ALFILERES EN EL CORAZÓN


I. Nono recuerda aquel día

Recuerdo aquel día en que llovía ligeramente... Paulette estaba afuera, como siempre; incluso cuando hacía mal tiempo, ella salía y se sentaba bajo la pérgola del jardín. La verdad es que era un jardín espléndido. Varias filas de tulipanes crecían a ambos lados del sendero principal. Una enredadera de rosas blancas trepaba por el costado de un pequeño invernadero. Infinidad de plantas y de flores, un muro de jazmín, un enorme sauce; al fondo, un pequeño lago de aguas cristalinas... Allí, Paulette pasaba las horas muertas. Su esposo, el doctor Morrison, solía espiarla desde dentro de la casa, tras el cristal de una de las ventanas del gran salón que daban al jardín. Aquel día se acercó a la puerta trasera de la cocina. La abrió y salió al porche. Pasó por los macizos de lilas que se alzaban sobre unos grandes armazones de madera. Respiró hondo. Al doctor no le extrañaba que a su mujer le gustara estar allí siempre que podía junto a mí. Nos pasábamos los días tirados sobre el césped, jugando. Siempre estuve al lado de ella, inseparable, inseparables. Lo único que Paulette le pidió al doctor Morrison antes de casarse fue que yo me fuera con ellos. Eso y un gran jardín donde pudiéramos estar tranquilos. No podría vivir sin mí, le dijo...

El doctor Morrison se quedó observando a su mujer. Paulette era menuda, y tenía el pelo suave, de color oscuro, y unos grandes ojos cálidos en los que se reflejaba una tristeza apacible, de causa perdida. Vestía un conjunto de color azul abotonado hasta el cuello. Llevaba flores en el pelo: rosas rosas.

-¿No entras? Está lloviendo y es tarde.
-Ya voy. Hoy, Nono está contento.
-Siempre lo está cuando está contigo.
-Hoy es diferente.
-Vas a enfriarte, vamos.
-Te tengo a ti para que me cuides.
-Parece que Nono ya te cuida bien.
-No seas tonto.
-Míralo. Siempre que me ve, recela de mí. Es como si me odiara o me tuviese miedo.
-¡Qué tonterías dices! Nono nunca podría odiarte. Él sabe cuánto me quieres y cuánto te quiero yo a ti. Nono lo sabe.
-Si tú lo dices...
-Parece que el celoso eres tú.
-¿Cómo podría estar celoso de un cisne?
-Se llama Nono.
-Paulette...
-Yo te entiendo, de verdad, créeme. Entiendo que paso mucho más tiempo con Nono que contigo. Pero él no tiene a nadie más. Él no tiene la culpa. Sólo me tiene a mí. Si no estoy yo, se pone triste. Pobrecito. No quiero verlo triste. Yo también estoy triste si no estoy con él. Él no puede ser racional como tú o como yo. Es sólo un cisne, un animal. Tienes que comprenderlo. ¿No te da pena?
-Paulette...
-Fíjate en Nono. Es muy hermoso. Deberías acariciarlo de vez en cuando. Él también te quiere.

Paró de llover. El doctor Morrison miró en silencio a Paulette, las flores, la hierba... Después, me miró a mí. No tuvo la más mínima intención de acariciarme. Se quedaron callados. Una ligera brisa agitó las filas de lirios blancos y morados que había detrás del gran sauce. Ninguno habló. El jardín estaba fresco y extrañamente tranquilo. Subí al regazo de Paulette y desafié al doctor con la mirada.

-Me odia.
-Sólo me protege.
-¿Protegerte de qué?
-Él sabe.
-¿Qué sabe?
-Por eso está contento. Ya te lo he dicho antes. Ya lo sabe. Se lo he contado esta tarde. Está muy contento por mí, por nosotros.
-¿Qué es lo que sabe?
-Estoy embarazada.


II. Nacen dos niñas y Nono desaparece

Nacieron dos niñas: Paloma y Alondra. Aquella misma noche, el doctor Morrison volvió en coche a casa desde el hospital, ensimismados en sus pensamientos. Recordaba aquél día en el jardín, aquella tarde que llovía ligeramente y Paulette le descubrió que estaba embarazada, y a mí en su regazo, observándole. El doctor Morrison pensaba que desde aquel día mi comportamiento hacia él era cada vez más hostil, más desafiante... Aparcó el coche frente a la casa. Se detuvo en los escalones del porche, pensando durante unos minutos: a Paulette le gustaba sentarse en el jardín, leer, pensar, dar miguitas de pan a los pájaros... o jugar conmigo... Bajó los escalones del porche, rodeó la casa y se adentró en el jardín. Paulette le amaba y era absurdo pensar que... imposible... era estúpido pensar que Paulette... que Nono fuera... Paró en seco al verme al fondo del jardín, mientras sujetaba un gusano con el pico. Tragué el gusano y me quedé quieto, observando al doctor Morrison. Sabía que algo malo iba a pasarme. El doctor cruzó el jardín... El doctor Morrison estaba decidido y ya nunca más se supo de mí.


III. Nono nos habla del dolor de Paulette

Paulette le dio la espalda al mundo. Nunca quiso compartir su dolor, el dolor de no verme más, porque el dolor era sólo para ella; para ella y para nadie más (no estaba el mundo como para repartir dolor y lo mejor para todos, pensaba ella, era guardarse las puntitas de alfiler en el corazón). Ocultó su desdicha y pareció una extraña ante los demás; pero, definitivamente, Paulette no fue una extraña, porque su distinción, su bondad sin límites, sus paseos por el jardín, sus horas muertas sentada junto al lago (ya, sin mí), sus hijas y, por qué no, su marido, el doctor Morrison, la salvaron de maliciosos juicios externos. Quizás sería necesario aclarar algunas cosas de su atribulada vida y, si pudiera, también de sus pensares (con “n”) que tanto fruto han dado a los intelectuales de la época que, sin quererlo (es un decir), hundieron las débiles vidas, como la de mi querida Paulette, bajo tierra, al lado de alguna que otra exquisita trufa blanca perdida. Tengo la obligación de recordar a Paulette como se merece y no sólo como si hubiera sido una caprichosa y ejemplar mujer, aparentemente enamorada de un cisne robador de corazones llamado Nono. Yo. Mi Nono, decía ella envuelta en un vestido de encajes azules abotonado hasta el fin de su largo cuello. Aquel cuello que sostenía su hermosa cabeza de pájaro. Su cabeza engalanad: rosas rosas en el pelo. Su cabello que, de tanto en tanto, ondeaba como una bandera de esperanza, gracias a la suave brisa que discurría decidida por los interminables senderos que se desparramaban por el extenso jardín. El jardín en el que pasaba las horas muertas junto a mí. Aquella brisa también le insuflaba un poco de vida a su frágil existencia, mientras sus manos suaves me acariciaban en el recuerdo. De vez en cuando, apartaba la mirada del libro que leía bajo la sombra del sauce milenario para mirar en el cielo una nube o el macizo de lilas lilas que se alzaba sobre los grandes armazones de madera rosa pálido, o podía mirar también, a lo lejos, el muro de jazmines blancos, que si la suerte acompañaba, le ofrecía un susurro de olor azucarado que la embriagaba hasta la extenuación. Lo que ella pensaba era el alma, no era más que el pensamiento dejando su pelo almibarado, el mismo cabello que adornaba con rosas rosadas. Rosadas rosas que ella misma recogía durante sus largos y lánguidos paseos por el jardín de rosas rosas y lilas lilas. Un jardín que desde el día aciago de mi desaparición, pocas veces volvió a pisar, pues llegó el día fatal en que se sintió vacía (un día, en el que su propio marido, el doctor Morrison, le quitó la matriz). Y ya, la vida, desde aquel día, no era vida, sino recuerdos y sueños y estremecimientos. Ni siquiera sus hijas le devolvieron la alegría, o por lo menos, un murmullo, un hilo de amor correspondido. Su mente seguía en mí, en su Nono, y fue entonces, cuando decidió escapar lejos de tanta tristeza, hasta un lugar yermo como ella, donde poder seguir llorando sin que nadie la viera; pues la tristeza era sólo suya y no quiso compartir con nadie el quebranto y nos dio la espalda: a vosotros, al mundo, a todo quien quisiera saber, a la realidad entendida como tal... Y lloró por mucho tiempo; por tanto tiempo, que ya se perdió en la indiferencia. Por eso, debemos disculparla de todo; incluso, de su posible indecencia conmigo (algo que sólo sé yo).
Con los años, sus ásperas hijas acabaron pareciéndose demasiado a mí; y es verdad que una de ellas acabó casándose con un cirujano que le extrajo la matriz, perpetuando una extraña tradición familiar; y que la otra acabó por suicidarse porque no hubo manera de casarla; pero eso, Paulette no lo supo nunca, porque huyó lejos mucho antes de que sus hijas tuvieran conciencia de que fueron abandonadas. Paulette, tras mi súbita desaparición, ya no fue la misma. Quedó abatida y prisionera en el recuerdo, ahogándose dentro de su vestido abotonado hasta el infinito, y llegó el momento en el cual quiso desaparecer. Su noble ausencia destruyó el desconcierto que ella misma provocó al huir hacia un destino incierto: un desierto yermo y desolado, en el que su cuerpo fue devorado por las tormentas de arena. Quedó su alma reposada sobre las interminables dunas que se abrazaban y se despedían y se recostaban a lo lejos en el horizonte, allá donde las puntitas de alfiler ni siquiera pueden esconderse en los corazones.


IV. ¿Es Nono quien nos habla?

Alondra apuntó su ojo brillante y redondo sobre Paloma. Había un poco de desprecio diluido en mucha compasión, como siempre que hablaba con su hermana.

-¿Me estás diciendo que no es verdad? Todavía podemos volar alto. Acuérdate de mamá... Enamórate si quieres de tu ginecólogo, pero nunca mires sus instrumentos.

Este fue el solemne consejo de Alondra. Ese mismo, lo quieran o no, salió de su boca parecida a la de un pelícano. Entonces Paloma rompió su estupor y soltó una carcajada hueca, que sonó como una risa de madera seca dentro de su boca de pico de ganso.

-Hermana querida, que salgan esas palabras de ti demuestra que no me tienes mucha estima, ¿o es que no te acuerdas de papá? Anda, sírveme otra copita de coñac. Pobre papá...

Hubo un pequeño silencio, el justo para que Alondra pensara lo que iba a contestar. El mismo que sirvió a Paloma para mirar por la ventana el inmenso jardín e intentar olvidarse del tema.

-Pero, esa cabellera preciosa, tu cabeza dorada y tu cuello de leche, tus mejillas rosadas, tus ojos que parecieran que no tuvieran párpados, ¿no crees que merecen algo mejor que marchitarse sin remedio, sin nadie que los acaricie nunca?

Paloma calló y se quedó mirando a su hermana. Su redondo ojo de pájaro se redondeó todavía más, por la rabia que sentía.

-¡Pobre de mí, pobre de nosotras, pobres todas las mujeres! Yo no quiero a nadie, ¡a nadie! A nadie que me respire, ni que me mire, ni que me hable, ni que me escuche, ni que me sienta, ni que me goce, ni que me ame, ni que me espere, ni que se alegre por tenerme, ni que se entristezca por mí, ni que se ilusione. No quiero a nadie, hermanita, a nadie. Estoy muy bien sola.

Alondra sirvió un poco más de coñac en la copa de su hermana y esperó el tiempo que creyó necesario para que su hermana se tranquilizara.

-¡Pero esa es la cumbre por la que las mujeres suspiramos desde el seno materno! ¡La raíz que ansiamos desde el caos del pre-nacimiento! ¡Eso es la vida! ¡Eso es el amor!
-No digas tonterías. Estás loca, ¿de qué cumbres estás hablando?
-Escucha. Fíjate en mí. Yo me enamoré poco a poco de mi cirujano. Mamá también hizo lo propio, ¿no? Deberías saber que eso les ocurre a todas las mujeres que tienen algún problema genital y se someten a una operación.
-¿De modo que eso es el amor? ¿Eso es lo que esperamos todas las muchachitas de buen y de mal ver? ¿Una operación quirúrgica en la matriz y después casarnos con el médico? ¿Tú crees que papá y mamá fueron felices?
-Lo único que sé es que gracias a ellos estamos aquí. Además, las operaciones suelen salir de maravilla. Una se siente más ligera. En un momento, te alzas y sobrevuelas los techos más altos de la ciudad.
-De todas maneras, yo no tengo ningún problema genital.
-Pero lo tendrás, créeme. Tarde o temprano, lo tendrás.
-Bueno, ya veremos; tú haz lo que quieras. ¿Salimos al jardín? Hace un día espléndido.

Las hermanas terminaron sus copas y salieron al jardín. Pasearon por el sendero de tulipanes blancos, dejaron atrás el macizo de lilas lilas hasta llegar al gran sauce frente al lago, rodeado de rosas rosas y allí se sentaron, recostadas en el tronco, bajo la sombra llorosa que las hojas del árbol les ofrecía. A sus pies, en la hierba, vieron cómo se arrastraba un gusano. Ambas tuvieron el impulso de atraparlo con la boca y comérselo. Pero se quedaron calladas y no lo hicieron, lo cual creó una gran tensión entre sus deseos y las buenas costumbres adquiridas a lo largo de los años.