesta, confirmando así lo que acabo de decir, ciñendo aún más su cola.
-Tan... -seguí con la fórmula, y es que cuando quiero ser intrigante, no hay quién me gane.
-¿Tan? -se deshacía de nervios mi amiga, alargando su cuello hasta que su cabeza rozó la mía, y con los ojos desorbitados, a punto de saltársele de las cuencas.
-Tan buena amiga -bromeé, porque no era lo que en un principio pensaba decirle.
-Pufff -ventoseó, mientras desenroscaba la cola.
-¡Dilema!
-¿Qué?
-¡Te has tirado un pedo!
-¿Y qué?
-Tú, lo que quieres es que te pegue, ¿verdad?
-Bueno, si te apetece.
-¡Lo que yo digo! ¡Con los problemas que tenemos, y tú sólo piensas en darte placer! -empecé a gritar, enrollando y desenrollando la lengua-. ¡Perseguidas por la justicia, acosadas por las autoridades! -seguía yo reprochándole a mi amiga-. ¡Dos fugitivas que no tienen dónde caerse muertas y ella -dije señalándole con la cola- sólo piensa en ella!
-Hija, no te pongas así, que no es para tanto -intentó calmarme, acariciándome con la lengua la concha resquebrajada, lo que a decir verdad, me sosegó, porque yo no sé qué ni cómohace mi amiga Dilema, pero el contacto de su lengua sobre mi dolida concha me relaja y me alivia la desazón al instante, lo que me hace pensar si no hay algo de sexual en ello, pero peor es lo de ella, que le gusta que le peguen, la verdad.
-Lo siento, Dilema, perdóname, es que estoy muy nerviosa, y como no he dormido en toda la noche... -me justifiqué, por justificarme, porque no sentía la menor necesidad de hacerlo, ni tenía por qué, pero como soy una jiracoleona educada, me limito a las buenas maneras, y que conste que no estoy justificando la justificación, y además, la que se tiró un pedo fue ella y no yo, las cosas claras.
-Bueno, te perdono -me dijo, condescendiente, cosa que me molestó mucho, porque no sé cómo lo hace, pero al final siempre es ella la que me perdona a mí.
-Mira -le dije señalándole el suelo, y para cambiar de tema, pues ya estaba harta de tanta discusión-, se me han caído tres trozos de concha con tanta agitación.
-No te preocupes, que ahora mismo te los pongo.
-Gracias, Dilema -me rebajé.
-No hay de qué, que para algo están las amigas -me dijo, muy seria.
-Claro -suspiré.
-Pues eso. Venga, ponte -me contestó, animada.
-¿Así? -tomé posición, animada también.
-Así, muy bien.
-Es que, a veces, eres tan indolente.
-Indolente no, que no me gusta esa palabra. Quizás un poco impasible o estoica.
-Es lo mismo.
-¿Quieres decir?
-Sí.
-Vale, pero no te muevas, que sino te va a quedar la concha hecha un churro.
-No sé que es peor.
-Irresoluta, no seas negativa, que hoy estoy muy contenta.
Mientras mi amiga me recomponía la concha, decidimos que una vez que terminara, bajaríamos a la ciudad... Yo casi me sentía más segura en la montaña, pero ella insistió en bajar, porque ya que habíamos llegado hasta allá, decía, no nos íbamos a echar atrás, lo que me pareció bastante razonable, todo hay que decirlo, aunque me cueste darle la razón, dicho sea de paso.
-¡Ya está! -dijo triunfal mi amiga Dilema, mientras aprovechaba y atrapaba un moscardón que pasaba por allí.
Mi vida era un continuo desasosiego. Es lo único que puedo decir con certeza, aparte de que seguía siendo virgen, con lo que eso conlleva y repercute; que ahora que viene al caso, vaya palabra más fea esa de repercute, que bien podía haber puesto otra, pero bueno, lo hecho, hecho está, y no hay que darle más vueltas al asunto, que sino acabaré loca, si no lo estoy ya. Y yo me preguntaba por qué, qué era lo que había hecho yo para merecer semejante castigo. ¿Y lo de mi concha? Eso sí que... Es lo que pasa, que una cosa lleva a la otra, y la otra a la de más allá, y ahora me veía como me veía: desorientada y perdida, que viene a ser lo mismo. O aturdida, eso era lo que estaba, confundida y atontada, además de pasmada, todo hay que decirlo, y lo digo, que después no quiero confusiones. Y es que cada día me enteraba de algo nuevo, como lo de mi amiga Dilema, que me había dicho que le gustaba que le pegara. Y eso sí que no, que a mí me gustaba pegarle para hacerle daño, no para darle placer, lo que me hacía pensarsi no era yo un poquito violenta o agresiva, que también viene a ser lo mismo, pero que no sea por falta de adjetivos, que para algo están, y yo estoy en el derecho de utilizarlos. Pero bueno, no es lo que importa ahora, y además, a nadie le incumbe si soy violenta o estoy loca, las cosas como son. Lo que importa es que estaba amaneciendo y no sabía qué hacer, si bajar a Jiracoleón City, o no. En eso estaba yo, como digo, mientras mi amiga Dilema dormía a cola suelta sobre una roca. En cambio yono había dormido en toda la noche pensando en lo mejor que podíamos hacer, si bajar a la ciudad o permanecer escondidas entre la maleza de la montaña hasta encontrar la mejor solución, si es que la había, porque la verdad sea dicha, íbamos de mal en peor, y no podía permitirme el lujo de tomar una decisión equivocada, ni el lujo de permitirme el lujo de tomar la decisión equivocada, valga la redundancia, que por cierto, vaya palabra más pomposa esa de redundancia, que bien podía haber puesto plétora o profusión, aunque vaya palabras más feas, también.
Huíamos. Mi amiga Dilema y yo nos convertimos en dos fugitivas de la noche a la mañana. Después de varios días, nuestro paso era lento y arrastrado, aunque si tengo que decir la verdad, era como el primero. Como corresponde a losjiracoleones, pues ya he dicho en alguna ocasión que, al menos yo, no estoy para romper las estadísticas, en eso, debo admitir que soy un poco conservadora. O sea, que lo quequiero decir es que nuestro paso era igual de lento el primer día que empezamos a huir que ahora. Sólo para que me entiendan, que después vienen las equivocaciones y los problemas. Y no quiero más problemas, que bastante tengo ya con lo de mi concha, que por su culpa he reventado todas las estadísticas sin yo quererlo y me trae por la calle de la amargura. Tampoco queríamos levantar sospechas. No se trataba de ir huyendo como dos locas, las cosas como son. Íbamos una al lado de la otra. Como buenas amigas, con nuestras largas colas enlazadas, íbamos tranquilas y calmosas intentando pasar desapercibidas. Y fíjense que digo como buenas amigas, o sea, que quiero que quede claro ese "como". Detrás de nosotras dejábamos dos brillantes estelas de moco jiracoleonil,paralelas entre sí, que refulgían, fíjense qué palabra me acaba de salir sin que yo quisiera que saliera, a causa de los incidentes rayos de sol matutino. Eran como dos Vías Lácteas terrestres derramadas sobre la accidentada superficie del extenso páramo que se perdían, sinuosas, en la lejanía.Con uno de mis ojos observaba cómo miles de insectos se acercaban, atraídos por la baba, para mojar sus antenas dormidas ysaborear nuestro jugoso néctar vertido, aplacando así su sed. Algunaque otra araña aprovechadaacudía rápida a nuestro riachuelo de humores y de vida para darse un festín de gorgojos felices y escarabajillos desprevenidos. El círculo de la vida, pensaba yo. Porque, ahora que viene al caso, de vez en cuando me da por pensar, me pongo filosófica. El círculo natural de la vida que avanzaba y que se cumplía, mientras nosotras avanzábamos también por el sendero que nos alejaba del páramodondehabíamos vivido toda nuestra vida. Nuestras largas colas enlazadas evidenciaban una gran amistad, que no era tal, aunque sí que es verdad que quizás seamos tal para cual. Dejábamos el páramo que nos vio nacer y donde siempre habíamos vivido entre frondosos helechos y adormideras adormecidas. Huíamosporque yo, Irresoluta, había asesinado a dos congéneres con sendas tazas de hierba luisa envenenada. Las autoridades jiracoleoniles del páramo me estaban buscando, y por eso tuve que huir de mis dominios. Mi amiga Dilema, que no hizo nada, pero que lo sabía todo y en todo quiere estar, seempeñó en ser mi cómplice, en mi compinche, como a ella le gusta decir. Por eso me acompañaba, ávida de aventuras, uniendo su destino al mío.
-Irreeee... -empezó a hablar Dilema mirándome de reojo y tirando de mi cola.
-¿Quépasa, Dilema? -suspiré, sabiendo que no le pasaba nada.
-Nada -me confirmó.
-Pues el que nada no se ahoga -le dije de mal humor.
-Es que... -continuó sin terminar la frase, volviéndome a tirar de la cola.
-Es que no puedes estar ni dos minutos callada, eso es lo que te pasa -me molesté.
-Sí que puedo -protestó.
-No, no puedes -insistí.
-Llevamos dos días arrastrándonos y no hemos llegado a ningún sitio -se quejó.
-¿Y qué quieres que haga? -le pregunté malhumorada, porque es verdad que yo no podía hacer nada, y sabía por experiencia que cuando mi amiga empieza a quejarse, no hay quien la aguante, y yo no estaba dispuesta a pasarle una, que bastante tenía yo con lo de mi concha y, además, seguía siendo virgen y eso sí que no.
-Estoy cansada -lloriqueó, pasándose la lengua por la cabeza y fingiendo que se enjugaba las lágrimas.
-Yo también estoy cansada y no me quejo. No podemos parar, tenemos que seguir -le dije, intentando zanjar la cuestión.
-Podríamos descansar un poco sobre esta roca -dijo ella, haciendo ademán de acercarse a una gran piedra que se encontraba al lado del camino, mientras me tiraba de la cola con la suya.
-Cuando llegue la noche, todavía es pronto -le propuse, sabiendo que tenía la batalla perdida, porque no hay en la vida nada peor que proponerle algo a mi amiga Dilema.
-¿Pronto para qué, si no tenemos nada que hacer? Sólo estamos huyendo... -contraatacó.
-¿Sólo? ¡Claro, como tú no has matado a nadie...! -me molesté.
-No exageres. No hemos dejado de arrastrarnos en dos días; ya estamos lejos, no nos van a encontrar -intentó quitar importancia a lo que yo había dicho y no hay cosa peor que alguien quite importancia a lo que yo pueda decir, aunque lo que yo diga no sea importante.
-Por si acaso -le dije-. Además, no haber venido, que nadie te lo pidió -rematé.
-Irresoluta, como sigamosa este ritmo, también me vas a matar a mí, pero de cansancio. Eres una asesina nata -me dijo, irónica, con la intención de molestarme.
-Sigue arrastrándote y cállate de una vez -fue mi intento para que mi amiga no siguiera con el tema.
-Pero... -se dispuso a decir algo que yo no estaba dispuesta a oír.
-¿No querías aventuras? ¿No estabas tan contenta por ser una fu-gi-ti-va? -le reproché.
-No, si me gusta, pero...
-Pero, ¿qué?
-Pensaba que era otra cosa...
-Pues esto es lo que hay.
-Estoy cansada y tengo miedo.
-¿Miedo, tú? No me hagas reír, Dilema.
-Sabes de sobra que soy muy sensible.
-Sí, ya...
-Ya, ¿qué?
-Vuelve, si quieres, que yo no te he pedido nunca que me acompañaras.
-¿Qué vuelva? ¿Yo sola? Ni pensarlo, querida.
-Entonces, sigue andando. Y suéltame la cola, que no tenemos que ir cogidas todo el camino. -le recriminé.
-¡Snif! -empezó a disimular, oprimiendo su cola con la mía.
-Te conozco, Dilema. No empieces... -suspiré, fastidiada.
-Snif-snif -apretó aún más con su cola.
-¡Para y suéltame la cola! -grité.
-De-sa-gra-de-ci-da -me dijo arrastrando las palabras sabiendoque esa manera de hablar me ponía nerviosa.
Mi amiga Dilema deslió su cola de la mía y continuamos serpenteando por el sendero que nos conducía hacia un futuro que, ahora que viene al caso, no teníamos muy claro. No nos hablamos durante un largo tiempo, aunque Dilema, que como muy bien sabemos, pues en alguna ocasión ya lo he dicho, no puede permanecer más de dos minutos callada, silbaba de vez en cuando para llamar mi atención, pero yo hacia oídos sordos, pues no me apetecía discutir, y prefería seguir arrastrándome y no hacerle ni caso. No iba a darle esa satisfacción. Entre la vasta vegetación, nuestros cuerpos se deslizaban poco a poco no sin cierta armonía, todo hay que decirlo, pues nuestros caparazones de caracol gigante iban de un lado a otro creando una hipnótica danza. De vez en cuando, nuestras lenguas se desenrollaban como rápidos matasuegras hacia alguna rana despistada o algún nido de arañas, nuestra comida preferida. Por supuesto,la puta de mi amiga, y digo puta porque lo es, no con doble sentido, era la que más comía, la más ávida y la que no perdía oportunidad. Aunque, si me pongo a pensar, más vale ser puta y estar bien alimentada que virgen y con la concha resquebrajada, pero no quiero pensar en eso, que bastantes problemas tengo, y no merece la pena que le tenga envidia a mi amiga, pues no la merece, aunque mi envidia fuera sana, que no lo es, a decir verdad, las cosas como son. Pues como iba diciendo, mi amiga se adelantaba y cruzaba su sucia lengua para atrapar la presa que se encontraba en mi camino y que por derecho me pertenecía. Y, vamos a ver, lo que es de una, es de una, no hay más que hablar. Yo la odiaba a muerte cada vez más, pero no le dije nada con tal de que estuviera callada y siguiera deslizándose sin rechistar. Además, en el fondo, me gustaba estar acompañada en mi huida, aunque fuera por Dilema. Siempre me queda la esperanza de que quizás no sea tan mala, y que en el fondo pudiera tener su corazoncito, como yo lo tengo y esté mal decirlo. También sabía que mi concha era delicada, por no decir que era un desastre, y que se me podía resquebrajar de nuevo o caérsele un trozo, y que mi amiga Dilema era la única que podía reparármela adecuadamente, pues aunque se le puedan reprochar muchas cosas, la maldita tiene traza, las cosas como son.
-Quiero fumar -dijo, de pronto.
-No tenemos cigarrillos, ya lo sabes -le contesté, aburrida.
-Quiero fumar -insistió.
-Tú misma te acabaste mi reserva de cigarrillos de amapola, ¿o es que ya no te acuerdas? -le hice recordar.
-Quiero fumar -alzó la voz, y no hay cosa que me moleste más que alguien alce la voz por el simple hecho de alzarla.
-Me estás dando el día, Dilema -le dije, a punto de perder los nervios, cosa que me pasa muy a menudo, o sino, que le pregunten a las difuntas Problema y Conflicto, que espero que estén ardiendo en el infierno.
-Quiero fumar -me retó mi amiga, porque ya, lo que mi amiga quería, era retarme, que la conozco mejor que nadie.
-¿Eres tonta o qué? -le dije, parándome en seco, y digo en seco por decir, porque con toda la baba que soltamos los jiracoleones, es imposible parar en seco.
-Quiero fumar -volvió a insistir mi amiga Dilema, a la espera de un par de lengüetazos que le cruzaran la cara. Y es que a veces pienso que le gusta que le pegue, porque sino, la verdad, no lo entiendo.
-¡Toma, toma y toma cigarrillos! -le pegué, porque se lo merecía, y aunque no se lo hubiera merecido, yo le hubiera pegado igual.
-... -intentó decir algo mi amiga.
-¡A callar! -la corté yo, antes de que dijera nada.
Y, contra todo pronóstico, no dijo nada, cosa que me sorprendió, y eso que una está hecha a todo. Pero como yo soy un poco así, y cuando digo así, piensen lo que quieran, porque a mí me da igual lo que los demás puedan pensar de una, le di otra oportunidad, porque en el fondo soy buena.
-Dilema... -le dije, aduladora.
-... -ni me miró.
-Dilema, venga, no seas así -insistí.
-Así, ¿cómo? -dijo sin mirarme.
-Pues así. Tenemos que llevarnos bien, o esto no sé adónde puede ir a parar -me justifiqué.
-La agresiva eres tú -se justificó ella.
-Es que me sacas de quicio, pero si quieres que te pida perdón, te lo pido -me rebajé.
-Pídemelo -me exigió, la malvada.
-Perdón, Dilema, no quise hacerte daño -mentí yo muy bien.
-Bueno, ¡te perdono! -me dijo totalmente alegre, como si no hubiera pasado nada, y siguió caminando, satisfecha por lo que ella creía que había sido un triunfo, pero la verdad es que los lengüetazos que le di en la cara, con su pan se los coma.
El caso es que todo esto que he contado hasta ahora era con el fin de algo que ahora no me acuerdo, pero escrito está por si sirve de algo, y si no sirve para nada, por lo menos que quede escrito, que nunca se sabe o por si acaso. Y para quien pudiera interesarse por el destino de mi amiga Dilema y el mío, reproduciré la última conversación que tuve con ella, antes de que se fuera a descansar sobre la roca en la que ahoraduerme. Porque nuestro destino es tan incierto como el que yo deje de ser virgen, la verdad sea dicha. Estábamos sobre una colina y caía la noche. Debajo de nosotras, miles de lucecitas se ofrecían a nuestros ojos cansados:
-¿Qué es eso?
-No sé, parecen luciérnagas.
-Pues vamos, que me muero de hambre.
-No, espera...
-¿Qué?
-No son luciérnagas, Dilema. Las luces no se mueven.
-Qué raro.
-Sí
-¿Qué hacemos?
-No sé.
-Estoy pensando que...
-Yo también
-Irresoluta, ¿tú crees?
-Creo que sí.
-¡Pues vamos!
-Estamos cansadas. Deberíamos dormir y bajar mañana.
Vuelvo a tomar esta historia que parece que no tuviera fin, pero si hay alguien que tenga que decir la última palabra, ésa soy yo, que soy la protagonista... Y no es que tenga afán de hacerme notar, pero cada uno a lo suyo y cada cual en su sitio, que desde que se me resquebrajó la concha, no paso ni una. ¿No dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen? Pues bien, para no romper esta estadística, pues ya he dicho en más de una ocasión que no nací para eso, yo, Irresoluta de la Vacilación Indeterminada, volví a mis dominios, al lugar del crimen... Lo que no esperaba era ver a mi amiga Dilema ocupando, como si tal cosa, los territorios que poco atrás habían sido de mi propiedad. Después de haber estado varios días arrastrándome de un lodazal a otro, por ciénagas infestas de sanguijuelas que se adherían a mi desprotegido cuerpo sin concha. Después de haber estado llorando día y noche sobre barrizales desconocidos, entre oscuros y misteriosos pantanos, bajo la perenne lluvia que reblandecía aún más mi dorso indefenso... La tristeza soldada en mi ánimo; la locura como una alimaña insoportable; el no saber qué hacer, ni por dónde tirar... Pues bueno, después de todo eso, pobrecita de mí, cuando me decido a volver al lugar del crimen, para no romper las estadísticas, vuelvo, y me encuentro, contra todo pronóstico, a mi amiga Dilema recostada plácidamente sobre mi roca preferida, fumando, como si tal cosa, mi reserva de cigarrillos de amapola, cargando mis dominios conel humo violeta que expulsaba en grandes bocanadas yque se mezclaba con mi rabia... Me quedé traspuesta. No me lo podía creer. Me arrastré sigilosamente hacia ella, sin que me viera.
-¡¿Qué estás haciendo aquí?! –grité a sus espaldas, dándole un gran lengüetazo en la cabeza.
-¡Irresoluta! –se incorporó todo lo velozmente que puede un jiracoleón-. ¿Qué haces, tú, aquí? –me preguntó incrédula, apagando el cigarrillo sobre el que creo que era el único helecho vivo que quedaba.
-¡Eso te pregunto yo a ti, que me veo forzada a huir de mis dominios, y tú no pierdes el tiempo, quedándotelos!
-Deja que te explique, Irresoluta...
-¿Qué me vas a explicar? ¡Que ya te conozco, Dilema, que ya sé cómo eres!
-Me vine aquí, para cuidar tus dominios...
-Sí, ya veo que no has dejado ni un helecho vivo, veo que los has cuidado muy bien.
-¡Qué fijación que tienes con los helechos, hija mía! -dijo, intentando calmarme.
-¡Tú lo que eres, es una usurpadora! ¡Una invasora! -le grité, fuera de mí.
-¡Ay, Irresoluta, cálmate! Invasora puede que sí, pero usurpadora no, que no me gusta esa palabra -me dijo, liando y desliando su larga lengua.
-Irrumpes en mi territorio y te instalas en él, como las sanguijuelas que llevo en mi lomo -le reprochaba, pensando que a mi amiga no se le podía negar cierta gracia.
-¡Uy, es verdad, tienes el espinazo lleno de lombrices! –me dijo, mientras cogía uno de los gusanos y se lo comía.
-No pierdes oportunidad -me quejé, sintiéndome aliviada por tener a un parásito menos sobre mi cuerpo lastimado.
-Estoy harta de comer sanguijuelas. No he hecho otra cosa desde que me fui -refunfuñé.
-Pues yo aprovecho y sigo, eh... ¿no te importa, no? -me dijo, alentada por el banquete que veían sus ojos desorbitados por la gula.
-No, no me importa. Así, quedo desparasitada, que tú no sabes lo que es que te estén chupando la sangre las veinticuatro horas –le dije con doble intención.
-Me lo imagino, querida, me lo imagino –me contestó, sin parar de comer y sin darse cuenta de que me refería a ella.
A medida que mi amiga Dilema se iba comiendo todas las sanguijuelas, mi mal humor iba desapareciendo. Pensé, como tantas veceslo había hecho ya, que mi amiga Dilema quizás no fuera tan mala, pues, en realidad, me estaba dejando limpia de parásitos, y eso es algo que tenía que agradecerle... Poco a poco iba calmándome, mientras sentía el roce de la ávida lengua de mi amiga sobre mi piel desprotegida y preguntándome si no había algo sexual en ello.
-¡Uy, mira, una garrapata! ¿La quieres? -me preguntó, con la intención de no dármela.
-No, cómetela tú; si encuentras otra, me la das -le dije, sabiendo que si encontraba otra, no me la iba a dar.
-Están tan ricas, ¡son como caramelos!
-¿Caramelos?
-Sí, caramelos rellenos.
-Qué loca que estás, Dilema.
-Y las sanguijuelas son como las gominolas.
-Ya lo digo yo, loca del todo -me resistí a reír.
-Es que, sino, la vida sería tan aburrida.
-Quizás tengas razón.
-Yo nunca me equivoco.
-Si tú lo dices...
-Claro, además, tengo una sorpresa para ti -me dijo, contenta, desenroscando la cola.
-¿Ah, sí? -me interesé.
-Sí -afirmó, pero sin decirme de qué se trataba.
-¿Y? Dímela -me interesé de nuevo, sin mostrarme ansiosa por saber.
-Todavía no, que antes me tienes que contar muchas cosas –dijo en el momento en que atrapaba un gran escarabajo pelotero.
-No me apetece hablar –le contesté, pensando en cómo podía estar tan guapa, mi amiga, con todo lo que comía.
-Venga –dijo zalamera, ofreciéndome con la lengua el escarabajo que acababa de atrapar.
-Que no, que ahora no –insistí, haciéndome de rogar, mientras aceptaba el coleóptero con desgana.
-¿Sigues siendo virgen, todavía? -me preguntó de golpe, seguro que molesta por haber aceptado el escarabajo.
-¿Eso es lo que quieres saber, si sigo siendo virgen? -me molesté.
-Bueno, entre otras cosas... -comentó, intentando entornar los ojos, pero no pudo, porque los jiracoleones no podemos entornar los ojos.
-Ya te he dicho que no quiero hablar ahora. Estoy muy cansada, y no es el momento -zanjé.
-¡A mi amiga, la fugitiva, no le apetece hablar! –chilló-. ¡Después de todos estos días en los que no he sabido nada de ti, ahora vuelves, y no te apetece hablar! –gritaba, rotando los ojos en todas direcciones-. ¡Yo, que estaba tan contenta de ser la amiga de una fugitiva, y me vienes con el cuento de que no quieres hablar! –continuaba declamando, inexplicablemente fuera de sí-. ¡Con la de cosas interesantes que te habrán pasado, y no me las quieres contar, a mí –se golpeó el pecho con la cola-, a tu amiga Dilema, que siempre a querido lo mejor para ti, a mí –volvió a sacudirse el tórax-,tu cóm-pli-ce,tu com-pin-che, a la en-cu-bri-do-ra del a-se-si-na-to, a la im-pli-ca-da en esta negra historia, a la par-tí-ci-pe de este caso: el caso de la jiracoleona virgen y sin concha que a-se-si-na a quien se pone en su camino, a la co-au-to-ra...!
-De coautora nada, que yo fui la única que envenenó a Problema Y Conflicto–la corté, indignada-. Además, deja de arrastrar las palabras, que me pones nerviosa.
-Siempre haciéndote notar...
-¿Qué?
-Ese afán de protagonismo...
-¿Qué estás diciendo?
-He hecho tanto por ti, y me lo agradeces tan poco...
-Las cosas se hacen sin pedir nada a cambio.
-Tanto, he hecho tanto por ti...
-¡Vamos, Dilema, no te me hagas, que ya nos conocemos!
-Eres una de-sa-gra-de-ci-da.
-Yo nunca te pedí que hicieras nada por mí, ni que me ayudaras.
-Una e-go-ís-ta.
-No empieces, Dilema.
-Una in-gra-ta.
-Dilema, no arrastres las palabras, que sabes que no me gusta.
-Una de-sa-pe-ga-da.
-Para de una vez. No sigas hablando así.
-Tan des-pren-di-da.
-¡Toma! –le di un lengüetazo en la cara.
-¡Ay! –se quejó.
-¡Y toma! –volví a darle más fuerte todavía.
-¡Ay! ¡Y encima, violenta! –empezó a fingir que lloraba.
Como siempre, mi amiga Dilema tuvo que decir la última palabra. Nos quedamos las dos calladas, llenas de rabia. Ella enroscaba y desenroscaba la cola una y otra vez, sin mirarme, aguantándose las ganas de seguir discutiendo, mientras que yo, empezaba a arrepentirme por haberle dado tan fuerte. Pero claro, ya sabéis que mi amiga no puede permanecer callada mucho tiempo.
-¡Sniff! –suspiró, mirándome de reojo, y enjugándose con la cola las falsas lágrimas.
Para no darle el gusto, permanecí callada, sin prestar la menor atención a los falsos sollozos de mi amiga Dilema.
-¡Sniff, sniff! –volvió a fingir acercándose a mí.
-Venga, Dilema, no sigas fingiendo.
-No finjo –moqueó.
-No quería darte tan fuerte –mentí.
-Perdóname, Irresoluta, que a veces no sé lo que digo –mintió ella.
-Perdóname tú a mí –me vi obligada a decir, para quedar bien.
-Bueno, ¡pues te perdono! –dijo ella, muy alegre, sin rastro de pesadumbre, y sintiéndose vencedora de la discusión-. Además, alguna vez que otra, todas nos ponemos violentas, y más tú, que eres una a-se-si-na y, encima, virgen.
Si no conociera a mi amiga Dilema, diría que no es muy inteligente, que de verdad dice las cosas sin pensar y sin maldad; pero la conozco. Sé que todas y cada una de sus palabras son estudiadas con precisión, que las dice con una determinada y calculada intención envenenada. Por eso la perdono, porque sé por dónde va, y aunque ella no se dé cuenta, la controlo. Sólo hay una cosa que le envidio: ella no es virgen y yo sí, y eso me da mucha rabia, mucha.
-Irresoluta, te has quedado callada.
-¿Qué quieres que te diga?
-¡Mira, tengo un plan!
-¿Un plan?
-Sí, en estos días he estado pensando.
-Seguro que has pensado algo bueno –dije sarcástica.
-No seas cítrica –me reprochó-. Verás: cuando desapareciste de tus dominios y yo me hice con ellos...
-Sí, ya... –la corté entre bostezos, demostrándole una total falta de interés.
-Calla y escúchame –siguió ella, agitada-. Bueno, pues cuando te fuiste y yo me vine aquí, después de leer tu agenda olvidada, que por cierto, lo que dices de mí no me gusta mucho, lo primero que hice fue recoger tu concha resquebrajada que dejaste tirada en el suelo, y la guardé en la cueva de al lado –me dijo muy alegre, esperando ver mi reacción.
-¿Qué? ¿La guardaste? –le pregunté, ahora sí, más interesada.
-Sí, ¿qué te parece? Sabía que volverías, porque todo a-se-si-no vuelve al lugar del crimen. Yo sólo me he limitado a esperar.
-No sé. ¿No hay algo necrófilo en todo esto?
-No seas tonta, necrófilo sería si estuvieses muerta, pero ya sabes que se te cayó la concha, y tu seguiste vivita y coleando, rompiendo todas las estadísticas.
-Pues sigue dándome repelús eso de que tengas guardado mi carey, qué quieres que te diga.
-Es que he pensado una cosa...
-¿Sí...?
-¡Te la voy a pegar con resina!
-¡Ah! -acerté a decir.
-¿No te parece una idea genial?
-Pues..., no sé -dije, porque realmente no sabía.
-¡No se hable más, te la pego y punto! ¿Qué podemos perder?
-Tú, no sé... Yo, ¿la dignidad?
-No digas tonterías, ¿cuándo has tenido tú dignidad?
Y Dilema se fue a buscar mi concha sin dejarme oportunidad a réplica. Esperé, de mal humor, a que mi amiga volviera para decirle unas palabras, pero tras los cuatro o cinco minutos que tardó en volver, y porque, aunque a veces tenga mi genio, soy pobre de espíritu, desistí de ello.
-¿Lo ves? -dijo, levantando con la cola, la bolsa que contenía mi concha- ¡Y lo mejor de todo, es que no está hecha a-ñi-cos, sino sólo resquebrajada! No será tan difícil recomponerte...
-¿Tú crees? -dije, incrédula.
-Claro. Venga, Irresoluta, date la vuelta, que voy a empezar -dijo, mientras cogía un poco de resina del árbol cercano.
Yo me di la vuelta y la dejé hacer. Me puse en sus manos, como tantas veces había hecho ya...
-Te voy a dejar una concha divina -me decía, mientras me ponía el primer trozo de nácar con su larga cola-. Y ahora éste..., ¡ay, no, que éste no cuadra! A ver..., ¡éste, sí, como anillo al dedo! -se divertía.
-No sé por qué utilizas esa expresión, si los jiracoleones no tenemos dedos -le dije yo, por el simple hecho de fastidiarla, y porque es verdad que no tenemos.
-¡A callar, y no te muevas! -me dijo ella, totalmente inmersa en su trabajo-. ¡Ni una palabra, Irresoluta, que te estoy recomponiendo la concha como mejor puedo! -siguió adosándome trozos de coraza sobre la espalda, y no sé por qué digo espalda, por que los jiracoleones no tenemos exactamente espalda, sino espinazo, dorso, o envés, que viene a ser más o menos lo mismo.
Durante cuatro o cinco horas, mi amiga Dilema estuvo recomponiéndome la coraza, trozo a trozo, mientras que cada vez que me ponía uno, sentía un gran placer, no sé si por el roce de su lengua o por el contacto de la resina, o vete a saber si era por las caricias de su cola al presionar los trozos sobre mí, haciendo que mi contenido flujo jiracoleonil se derramara, sin quererlo yo, en pequeñas cantidades incontenibles y deleitantes; y haciéndome pensar, otra vez, si no había algo sexual en todo ello...
-¡Ya está! -dijo mi amiga, triunfante, cuando terminó. ¡Ha quedado perfecta!
-¿De verdad? -pregunté, no sin cierto temor, porque no sabía muy bien qué era perfecto para Dilema.
-Mírate en el charco -me dijo, señalándomecon la lengua hacia la pocita en donde yo había tenido mi reserva de batracios.
-Por lo que veo, te has comido todas mis ranas -le regañé, al mismo tiempo que ladeaba mi cuerpo para verme reflejada en la charca.
-Una tiene que comer -se disculpó, sin sentirlo-. ¿Qué te parece mi obra de arte? -me preguntó, ansiosa.
-¡Psé! -le contesté, sin querer reconocer que, realmente, mi amiga Dilema, cuando quiere hacer algo bien, lo hace; las cosas como son.
-¿Psé? ¿No te parece..., cómo diría yo...?
-¿Gaudiana? -la corté, sabiendo que ella no tenía ni idea de lo que quería decir aquella palabra.
-Sí, me ha quedado muy gaudiana -dijo satisfecha, haciendo como que sí que sabía lo que quería decir aquella palabra, aunque una nunca sabe, quizás sí que lo sabía... En eso estuve pensando, entre sueños, toda aquella noche...
A la mañana siguiente, mi amiga Dilema me despertó al alba, con un golpe de cola.
-¡Despierta, Irresoluta, despierta! Nos vamos ahora mismo de este páramo! Aquí no tenemos nada que hacer. He pensado que tú y yo, huyamos lejos, como dos fugitivas, ¿no te parece emocionante? ¡Fu-gi-ti-vas! Correremos muchas aventuras, muchas. Seremos dos a-ven-tu-re-ras.
Yo, todavía medio dormida, entrelacé mi cola con la de ella, y nos fuimos arrastrando hacia las afueras de la ciénaga, dejándome llevar por mi amiga, que no paraba de hablar, y volteando la cabeza hacia atrás, para observar los dos relucientes y paralelos senderos de baba jiracoleonil que íbamos dejando a nuestro paso arrastrado.
-¡Ay, Irresoluta, qué de aventuras correremos, qué emoción! ¡La asesina y su cómplice! Por cierto, me tienes que contar dónde escondiste los cuerpos de las hermanas Incertidumbre...
Cuando me enteré de que mi amiga Irresoluta desapareció, me vine a vivir a sus dominios. No sé qué fue de ella, y no es que no me importe, pero la verdad es que ella se fue sin decir adiós. Ni siquiera vino para despedirse de mí, que era su mejor amiga. La de horas que he pasado frotándole la concha con miel... No se lo reprocho, porque últimamente sufrió mucho por lo de su coraza de caracol, que no acababa de hacérsele añicos. No llegó a hacérsele cisco, dicho de otra manera, y ahora que viene al caso, tengo decir que, la pobre, rompió todas las estadísticas, aunque ella nunca quisiera reconocerlo. Sólo espero que lo que ahora escribo en mi agenda electrónica, sirva para esclarecer ciertos puntos oscuros del misterio que supuso la desaparición, que no muerte, de mi amiga. Ya he dicho antes que destrozó todos los esquemas que actualmente conocemos... Lo primero que vi cuando me instalé en los dominios de Irresoluta fue su agenda olvidada, inconscientemente supongo, sobre uno de los pocos helechos que mi amiga Irresoluta mantenía vivos; y debo confesar que la leí, no sin antes pensarlo detenidamente, porque a mí no me hubiese gustado que alguien ajeno husmeara en mis diarios, aunque no tenga nada que ocultar. Lo que escribe acerca de mí, es totalmente falso. Yo, Dilema de la Confusión Absoluta, afirmo que nunca quise ningún mal para mi amiga. No entro ni salgo en lo que dice de los demás (aunque confieso que estoy bastante de acuerdo con la opinión que tiene hacia los otros), pero mi imagen queda distorsionada por la locura de mi amiga Irresoluta, porque, ahora me atrevo a decirlo, debido a que no encontraba a ningún jiracoleón con el cual acoplarse, a mi amiga Irresoluta se le fue envenenando la cabeza. Tanto tiempo estando receptiva sin llegar a conocer siquiera un orgasmo biológico con alguno de su especie (yo ya no entro en si se masturbaba o no, que seguro que sí, pero cada cual hace lo que quiere con su cuerpo), hizo que el juicio natural y sensato que poseemos todos los jiracoleones huyera de la pobre Irresoluta... Todavía recuerdo, como si fuera ayer, la última vez que vi a mi amiga y lo que hablé con ella. Fui a visitarla como de costumbre... -¡Irresolutaaaaa, hoooolaaaa! ¿Estás visible? -le grité, jovial, entre las adormideras en la entrada de sus dominios. -Pasa, Dilema, pasa. Cuidado con los helechos -me contestó desde la roca en donde normalmente yo me sentaba cuando iba a visitarla. -¿Qué pasa con los helechos? -le pregunté sin saber a lo que se refería. -Pues eso: cuidado con los helechos -me repitió, dando por sentado lo que todavía escapaba a mi entendimiento. -¿Por qué? -insistí, pues no iba a quedarme sin saber la relación entre los helechos y yo. -Por que cada vez que vienes me destrozas dos o tres -me contestó bruscamente. -¿Quieres decir? -pregunté ofendida, recostándome, sin darme cuenta, sobre el helecho más grande. Mi amiga Irresoluta se quedó callada. Se le notaba de mal humor, porque enrollaba y desenrollaba su cola lenta y mecánicamente. -¿Y cómo está tu concha? -reanudé el diálogo animada, como quien no quiere la cosa, perdonándole su actitud hacia mí, desenroscando mi larga lengua camaleónica. -¿Cómo quieres que esté? -me respondió todavía de mal humor. -¡Ay, Irresoluta, cada día estás más imposible! -grité, mientras encendía un cigarrillo de amapola. -Estoy como siempre: virgen y con la concha a punto de estallar -me dijo entre el humo violeta que misteriosamente la rodeaba, pues creo recordar que yo no lo dirigí hacia ella. -No seas negativa -intenté animarla. -¿Negativa? -tosió. -Es que no se te puede tratar -le reproché rezongando sobre el helecho. -Ya... -dijo sarcástica. -¡Y mira que lo intento, Irresoluta, mira que lo intento! -seguí refunfuñando. -Deberías intentar tener más cuidado con mis helechos, por ejemplo -dijo furiosa mirándome a los ojos. -¡Huy, cariño, no me había dado cuenta! -dije con falsa pena, todo hay que reconocerlo, mientras me incorporaba, apresurada, del helecho en el cual estaba cómodamente apoyada sin darme cuenta. -Demasiado tarde -me dijo ella, mirando al helecho aplastado. -Lo siento, Irresoluta, no me he dado cuenta -me disculpé, sin sentirlo, pero fingiendo. -Sí, nunca te das cuenta -suspiró, porque ahora que viene al caso, los jiracoleones también suspiramos. -Venga, no seas así -le dije cariñosamente para intentar calmarla, mientras intentaba acariciarle la cabeza con la punta de la cola. -¡Vale, vale! -dijo ella, incorporándose de la roca para esquivar mi caricia. -¿Sabes algo de Conflicto y Problema? -le pregunté cambiando de tema, mientras aprovechaba el momento y me sentaba en la roca en donde había estado recostada mi amiga-. Desde que llegaron al páramo no he tenido la oportunidad de saludarlas. Creo que eran muy simpáticas... Irresoluta no me contestó, y yo, que no soy tonta, noté que algo turbio se cocía, porque mi amiga no quería hablar, haciéndose la sorda y fingiendo reparar al helecho destruido, sin querer, por mí. -¿Qué no me oyes? -insistí. -No eran simpáticas -comentó sin mirarme. -¿Cómo que no? -le pregunté interesándome por el tema. -Vinieron a visitarme... -empezó a soltar con voz vacilante. -¿Y? -intentaba yo sonsacarle. -Pues eso -se limitó a decir. -¿Por eso no son simpáticas, porque vinieron a visitarte? -le pregunté, un poco ofendida por la demostrada falta de confianza que mi amiga Irresoluta tenía de mí. -Vinieron para reírse... Vinieron para reírse de mí -me dijo muy triste-. Para ver mi concha... -siguió, más triste todavía-. Querían saber quien era la que había roto todas las estadísticas -me contó casi sin voz. -¡No me lo puedo creer! -me apiadé de ella. -Créetelo, Dilema -lloraba. -¡Santa jiracoleona de la Ciénaga! ¿Y qué hiciste? -le pregunté ansiosa, ya sin piedad, sino con ganas lo que pasó. -Las invité a una taza de hierba luisa... -moqueó mi amiga Irresoluta. -¿Cómo? Encima que vienen a reírse de ti, ¿tú vas y las invitas a una taza de hierba luisa? -la corté, contrariada. -A una taza de hierba luisa... -me dijo misteriosamente bajando la voz, y estirando su cuello de jirafa hacia mí. -¿Qué, qué? -le preguntaba yo totalmente nerviosa, girando los ojos a todas partes, pues me estaba sacando de quicio con tanto misterio. -Una taza de hierba luisa... envenenada -terminó de decirme. -¿Qué? -pregunté, por preguntar, porque había oído perfectamente lo que había dicho mi amiga, pero no se me ocurrió otra cosa que decir. -En-ve-ne-na-da -me contestó acercándose todavía más a mí, hasta que su lengua rozó la mía. -¡Irresoluta de la Vacilación Indeterminada: una asesina! -dije, sofocada, y retirando mi cabeza de la de mi amiga encogiendo mi cuello hasta que casi desapareció dentro de mi concha helicoidal de caracol gigante. -Se lo merecían -continuó ella hablando mucho más serena, y diría yo, convencida de su inocencia. -¡Una a-se-si-na! -continuaba yo gritando, agitada. -¡No grites, que se va a enterar todo el páramo! -me gritó, al tiempo que me daba un lengüetazo en la cara. -¡Tengo una amiga asesina! ¡Santa jiracoleona: a-se-si-na! -continuaba yo, totalmente enajenada. -Por eso mismo, debes de tener cuidado conmigo, no vaya a ser que... -me amenazó convincentemente, todo hay que decirlo. Yo, por si acaso, me quedé muda. Sin rechistar. Pero, si en algo tengo que defender a mi amiga Irresoluta, es que cuando ella escribió que yo no podía permanecer más de dos minutos callada, era verdad. -A-se-si-na... -se me escapó -Dilema, para ya de una vez -me dijo desenroscando la cola. -¡Qué subidón! -seguí yo, sin poder estar callada. -¿Cómo? -se extrañó mi amiga. -¡Que qué subidón: una amiga a-se-si-na, quién me lo iba a decir! -dije, perdiéndole el miedo. -Deja de arrastrar las palabras, que me pones nerviosa. -¿Y cómo crees que estoy yo, sabiendo lo que eres? -¿Qué soy según tú? -Una a-se-si-na. -Ya te he dicho que se lo merecían -se justificó. -Sí, pero eso no quita que seas una a-se-si-na -le dije, otra vez. -¡Dilema: como vuelvas a decir ésa palabra, te vas a enterar! -Ho-mi-ci-da -dije, sin pensar. -¡Dilema! -Criminal, parricida, ver-du-ga -me salían las palabras mecánicamente, como si me vinieran a la boca sin pasar por la mente. -¡Dilema, para ya! -¡Ay, Irresoluta, qué emoción! -No sé dónde ves la emoción. -Me encanta tener una amiga asesina ¿Dónde están los cuerpos? -Estás enferma -Vale, sí, pero, ¿dónde están los cuerpos? -¡Cálmate, Dilema, estás muy nerviosa! -¿Escondidos en una cueva, enterrados por aquí, bajo tierra? -insistía yo, pero no para torturarla, ni por maldad, sino para compartir con ella su angustia, aunque, ahora que lo pienso, no se le veía muy angustiada. -No te lo voy a decir hasta que no te calmes -¿Qué les diste? ¿Láudano, algún alcaloide que no conozco, algo brillante que escape a mi imaginación? -¿Por qué no te vas y te lo cuento otro día? -Cuéntame ahora, mi querida amiga asesina, que sino no duermo esta noche. Que yo, lo que quiero, es ayudarte, no vayas a pensar... -Si quieres, te lo cuento mientras me frotas la concha con miel. -Hoy no he traído miel para frotarte la concha. -¡Que pena! -¿Por qué no salimos a pasear por el lodazal y me lo explicas todo? -No me apetece salir. -Venga, no seas tonta. -Que no -Hace un día precioso. Está lloviendo, y el agua le hará muy bien a tu concha. -No, ve tú, que yo me quedo. -La verdad es que tienes la concha fatal -dije mirándole el carey. -No hace falta que me lo recuerdes, ya lo sé -Bueno, pues me voy -Dilema... -¿Qué? -No se lo digas a nadie -¿El qué? -Lo de Conflicto y Problema. -Claro, ¿por quién me has tomado? -Te conozco -Soy tu amiga -le reproché-, a-se-si-na -dije después, muy bajito, mientras salía de sus dominios. -¿Qué has dicho? -me preguntó. -Nada, hasta mañana, mi amor -le contesté-. A-se-si-na -volví a decir un poco más alto, aunque más lejos, ante la duda de que no me hubiera oído la vez anterior.
Bajo la lámpara de luciérnagas he escrito mi última conversación con mi amiga Irresoluta, para que las cosas queden claras. Sólo espero que ayude un poco, aunque sea, a las autoridades jiracoleoniles del páramo, que no paran de preguntarme por el paradero de mi antigua amiga Irresoluta. Fugitiva, según ellos, desde hace tres semanas... El caso es que tengo los restos de la concha de mi amiga escondidos en una cueva, porque parece que al final se le cayó la coraza. No se le hizo añicos, rompiendo todas las estadísticas, pero se le cayó... Quizás por eso huyó, no sé, nadie sabe. Yo, por si acaso no les digo nada a las autoridades, que aún siendo buena, se te puede dar la vuelta la tortilla... Debo decir que me gustaba tener una amiga asesina, porque le daba cierto sentido de riesgo a mi vida. Yo era su compinche, su cómplice. Pero lo bueno es que ahora soy amiga de una fugitiva, que si lo piensan, es más interesante, porque le da un aire de aventura a mi existencia. Además, la palabra fugitiva tiene tanto encanto: fu-gi-ti-va. ¿No creen?
Así, como quien no quiere la cosa, la concha se me resquebrajó que, dicho sea de paso,me parece una palabra muchísimo más fea que añicos; porque añicos tiene ese no sé qué de inocua, de infantil, de tontuela y tierna... Porque imagínense que le preguntan: ¿cómo quieres que te quede la concha, resquebrajada o hecha añicos? Pues si no nos paramos a pensar detenidamente diremos que hecha añicos, porque resquebrajada es una palabra que, la verdad, da miedo...
De nada sirvió la miel que me untó mi amiga Dilema, y digo amiga, porque es la costumbre que tengo de llamarla así, no vayan a creer, ya que amigas, lo que se entiende por amigas, no tengo ni una, ni media... Aunque ahora tengo dos nuevas vecinas de páramo, que hace poco se instalaron en los dominios vacíos que dejaron las hermanas Incertidumbre. Una se llama Problema, y la otra, Conflicto, y si quieren que les diga la verdad, esos nombres me dan no sé qué, así como miedo, pero vete tú a saber si no son dos buenas jiracoleonas, porque yo todavía no las conozco, y no está bien tener ideas preconcebidas, que fue lo primero que me enseñó mi madre, aunque de poco me ha servido, la verdad...
De hecho, ahora mismo, vienen arrastrándose por el camino de sauces Problema y Conflicto para, seguro, presentarse como nuevas vecinas; y yo no estoy para problemas ni conflictos. Pero les voy a dar una oportunidad, en honor a mi madre:
-¡Hola-holaaaaa! -me saludan las dos a la vez.
-¿Qué las trae por aquí? -pregunto amablemente.
-Somos nuevas y nos hemos enterado de lo de tu concha -dice una.
-Sí, y veníamos a ver quien era la que había roto todas las estadísticas -dice la otra, mientras yo decido, contra todo pronóstico, hacerlas pasar, e invitarles una taza de hierba luisa envenenada.
Mi amiga Dilema vino a visitarme otra vez. -¿Se puedeeeee...? -Pasa, Dilema, pasa. -Irresoluta, cariño... -¿A qué se debe que pidas permiso para entrar, si nunca lo has hecho? -No he venido a discutir. -Yo tampoco quiero discutir contigo. -Te he traído esto -dijo levantando la cola mostrándome un gran panal repleto de miel. -¿Y eso? -¡Ay, Irresoluta, me porté tan mal la otra vez...! -Bueno, eso ya pasó. Ya ni me acordaba -mentí. -¡También te he traído cigarrillos de siempreviva! -Sabes que sólo fumo de amapola... -Anda, no seas tonta... -Perdona -le dije sin sentirlo. -¡Tengo noticias...! -soltó maliciosa, mientras giraba el ojo izquierdo hacia la derecha, y rotaba el derecho hacia la izquierda. -¿Ah, sí? –comenté, intentando disimular mi interés. -Sí -dijo satisfecha al mismo tiempo que se sentaba en mi roca preferida y colocaba el panal de miel que todavía llevaba en la cola sobre uno de los pocos helechos que me quedaban vivos. -¿Y...? –pregunté, aguantando la furia al ver que mi amiga Dilema me destrozaba una vez más otro de mis helechos. -Se trata de nuestra amiga Alternativa... -¿Qué le pasó? -¡Se le reventó la concha! -¿Cómo? -Sí, sí, ¡se le hizo añicos! -¡No lo puedo creer! -Como te digo: ¡a-ñi-cos! -Pobre... -¿Pobre? Nos estuvo mintiendo durante años, haciéndonos creer que se apareaba día sí, día no; y mírala: ¡a-ñi-cos! -volvió a decir ésa palabra como si se le fuera la vida en ello. -No sé si alegrarme... -dije, alegrándome, en el fondo. -¡Ay, Irresoluta, lo que pasa es que eres demasiado buena! -Buena, no sé, pero estoy más o menos en la misma situación que nuestra difunta amiga. -¡Alégrate, Irresoluta que no eres una puta sino una jiracoleona un poquito huevona! -Oye, que no estoy para versos. -Ya lo sé, cariño, sólo intentaba animarte -Pues hazlo de otra manera. -Ya he pensado en eso, ¿para qué crees que he venido, so tonta? -No sé, sorpréndeme. -¡Ay, qué arisca estás! -Es que de ti me espero cualquier cosa. -Pues mira, te voy a untar la concha con la miel que he traído. -¿Y para qué me vas a untar la concha con miel? -Así resistirá más. -¿El qué? -No te me pongas trágica, ya sabes de qué te estoy hablando. -Bueno, si tú lo dices... -¡Venga, date la vuelta! -¿Así? -dije dándole la espalda -Muy bien.... -me dijo, mientras cogía el panal con la cola y dejaba caer pegajosas gotas de miel sobre mi concha-. ¿Ves qué bien? -No está mal -dije sin reconocer del todo que, en realidad, me gustaba la sensación de su lengua esparciendo la miel por todo mi caparazón. -¡No está mal, no está mal...! Verás cómo te voy a dejar la coraza: ¡de puro nácar! Yo ya no dije nada. Me dejé llevar placenteramente. Pensé que a lo mejor Dilema no era tan mala, y que en el fondo era una buena amiga, pero tiene el problema de no poder estar callada dos minutos seguidos.... -Y el caso es que no eres del todo fea. -¿Cómo? -pestañeé como si tuviese pestañas, pues no las tengo. -Pues eso, que no llego a entender cómo todavía eres virgen. No es que seas una maravilla, pero no eres fea, las hay peores; y yo creo que no te mereces estar así, tan desaprovechada. Cada cosa tiene su qué y su cómo, pero es que tú rompes todas las estadísticas... No me gustaría verte con la concha hecha añicos, porque que palabra tan fea añicos, ¿no te parece?: a-ñi-cos, a-ñi-cos, ¿verdad que sí?... Mi amiga Dilema siguió hablando. Yo dejé de escucharla, porque como dice ella, cada cosa tiene su qué y su cómo, y yo, no estaba para ni estadísticas, ni para añicos, ni para nada. Sólo pensaba: ¡Cállate y sigue frotando, hija de puta, frótame la concha, sólo frótame la concha!
Los jiracoleones somos seres tranquilos, entre otras cosas, porque somos lentos al desplazarnos, pero, ¿quién ha dicho que no tengamos nuestro genio? No hace mucho discutí horriblemente con las hermanas Incertidumbre: Duda y Aleatoria. No son malas, pero me sacan de mis casillas, porque, ¿quién ha dicho que los jiracoleones no se ponen nerviosos?
-¡Hola-holaaaa! -gritaron las hermanas muy alegres, mientras iban acercándose a mis dominios por el camino de sauces, una al lado de la otra, dejando tras de sí dos estelas paralelas de baba.
Yo, la verdad, no estaba para visitas, porque, ¿quién ha dicho que debo estar siempre dispuesta a recibir visitas? Disimulé, haciendo como que estaba muy ocupada con unos nidos de abejarucos, pero fue en vano, porque las hermanas Incertidumbre no dejaban de arrastrarse hacia mí.
-¡En tu andar-andar reluce la aceraaaa, al andar-andaaaaar! -cantaban, porque, ¿quién ha dicho que los jiracoleones no podamos cantar?
Yo, viéndome perdida, no tuve más remedio que saludarlas efusivamente, porque ¿quién ha dicho que yo no sea educada y sepa comportarme como es debido?
-¡Duda, Aleatoria! -grité como si acabara de descubrirlas-, pero, ¡cuánto tiempo! ¡Qué alegría! -mentí.
-Irresoluta, cariño, no mientas, que te conocemos de hace mucho -dijo Aleatoria.
-Es verdad, no te nos hagas, que ya sabemos cómo eres -remató su hermana Duda.
-Bueno, ¿qué queréis? -pregunté de malhumor, porque, ¿quién ha dicho que los jiracoleones no tengamos mal humor de vez en cuando?
-Venimos a despedirnos -dijo una de ellas, no recuerdo cuál, porque, ¿quién ha dicho que no pueda olvidarme de alguna cosa?
-¿A despediros?
-Sí, nos vamos a otro páramo -dijo Duda muy contenta.
-¿A otro páramo? -pregunté por preguntar, porque, ¿quién ha dicho que me interesa lo que pudieran decirme?
-Sí, a otro páramo mejor que este -me respondió Aleatoria.
-¿Qué tiene de malo este? -volví a preguntar, porque, ¿quién ha dicho que no pueda volver a preguntar?
-No nos gusta -dijo Aleatoria-. Se está llenando de cronopios y de famas -siguió hablando su hermana Duda-. Es más, últimamente hemos podido ver algún jaberwocky que otro, y tenemos que velar por nuestros hijos, nos da miedo lo que nos pueda pasar -retomó, otra vez la palabra Aleatoria.
-Los cronopios se pasan el día bailando, y los famas son medio tontos... -dije-, ¿o era al revés? -pensé-, y los jaberwockys hace años que se instalaron y nunca nos han causado ningún problema, que yo sepa, al menos -comenté, porque, ¿quién ha dicho que yo lo sepa todo?
-Claro, tú vives sola y estas cosas no te preocupan -dijo Duda.
-Y no tienes hijos a los que cuidar -soltó Aleatoria, iniciando así, entre las dos, un dialogo recriminatorio, en el cual yo era el punto de mira, la diana, de sus palabras envenenadas.
-Y eso que estás en edad de tenerlos.
-Pues sí, hija. Yo no sé...
-No sé que esperas.
-Cualquier día se te reventará la concha.
-Porque, ¿qué edad tienes ya?
-Ay, Duda, que esas cosas no se preguntan.
-Es que eres es tan así...
-Es verdad, Irresoluta: eres tan así...
-Es que se te va a pasar el tiempo.
-O a lo mejor ya se te ha pasado.
-No, porque se le hubiera reventado el carey.
-Quizá haya roto todas las estadísticas.
-Puede ser, porque las estadísticas son las estadísticas...
¿Quién ha dicho que yo fuera a soportar por más tiempo a aquellas dos petardas? En el momento que oí la palabra estadística, la concha casi se me resquebraja, y no pude seguir escuchando más.
-¡Callaos las dos ahora mismo, hijas de puta!
-¡Irresoluta, esas no son maneras!
-¡Qué vulgar!
-¡Toma! -le di un lengüetazo a Duda en toda la cara.
-¡Ay! -se quejó.
-¡Y toma tú también! -di otro lengüetazo a su hermana Aleatoria.
-¡Ay! -se quejó igualmente.
-¡Y ahora os vais por donde habéis venido!
-Pero... -dijo una.
-¡Largo!
-Pero... -dijo la otra.
-¡Fuera de aquí, so petardas! -gritaba yo, mientras las empujaba con la cola hacia fuera...
Cuando ayer vino mi amiga Dilema a visitarme, yo no estaba para visitas. -Hola, Irresoluta –me dijo, mientras entraba en mis dominios como si tal cosa, como si la buena educación no tuviera nada que ver con ella-. He pensado que como pasaba por aquí y hacía tanto tiempo que no te veía..., –se sentó en mi roca preferida-. La de cosas que me han pasado, tú no sabes –decía sin mirarme enroscando y desenroscando la lengua. -Dilema, tú y tus cosas... ¿Qué te hace pensar que me interesan? –le dije mientras uno de mis ojos captó un apetitoso nido de arañas y el otro miraba a mi amiga Dilema de arriba abajo con cierta envidia y desdén, porque ella sí que es guapa, no como Fortuita. -¿Tienes un cigarrillo? Vuelvo a fumar. -¿De amapola o de...? -De amapola está bien –me cortó, al tiempo que su larga y viperina lengua atrapó el nido de arañas que yo creía iba a ser mi cena. -Toma –le lancé el paquete con la lengua, que voló seis metros sobre las adormideras, con la intención de que le diera en la cabeza. -Ay, Irresoluta -me dijo atrapando el paquete con la cola-, ayer pasé toda la noche con un jiracoleón guapísimo –continuó, desliando lentamente su larga cola, mientras sacaba un cigarrillo del paquete que acababa de lanzarle con toda mi mala intención. -¿Ah, sí? –enrosqué mi cola, intentando disimular la frustración de haber fallado el tiro. -Sí –dijo con una sonrisa triunfal mientras encendía el pitillo. -Pueeees... -dije arrastrando la voz. -¿Sí? -me preguntó a la vez que soltaba una gran bocanada de humo violeta. -¡Qué bien! -mentí. -Pues sí, ¡lo necesitaba tanto...! -dijo recostándose en la roca. -¿No estuviste con uno la semana pasada? -le pregunté, maliciosamente. -¿Y qué tiene eso que ver? -irguió el cuello, apagando el cigarro violentamente sobre los frescos helechos que adornan mis dominios. -Nada, Dilema, no te pongas así -le dije, sin que se me notara lo satisfecha que estaba de haberla incomodado, y lo molesta que estaba también al ver a uno de mis helechos destrozado. -¿Qué insinúas? -me preguntó agresiva, mientras su concha iba subiendo de color. -Nada, Dilema, nada -intenté apaciguarla, aunque el tono de mi voz y mis gestos no ayudaban demasiado. -¿Me estás llamando puta? -inquirió provocadora. -No, Dilema... -¿Soy una guarra, una cualquiera? -Yo no he dicho eso. -¿Tengo yo la culpa de atraer irresistiblemente a todo jiracoleón que se me acerque? -Dilema... -Di, ¿tengo yo la culpa? ¿La tengo? -Ojalá me pasara a mí lo mismo, Dilema, ojalá... -suspiré. -¿Lo mismo? -se sorprendió, cambiando el tono agresivo de su voz por otro mucho más suave e interesado. -Sí, ojalá pudiera yo atraer a cualquier jiracoleón -le confesé sin querer. -¿Qué quieres decir? -preguntó muy interesada y sin rastro ya de enfado. -Lo que te estoy diciendo. Llevo tres años seguidos receptiva, y nada. -¿Nada? -siguió sonsacándome. -Nada de nada. -¿Virgen? -Virgen e inmaculada. -¡No me lo puedo creer! -Créetelo. -Tienes que apresurarte. Llegará el momento en que te explote la concha. -Lo sé, pero, ¿qué quieres que haga? -le dije, poniéndome totalmente en sus manos. -No sé, ya pensaremos algo -dijo, mientras que sacaba otro cigarrillo de amapola y lo encendía nerviosa, pero totalmente contenta por poder inmiscuirse en mi vida. -Estoy harta de pensar. -¿Ya escribes cartas en las hojas de higuera? -Todas las noches. -¿Y las esparces por el páramo? -Todos los días. -Pues no entiendo por qué todavía eres virgen -comentó expulsando sobre mi cara una gran bocanada de humo morado. -Yo tampoco –tosí, a punto de llorar. -Rompes todas las estadísticas. -Sí... -balbucí. Mi amiga Dilema se quedó pensativa durante un largo tiempo mirándome a la cara, mientras yo me resistía a llorar para no darle ese gusto. Lió y deslió varias veces su larga cola esperando no sé qué, hasta que de pronto se levantó de la roca en donde había estado recostada todo el rato, y se acercó a mí, sin dejar de mirarme ni un solo momento. -No desesperes -me dijo acariciándome la concha con la cola-, tranquila. -¿Cómo voy a estar tranquila? -Ten fe. -¿Fe? -Sí, Irresoluta, fe. -Pues, la verdad... - -Fe. -Hic...-hipé. -Y esperanza -me dijo, antes de marcharse y de apagar el cigarrillo sobre otro de mis helechos, dejándome con la sensación de que no me había ayudado lo más mínimo con sus supuestos consejos, sino todo lo contrario, y además, con dos helechos menos...
Soy un jiracoleón hembra y me llamo Irresoluta. Lo de antes es una simple historia más de tantas que me pasan en la vida. Últimamente estoy receptiva y lo único que quiero es un buen jiracoleón que me colme de placer y de jiracoleoncitos. Os juro que me paso las noches arrastrándome por el páramo, pero no encuentro a ninguno y siempre vuelvo a casa más sola que la una, dejando tras de mí un hilo secretor de lujuria: la estela de amor que nadie sigue, el rastro de pasión para posibles amantes que nunca vienen... Es por las noches que escribo cartas de amor que luego disperso ilusionada por las vastas marismas, con la intención de que alguno las lea. Mojo la pluma entre los labios de mi húmeda vagina y comienzo a escribir, con mi mejor letra, sobre las grandes hojas de higuera que voy recogiendo durante el día. Sé que os parecerá extraño, pero es nuestra manera: cuando los rayos del sol inciden en las hojas escritas con flujo jiracoleonil, se pueden leer poemas de amor en letras tornasoladas, que supuestamente ciegan el entendimiento y la razón de los jiracoleones machos. Cambian de color y enroscan su pegajosa lengua de casi un metro y enrollan la cola de casi dos, hasta que rozan su esfínter contraído por la pasión. En ese momento empiezan a buscar jiracoleonas en celo metidos en sus conchas helicoidales de caracol irisado, rodando y rebotando por las ciénagas que dominan nuestro hábitat. Normalmente encuentran a alguna dispuesta a todo, pero yo no sé qué es lo que hago mal, porque llevo cerca de tres años esperando con la lengua fuera, sobre mis pechos hinchados, al jiracoleón de mi vida... Y se dice pronto, pero tres años son tres años; más aún cuando, por causas que desconozco, yo estoy en celo todos los días del año, en vez de los cien que normalmente tenemos las jiracoleonas... No sé, supongo que llegará el día, no puede tardar, o al menos, eso espero. No voy a ser yo la que rompa las estadísticas, no nací para eso. Porque ahora que viene al caso, estoy harta de las estadísticas: ¿dónde estoy yo en ésos padrones, dónde? Si fuera fea, como mi amiga Fortuita, lo entendería; pero hasta ella ha tenido varios contactos con jiracoleones distintos, y ya tiene ocho retoños, más feos aún que ella, todo hay que decirlo, pero los tiene... Porque no vayan a pensar que lo único que quiero es sexo, chiquichiqui y ya está, no, quítenselo de la cabeza; lo que yo quiero es amor, cariño, ternura..., en definitiva, que me quieran... Y tener muchos hijos, muchos..., pero, ¿cómo?, si no encuentro a nadie para acoplarme, a nadie que me haga suya... Yo no sé cómo hace mi amiga Fortuita, que siendo como es, está como está... No quiero engañar a nadie, pero la verdad, también necesito sexo. Sexo sin más. ¿Y, por qué no? ¿Qué tiene de malo?
-Estaba sedienta –le comenté a la primera rana que me encontré en la ciénaga, como quien no quiere la cosa.
-¿Deseosa? –me preguntó aburrida sobre una pequeña roca musgosa, mirándome con sus dos ojos convexos.
-Sedienta de todo –encogí mi largo cuello de jirafa hasta ella.
-¿Qué anhelabas? –se interesó muy alegre dando un gran salto hacia otra roca más alta y mirándome a los ojos camaleónicos, más prominentes y abombados aún que los suyos.
-Agua y venganza –le respondí alzando otra vez el cuello para ponerme a su altura.
-Entiendo..., -bajó la mirada sin entender nada-. ¡Qué bonita concha tienes! -cambió de tema, de pronto, como si no le interesara lo que yo creía que era una buena y artificiosa conversación para atraer su atención.
-También ansiaba cariño, que me amaran un poco..., -reanudé el diálogo de nuevo, llevándolo hacia donde yo juzgaba conveniente.
-¿Sólo un poco? –se interesó la rana de nuevo.
-Aunque fuera un poquito... –le contesté mientras enrollaba poco a poco mi larga cola de lagarto.
-Estabas en celo.
-Estaba receptiva.
-Ávida de sexo...
-Y sobre todo harta.
-Pobre... -hizo ademán de pestañear, pero se dio cuenta de que no tenía pestañas y quedó perpleja.
-Tenía que trazar algún plan y me afané en ello -erguí el cuello.
-¿Y qué pensaste?
-Primero, bebería agua... -le dije,desliando mi larga cola de nuevo.
-Agua -repitió la rana insensata.
-Después, comería algo... -la miré fijamente con mis dos ojos locos.
-¿Algo? -se encogió.
-Y por la noche ya vería lo que haría... -disimulé con gran soltura.
-¡Qué cosas! -dijo la rana, totalmente ajena a mis planes.
-Encendí un cigarrillo porque... -dije con gran misterio.
-Porque... -se interesó, abriendo los ojos.
-¿...quién ha dicho que los jiracoleones no fumamos?
-¡Jijí! –rió, tapándose la boca conlas ancas.
-Y, mira tú por dónde, los planes cambiaron.
-Es que no se puede hacer planes... –negó con la cabeza, y ya, totalmente inmersa en la conversación
-Y antes de encontrar agua para beber... –dejé en el aire.
-¿Sí? –me preguntó la rana muy interesada.
-...te encontré a ti –dije mirándola fijamente a los ojos.
-¡Anda! -me respondió feliz, ignorante de su inminente destino.
-Sí -continué-, mis planes se fueron al garete.
-¿Qué quiere decir garete? -me preguntó
-Encontré antes la comida que la bebida -le dije, sin contestar a su pregunta.
-¿Qué quiere decir garete? –insistió, saltando hacia otra roca más cerca de mí.
-Y entonces decidí cambiar mis planes, porque una no está para perder el tiempo –comenté, como si no hablara con ella.
-Sí, sí, pero, ¿qué quiere decir garete? -volvió a preguntarme muy nerviosa.
-Porque, que seas una rana, no quiere decir que vaya a dejar pasar la oportunidad...
-Soy sencilla... -me cortó.
-...y seguro que estás buenísima... -la corté yo y erguí mi largo cuello hasta la roca en donde ella se encontraba.
-... aunque no sepa qué quiere decir garete -dijo muy triste, hundiendo sus sobresalientes ojos.
-...enrollada en mi lengua... -seguí, mientras la desplegaba hacia ella.
-¿Qué quiere decir garete? -volvió a animarse.
-...que es más larga aún que la tuya -le dije y, justo después, en un abrir y cerrar de ojos, la rana hipnotizada, quedó atrapada en mi músculo más valioso.
-¡Uy, qué lengua más largaaagh...! -llegó a decir la pobre incauta.
-¡De-li-cio-sa! –dije, mientras el anuro, a modo de aperitivo, pues me gustan presas más grandes, se deslizaba por mi largo cuello de jirafa, más prolongado aún que mi lengua, antes de iniciar el oscuro y curvo viaje por el interior de mis entrañas espirales. Después, rompiendo todas las estadísticas, bebí agua del propio lago en donde habitaba mi tentempié, mi piscolabis, y fui a dormir la siesta, cobijada en mi concha de caracol gigante...
Si escribo, tiendo lo que escribo y dejo que el aire decida lo demás, pensaba Strawberry en la cama. Normalmente, el aire altera todo lo que escribo, se dijo. Si escribiera aquel sueño, quizás el de otro; no, mejor el mío, aquel que tengo marcado en el recuerdo... Hacía ya algún tiempo que un sueño le rondaba por la cabeza y Strawberry quería escribirlo. Era un sueño de medusas que corrían por el marco de la puerta de su dormitorio. Si lo escribo, debiera sumergirlo en agua destilada, que siempre es mejor que el agua mineral, pues constantemente quedan restos, para que fuese un sueño verdadero y puro, para que se diluya la tinta en el pocillo de arcilla, pues lo haría de forma artesanal, con cariño, con cuidado, con el corazón, igual que el sueño en las lagunas de mi cerebro castigado; sí, si lo escribo, pensaba Strawberry todavía en la cama, sin la menor intención de levantarse y escribirlo. Debiera hacerlo... Si escrito estuviera el sueño, o sea, en un papel marcado, cogería el mechero para quemar las puntas del papel escrito. El sueño en llamas, pensó Strawberry. Las llamas serían pequeñas; serían llamitas... Y se juntarían. Poco a poco, las llamitas se juntarían e irían creciendo, mientras muevo los dedos; despego uno, después el otro, alternativamente, y jugaría a no quemarme mientras las medusas corren despavoridas hacia la nada… Si escribo el sueño, entierro lo escrito en un cajón con la esperanza de que no lo encuentre yo cuando consuma ese poco de tiempo que tenga para descubrirlo. Podré decir que era un cuento maravilloso. Era maravilloso, diría a mis amigos, pues unas medusas semitransparentes recorrían el marco de la puerta de mi habitación. Un cuento cuento, de los de verdad, creedme. Un cuento perfecto… El sueño, a cada instante, renace y muere. Nadie lo contempla. Sólo yo, pensaba. Y qué delicia verlo ir y venir borrándose, del modo en que a veces uno se esfuma con un cigarrillo en la boca, acodado en la barandilla de un balcón, el mío, pensó Strawberry, el de un quinto piso que es sétimo o séptimo, ya no sé, se dijo, o por qué no, mi sueño proyectado en un papel fotográfico, para que luego se rebele y se revele, si quiere, si yo quiero, siguió pensando. Yo decido, pensaba Strawberry mientras se daba media vuelta para seguir durmiendo, yo decido. ¿Añadiré algo más al sueño, lo adornaré, le pondré florituras o lo dejaré así, desnudo, tal como es, en su sencillez, con su verdad y su mentira, con los tentáculos de las medusas recorriendo el marco de la puerta? Yo decido.
Strawberry tendía unas hojas de papel escrito en las cuerdas del tendedero. Qué voy a hacer, le dijo a su vecino de al lado cuando éste le preguntó qué hacía tendiendo unas hojas de papel en el tendal; ¿no ve? le dijo, no ve que estoy tendiendo unas hojas de papel, pensó. Es muy sencillo, continuó, pues realmente lo hago para que el aire altere lo que hay escrito en estas hojas, ¿sabe una cosa?, siguió Strawberry justificándose ante su vecino, apoyando la barriga en el borde de la barandilla mientras tendía las hojas desde el sétimo o séptimo piso, todo lo que escribo lo tiendo y en este caso era más necesario que nunca. ¿Que porqué? Pues porque hacía ya algún tiempo que quería escribir un cuento sobre un sueño que tuve hace ya muchos años y que nunca he podido quitarme de la cabeza. Un sueño sobre medusas y anémonas… Bueno, si quiere que le diga la verdad, seguía hablando Strawberry a su vecino, no había anémonas, sólo medusas que recorrían el marco de la puerta de mi habitación pero, fíjese usted que, aún sin querer hacerlo, resulta que al final he adornado un poco el cuento sobre mi sueño de medusas que recorren el marco de la puerta de mi habitación y he incluido alguna que otra anémona compañera que, ahora que me doy cuenta, son totalmente innecesarias. Por eso cuelgo las hojas en las cuerdas, para que el viento se lleve lo innecesario. No me mire con esa cara. Le sorprendería la de cosas que se lleva el aire. En este caso, quizás se lleve a las anémonas. Y a los peces abisales. Porque también he incluido unos cuantos peces de los fondos marinos, ¿sabe usted? No. No sabe, claro. No puede saberlo. Le hablo, decía Strawberry a su asombrado vecino, de cosas muy personales que a usted ni le van ni le vienen, pero le recuerdo que fue usted quien me preguntó. ¿Qué me diría usted si le dijera que otra de las cosas que hago con mis escritos es sumergirlos en agua destilada? Lo hago muchas veces. Lleno un pocillo de agua y sumerjo los papeles escritos. Es muy emocionante. Sólo queda lo que realmente importa; lo mismo que hace el viento, lo hace el agua. A veces, sabe usted, me pregunto si vale la pena escribir, no sé si me entiende… Cuando hay que ser drástico, acudo al fuego. Empecé ya de pequeño, pues me gustaba mucho hacer mapas antiguos con indicaciones tortuosas para llegar a un tesoro escondido, casi siempre por los piratas. Quemaba los bordes de la hoja con el mechero de mi padre y pasaba la llamita por debajo, haciendo círculos rápidos para que el papel se oscureciera y tomara el color típico de los pergaminos. Con el tiempo, fíjese usted, me di cuenta de que el fuego también borraba lo innecesario, lo superfluo, las tonterías, digamos, para que usted me entienda, decía Strawberry a su vecino mientras seguía tendiendo hojas en las cuerdas. Si yo, por ejemplo, siguió, cogiera estas hojas y las quemara, quién sabe lo que el azar quemaría y lo que no. Figúrese que desapareciera lo concerniente a las medusas que recorren el marco de la puerta de mi habitación, sí, hombre, las medusas de mi sueño, las que hay escritas en lo que estoy colgando. Pues eso, imagine que quedaran sólo las florituras, las anémonas y los peces abisales. Muchas veces, el fuego se equivoca, créame. Quién sabe si lo mejor es esconder lo que escribo en un cajón hasta que se me olvide que lo tengo escondido allí y, entonces, pueda decir a mis amigos que escribí un cuento maravilloso, perfecto. En este caso, podría decir que era un cuento sobre unas medusas que recorrían el marco de la puerta de mi habitación y que es una pena que no puedan leerlo, porque era un cuento muy, muy bonito y muy bien escrito, porque en el momento de escribirlo estaba muy, muy inspirado. ¿No cree que sería lo mejor, dígame, no lo cree…? También es posible proyectar un sueño en papel fotográfico, ¿sabe? No crea que no lo haya hecho con este, el de las medusas, pero es que me quedó muy simple, muy así, ¿sabe?, como muy pobre, con solamente unas medusas recorriendo el marco de la puerta de mi habitación, sin anémonas ni peces abisales, y uno a veces es pomposo, como usted sabrá… Es curioso, pensó Strawberry cuando estaba tendiendo la última hoja de su cuento sobre medusas que recorrían el marco de la puerta de su habitación, que esté hablando solo, como si hubiera un vecino aquí al lado que me escucha, es curioso, pensó; mucho... Bueno, ya está, terminé, dijo al colgar la última hoja sobre el tendal. Seguro que queda un cuento perfecto, pensó.
La muerte es el futuro de todos; por eso sé que has venido desde el futuro, porque en la muerte el tiempo pasa mucho más rápido que cuando estamos vivos, por el simple hecho de que allí, donde quiera que estés, no existen las horas. Has venido a rescatarme del infierno en que me encuentro desde que ya no estás a mi lado. Porque tú no quieres verme así, como un animal enjaulado entre cuatro paredes, lloroso, sucio, obsceno.
Ahora, cuando el sol de verano empieza a dejar rincones sombríos a lo largo de toda la casa, justo cuando parecía que te habías ido para siempre y la vida se me escurría de los dedos colándose por el fregadero como agua sucia, vuelves junto a mí para llevarme. No quieres aparecerte sólo en sueños, porque desde que ya no estás, todas las noches he estado junto a ti aunque fuera en sueños. Pero un día vi mi nombre escrito en los cristales empañados de la ventana y supe que habías sido tú.
Yo creo que ya habías venido otras veces, pero no me daba cuenta. Me sobresaltaba de aquel modo tan extraño, cuando dormitaba en el sofá en las tardes solitarias hecho un ovillo, con un temblor leve y un sudor frío empapándome todo el cuerpo. Entonces, miraba a través de los cristales de la ventana entreabierta, por donde entraba una fresca brisa marina, que me embriagaba con su aroma salado y traía consigo, muy a lo lejos, los dóciles punteos del lamento de tu muerte. Me percataba de que el sol decía adiós, coloreando de tonos violetas y anaranjados las nubes rezagadas del horizonte que se alzaban en el cielo, poco antes azulísimo. No te veía, pero sospechaba que habías estado a mi lado…
Me calzaba perezosamente los zapatos olvidados en el suelo desde no sabía cuándo, y observaba primero el salón y luego el resto de la casa. Todo estaba intacto, tal y como quedó aquella fría noche de invierno camino del hospital. Los platos seguían sucios sobre la mesa, las gotas del grifo repiqueteando perennes sobre el fregadero de acero inoxidable, una vela colocada en medio del mantel se había consumido hacía ya mucho tiempo, al igual que mi (tu) vida. Y aunque la habitación mostrara un clima apagado, frío y vacío, la imagen de nuestra última noche juntos seguía aún muy viva. (Igual que cuando mi padre destrozó aquel tren de vapor que tanto me gustaba porque decía que yo ya era demasiado mayor para jugar con esas cosas. Y aun así, seguía viéndolo como nuevo en mi cabeza, deleitándome con sus movimientos en círculo sobre la vía, el traqueteo de sus vagones y aquel humo imaginario de un color tan negro como el azabache.)
Podía aspirar todavía el olor de la colonia que llevabas puesta aquella noche. Miraba hacia el sofá de terciopelo marrón que había situado junto a la ventana y te recordaba allí, durmiendo junto al calor del fuego de la chimenea, con un libro abierto de par en par encima de tu pecho, esperando a que yo volviese y te despertara, revolviendo tu pelo y diciéndote cosas al oído para que tú me besaras y me obligases a quedarme toda la noche a tu lado, a la espera del nacimiento de un nuevo día.
Pero aunque me costaba admitirlo, ya no estabas. Te habías ido... lejos, muy lejos. Pero no partiste como partía el sol en aquellas tardes, triste y solitario. No, porque a la mañana siguiente él volvería risueño para darme un poco de calor mientras que tú… Tú te habías marchado para no volver jamás. A un lugar de donde aún nadie ha podido volver.
Si hubiera sabido que habías estado buscándome mientras yo dormía el resto de mis noches, junto a una parte vacía de la cama que nadie jamás volvería a poder llenar, hubiera salido a la arena de la playa en busca de tus pisadas; hubiera recogido las cenizas de las hogueras que había junto al mar, para averiguar si tu habías encendido la llama; hubiera bebido del agua del mar para saber si te habías bañado en sus aguas; hubiera recogido todas las caracolas para intentar oír tu voz; hubiera examinado cada roca por si había sido acariciada por tus manos, para saber si habías sido tú quien había pasado la noche al raso, dándole gracias a las estrellas por aquellos días que pasamos juntos y preguntarle al sol si había tocado con su luz naranja a la persona que convirtió, con su embaucadora media sonrisa, el infierno en mi propio paraíso.
Y te recordaba tumbado en el sofá... O cuando atrasaba la hora de los relojes para que no te marcharas a trabajar y tenerte así unos minutos más a mi lado. O aquella vez en que me besaste sin decir nada... Aquella tarde en la calle, cuando empezó a llover de forma huracanada y nada más llegar a casa cogiste una toalla y me secaste el pelo. O aquellas veces que nos quedábamos tirados en el césped mirando el sol, sin pensar. O cuando me dijiste que tú nunca te enterabas de nada hasta que no te lo decían claramente, y entonces yo te dije que te quería y tú me dijiste: “vale, ahora ya está claro...” Como la vez en que te descubrí llorando y se me partió el corazón. O cuando me hice un corte muy feo en la cara y le pedí al médico que te dejara entrar a la habitación para que me soplases en la herida. ¿Y aquella noche, de pie, junto a la orilla del mar, cuando me mentiste diciendo que estarías toda la vida a mi lado? No ha sido así. Ya no estás a mi lado. Ya no estás. Te fuiste.
Recordar me hacía sentir bien. Recordar aquello que fue y no volvería a ser jamás...
Pero has venido a rescatarme. El sol acaba de marcharse y ha dejado a una bandada de gaviotas volando en picado tras él, pero no logran alcanzarlo. La habitación ha quedado sumida en la más profunda oscuridad, y en el más absoluto y frío silencio, sólo roto por el sonido del devenir y el retroceso de las olas del mar. Has venido justo cuando empezaba a afrontar que no volvería a sentirte rodeándome con tus brazos, como tampoco sentiría el roce de tus dulces labios sobre mi piel salada, ni escucharía ninguna de tus risas, ni volvería a sentirme vivo nunca más.
Has venido por mí. Te he visto golpear las ventanas. Yo pensaba que no era cierto y me acurrucaba todavía más en el sofá. Pero cuando he oído que pronunciabas mi nombre y he abierto los ojos, te he visto rascando los cristales... Has vuelto, pues tras noches en las que nada queda, ni siquiera el eco del viento en el cristal de la ventana congelada, has arañado mi corazón para despertarme de la noche eterna en la que me encontraba; después de tantos días de papel vacío en los que, como un ciego, leía páginas no escritas; has vuelto para que huyamos lejos.
Vienes para rescatarme. ¿Huiremos del frío y del aliento escarchado, del prematuro desengaño y los derrumbes? Voy contigo... Huimos lejos, muy lejos, al otro lado.
Es una intimidad precaria la nuestra, pues algunos hombres desnudos salen de entre la niebla olvidada para acariciar nuestro cabello y alisar los flecos de nuestra ropa raída. No estamos solos, pero, curiosamente, no hay nadie más aquí. Estamos solos tú y yo.
Yo siempre quise ser un niño muerto para que pudieran contarme metáforas gastadas, hablarme de fantasmas que se desvanecen, de cenizas y huesos, de las voces que nadie escucha, de sucias pupilas, de los ojos redondos de calavera, de sombras tenaces, de la nada instantánea, de las gaviotas golpeadas en la ventana.
Tú eres un muerto muy singular; ya nadie, y yo menos, recuerda desde cuándo. Somos olvidados de pelo oscuro, y hemos perdido la vida en una batalla secreta, que solo nosotros sabemos. Hemos quedado tendidos en una suave pendiente del laberinto oscuro. Nada se ha atrevido a tocar nuestra carne muerta. Nos hemos fundido lentamente en la tierra. Nuestros cuerpos resisten la podredumbre y nadie entiende el macabro portento. Los años van diluyéndose sobre nuestra piel reseca y permanecemos adheridos al paisaje como otra fría pared gris.
Recostados en el suave declive, nos observamos en silencio y señalamos nuestro sueño de cuero viejo; admiramos nuestra tenacidad y anhelo de pervivir en la muerte. Hay otros hombres desnudos; la mayoría de ellos sólo se sientan a nuestro lado, en silencio, o nos hablan sobre sus sueños y pesadillas. Es curioso que haya otros hombres si estamos solos. Algunos pocos nos acunan y nos humedecen con sus lágrimas que resbalan por la suave piel de nuestro vientre de pergamino, hasta llegar al escondido ombligo, para caer, y perderse en el áspero y negro pelo de nuestro sexo herrumbroso. En el centro del laberinto, nuestras manos plácidas yacen extendidas, y entre los dedos crece la hierba y persistimos.
Doy un trago y te miro: dime, ¿por qué hemos vivido? Tú no me respondes. Silenciosa y terrorífica respuesta. Ni tan solo una huella borrada…
Derrotados, nos miramos de nuevo y nos alejamos. Ni siquiera nos decimos adiós, pues mutuamente nos recordamos otro tiempo, y nuestras palabras sólo son palabras, palabras deshaciéndose, desaparecidas, ya, en el fracaso. Y no lloramos... En la muerte, nos vamos distanciando. Caminamos por pasillos diferentes y ya ni siquiera oigo tus pasos. Cada vez más lejos el uno del otro. ¿Acaso me has traído junto a ti para una nueva despedida? Un día lluvioso, no cualquiera, cansado de buscar y no encontrarte, avanzo entre la niebla.
Intento volver a casa para que vuelvas a rescatarme, pero es inútil; ya estoy en el lugar donde el tiempo no existe, en el futuro de todos. Bajo la lluvia, como lo hacen los enamorados, miro a través de la ventana de lo que fue nuestra casa y me encuentro únicamente para afirmar, con grotesca elegancia, el terror de mi propio cadáver sobre el sofá.
Sólo lo que se esconde es profundo y es verdadero. De ahí la fuerza de los sentimientos viles. Es excéntrico decirlo, pero no encuentro una diferencia clara entre escribir, vivir y morir. Es lo mismo. Quizás no tenga valor lo que digo, pues la forma esencial de abordarlo no necesita del menor talento. Aún después de haber matado al niño Leocadio, a veces, me visita su espíritu por las noches... Oigo como sus uñas arañan el cristal de mi ventana. Me sonríe. Cric, cric, cric, suenan sus uñas en el cristal. Creo que todos los espíritus están dotados de deficiencias inconfesables.
-¿Doce añitos dices que tienes?
-Todavía, no, pero casi.
-¡Que ricura de niño!
-¿Jugamos?
Hacía años que me daba cuenta y no me importaba, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si el idiota era quien lo expone. Pero el idiota no soy yo, era Leocadio y por eso lo cuento. En realidad, no es grave cerrarse en banda, aunque te pone completamente aparte, y aún teniendo cosas buenas es evidente que a ratos existe una especie de nostalgia, un deseo de cruzar hacia el otro lado. Y se cruza, vaya si se cruza... Lo triste es que todo va mal cuando uno es idiota, y el niño Leocadio lo era. Ser imbécil te deslumbra y te ciega. Vas dándote contra los quicios de las puertas, hasta que un día, la herida es tan grande que no puedes poner remedio. Las soluciones huyen mientras uno coge violetas, ajeno a todo. Coges el frasquito y te olvidas de todo.
-Toma, huele.
-¿Qué es?
-Huele muy bien, ya verás.
-¿A margaritas?
-No, a violetas; las margaritas no huelen.
El niño Leocadio, a pesar de que para mí tenía nombre de loco, no lo era. Más bien era idiota, como ya he dicho. Tengo que hacer esto y lo otro, decía, mientras las margaritas lo sepultaban. Se dejaba llevar por él mismo, aunque no estaba del todo desligado: tenía un sentimiento de no estar del todo bien, lo que lo ponía de nuevo al pie del cañón. Era idiota, pero no tonto. Era como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños con un adulto a cuestas, de manera que cuando el niño Leocadio llegaba a ser, en unos de esos momentos de justicia existencial, un adulto, ocurría que a su vez llevaba consigo al niño, y como sabemos, una coexistencia pacífica de dos mundos, con sus tonos lilas y naranjas, es imposible.
-¿Así huelen las violetas?
-Así.
-No me gusta, me marean.
-Qué le vamos a hacer. Anda, huele un poquito más.
Lo podríamos entender metafóricamente, pero no hace falta pensarlo más: es lo mismo que decir que un poeta es un criminal; o lo mismo que cuando decimos que fulano no tiene talento, sólo estilo. Pero justamente ese estilo particular es lo que no se puede inventar, pues es con lo que se nace. Es una gracia heredada, el privilegio que tienen algunos de hacer sentir su pulsación orgánica: es algo más que el talento, es su esencia. Es un bombeo, una comba de sentimientos ensalzados. El niño Leocadio y yo, quien sabe si no somos la misma persona. He decidido no detestar más a nadie desde que he observado que termino siempre por parecerme a mi último enemigo. Y el niño Leocadio y yo, no lo voy a negar, nos parecemos (creo que conocí al pequeño Leocadio el mismo día que creí conocerme a mí. Por eso tuve que matarlo). El infante (Leocadio) no sólo se comía mis quesos franceses, sino que también me produjo arritmias en el corazón y en la memoria. Tras unos años de supuesta complementación provechosa, un día me di cuenta de que el niño Leocadio era un completo idiota. Intenté deshacerme de él cordialmente. Vete antes de que sea tarde, le decía. Pero, nada: todo lo bueno que podía hacer venía de mi indolencia, de mi incapacidad de pasar a la acción, de llevar a cabo mis proyectos y designios. Mi voluntad de dar lo máximo (¿hay algo mejor que ofrecer la muerte?), era lo que llevaba al impúber Leocadio a los excesos y a los desajustes. Yo no quería herir sus sentimientos, pues quizás eran los míos. Pero no tuve otra opción. Tuve que darle un poco de lejía... Es que la vi allí, tan sugerente, encima de la lavadora. Una botella blanca que, como en el cuento de Alicia, decía (no lo decía): bébeme.
-Toma, Leocadio, bebe, lo necesitas.
-¿Está rico?
-Está muy rico.
-Vale.
Tuve que darle un vaso de lejía para que el corazón le quedara blanco y no se le rompiera. Toma, Leocadio, lo necesitas, le dije. La bebió de un trago y desde entonces viene a visitarme todas las noches: cric, cric, cric, suenan sus uñas en el cristal de la ventana de mi habitación. ¿Qué quiere? No lo sé, pero yo lo siento como algo divertido. Y no es que intente justificarme por haber matado al niño Leocadio, pero muchas veces pienso si Leocadio (el idiota, él, ¿yo mismo?) no soy yo por querer quemar el corazón del niño que todos llevamos dentro.
-Me encuentro mal.
-Claro, claro.
Cuando viene a visitarme (cric, cric, cric), nunca abro la ventana. Sólo me acerco a ella y observo al pequeño Leocadio; cómosonríe suspendido en la oscuridad vacía de la noche. Se parece tanto a mí que me toco y acaricio mientras me doy asco de mí mismo... Al cabo de un rato deja de rasgar el cristal con las uñas y deja de sonreír. Me señala y me dice no con el dedo. No, me dice. No, ¿qué?, pienso yo. Y dejo de tocarme... Yo hago un gesto diferente cada noche; un gesto de no saber qué es lo que quiere que no haga, pero él desaparece alejándose hacia no sé dónde y yo vuelvo a la cama para llorar, mientras oigo al vecino de al lado masturbándose con los movimientos sincopados, cada vez más rápidos, de su mano lubrificada de su propia saliva viral.
-¿Leocadio?
-...
-Leocadio, no vuelvas más.
Leocadio deja de ultrajarme a medida que se acerca el alba y sólo me redimo en el momento en que él desaparece. De vuelta a ese mundo que es éste me siento presa de un orgullo pueril y me abandono al espanto. Creo que no hay un eje central. Soy disperso, qué le voy a hacer. Cojo un libro de Rimbaud y salgo para comprar el pan. Mi vecino sale a la misma hora y esperamos el ascensor. Buenos días, me dice. Buenas tardes, le contesto. ¿Perdón?, se extraña. Te perdono, le digo. Cuando llega el ascensor y mi vecino abre la puerta, le digo que mejor bajo andando, no sin antes observar su mano... Él se encoge de hombros y yo aprieto con odio el libro de Rimbaud contra mi pecho y comienzo a bajar las escaleras cantando el abecedario, hasta el último escalón que es la letra ka.
-¡...hache, í, jota, ka!
Paso el día como si estuviera en el paraíso. Ni me acuerdo del niño Leocadio. Me noto bien apegado al mundo, aunque creyéndome que no formo parte de él. Me siento como el alce caucasicus, ya extinto. Un mínimo de conciencia me hace infeliz y vuelvo a casa. Al llegar me doy cuenta que he perdido mi libro de Rimbaud y de que no he comprado el pan del día. Angustiado, vuelvo a la cama. Leocadio vuelve a mí: cric, cric, cric...
-He perdido mi libro de Rimbaud.
-(Cric, cric, cric...)
-Y no tengo pan.
Pienso que si la muerte es tan horrible como pretende hacerme creer el pequeño Leocadio, ¿cómo es posible que al cabo de cierto tiempo crea feliz a cualquiera (amigo o enemigo) que haya dejado de vivir?
-¡Vete, vete!
-(Cric, cric, cric...)
-¡No quiero verte más!
Mañana pasearé por todos los sitios en los que estuve hoy. Quiero encontrar mi libro de Rimbaud. Y comprar pan.
Mi vecino es un imbécil. También tendré que matarlo.
Hasta hace poco, lo increíble no era que se hubiesen separado sin la ayuda siquiera de un bisturí. Lo que más cuesta creer es la total inconsistencia de las leyes filosóficas y científicas sobre las casualidades o inocentes coincidencias. No podemos tomar a la ligera el hecho de que, mientras uno de ellos daba los buenos días a una señora de Connecticut, el otro hacía lo propio con otra de Singapur, en distinto idioma, eso sí, pero en el mismo momento, con los mismos gestos y con el mismo respeto. Irremediablemente, uno de los dos quedaba, por lo menos, como un idiota o un excéntrico antela mirada atónita de una de las sorprendidas mujeres, dependiendo de la hora en la que fuera dicho el, por otra parte, amable saludo. Aunque, a medida que iba pasando el tiempo, esa diferencia horaria que perturbaba involuntariamente el ritmo de sus vidas iba haciéndose más y más corta, a la vez que más y más larga, pues nunca dejaron de separarse… Ahora, ya no. Han vuelto el uno al otro, no sé si me entienden…
Allí están, duplicados, sentados en una silla especial, unidos por no importa qué parte del cuerpo y por la telepatía incuestionable de los siameses, y que a ellos les gustaría que no existiera, pero existe. Son dos, son uno. Un cuerpo compartido, sin quererlo, sin pedirlo. Impuesto. Para siempre. Cada uno siente, sospecha lo que el otro piensa. Los órganos compartidos se encargan de ello sin discreción, reveladores de cualquier sentimiento físico o psíquico: un hormigueo en el estómago, un mal pensamiento, la sangre llenando las cavernas del sexo, una lágrima contenida.... Un corazón negro para dos cerebros torcidos. Dos cuerpos imantados a la fuerza. No se quieren; es terrible, pero nunca se quisieron. Se aborrecen, se odian. Les repugna su propio olor porque es el del otro. Los pensamientos corren a través de una onda electromagnética imaginaria, invisible y traicionera, de un cerebro a otro, rebotándoles amargamente la verdad del contrario, de una parte de sí mismos. No se hablan, sólo se transmiten la abominación que se sienten con una simple mirada o con una sonrisa forzada y llena de odio… En las vigilias, sobretodo, se reprochan el haber nacido, se recriminan la infelicidad de sus vidas, lloran de rabia, se autocompadecen, se ahogan en su propia angustia; todo esto, sin abrir la boca, sin hablar y llenos de rencor, de permanente aversión, mientras observan desde la cama los terroríficos amaneceres a través de la ventana, a la espera de otro día estéril, lleno de despechos y malos humores, en el que ni siquiera se confesarán sus penas, las de cada uno,por el simple hecho de querer hacer sufrir al otro. Implacables, despiadados, severos.
Tuvieron la oportunidad de arreglar sus vidas aquella vez que siguieron caminos separados, el día que decidieron distanciarse mental y físicamente. Quién sabe si no fue en sueños la libertad que sintieron. Quién sabe si alguna vez estuvieron realmente separados, libres… Qué más da; vuelven a estar unidos, allí, en una silla bipersonal, la misma que siempre habían compartido a la fuerza por años y años, y que seguirán compartiendo, duplicados, pegados para siempre, sin poder salir de la maraña que enturbia e impide que un simple buen pensamiento salga de sus cerebros enfermos... Puede que sólo fuera imaginada la historia que me contaron unos borrachos, enfermo yo también de alcohol, ingenuo y crédulo ante semejante historia, como un mal dios con visión duplicada, igual que la misma historia de pares y simetrías siniestras que mis oídos oían aquella tarde extraña.
Me dijeron que quisieron separarse porque ya no podían aguantarse el uno al otro. Eso, lo creo. Fue una mañana de invierno, en pleno mes de enero, según parece, cuando pensaron que era el momento oportuno. Despertaron a la vez y cada uno saltó de la cama por un lado diferente. Así, sin más… Salieron a la calle, desierta, y caminaron en direcciones diametralmente opuestas bajo los perfectos copos de nieve que caían en aquel momento, callados, tiernos, perecederos… Expandían con total soltura la alegría de poder estar separados, el anhelo de echar por tierra las imperfecciones médicas y científicas que les habían negado el camino que ahora reafirmaban en cada paso que daban. Rompieron la barrera que acaso nunca existió. Quién sabe… Parecía que quisieran demostrar que el equilibrio soñado de la entropía fuera cierto, y puede que en algún momento lo consiguieran, justo cuando más separados estaban... Ahí debieron parar pero, codiciosos, siguieron andando hacia delante, sin mirar atrás, sin pensar que nunca se puede andar en una línea recta infinita, ni paralela a otra, ni opuesta, por el simple hecho de que no existen... Sin quererlo ni saberlo, a cada paso que daban, estaban más cerca el uno del otro, caminando sobre una imperceptible, lenta y perversa curvatura que los ha vuelto a unir y, que definitivamente, va haciéndose menos flexible y más perpetua.
En realidad, no es que todo sea fuliginoso, sino que tú lo percibes así, como el alquitrán o la brea, de esa manera que sólo unos cuantos tristemente privilegiados pueden ver. Taciturno, corres sobre la acera de antracita, grisácea y sucia de andares ajenos, carcomida de pasos furtivos, lamida por el caucho de suelas impertinentes, en busca de una salvación que ni tú mismo estás seguro de encontrar.
Pero tienes miedo... Se le podría perdonar que fuera noche –siempre es noche a tu alrededor-, aunque daría igual que fuese a pleno día, pues cualquier hora es parda, hecha de tinieblas, prieta, mate, gris. La muerte, bruna, te persigue escondida entre las sombras de ébano que te circundan, camuflada, quizás, en un oso de peluche carbonizado después de tanta vida nitratada, de tantos apretones y moliendas en aquellos tiempos en los que llorabas abrazado a él... Desde la estantería de tu habitación, entre la luz fúnebre de horas intempestivas, el oso te dice a través de su hocico cosido: un perro sin colmillos, negro como el azabache, te morderá el cuello cuando menos te lo esperes, y morirás sin remedio, dentro de tu propia herida innoble e infectada...
Sin colmillos para hacerte más daño, si cabe. Por eso decides huir, para salvarte, para vivir una vida plácida, sin tintas ni betunes que, como la brea, enlutan tu corazón y tu pensamiento. Dicen que serán años y años umbrosos el tiempo que huirás de tu vida mísera y renegrida, pero no sé por qué motivo estoy seguro de que sólo serán unos días crepusculares, unas semanas vespertinas, a lo sumo. Yo, que como tú, me veo reflejado en los horizontes infinitos, en las cuadraturas de nuestro pensamiento, creo que todo está a punto de finalizar, si es que el fin existe...
Hacía años que te dabas cuenta, pero nunca se te ocurrió contárselo a nadie porque te parecía un tema muy desagradable. Por eso lo escribo yo, que pareciera que fuésemos uno solo. No pienses que soy insensible, es demasiado rotundo. Las cosas hay que dejarlas muy claras desde un primer momento. ¿Por qué no llamar a las cosas por su nombre? Existe una especie de nostalgia, un deseo de cruzar hacia el otro lado, donde amigos y enemigos están reunidos en una misma inteligencia y una misma comprensión brunas; pareciera que quisieses acariciar otros cuerpos para ver que no hay una diferencia apreciable y comprobar que perteneces al mismo círculo de belleza oscura, bronceada. Quieres un mal para todos, compartido… Sin darte cuenta, deseas el mal para los demás, aunque sólo sea a ratos, de vez en cuando y en ocasiones cenicientas, en las tardes crepusculares y tristes.
Sueñas con ver algún resplandor deslumbrante y cegador, que te salve, pero a medida que vas huyendo por los caminos broncíneos, la dopamina se disuelve en tu cerebro de forma equivocada… Eres ambiguo para muchas cosas, pero con una lógica a cuestas, de manera que cuando llegas a ser, en unos de esos momentos de justicia existencial, alguien razonable, ocurre que a su vez llevas contigo la ambigüedad, y como sabes, una coexistencia pacífica de dos mundos en tonos diferentes es imposible, acaso malsana...
Muchas veces oías el ladrido tétrico del perro asesino detrás de la ventana y cómo sus pezuñas arañaban el cristal… Entonces bebías de la, según tú, poción mágica, y dejabas de oír. Nunca abrías la ventana. Sólo te acercabas a ella y observabas cómo el asesino mineral se desvanecía entre el hollín, sometiendo a la dopamina traviesa y culpable de tus frecuentes desvaríos…
Te conozco personalmente, sé muchas cosas de ti, y lo más curioso es que no sé quién ha podido contármelas. No recuerdo. Creo conocerte casi tanto como a mí o aún más… Incluso yo mismo veo a las urracas sobrevolar el cielo en busca de corazones desprevenidos. Pero tengo en la billetera esta carta que recibí un día y que en estos momentos estás leyendo. Eso, me ayuda. Me tranquiliza.
Ahora, que veo el reloj girar hacia atrás, es el momento... Tira del tiempo hacia atrás, de tus recuerdos. No mires al cielo macabro plagado de sombríos pájaros. No dejes que sus picos hurguen en el pecho de las buenas personas, como tú. No me conoces, no lo conoces todo. Recuerda cuando eras niño. Coge el oso y llora sobre él. Te conozco más que nadie. Cuando entre la hulla veas aparecer al perro sin colmillos, piensa que ese perro no existe. ¿No ves que no puede morderte? Su pezuña endrina no tizna el cristal de tu ventana. Es imposible vivir en dos mundos, recuérdalo. Escoge la existencia pacífica del camino y busca el resplandor. Sal del lado plúmbeo que eclipsa tu sentir calcinado, negro como el tizón. Déjate de ambigüedades cetrinas. Es la única manera que la dopamina deje de alcoholar tu cerebro noctívago que, sin tú quererlo, de forma mecánica y sin pedirte permiso, calcina y negrea el resplandor que estás buscando, asfaltándolo todo de negror interminable. Llama a las cosas por su nombre: nostalgia a la nostalgia, carbón al carbón, malvado a lo malvado, noche a las horas sin luz... Lee todo esto y guárdalo en tu billetera, a ser posible cerca de tu corazón, sobre el pecho, como yo mismo hice un día. Debes ser más sensible. Más aún que yo mismo, que escribo esto para ayudarte, para ayudarme. Ya son demasiados días requemados, aunque no te des cuenta y sigas destruyendo los horizontes que te propone el destino.
Oscurecido ya el día, apagado, cansado de pensares opacos, tengo que dejarte y esfumarme en la penumbra, dentro de ti. Espero que, cuando leas todo esto, te sirva de algo y pueda ayudarnos a dejar atrás la negrura de la vida requemada y que la dopamina encuentre el camino adecuado de una vez por todas, y que cada uno siga por caminos separados, hasta perdernos de vista. Cada día, a cada minuto, más lejos el uno del otro...
Tuyo, siempre, un amigo
2. Tiempo compartido
Una conducta impredecible y aparentemente aleatoria era la tendencia en la vida de Ludovico, al igual que una columna de humo ascendente, el latido de cualquier corazón humano o el comportamiento de los enamorados.
-No es que lo rechace o lo acepte. La verdad es que estoy harto de este diálogo absurdo. Es mucho más fácil avanzar con vicios que con virtudes... ¿Quieres un café? Ayer volví a leer la carta. Creo que por eso me he decidido a hacerlo hoy. ¿Quieres un café o no?
Durante mucho tiempo careció de, al menos, un medio matemático para corregir su vida, por mucho que otros le insistieron que él mismo podía evitar la percepción de infinito que sentía. Sólo eran simples teorías.
-¿Me estás diciendo que debería abandonar sin más los simulacros? ¿Qué simulacros? No puedo salirme de la realidad y situarme fuera de todo. ¿Quieres que viva con tan pocos deseos como un elefante solitario? A veces me das risa.
La vida real, la práctica, le demostraba que era imposible evitar esa percepción. No paró de buscar la liberación de su caos interior. Ciertos esquemas recurrentes de comportamiento en su sistema tendente al caos implicaban unas constantes igual a los números de Feigenbaum. La geometría fractal, tan bella estéticamente, entró en su vida, y así pudo comprender un poco mejor su propio ser, sus actos y lo que provocaban, la afinidad insospechada y contundente con la teoría de catástrofes.
-Lo que quiero decir es que, si llego a odiarme, querrá decir que no soy humilde. La humildad es tan hipócrita. ¿Para qué sirve? Para serte sincero, siempre he buscado paisajes anteriores a Dios. De ahí el caos... ¿Me escuchas? ¿Qué miras? Tómate el café... Esta noche también ha sido terrible. Había tanta gente en mi habitación. ¿Qué quieren de mí?
Ludovico se bipolarizaba de la misma manera que un copo de nieve es la curva resultante de triángulos equiláteros, cada vez de menor tamaño, superpuestos en el tercio medio de los lados cada vez más pequeños; o sea, cuando la dopamina llegaba a su cerebro de forma descontrolada, se veía a sí mismo durmiendo en su cama o tomando un café en la cocina. Duplicado, triplicado, cuadriplicado..., dependía del día, pero en realidad siempre estaba solo.
-Escucha. Lo que pasa es que me siento acorralado en un juego inútil, donde quiera que vaya. ¿Me entiendes? Simulo interesarme por lo que no me importa. Por la caridad, por ejemplo. Por eso me atrae el otro lado, aunque no sepa cómo es. ¿Para qué involucrarte si no puedes cumplir? Siempre estoy en ninguna parte... o en todas... hoy... me duele tanto la cabeza...
Lo mismo que la curva del copo de nieve no puede diferenciarse, Ludovico no notaba diferencias entre él y sus réplicas. A simple vista, sus repeticiones podrían parecer extravagantes, pero si aplicamos un poco de matemática abstracta y no euclidiana, nos daremos cuenta de nuestra equivocación. Su catástrofe era la inexistencia de un sistema matemático capaz de representarle sus desgracias, donde el cálculo diferencial fallaba una vez tras otra. Sus dimensiones no eran tres: longitud, anchura y altura; podían ser infinitas y fraccionarias.
-Es como si cada día reventara, como si mi pensamiento fuera mi cuerpo, o viceversa. Estoy en perpetua combustión, a expensas de mi cuerpo, como los ascetas, que de tanta paz se desgastan y se agotan. Sé que me entiendes, porque tú también te encuentras en lo más bajo de ti mismo y ni siquiera tienes la fuerza de recuperar las ilusiones habituales. Estás cansado, como yo. De ser ignorado por todos, he pasado a ser perseguido por todos. Estoy harto, y tú también.
Una percepción deficiente implica experimentar el mundo como un caos, mientras que una extrapercepción puede llevar a experimentar el mundo inadecuadamente, con sentimientos de depresión en el primer caso, y de alucinación o delirio en el segundo. Ambos casos tejían el raciocinio de Ludovico. Toda su vida era un acantilado visual definido por la excesiva cantidad de dopamina que navegaba por su cerebro. El fallo fue que no supo aprender cómo aprender. -Estoy convencido de que vale la pena matarse; cuanto más pronto, mejor. Ya no creo en mí ni en nadie. Ni siquiera sé por qué te cuento esto... suavemente... necesito paz...
Como un moderno Merlín, Ludovico se sirvió otra taza de café y vació el frasco cuentagotas de haloperidol.
-Así es mejor... mucho mejor... ¿Quién me escribiría la carta? Muchas veces he pensado si no sería yo mismo quien la escribió... el café... mi pócima amarga... con las pastillas hubiera sido más lento, más pesado y, sobre todo, mucho más vulgar... ¿Sabes? ¿Dónde estás? Ya veo al perro venir. Corre entre la negrura... corre para morderme. Corre... se le han caído los colmillos... hoy será diferente, no tengo miedo... me hubiera gustado que me cogieras la mano. Te has ido en el momento más difícil, después de entrar en mi casa cada día sin invitarte; hoy te vas, no te veo, no me veo, no hay perro, ¿quién llora? ¿Quiénes sois? Me quemo... al fondo, el resplandor...
Prestadme vuestros oídos para que pueda contarles esta historia. Es la historia de Elías, una historia de palabras escritas en la ventana... Deben saber que Elías ve lucecitas en la soledad de sus ojos cerrados. A veces, Elías canta canciones que recuerda de la infancia con la boca entreabierta. Elías se muerde con frecuencia el labio inferior. Elías suele presionar las yemas de los dedos de una mano contra la otra. En los días en los que hace mucho frío y los cristales quedan empañados, a Elías le gusta leer lo que hay escrito en ellos... Elías también lee los posos del café. Las historias terroríficas o las de locos son las que más le gustan... ¿Hay algo más pavoroso que estar loco?
No hay momento más adecuado para contar una historia que ahora que estoy sentada junto a la ventana, bajo la enfermiza luz del atardecer que toda historia necesita. A través de la ventana observo los retorcidos sauces recortados en el cielo cuajado de tempranas estrellas, y ¿saben? tengo la sensación de no darme cuenta de alguna cosa, como si alguien hubiera suprimido algo vital, quizás espantoso, del desenlace de lo que aquí sigue... No logro entender el qué. Ahora, en el momento en que poso el dedo sobre el cristal empañado de la ventana y escribo una palabra, es cuando comienza la historia que quiero contarles y que no sé cómo acabará.
DIARIO DE ELISA
20 de enero de 2008
Estoy preocupada por Elías. Lleva días leyendo cosas en el cristal de la ventana. Cosas que yo no veo escritas. Cosas que no me quiere contar. Palabras que no veo y que me dan miedo. ¿Qué es lo que ve? Hoy lo he encontrado de pie frente a la ventana del salón, inmóvil, pálido, presionándose las yemas de los dedos. No se ha dado cuenta de que yo lo observaba escondida tras el marco de la puerta. Verlo en la ventana contra el cielo violeta me ha producido desasosiego. Ha estado así durante horas, hasta que ha venido su amigo con unos papeles en la mano, que dijo que se había encontrado en uno de los cajones de su escritorio... Cuando le he abierto la puerta, lo he recibido con la mejor de mis sonrisas. No quería que viera que estaba preocupada. Lo acompañé hasta Elías, que ya no estaba frente a la ventana observando los cristales, sino sentado en una de las sillas del salón, con los ojos cerrados, tarareando una canción infantil que yo nunca había oído. Les dije que iba a la cocina a preparar café, pero me quedé tras la puerta, escuchándolos... Le preguntó a su amigo si veía lucecitas cuando cerraba los ojos. Le contestó que todo el mundo ve lucecitas cuando cierra los ojos y que venía a contarle lo que le había pasado aquella mañana. No todo el mundo ve lucecitas, le replicó Elías, y seguidamente se interesó por lo que quería contarle su amigo... Espero que no seas tan tonto de creer que lo que te voy a contar es sobre mí, le dijo. En cierto modo, Elías, es una suerte que la historia que te voy a contar se refiera en gran parte a las sombras indecisas, a las dudosas insinuaciones y a las deducciones discutibles de alguien que, por suerte, no soy yo. O sea, que la historia no es mía. Por eso, ¿sabes, Elías? le dijo, tengo la total libertad para contártela... Esta mañana, al revolver los cajones donde guardo mis tesoros más preciados, ahí estaban, bajo las decenas de cartas que siempre dejo olvidadas, unas hojas escritas con letra desconocida y buen pulso, aunque, sin duda, infantil en sus formas, sospechosamente precisa, pero sobre todo era infantil por los puntitos redondeados sobre las íes. Ahí estaban las hojas convirtiéndose en pergamino; créeme, Elías, no te miento, le dijo su amigo. Te aseguro que deben de haber estado años en el cajón de mi escritorio, sin yo saberlo. Yo no sé cómo no he podido darme cuenta antes... Como te digo, Elías, siguió su amigo, esta mañana, cuando tomaba el café, he pensado en ti. Siempre pienso en ti cuando tomo el café, le dijo. Me hace gracia cuando lees los posos y me dices que ese mismo día, no sabes la hora exacta, encontraré al amor que he estado esperando toda mi vida o que debería apostar a un número porque la suerte está conmigo. No deja de sorprenderme, le dijo, que a veces aciertas y un escalofrío corre por toda mi espalda. Pues bien, esta mañana, continuó contándole, después de tomar el café y de pensar en ti, he encontrado unos papeles amarillentos en el cajón de mi escritorio. Y le contó lo que decían...
DIARIO DE ELÍAS
21 de enero de 2008
Desde siempre, yo diría que desde muy pequeño, me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito; los temores innombrables que me han obsesionado durante años siempre han tenido un poderoso e inexplicable atractivo para mí, como lo que ayer me contó mi amigo sobre lo que leyó en unas hojas encontradas en el cajón de su escritorio...
Espero que no seas tan tonto de creer que lo que te voy a contar es sobre mí, me dijo. En cierto modo, amigo mío, es una suerte que la historia que te voy a contar se refiera en gran parte a las sombras indecisas, a las dudosas insinuaciones y a las deducciones discutibles de alguien, que por suerte, no soy yo. O sea, que la historia no es mía. Por eso, ¿sabes? tengo la total libertad para contártela... Esta mañana, siguió mi amigo, al revolver los cajones donde guardo mis tesoros más preciados, ahí estaban, bajo las decenas de cartas que siempre dejo olvidadas, unas hojas escritas con letra desconocida y buen pulso; aunque, sin duda, es una letra infantil en sus formas, sospechosamente precisa, pero, sobre todo, es una letra infantil por los puntitos redondeados sobre las íes. Ahí estaban las hojas, Elías, convirtiéndose en pergamino; créeme, no te miento. Te aseguro que deben de haber estado años en el cajón de mi escritorio sin yo saberlo. Yo no sé cómo no he podido darme cuenta antes... Como te digo, Elías, esta mañana, cuando tomaba el café, he pensado en ti. Siempre pienso en ti cuando tomo el café. Me hace gracia cuando lees los posos y me dices que ese mismo día, no sabes la hora exacta, encontraré al amor que he estado esperando toda mi vida o que debería apostar a un número porque la suerte está conmigo. No deja de sorprenderme, Elías, que a veces aciertas y un escalofrío corre por toda mi espalda. Pues bien, esta mañana, continuó mi amigo, después de tomar el café y de pensar en ti, he encontrado unos papeles amarillentos en el cajón de mi escritorio, siguió hablando mi amigo, pero eso es otra historia... Otra historia que no quiero contar.
Las letras en el cristal, precisas, malignas e infantiles... No sé cómo he podido matar a mi querida Elisa.
DIARIO DEL AMIGO
21 de enero de 2008
Ayer le conté a mi amigo Elías lo que encontré de manera inesperada en uno de los cajones de mi escritorio. Fui a su casa. Elisa me abrió la puerta y me recibió, como es costumbre, con su sonrisa más arrebatadora. Me hizo pasar al salón y volvió sobre sus pasos hacia la cocina preguntándome si quería café sin esperar respuesta. Mi amigo Elías estaba sentado en una de las sillas que rodeaban la mesa donde siempre tomamos café y donde invariablemente me lee el porvenir con más buena intención que acierto. Estaba con los ojos cerrados tarareando One litle indian con los labios cerrados. Al cabo de unos segundos, notó mi presencia y dejó de cantar. Igual que un niño pillado en falta, se mordió el labio inferior y me preguntó si yo veía lucecitas cuando cerraba los ojos. Yo le dije que todo el mundo ve lucecitas cuando cierra los ojos y que venía a contarle lo que me había pasado aquella mañana. Todo el mundo no, me dijo presionando las yemas de los dedos de una mano contra las de la otra, y ¿qué es lo que me tenías que contar? me preguntó, eso sí, muy interesado. Me senté frente él... Espero que no seas tan tonto de creer que lo que te voy a contar es sobre mí, le dije. En cierto modo, Elías, es una suerte que la historia que te voy a contar se refiera en gran parte a las sombras indecisas, a las dudosas insinuaciones y a las deducciones discutibles de alguien, que por suerte, no soy yo. O sea, que la historia no es mía. Por eso, ¿sabes, Elías? le dije, tengo la total libertad para contártela... Esta mañana, al revolver los cajones donde guardo mis tesoros más preciados, ahí estaban, bajo las decenas de cartas que siempre dejo olvidadas, unas hojas escritas con letra desconocida y buen pulso, aunque, sin duda, infantil en sus formas, sospechosamente precisa, pero sobre todo era infantil por los puntitos redondeados sobre las íes. Ahí estaban las hojas convirtiéndose en pergamino; créeme, Elías, no te miento. Te aseguro que deben de haber estado años en el cajón de mi escritorio, sin yo saberlo. Yo no sé cómo no he podido darme cuenta antes... Como te digo, Elías, esta mañana, cuando tomaba el café, he pensado en ti. Siempre pienso en ti cuando tomo el café. Me hace gracia cuando lees los posos y me dices que ese mismo día, no sabes la hora exacta, encontraré al amor que he estado esperando toda mi vida o que debería apostar a un número porque la suerte está conmigo. No deja de sorprenderme, Elías, que a veces aciertas y un escalofrío corre por toda mi espalda. Pues bien, esta mañana, Elías, después de tomar el café y de pensar en ti, he encontrado unos papeles amarillentos en el cajón de mi escritorio. Y le conté lo que decían...
DIARIO DEL MONSTRUO
13 de abril de 1921
Por un rato todavía me parece irrisorio que el monstruo me haya estado esperando para empezar una vez más a vivir, que me haya estado esperando a mí que soy la única que lo detesta y lo teme...
Digo y escribo Babilonia por el simple hecho de que me gusta la palabra. Babilonia. Babi-lonia. Ba-bi-lo-ni-a. Ba-biloni-a. Hay pocas palabras tan bonitas. Hoy el monstruo está durmiendo, lejos de mí...
¿Qué culpa tengo yo de que me guste robar monedas de mi casa para tirarlas cuando salgo a pasear y volver sobre mis pasos para encontrármelas diseminadas en el suelo y recogerlas con entusiasmado disimulo...?
La física creativa es el movimiento de un borracho cuando pierde la estabilidad o el eco que almacena sus propias réplicas con arreglo a otra acústica de conciencias y esperanzas...
En casa nadie me habla, nadie me dice nada, pero lo más extraño es que yo ni siquiera me haya dado cuenta. El monstruo está rondando...
Llevo una semana en cama, fingiendo una gripe. He conseguido que el monstruo se ocupe todo el tiempo de mí...
El impulso de posesión me abandona. Creo que ha llegado el momento de dar. Seré un monstruo dadivoso...
Cuando la caja de pastitas de té queda vacía, en ella guardo botones. Los botones no pueden estar desperdigados por ahí, porque después los buscas y no los encuentras. Hoy mismo tenía que coser un botón, pero no he encontrado la cajita en la que los guardo; en cambio, he encontrado unas hojas amarillentas en el cajón de mi escritorio, que ni siquiera sabía que yo misma había escrito. El monstruo debe de estar rondando. Siempre se encuentran cosas que se creen perdidas. Las he vuelto a guardar en el mismo sitio. Es posible que con el paso de los años alguien las encuentre y las lea. A veces pienso si no seré yo el monstruo. No sé. ¿Soy yo el monstruo? Préstenme los oídos para que pueda contarles una historia que ni siquiera sé cómo acabará. La historia comienza, escúchenme, en el momento en que escribo sobre los cristales de la ventana, empañados por el frío y la lluvia, la palabra mátala.
Fueron días en los que los ruidos que la maldad ignora se deshacen en la lluvia y en la bruma, y quedan como la tenaz realidad de una sombra que nos sueña. Pero uno de aquellos días fue decisivo; fue como el zarpazo de un oso: una presencia momentánea que con sus uñas desgarra la razón dejando un olor tibio.
Aquel día de identidad precisa, Quincey McGee apoyó el periódico en su regazo y le preguntó a su esposa qué era lo que le ocurría por el modo en que lo miraba. La señora McGee oyó la pregunta como un eco quebrantado y perdido, y retrocedió hasta el alféizar interior de una de las ventanas del salón para contestarle que no lo estaba mirando, que no le pasaba nada, que simplemente estaba pensando en no ir aquella tarde a jugar al squash con su amiga Susan -como de costumbre hacía todos los jueves-, y que no sabía por qué, el número de teléfono de su amiga había desaparecido de la agenda del móvil y no tenía cómo avisarle. Después, la señora McGee se sentó en el alféizar, de espaldas a la ventana, y sintió el calor del sol en la espalda, provocándole un temblor agrietado, como si por su espina dorsal revoloteara la luz de una lámpara de aceite. Estaba decidida.
Quincey McGee notó en el aire el reflejo de lo desaparecido, se acomodó en el sillón, y disimuló leer el periódico. Por nada del mundo su mujer dejaba de ir cada jueves a jugar al squash con su amiga y le pareció extraño. Aquel día de resplandores y de sombras, el corazón de Quincey McGee comprendió la labor de un cielo distante y la absurda certeza que se tiene de no poseer la vida. Volvió a dejar el diario sobre su regazo.