POÉTICO SQUASH II

Mi querido Edward nunca vino y aun así, después de tanto tiempo, sigo asomándome a la ventana y miro a lo largo de la serpenteante carretera por si apareciera el Cadillac Deville Coupé, de color crema, en el que tantas veces nos habíamos besado, escondidos del mundo, entre la frondosidad de las montañas Longfellow. Soy como un animal enjaulado esperando la hora de la comida; un viático que nunca llegará. Pero yo no fallé. Hice lo acordado. Yo no fallé, ¡no fallé! ¿O sí? Quincey ya no está. Es curioso que no esté y que, en cambio, siempre lo tenga presente; más que nunca… ¿Se impuso el deseo a la razón y por eso disparé a Quincey? Después de siete años sigo preguntándomelo, pero a medida que pasa el tiempo, la respuesta se me hace más confusa e imprecisa. Nunca pude imaginar hacer algo así y, sin embargo, lo hice, estudiada y meticulosamente. Tanto planear nuestra huida para nada, sólo para quedarme asomada a la ventana esperando; primero, con ilusión; después, con incertidumbre; y, ahora, por la inercia que se concibe gracias a la esperanza defraudada. Ni siquiera logro recordar con exactitud aquel día. Los engaños y mentiras previos deben tener gran parte de culpa. Sí recuerdo que Quincey me preguntó si me pasaba algo cuando se dio cuenta que yo lo observaba mientras leía uno de esos libros de aventuras que tanto le gustaban y que yo no supe qué contestarle en un primer momento porque justo estaba pensando en mi amiga Susan, la mujer de Edward. Me acerqué al alféizar del ventanal del salón y me senté en él sin decir nada. Quincey volvió a preguntarme si me sucedía algo, que me veía rara. Mientras pensaba que aquel era el día, que ya no podía esperar más tiempo, a pesar del dolor que en aquellos momentos sentía en el pecho, le respondí que había perdido el número de teléfono de mi amiga Susan y que no tenía cómo hacerle saber que aquella tarde no podría ir al Lawn Tennis Club a jugar squash con ella. Me levanté del alféizar y di unos pasos inciertos hacía la puerta de salida del salón. Creo que Quincey ni me escuchó y siguió leyendo o, más bien, fingió seguir leyendo, porque mientras atravesaba la habitación, juro que sentí su mirada sobre mi espalda. Quizás sólo era la sensación de calor por haber estado sentada en el alféizar de la ventana en un día anticiclónico como pocos, pero puedo asegurar sin temor a equivocarme que Quincey me observaba. Mi cuerpo estaba en plena combustión. Ardía por dentro, pero supe guardar las apariencias hasta que salí del salón. Pensaba si realmente era aquel el día. Ya en el hall, frente a la escalera que sube a la segunda planta de la casa y fuera de la vista de Quincey, empecé a hacerme fuerte otra vez y a cada escalón que subía, la sensación de poder se afianzaba y me decía a mí misma: sí, sí es el día, es el día; porque odio a Quincey, porque odio a Susan, porque odio North Berwick, porque odio mi vida, porque no quiero ser la señora McGee; porque quiero a Edward Ellis y quiero sentirlo dentro de mí todos los días; porque hemos hecho un pacto y tengo que cumplirlo, nunca le fallaré… Así, hasta el decimoséptimo escalón. Y a pesar de que la decisión ya estaba tomada y estaba segura, fue a partir de entonces cuando más me cuesta recordar todo lo que pasó. Recuerdo que antes de entrar en el estudio de Quincey, me paré ante la puerta cerrada de la habitación de Bradley, nuestro hijo muerto, y le pedí perdón por lo que iba a hacer. Tuve la intención de abrir la puerta y entrar, pero tras unos momentos de indecisión, no lo hice y llamé a Edward para decirle que estaba decidida a hacerlo y que ya no había marcha atrás. Estaba tan excitada que ni siquiera dejé hablar a Edward. Le dije: ¡lo voy a hacer, lo voy a hacer! Y colgué sin darle derecho a réplica. Quién sabe si no fue ese mi error. Pudiera ser que Edward ya se hubiera echado para atrás; quizás Edward y Susan ya tuvieran hechas la maletas para desaparecer de North Berwick; para desaparecer del condado de York; para desaparecer del estado de Maine; para desaparecer, en definitiva, de mi vida. Antes de entrar en el estudio de Quincey, me acordé de Bradley, nuestro hijito, y tuve el impulso, otra vez, de entrar en su habitación. Pensé que desde su muerte todo se había precipitado. Desde aquel día empecé a caminar levantando los pies más de lo normal. Muchas noches salía descalza y gritaba que quería volar, que los pies me quemaban. Obsesionada con pisar el suelo lo menos posible, mis saltos hacia el cielo eran cada vez más grandes. Como el Wendigo, me elevaba siniestramente en el aire con los pies de fuego bajo la noche iluminada por las explosiones de los misiles scout. A cada detonación, mi cuerpo se evidenciaba en el aire como una bailarina iluminada en estampida con los pies encendidos; a cada detonación, mi cuerpo se evidenciaba en el aire como una diva crepuscular de pies incendiados. Comencé a caminar como lo hacen los flamencos y al poco tiempo empecé a levitar.  Yo ya no era la misma. Si se me soltaba de la mano, volaba confundiéndome con el vuelo de los misiles scout de los enemigos. Porque mi vida era una guerra. Cada vez era peor y yo no sabía qué hacer para no levantar el vuelo. Cuando por las noches salía descalza y gritaba que quería volar, que los pies me quemaban, es que era así: los pies me ardían y entonces saltaba, me elevaba en el aire con pies de fuego, bajo la noche iluminada por las explosiones. Mi vida era una guerra y mi hijo ya no estaba. Bradley murió ahogado en el lago, mientras yo jugaba al squash con Susan. Y luego, apareció Edward, que fue la única persona que pudo retener mi cuerpo en tierra firme, como un ancla. Dejé de volar y empecé a sentir, a odiar, a sentirme como una avestruz dentro de una jaula… Pero no entré en la habitación de Bradley y me dirigí al estudio de Quincey. Me acerqué a su escritorio y abrí todos los cajones en busca de lo que yo pensaba era una Bond Derringer. Resultó no ser así: en el interior del último cajón de arriba del escritorio había una Browning Hi-Power de 9 mm. Al principio me pareció una contrariedad, como si mi plan se fuera abajo de golpe, pero tras unos segundos de aturdimiento, cogí la pistola y me la introduje en uno de los bolsillos del vestido. Salí del estudio impregnada del olor a Quincey y bajé las escaleras pensando que nunca me había gustado jugar al squash. Mientras me acercaba sigilosamente al salón, pensaba algo así como que una percepción deficiente implica experimentar el mundo como un caos, mientras que una percepción extra puede llevar a experimentar el mundo inadecuadamente, con sentimientos de depresión en el primer caso, y de alucinación o delirio en el segundo. Estaba convencida de que valía la pena matarlo; cuanto más pronto, mejor. Me acerqué a Quincey por la espalda y creo que lo abracé. Sentí asco no por lo que iba a hacer, sino de él. Entonces, lo solté, di unos pasos hacia atrás, cogí el arma del bolsillo del vestido, apunté con las dos manos, di un grito y disparé. El salón se inflamó de naranja carnoso y antinatural. El momento se iluminó como un cuadro de Hopper, de una luz peregrina. Se encendieron amapolas en el techo y en las paredes. Todo quedó suspendido en aquel instante. Todo menos yo, que empecé a vivir de nuevo, y, a pesar de que me empezaba a dar cuenta de que las razones que me impulsaron a hacer lo que había hecho podrían ser las mismas que hubieran podido disuadirme, se me hizo patente la belleza de todo lo que me rodeaba… Ya sólo me quedaba esperar a Edward. 



Consanguíneo: POÉTICO SQUASH

DUERMO EN SU PECHO EN DÍAS IMPUROS DE AGOSTO (CRIPTOGRAMA)

Todo olvido de anteriores vidas impías alumbra recuerdos. En casos universales, encaja rápido. De oratorias límpidas ordenadas que una endemoniada  mujer enferma declinó interesadamente juzgué, inmerso, sin temer el extraño lugar de impuros aquelarres. Quejarse una eternidad temeraria es concebir ofensas necias ordenadas, casi inventadas.

Oí y escuché muertos iracundos resucitados astutamente. Hubo algunas  ceremonias  en  misteriosas  oscuridades,  sin  un  nombre  tomado relevante, intuido oficialmente  y   legado,  ungido,  enarbolado, grácil, orientado, mas evitando  inconscientemente  nuestras vidas  imperecederas  tan  amadas.  Supersticiones  aparte,  la  alquimia  grotesca,  antes y después,  impulsó  sabias  cábalas  ocultas que un espiritista nigromante ordenaría tras elucubrar nuevos galimatías ofensivos. Duele impugnar nuestra elección racional. Otros yugos aprietan más. Idolatramos, novelamos obras mágicas edulcoradas de azufre. Volvemos enseguida, rodamos, golpeándonos, unidos, embrujados nuevamente, zaheridos, aojados, quiméricos, untados, embellecidos, muertos, esotéricos, inacabados. Nunca vimos íncubos tan ectoplasmáticos, nunca. Quemada, una enigmática pavesa alzó sus alas maléficas. ¿Iría rumbo al tan olvidado desencanto? Amuletos virginales impuse aleatoriamente tras entuertos nada gloriosos. Ocho encarecidos laureles para el círculo hechizado o llantos encadenados nunca oídos. Donde estaba siempre el manto estrellado no se encontraron ciertas ofrendas durante el amanecer. Ya encontraríamos rúbricas demoledoras en teúrgias repugnantes escondidas, sin conjuros o ruedas repulsivas invadidas durante años sin maleficios encantados, enclaustrando nuestros corazones. Antes, nadie tenía antojos crueles unidos a necedades dañinas o supersticiosas. El ser enemigo contra abracadabrantes letanías afligidas conllevaba ostracismos sin tregua. Razonar antes que uncir es siempre elemental quimera universal. En días alternos y en las obstinadas lecturas ocasionales, recapacité con ingentes teoremas, originando, quizás, una emblemática teosofía espiritista pese a ser adivinatoria.

¿Sucumbí a los entes si al santiguarme infamé y luché inconscientemente, garantizándome así su minuciosa atadura sempiterna?

Ella supo unir nuestro sentir en carencias reflejadas en terribles ofensas. Nunca otro ser emponzoñó las oportunidades de indagar graves ausencias sin alterar necrológicamente al diablo inmundo escondido. Pero una elucubración sibilina estuvo suscrita, obediente, en su techo acosado. No obligué con hechizos elegidos: quité un incomprensible error repetido ominosamente sin alzar lumbres iracundas refulgentes; quemé ultrajantes efluvios maléficos entre llamas envolventes; vaticiné extraños símbolos antinaturales; leí a nuestros tesoros románticos obstinadamente entre suspiros enemigos; malmetí eternos truenos en rojas marmitas enlozadas  en nácar; enlacé lunas, culebras, ungüentos; amigué ratas, tritones, oleosos óleos, sapos, cianuro; usé ramas; ofrecí, yuxtapuse, quebré, ulceré, integré, tapé, até, rompí, maridé, embebí, licué, amasé, cocí, amarré, mezclé; intenté sumir al yacer, mientras echaba zarzamora con letanía al remanso sin esperar milagros… ¡En nueve días escupí quince unicornios! Intenté no culparme.

Estuve hallando oscuras muertes, brutales rémoras en sitios distintos, implacables santuarios terroríficos internos no tangibles, odiosos signos embrujados, noches maléficas ignominiosas, pasos en cercos hechizados, ojos asombrados y suspiros imantados. Ni un niño cantando. Antes hubo elegías hermosas en cada habitación o una nana armoniosa meciendo al rorro recién adormecido, nada ahora de aquellos días espléndidos.

Extraños sucesos acontecen, son querellas ultrajantes. Espiamos ejes satánicos trasnochados. Antiguamente no temíamos a nada. Durante estos meses olvidamos dar amor y ya ahorramos en susurrar hermosas odas. Realmente, algo que uno ignora es repugnante o harto anómalo. Con el rigor usado no burlaremos un kurdo, antes kermese kantiano. Entonces, sin esperanza llevamos amor más allá, ¿no? Olvidamos mirar en zulos cochambrosos los arcanos recónditos, sabedores, ensimismados más en nenúfares estivales sin ensañamiento nuncupatorio. En los pecados encontramos culpa, horrores oscuros; tuve oportunidad de observar sus lascivas oraciones salvajes sin emoción metido entre nogales, encogido, sintiendo dolores, entumecido todo, obligado durante once semanas largas, oculto siempre horas ominosas. Muchos brebajes recibí: entuertos santificados, yermas llanuras eclipsadas, venenos abundantes, remedios entramados nunca merecidos; incluso temidas órdenes repugnantes sin otro sacramento ultrajante. Suspicaz, sospeché enseguida muy inteligentemente: lluvia apacible saciaba su impúdica nariz lasciva. Aguas voluntariosas aumentaron ríos, mares, embotaron llanos, empobrecieron valles, acosaron relevantes vidas impermeables, dieron alma quimérica usurpando en nuestros ojos encantados. No gasté en nuncios de repulsa animal y mantuve, orgulloso, galimatías obscenos.

Llevo observándola, nervioso, durante eternas intrigas nocturnas. Finalmente, obtuve raros mensajes asfixiantes, concluyentes, insoportables. Osiánicas níveas gallinas ensangrentadas neutralizaron el típico impulso casuístico al entonar nanas maternales, impropias tonadas otacústicas: rapsodas sarcásticos obsesivos jalearon olés compulsivamente. Olvidé mejorar otros menesteres, otras litúrgicas artes.

Ella suplía techos ojivales y hacía artesonados recónditos tras ocultos disimulos en tres ratos impíos; omitía santiguarse con una alevosía rutilantemente tenebrosa. Ella transmitía ocasiones sorguinas sin quejas ultramontanas. Intentaba no temer elegíacos tratos ostentosos. Sin yo olerlo, rugió grotescas invocaciones ancestrales, solo ella las enumeró gracias al nulo tirabuzón espiral sinuoso. Pero al rato, abordó algunos ritos temibles; incluso supo turbar algunos sujetos numerarios, obligándoles también a rugir incesantemente.

Otros, sucumbieron entre cantos ofreciendo nefastas oraciones mortales, insalubres sermones tras aumentar sus cabalísticas artes putrefactas. Ilusos todos. Aunque no estuve suspicaz, dominé el bombardeo alquímico resistiendo con obstinación, evitando malos presagios, revolviéndome en su acre rezo impuro, obligándola, suplicándole con ardor, terciando en dramáticos ruegos acusadores tan innombrables como opugnados son otros menesteres. Así, quedó ultrajada, inoperante, noqueada. Improvisé saltando tras aquel ser demoníaco. Ella tuvo retranca, escogió neutralizarme hábilmente a yacer asesinada; sembró pócimas azufre sulfurosas alejando demoníacos ocultismos desencantando el lugar, misteriosa y orgullosa. Lastré agónicos síncopes, temeroso ante nuevas yacturas. Estuve luchando ante la calchona odiosa hasta ocupar la adversa locura con radiantes iridiscencias sustitutivas. Trinó Abraxas ligando a la ofensiva santiguadera ahorrándome cíclicas improvisaciones durante ocho segundos. Agradecido, lancé gritos huyendo barranco abajo, lamentando amargamente con ojos cuasi arrepentidos. ¿Acaso la paz obedece palabras prestidigitadas por entes repugnantes sin alma liberada?

Vi, intuí algo grotescamente resucitado, algo no olvidado. Quise usar incumplidos encantos remedados o también utilizar sustitutos de respetadas oraciones garantistas ante simples embrujos negativos, con añorados juegos infantiles. Tamaño ardid  duró en  pie lo acaso tan añorado.

Mantuve al rato inconexas cabalísticas, ocupándome nuevamente del embrujo jorguín. Así dominé el ímpetu ruin, asqueado, mas orgulloso, no tanto jugándome un innecesario conflicto para acabar redimido ante falsas ordalías llevadas al ruego como otras muchas ocasiones ut supra. No, antes desaparecería en soterrados arrabales recónditos resguardándome así, puro, ante demonios ancestrales de enajenado juego atosigante. Dos embrujados entuertos no tienen retos arcanos rudimentarios.

El nuevo encantamiento liberó grandes rutas ignotas nosománticas de rancias predicciones, amparadas rumbo al quinto universo escondido. Durante algún rato, contuve, obligado, nuevas bendiciones concebidas. Noctívagos sueños expulsaron xilófagos obscenos y actuaron obstinadamente reacios a bondades ofrecidas disipando el sentimiento criptográfico. Oí melodías ululantes nunca añoradas. Lejos de enojarme, juré a la onerosa sátrapa cochambrosa humanizar a todo súcubo, yuxtaponiendo las órdenes sabias bajo los olmos grises, según ganase alguna yarda salvadora. Quise usurpar el logro obtenido, sabiéndome wagneriano indiscutible.

Di gracias, enarbolando tres simples telas, apelando repulsas de antemano no estudiadas. No cupieron aburridos ruegos ganadores al rezar sumarios edulcorados. Y ya, acabé. Noté otro tiempo. Intuí emociones nunca esperadas sin tratar ilusiones emocionantes. Mostré poderes ocultos que únicamente empleé para enderezar razones declinadas. Encontré reposo y acomodo. Nadie obtuvo trofeos inigualables. Ella no expiró, solitaria, entre dos arcadas diamantinas y sucumbió, inerme, entre nebulosas trampas rutilantes. Asqueado, subí por ondulados nichos. Faltaba ofrecer testimonio ocurrido, necedades obtusas que utilicé impasible. Esperanzado, reí orgulloso. Quise unificar embustes, mas encontré indicios nigrománticos tan reales os digo… Un zoófago creció. Algunos suspiraron. Nadie inquirió. Se impusieron querubines, unicornios infaustos, elfos raros, altivos luchadores, adversarios preparados… Ungüentos no tintados irritaron toda alma enamorada. Nadie pensó liberar ángeles níveos, aunque muriesen instalados sobre trasgos. Aún duermo enojado, rumiando, especulando sobre una nunca anunciada posibilidad, un tiempo alegre, un niño adormecido por elegantes ritmos rituales, arte angélico delicado.

Ella murió amargamente, sin decidir embrujos ganadores. Iluminadas liturgias imantadas pasaron ofendidas llano abajo. Su amor demoníaco iluminó oscuros sótanos.

Pista para el criptograma: http://www.elblogderipley.com/2008/10/amor-y-myolastan.html

AL MARGEN (a propósito de "El secreto de los niños naranja")

Sabía muy bien que se estaba alejando. No estaba seguro de qué, pero definitivamente se sentía al margen. No era tiempo de retomar el camino, sino de perderse en la luna o recostarse en una piedra sin brillo, de adentrarse por un sendero oscuro repleto de aullidos. No había excusas: su imagen reflejada en el espejo era tan verdadera como el egoísmo o los placeres mundanos. ¿Era quien decía ser? Su imagen le molestaba. Se veía abatido. Sus ojos no brillaban como antes. Su pelo era más claro. Y su voz, aunque en aquel momento estaba en silencio, sólo hubiera podido cantar alguna canción cansada. No estaba seguro de querer ser lo que era. ¿Cuándo prefirió ser un cuerpo sin corazón, con el alma de frío cristal, que pasa por el tiempo sin dejar huella alguna? ¿Desde cuándo era así, un loco soñador de hielo? Aquella ilusión de darse por entero cuando encontraba cariño, le parecía ahora muy lejana, tanto, que la veía reflejada en el espejo, fuera ya de su ser, como si no le perteneciera... Curiosamente, frente al espejo, se sentía valiente. Se juraba y se prometía que nunca más iba a mentir; eran los demás los cobardes, los que odiaban, e incluso, se perdonó el dolor que causaría a los demás. Era su propio dios, que como una sombra gris atada al otro lado, se bendecía a sí mismo con mentiras piadosas reflejadas... Se rodeó con sus brazos sintiendo que su corazón no tenía descanso. Intentaba huir de él mismo, pero todo esfuerzo era en vano. De pronto recordó aquel amor que lo golpeó y derribó sobre la nieve cegadora, dejándole el corazón herido, con los ojos agotados por el dolor de tanto llanto. Aquellos días de sueño arrebatador, de anhelo desasosegante de paz, de visiones fugaces del rostro amado, de penosas horas de sueño y muerte; y con el paso lento del tiempo encontró el dulce e inesperado consuelo en las sombras y el aliento. ¿Quedaba algo de todo eso en su imagen reflejada en el espejo?
Quizás hacía mucho, demasiado, que el miedo no disminuía. Quería descansar, dormir, y abrir los ojos en un sordo despertar. No quería que su vida transcurriera a ciegas, llena de desperdicios y penas. Quería despertar y recordar los besos antiguos; incluso el frío dolor que crece ante la poderosa dicha de ojos somnolientos y manos perdidas. Pero sólo recordaba todo aquel remordimiento por los escasos que fueron sus besos. Ahora, observaba en su imagen unos labios marchitos, trémulos por la inquietud de saberse olvidado. Lloraba por un amor muerto sin saber que el amor rara vez es verdadero. Extrañamente, una sonrisa se dibujó en su rostro, que permaneció anclada durante varios minutos en su pálido rostro descarnado. Sus labios exhalaban palabras en suspiros de vientos invernales.
Se miraba con inocencia, como si no pasara nada, lo cual era cierto. Quería mirarse hasta que su rostro se alejara del miedo como un pájaro se aleja en el horizonte o, por lo menos, quedara desvanecido como una niña de tiza rosada en un muro viejo súbitamente borrada por la lluvia. Frente al espejo se sentía como una flor abierta revelando el corazón que no tiene. Todos los gestos de su cuerpo se reflejaban igual que las sombras se abandonan en el umbral mecidas por el viento. Su cara no era más que la máscara en la memoria de un niño asustado. No era más que un animal herido en el lugar de las revelaciones. Se vio a sí mismo con la boca y los párpados cosidos. Sus palabras eran sus pensamientos dorados en el negro sol del silencio. Perdido en la imagen presentida, creyó levantarse de su cadáver para buscarse, frente a frente, en el espejo. Y no vio a otra cosa que a sí mismo. Se escrutó con la mirada entre las tinieblas desatadas. Arrastró su cabello hacia atrás (una mano arrastra el pelo de un ahogado que no cesa de pasar por el espejo). Otra mano tapa su rostro (vuelve la memoria del cuerpo).
Cierra los ojos: grandes olmos se alzan solemnes en la hierba, combados sobre el oculto mundo de sus pensamientos; las hojas muertas susurran los días perdidos, los que no volverán o vuelven diferentes; solitario y triste, un espectro se desliza por el corredor (donde tantas veces sus pies han caminado), sumergido en el tiempo con un extraño encanto; una sombra se desliza en el espacio hasta llegar a él, se introduce en él y, frente al espejo, alma y cuerpo abren los ojos, y son sólo uno.
Sentado frente al cristal, evocando una imagen desnuda, negando las formas de la alegría y la razón, la sombría figura reflejada exhala desesperación. Su cabello ha quedado levantado. Su rostro oculta lo que nadie ha podido adivinar (una profana desgracia). Ahora, sus labios entreabiertos, igual que una herida deforme, destilan miseria. En sus ojos aterrorizados brilla la moribunda llama del deseo de vivir. Pareciera la sombra de una sombra atrapada en el pulido cristal. Se reconoció no como al fantasma de horas vanas que tantas veces se había sentido, sino como la verdad: “Soy yo”, se dijo. “He aquí mi retrato, tal como soy. Y no me asombraría si al marcharme de la habitación mi rostro quedase cautivo en el espejo, tanto tiempo he estado mirándome”. Tras esas palabras, se levantó y salió de la habitación.
Entonces, yo me acerqué a la silla vacía y me senté en ella. Miré no el espejo, sino dentro de él. Allí estaba quien durante horas estuvo mirándose. Y no sólo eso, me pareció que aún respiraba. Observé largamente y pude ver su boca entreabierta de labios estremecidos, su rostro atrapado en el espejo. Igual que un rayo silencioso aprisiona la luz en un momento,  fue capturado en el plomo abrillantado de su propia soledad. Quedó de él lo secreto: su secreto bajo tierra sepultado, pintada su figura donde apenas la luz penetra y el susurro de las voces llega apagado. Su rostro ausente y sin embargo impreso como lluvia de otro tiempo... Pude oír sus pasos detrás de mí (pompas de jabón explotando), fina lluvia de polvos de talco a cada pisada, quedó la madera del suelo moteada.
Huiría hacia un bosque sombrío y profundo, como el niño naranja que era. Cada vez que se engañaba a sí mismo, escapaba para juntarse con los demás niños naranja que todavía hoy reptan por el bosque (engañados por su propia codicia infantil que creen enterrada y que los devuelve a la cruel voracidad del pasado).
Desde entonces, permanezco frente al espejo, vigilando. Me miro y lo veo a él (cada vez más naranja). Quiere volver, pero ahora soy yo quien ocupa su silla frente al espejo. Sé que al otro lado, cuando los truenos resuenan en el bosque y estalla la tormenta, él quiere volver, porque detrás del cristal del espejo resuenan sus palabras como un terrible eco de viento huracanado: un grave murmullo en las sombrías tinieblas trae a mi oído su voz queda. Ya es tarde. Ya no quiero que vuelva. Cada día que pasa me parezco más a él. Incluso imito sus gestos, sus movimientos, su voz. Cada vez me parezco más a un niño naranja.

En una mota de noche sumergida me quedé dormido frente al espejo. El llanto fue brotando mansamente de mis ojos, pues, sin yo pretenderlo, me hallé en el mismo bosque donde él habita. Me cogió de la mano y tiró de mí hacia el suelo musgoso. “Los niños naranja reptamos”, me dijo. Y comencé a reptar detrás de él. De vez en cuando, giraba la cabeza hacia atrás y me decía, con sus ojos más tiernos, que tarde o temprano sería un niño naranja en toda regla; mientras, yo observaba horrorizado mi rostro naranja reflejado en el agua de los arroyos.

Voy diluyendo estos sueños hasta perderlos, aunque cada vez son más frecuentes y no sé si poco a poco dejaré de pensar e iré quedándome solamente con mi lado animal.


ERES TÚ QUIEN MIRA LAS ESTRELLAS

Otra vez. Aún no sabes si lo haces por una razón en concreto. Te descubres leyendo, intentando descubrir qué hay de cierto en todo esto; cómo se me habrá ocurrido escribir algo así; cómo lo hubieras hecho tú si hubieras pensado lo mismo que estás leyendo; si me conoces algo mejor después de terminar de leerme o si todo es una fantasía impuesta inconscientemente. Intentas descubrirte en alguna frase en la que buscas una intención que quizás no existe. Alguna vez te has visto entre líneas haciendo del texto algo tuyo; en alguna ocasión algo de lo leído te obligó a recordar lo que no te gusta de ti. Has llegado a pensar que un autor es, sobre todo, despreciable, al ser capaz de relatar algo que te acaba de pasar; pero lo vuelves a leer y descubres con cierto enfado que no, que lo que dice es algo remotamente parecido a un trocito de tu vida. Sólo parecido. Yo no dije eso, piensas. Y, más tarde, recuerdas que nunca estuviste allí, en ese escenario. Te ves reflejado, nada más, sin saber porqué, sin un atisbo de fundamento que lo justifique.

Mientras me lees, reflexionas, y llegas a la misma conclusión cada vez que lo haces: que si lo que cuento es verdad, no te interesa y sientes pudor porque leer esto es lo mismo que mirar por el ojo de una cerradura Pero la puerta es mía. Dibujas escenarios que sólo tú conoces creyendo que yo pensé en ellos para hacer vivir a sus personajes. ¿Son personajes? ¿Eres tú el niño, la mujer, el hombre que represento en los textos? No lo sabes, aunque alguna vez te lo preguntas. Y lo haces mientras piensas en el fastidio que supone hacer algo tuyo sabiendo que es de otro.

Un gesto mecánico te coloca frente a unas líneas. Casi siempre a la misma hora. Más o menos. Miras el título y la imagen intentando adivinar lo que viene después. Lees despacio. Hubieras comentado alguna cosa aunque, no sabes si por un miedo absurdo o porque no tenías del todo claro lo que querías decir, no lo haces. Incluso tuviste escrita una erudita observación y no llegaste a publicarla.

¿Qué buscas aquí? Eso me gustaría saber… Leer es un acto voluntario que va más allá: lo que quieres es participar de un mundo ajeno en el que unas veces estás, otras no, en el que puedes intervenir porque eres dueño de hacer lo que quieras con el texto que acabas de leer. Puedes creer que es deficiente o pensar que es una idiotez; imaginar que existe tal y como lo dibujo o negar lo que deja de gustarte.

Hoy más que otras veces te sientes obligado a saber algo de ti. Es posible que seas un personaje más, tan real o tan falso como los que acostumbras a ver por aquí. Aunque sólo sea durante unos minutos te transformas en uno más, en ese que se sienta detrás de mí para poder mirar sin decir ni una palabra. El único que es fijo en cada texto. Y lo sabes.

CUENTOS "MITÁ" FÍSICOS

¿Strawberry Roan ante la tumba
de Adolfo Bioy Casares,
en el cementerio de La Recoleta,
en Buenos Aires?

“Una historia telegráfica sobre la creación del cosmos, donde el carácter esencialmente descarnado de la sintaxis y la prosa –una prosa sincopada, pero nunca balbuciente- deja siempre entrever el abismo que separa la palabra del silencio, el trazo negro de la tinta del candor de la página intacta. Así, a través de este incesante diálogo entre lo dicho y lo no-dicho, el discurso se extiende casi hasta el infinito, como en una espiral centrífuga de las inagotables tonalidades del sonido (cuando leemos embriagados) y el color (cuando vemos lo leído). Sepan ustedes que no hay que prestar atención a lo dicho, a lo escrito, a lo expuesto. Lo que no se dice es, en definitiva, lo importante”.

El párrafo arriba reproducido, y debidamente entrecomillado y en cursiva (a mí no me pillan, señores), que extraigo de una obra señera de cuyo autor empero no recuerdo ni el apellido ni el nombre, ni falta que hace, pues vayan ustedes a saber, que no yo, viene aquí a cuento para tratar de los cuentos (perdonen por la redundancia, en este caso oportuna) que abarca el blog De Aquí a Lima de un escritor todavía en ciernes tal vez, pero sin duda ya merecedor de mi (nuestro, vuestro, suyo) verbo arrebatado y florido. En efecto.

Todo lo que sigue participa lo más posible (no siempre se puede abandonar un cangrejo cotidiano que todavía ni llega a la cincuentena, sino apoyarlo aunque prenda sus dolorosas pinzas en nuestra carne) de esa respiración de la esponja en la que continuamente entran y salen peces del recuerdo, alianzas fulminantes de tiempos y estados y materias que la seriedad, esa señora demasiado escuchada, tomada demasiado en serio, tal y como ella misma impera, consideraría inconciliables.

De ninguna manera hay que confundir esta prodigiosa obra de la que hoy hablo con pretensiones estéticas o con el virtuosismo plástico que se espera en general de las obras de arte… Pues, ¿es el señor Strawberry Roan un artista? Ojalá se me permitiera decir que sí, que lo es; pero esta colección de espléndidos cuentos que tienen ustedes ante sus ojos es, a mi parecer más que arte, mucho más que destreza en el discurrir de la belleza, mucho más que la habilidad en la hermosura, mucho más que eso que ustedes puedan estar pensando.

Alguien dirá que una cosa es mostrar un extrañamiento tal como se da o como cabe parafrasearlo literariamente y, otra muy distinta, debatirlo en un plano dialéctico como suele ocurrir en las pequeñas (cuantitativa aunque no cualitativamente) y profundas narraciones del señor Strawberry Roan.

Si de todos es sabido que hay cosas que, sin ser oro, brillan (la plata, los diamantes, el mercurio en el oscuro y profundo océano, la descarga eléctrica de un pez abisal, los dientes de mi leona cuando ríe o yo mismo en estos momentos), sepan ustedes, ¡oh lectores afortunados! que los Cuentos mitá físicos de Strawberry Roan son una de esas cosas. Brevedad, concisión, intensidad, buena prosa y originalidad son sólo algunas de sus virtudes. A veces, bien es verdad, no sabemos muy bien lo que nos cuentan, pero eso es un aspecto nimio frente al sugerente fondo de imágenes que sus palabras delatan (sí, delatan) o desocultan (sí, desocultan). A propósito: ¿quién sabe de sí mismo lo que debiera saber para sentirse conocedor de su inmensa inopia y no pecar de ignorancia? Exacto.

Luego está la variedad. Desde formas experimentales al límite de la audacia (pasando por el futurismo, el surrealismo y supinas aproximaciones apollinairianas que habrían hecho las delicias de muchos hoy triste, aunque esperanzadoramente, ausentes), hasta un costumbrismo novísimo y recreado  mediante jergas ad hoc que el autor, amén de conocer al dedillo, mete siempre donde debe. Pues vaya si es pícaro, guasón y sicalíptico nuestro Strawberry Roan ¡Y lo bien que debe de conocer a las mujeres en todas y cada una de sus profundidades! (O grietas.) Al menos en uno de sus cuentos, indudablemente uno de los mejores de la serie y cuyo título no puedo reproducir porque ya no me queda espacio, donde la GRIETA constituye una lectio sine ulla delectaione et  (estoy seguro de que ustedes me entienden) prejuicios.

Queda, quizá, una razón más agazapada del torvo silencio que envuelve la obra de Strawberry Roan; voy a hablar de ella sin pudor alguno precisamente porque las escasas críticas que conozco al respecto no han querido mencionarla, y en cambio conozco la fuerza creativa en manos de tantos fariseos de nuestras letras (la envidia, no ya de la forma, sino de la originalidad, es nuestro pan de cada día, sin que nadie se atreva a reconocerlo). Me refiero a las incorrecciones formales que abundan en su prosa y que, por contraste con la sutileza y la hondura del contenido, suscitan (o suscitarán al iniciado en su obra) al lector superficialmente refinado un movimiento de escándalo e impaciencia que casi nunca es capaz de superar. Quiero decir que hay que borrar aquellas sonrisas de los perdonavidas. El señor Strawberry Roan no las necesita. Los simples tardarán poco en darse cuenta que sólo tienen que dejarse llevar y zambullirse en lo que de manera justa no dice el autor, en lo que sutilmente traza, en el esquema sentimental apenas dibujado , que como nadie sabe transmitir. Los obcecados y estrechos de mira nunca serán contemplados. En sus cuentos, el barroquismo es tan simple como confuso es lo neoclásico.

Entre este archipiélago de cuentos que se nos ofrece, una isla emerge. Allá amanece el sentir de Strawberry Roan, y no se siente culpable de ninguna tradición directa. Las asume todas sin compromiso histórico, pues no se siente un escritor francés, ni austriaco, ni siquiera del mundo. Es un mero puñado de cultura propia a la espalda y el resto es conocimiento puro y libre. No es eslabón de ninguna cadena. No tiene que justificarse como escritor. Es como si sus carencias procedieran de una inocente libertad. Y eso es lo que muchos no le perdonan e intentan reconducirlo a una carretera repleta de stops que, invariablemente, Strawberry Roan rebasa pisando fuerte el acelerador.

Dicho lo fácil, lo que todo el mundo sabe y entiende, lo correctamente amable, atento y considerado; me permito ahora hablar de lo profundo, de lo oscuro, del aneurisma enquistado que cualquier persona interesada espera…

Lo que debiera decir, lo dejo en blanco, pues está todo dicho en los cuentos de De Aquí a Lima.