THE PIXELATED BIRTH OF STRAWBERRY ROAN

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Canción: "Decimal", OMD (Orchestral Manoeuvres In The Dark), del álbum "English Electric" (2013)

JACINTA TUVO UNA SEMANA EXTRAÑA

Lunes

Jacinta abandonó la cama a la hora acostumbrada, pensando, como si tal cosa, en la relatividad del tiempo que formulara Einstein. Después de la ducha y el desayuno, seguía pensando en lo mismo. Al salir de casa, llegó a la extraña conclusión de que Einstein no había sido cajera de hipermercado alguno.

El interior del autobús de la empresa, que la dejaba a las mismas puertas del hipermercado, le producía a Jacinta una impresión de normalidad aséptica a la que ya se había acostumbrado después de tantos años. Fueran las que fuesen las noticias de la mañana, cuyos titulares desfilaban perezosamente por la pantalla que coronaba el inicio del pasillo central del vehículo, nadie mudaba el gesto de madrugón resignado. Pareciera que el mundo auténtico quedara muy lejos de aquella hojalata rodante y climatizada. O tal vez el mundo real no era otro que aquel autocar prisionero de su eterno itinerario: espectro mecánico abocado a repetir una y mil veces la ruta responsable de su existencia.

El día de trabajo en el hipermercado fue duro: una bronca que le dio una enfurecida anciana por una confusión que no se solucionó; la exasperante lentitud de quienes, ansiosos por desprenderse de las monedas, inundaban el mostrador con la calderilla que, qué remedio, había que contar minuciosamente; las críticas gruñidas por los impacientes que aguardaban turno para pagar; el chistoso que soltaba en público su gracia inoportuna; las sempiternas señoras disgustadas que la culpaban personalmente del alza de los precios, como si una simple cajera tuviese las atribuciones de una ministra de economía; clientela histérica que exigía rapidez; e incluso, la fanfarrona que esgrimió al estilo de una granada un bote de piña en almíbar, con el falso pretexto de que se lo había cobrado dos veces...  
Pero todas aquellas tragicomedias oníricas no tenían efecto alguno en Jacinta. Cuando algo pasaba, ella se abstraía. Tenía  la experiencia suficiente para verse libre de las clásicas pesadillas que asaltaban a las cajeras novatas, sepultadas bajo toneladas de artículos o bloqueadas a consecuencia de un desajuste brutal en el recuento. No, las angustias estaban excluidas de su quehacer. En realidad, Jacinta experimentaba unas inmensas ganas de dar carpetazo a toda aquella monotonía; sentía una necesidad urgente de perderse, siquiera por una semana, en cualquier lugar apartado. Ante una revuelta en la cinta transportadora de la caja, pensaba en horizontes, viajes, distancias y superficies, sol y viento en playas luminosas...

Pero no; soñar despierta sólo le acarreaba una engañosa huida mental, una simulación psíquica que pronto se daba de bruces con las aristas más grises de la realidad. Nadie se ha librado nunca de sus limitaciones gracias a una ráfaga de imaginación desbocada; si acaso, aquellos lo bastante astutos o mezquinos para traficar con las fantasías ajenas. Pero eso, Jacinta no lo sabía.      

Fue acabar la jornada y oír su nombre y apellidos por los altavoces. Jacinta pensó que era Dios quien le hablaba. Aquella voz impersonal la requería en las oficinas de la segunda planta. ¿Qué querrá esa voz celestial de mí?, se preguntó, divertida.

-Debemos prescindir de sus servicios –le dijo un dirigente al que nunca había visto, mirando al lado de Jacinta y no a los ojos de ella.
-¿Perdón?
-Lo siento, pero está despedida –reafirmó el dirigente, sin cambiar el sentido de la mirada.
-Oiga, que estoy aquí, ¿a quién mira?
-Es que usted refracta. Tome, una lata de guisantes.

La embargó una débil chispa intuitiva, algo así como una sensación que centelleó fugazmente en su interior. Sin duda, en aquel bote se concentraba el poso amargo del día.       

Ya en casa, Jacinta extrajo del bolso la lata de guisantes y enfocó hacia ella toda su decepción. Como pago a tantos años, la obsequiaban con una ridícula lata de guisantes: un bote minúsculo incapaz de satisfacer las exigencias de una vulgar menestra. Y para colmo, abollado.
La insignificancia de aquella recompensa se convertía más en una burla que en un presente de gratitud, una broma de tacto duro y metálico, cuya rimbombante y ridícula etiqueta proclamaba jactanciosamente lo trivial de su contenido. Y la calidad de éste debía de ser cuanto menos incierta, a juzgar por el extraño efecto sonoro que se manifestaba al agitar el envase: a Jacinta le parecían perdigones. Sin pensárselo dos veces, fue a la cocina y tiró la lata de guisantes al cubo de la basura, sin ni siquiera abrirla.  
        
Entregarse a los propios pensamientos siempre ha sido una actitud ineludible; y precisamente eso estaba haciendo alguien con responsabilidades empresariales muy novedosas y recién adquiridas. A esta persona le divertía elucubrar hacia dónde habrían viajado las latas de guisantes con los premios sorpresa. Y no era para menos pues, seguramente, las caras de quienes las hubiesen adquirido, serían auténticos poemas cuando descubriesen que en lugar de guisantes apareciesen gemas millonarias.


Martes

Caminar por la ciudad le aportaba a Jacinta una ambigua mezcla de prisa y atención. Aunque corrió, la luz ámbar del semáforo había sido ya sustituida por la roja cuando llegó al bordillo. Mientras esperaba la luz verde, Jacinta recordó lo que le había dicho quien el directivo que la despidió el día anterior, justo en el momento en el que le ofrecía la lata de guisantes: es que usted refracta. Qué extraño, pensó. 

Jacinta recordó cuando unos meses antes, mientras tomaba un vino junto a su amigo Eladio, este le comentó que había oído el canto de un gallo. Verdaderamente, el chico tenía imaginación, eso era innegable, pero nunca supuso que un poco de alcohol expandiera tanto dicha facultad. Mientras él hablaba, Jacinta advirtió una sinceridad rotunda que la desconcertó y, no sabía muy bien por que, la irritaba sobremanera. ¿Quién podía contar una patraña como aquella sin algún signo, aunque fuera inconsciente, de falsedad encubierta? Encima, su amigo se había permitido la licencia de soltarle una reflexión enigmática a modo de colofón para su relato:  

-¿Sabes una cosa? Al ver aquello... bueno, al oírlo, tuve la sensación de que quizás tú llegues a pasar por algo parecido. Y no sé porqué, pero presiento que eso sería una señal para que nos viéramos más a menudo.        
-Francamente, no lo creo.       

El escepticismo de Jacinta indignó a su amigo. Decidieron dejar de verse y hasta de llamarse, pero no fue el caso...

Ahora, mientras Jacinta esperaba a que el semáforo se pusiera en verde (ella no era consciente, pero el semáforo ya se había puesto en verde varias veces), recordaba con qué aplomo había contado la historia su amigo Eladio: su sorpresa al escuchar el canto de un gallo tras la frondosidad que abrigaba la descuidada ladera de una colina en las afueras; su cauteloso acercamiento desde una acera solitaria hasta el arcén opuesto para atisbar entre la vegetación; su hallazgo de un angosto sendero que trepaba por la pendiente; su estupor al descubrir al final del ascenso que el gallo en cuestión era un autómata, un gallo mecánico que al verlo cantó de nuevo y se perdió tras la maleza, mediante el torpe revoloteo de sus bruñidas alas metálicas...       

En fin, pensó Jacinta, por lo menos él había oído el canto de un gallo, algo excepcional en una ciudad y mucho más grato que el zumbido eléctrico del semáforo que en aquel momento llegaba a sus oídos. Pero la perturbación acústica del semáforo cesó en seguida. Jacinta dio unos pasitos cortos y se aproximó al poste eléctrico. Escuchó algo distinto. Perpleja primero y resignada después, sacó el teléfono móvil y tecleó el número de su amigo Eladio; mientras, a su lado, el semáforo respiraba, según ella.        


Miércoles

El techo es el cielo doméstico, pensó Jacinta, tumbada en el sofá de su casa. Si tal afirmación es válida, siguió pensando, la bombilla que pende como una pera macilenta debe interpretarse como la parodia de un sol en horas bajas, sentenció.

Cuando cambió la bombilla por otra nueva, volvió a dejarse caer en el sofá. A pesar de la evidencia, aún le costaba aceptar la facilidad con la que había sustituido la bombilla mortecina por otra refulgente.  Miró al techo, enaltecido ahora por la luz que difundía más allá de su tulipa la bombilla recién estrenada. Jacinta cerró los ojos, satisfecha.  

Un diminuto impacto acuoso, justo en la punta de su nariz, interrumpió la duermevela que estaba venciéndola, y al volver la vista al techo recibió una nueva y diminuta descarga líquida. Un transparente buchecito de agua se dilataba perezosamente hasta su inevitable desprendimiento, que concluyó en un minúsculo estallido fresco sobre el ojo, a modo de improvisado colirio. Después, tras las escalonadas gotas, siguió un chorro de agua continuo.  

Claro, pensó, si el techo es el cielo doméstico, algún día tenía que llegar la lluvia, concluyó. Y también, algún día, aparecerá un bonito arco iris dentro de casa, imaginó, pues simplemente son las gotas de lluvia refractadas por el sol...


Jueves

Jacinta nunca se refrena a la hora de contar a quien sea sus tribulaciones del momento. Dicha inclinación le granjea, como es de esperar, adhesiones y rechazos a partes iguales.

Aquel día, Jacinta y la vecina de enfrente se encontraron en el rellano esperando el ascensor.        

-Buenos días, Jacinta -el saludo de la vecina fue tan amable como de costumbre.        
-Hola –contestó, escuetamente, Jacinta.    

La vecina notó en el acto que algo no iba bien, más que nada por el aire cariacontecido de Jacinta.        

-Te veo mal –se preocupó la vecina por Jacinta-. Es porque ya no trabajas en el hipermercado, ¿verdad? No le des tantas vueltas, ya te saldrá algo.
-No, no es eso. Lo que pasa es que me molesta mucho el oído izquierdo. Estos días ando medio sorda –aclaró Jacinta, medio molesta.
-¿Y no has ido al médico?       
-Varias veces. Y me han hecho todas las pruebas habidas y por haber.      
-¿Y?

Jacinta puso cara de interesante, como una actriz madura a punto de interpretar el papel de su vida.

-Como te digo, me hicieron todas las pruebas y todos los análisis posibles, y en seguida vieron que había infección –explicó Jacinta, como si estuviera contando una novela de misterio. Después, intercaló un breve silencio para avivar la expectación de la vecina, y continuó con la gran pregunta-. ¿Y sabes lo que encontraron al fin?    
Justo en el momento que llegó el ascensor y la vecina abrió la puerta para entrar, esta, con voz apagada y gesto cansado, respondió de una manera que a Jacinta le pareció de desinterés máximo a su trabajada puesta en escena.  

-No sé... ¿Petróleo? –respondió la vecina, mientras la puerta del ascensor se cerraba y comenzaba el descenso.        

Jacinta parpadeó, atónita, y descubrió en el rostro de la vecina una inocultable sombra de diversión.   

-Hongos –corrigió, Jacinta-. Y creo que desde ayer se han reproducido. En fin, habrá que esperar a que se pase –habló Jacinta no ya como una gran actriz, sino como una persona normal, quitando todo el suspense que había creado poco antes. Un incómodo silencio lo ocupó todo, hasta que el ascensor tomó tierra y la puerta se abrió.

-Adiós -se despidió Jacinta, sin mirar a su vecina, y se encaminó apresuradamente hacia la puerta de salida del edificio.     
-Hasta otra –llegó a decir la vecina, pero Jacinta ya estaba fuera y no obtuvo respuesta.       

Cuando Jacinta salió disparada del portal, la vecina se quedó con la vaga sensación de que su ocurrencia no había sido una buena idea. Mira que decirle petróleo, pensó, pero es que me tenía frita con tanto misterio para una infección de oído. Además, Jacinta refracta.

Mientras tanto, Jacinta detuvo sus pasos en la calle y se aplicó un pañuelo en la oreja izquierda. No le gustó nada la contestación de su vecina, y por eso tuvo que mentirle. ¿Cómo lo habrá adivinado la muy bruja?, piensa, y se retira el pañuelo oscurecido por la pringosa e inconfundible negrura del hidrocarburo que en tiempos había sido un dinosaurio o un helecho gigante.     


Viernes

¡Lo que faltaba!, pensó Jacinta con evidente disgusto. Un agujero, y nada menos que en la esquina del zócalo; un boquete del tamaño de medio paquete de tabaco donde el papel pintado se curvaba hacia adentro, cubriendo a medias el pequeño túnel. Y lo peor de todo: había visto, fugazmente, un insecto muy rápido y desagradable refugiándose en la oquedad. De niña creía que tras los agujeros como ése, al otro lado del tabique, moraban unos hombres de aspecto severo y vestidos de oscuro, en una imposible vivienda contigua donde olía vagamente a limón.

Jacinta se agachó para inspeccionar más de cerca aquella gruta en miniatura. Nada: una impenetrable bolsa de oscuridad. Ni rastro de sombras móviles que delatasen la presencia de cualquier bicho indeseable. De todas maneras, no tenía dudas al respecto: había sorprendido la huida e internamiento en aquella pequeña caverna de una forma orgánica negra y provista de muchas patas. Era obvio que había un bicho; y si había uno, muy probablemente habría más. No, más no: muchísimos más.       

Recordó entonces que en el trastero guardaba un envase de insecticida y no se lo pensó dos veces. Fue al trastero, encontró el bote de insecticida y lo sacudió para ver si todavía quedaba algo de producto. Sí, quedaba. Después, leyó, una mezcla de varios compuestos casi impronunciables diluidos en un excipiente inocuo para la ozonósfera; o al menos, eso aseguraba su plurilingüe y extenso etiquetado. 

Volvió apresuradamente a la “zona caliente” donde, de nuevo, se agachó y tras agitar el liviano cilindro de veneno, acercó el difusor al orificio y pulsó el botón. Un prolongado chorro de aerosol inundó las entrañas del ignominioso agujero. El picante olor del producto llegó a su nariz, pero aun así repitió la maniobra, varias veces, inyectando muerte a lo que hubiese dentro del boquete. Aquella fumigación divertía a Jacinta más de lo que nunca ella hubiera pensado.

Cuando hubo terminado, Jacinta devolvió el insecticida a su lugar original y se acostó con la certeza de que ninguna repugnancia invertebrada había sobrevivido al ataque químico de su guarida. Esa tranquilidad la ayudó a conciliar el sueño; el mismo sueño que le impidió percibir el siseo de un chorrillo gaseoso, una descarga de insecticida que, proyectada desde más allá del agujero, derramó al salir por él un sutil olor a limón.     

  
Sábado

Jacinta se pasó la mañana del sábado leyendo los anuncios breves de los periódicos. Su intención era dar una ojeada a la sección de empleo, pero acabó mirando otros apartados. Leyó algunos muy curiosos:

“Señor vallisoletano, sin piernas ni brazos, busca joven moza sin piernas, pero con brazos, para empezar nueva vida. Preferible que disponga de olla exprés”. Jacinta pensó en cortarse las piernas y responderle, pero cuando estaba a punto de hacerlo, se dio cuenta de que no tenía una olla exprés. Una pena, pensó.

“Mujer ambigua, muy viajada y con barco propio, busca compañero ambiguo y con ganas de recorrer mundo, para encerrarnos en casa durante un año. Abstenerse menores de diez años”. A Jacinta no le gustó tanta ambigüedad y torció el gesto.

“Caballero sin igual, busca a alguien con el que pueda compararse”. Jacinta se preguntó cómo sería aquel caballero y recordó lo que le dijo el hombre que la despidió. Si fuera verdad, podría compararme ventajosamente con este señor sin igual, pensó.

“Mujer abierta, busca alma gemela que la cierre”. Jacinta dio un respingo al leer esto.

“Si quieres conocer caballero augusto dispuesto a todo, no busques más, estoy detrás de ti”. Jacinta giró la cabeza, pero no encontró caballero alguno. Si hubiese prestado más atención, se hubiera dado cuenta que sólo la mitad de su cuerpo se reflejaba en el espejo que colgaba en la pared detrás de ella.

“Si al levantarte cada mañana sientes que te duele el bazo, llámame”. Jacinta se llevó la mano al pecho y pensó que dos personas juntas con el bazo enfermo serían muy desdichadas.

“Auténtico turco en el amor ofrece demostración gratis”.  Jacinta apuntó el teléfono.

“Soberbia soltera daría clases de buena conducta a un precio módico”. Jacinta pensó que a su amigo Eladio le irían bien unas cuantas clases de estas.

“Crucigramista consumada desearía fundar hogar”. No, se dijo Jacinta.

“Busco a alguien para actividad simpática”. ¡Dios mío, cómo está el mundo!, pensó Jacinta, al mismo tiempo que sus fosas nasales descubrían un extraño, tenue y nuevo olor a limón.


Domingo

Jacinta estaba delante de un escaparate de electrodomésticos, cuando su teléfono móvil sonó. Era su amigo Eladio. Dudó en si debía responderle o no. Recordó que tuvo la intención de llamarlo cuando días atrás oyó que el semáforo respiraba, que marcó su número, pero seguidamente pulsó la tecla de fin de llamada y no habló con él. Jacinta aceptó la llamada.

-Hola, ¿cómo que llamas?
-Bueno, tengo una llamada perdida tuya del martes.
-Me equivoqué.
-Mira, Jacinta, no discutamos.
-No estoy discutiendo. Dime, ¿qué quieres?
-Es que estoy preocupado por ti.
-¿Por mí?
-Sí. Creo que no te das cuenta de tu particularidad.     
-Pues, no. ¿Qué tengo de particular? Ilústrame.  
-Tienes una habilidad muy especial. 
-¿Ah, sí? ¿Cuál?   
-Refractas.
-¿Cómo?
-Refractas, Jacinta, refractas.

Jacinta pulsó la tecla de fin de llamada. No quería oír más. Las palabras de su amigo Eladio despertaron en ella una curiosidad burlona, todo hay que decirlo. Está loco por mí, pensó, ¿que refracto? Eladio siempre ha sido bastante exagerado a la hora de contar algo. Le gusta añadir datos de su propia cosecha, y creo que en esta ocasión ha vuelto a reincidir en ello. Eso de que refracto sólo puede habérsele ocurrido a él. Por otro lado, sus explicaciones pecan a menudo de incompletas, imprecisas o de ambas cosas a la vez. Y ahora no ha sido una excepción, según lo estoy comprobando, pues tengo delante de mí mi reflejo en el escaparate: me veo ahí, plantada frente a estos aparatos eléctricos carísimos. Soy Jacinta, ni más ni menos, y mi supuesta característica no es la mencionada ni esperada.

Jacinta no percibía anomalía alguna, ni visual ni de otra índole. Y, sin embargo, muchos transeúntes le dedicaban un vistazo rápido y escrutador. De pronto, Jacinta pensó en sus primeras lecciones de física, en la imagen de un lápiz metido en un vaso de agua... Debo corregir a Eladio la próxima vez que hable con él, pensó Jacinta, aunque sé que no le hace mucha gracia, pero lo considero necesario e inevitable. Yo no refracto, pensó, los demás se refractan a sí mismos.



CONSANGUÍNEO: AFICIONES EXTRAÑAS