TODAS REINAS (de William Shakespeare a Aquiles Nazoa)



Entra Macbeth en uno de los aposentos de Inverness. Es noche cerrada y la luna llena se ve a través de una pequeña ventana enrejada en lo alto de una de los gruesos muros del castillo. Se sienta, abatido, en la única gran silla de madera con grandes tachuelas que hay en la sala. Tras unos segundos en que permanece sentado se levanta y clama.

MACBETH: (Con las manos en la cabeza.) ¿Cómo he de quitarle la vida a quien cada noche me la da a mí? (Con las manos en el pecho.) ¿He de privarme del mayor placer que en la vida tengo a cambio de una corona que ni siquiera quiero? (Con las manos en la cintura.) ¿Es mi mujer la que me empuja a cometer este asesinato atroz? (Con una mano en la cintura quebrada y con la otra bajo la barbilla.) ¿No soy yo más mujer que mi propia mujer? (Con las manos hacia el cielo.) ¡Maldigo a las brujas que aventuraron que rey había de ser, pues no es eso lo que deseo, sino reina de este reino, en todo caso! (Coge unas gasas y tules de colores y se pone a bailar y a dar vueltas como una bailarina, muy afectado. Irrumpe, de pronto, Lady Macbeth en la estancia, dando un portazo al ver que su marido no la ve y sigue bailando como si tal cosa.)
LADY MACBETH: (Interrumpiéndole.) ¿En qué andas?

MACBETH: (Sorprendido, para en seco e intenta disimular.) No ando, sino que bailo.

LADY MACBETH: (Suspirando.) Ya lo veo, pues ciega no soy, que lo malo y lo bueno mis ojos lo ven, aunque no quiera y me repugne lo visto.

MACBETH: (Apuntándola con el dedo repetidamente.) Ya que lo ves, no preguntes lo evidente, pues no hay tiempo que desperdiciar si cierto e incuestionable es lo que entra por tus ojos.

LADY MACBETH: Pues ya que lo dices, te diré sin demora aquello que evidencian mis sentidos.

MACBETH: ¿Y qué es lo que tus ojos ven, aún sin quererlo?

LADY MACBETH: Ven que eres todo un bujarrón.

MACBETH: ¿Bujaqué?

LADY MACBETH: Bujarrón.

MACBETH: Extraña palabra, aunque nada bueno quiera decir por el tono en que de tus labios ha salido. ¿Digo bien, esposa mía?

LADY MACBETH: Bien dices.

MACBETH: Entonces, sácame de la incógnita que flotando en el aire ahoga mi entendimiento...

LADY MACBETH: De sobra sabes que sé que lo sabes de sobra.

MACBETH: Imaginarlo puedo, aunque de mis dudas debieras sacarme, que es por ti esta inseguridad que me subyaga  y por la que anhelo pronta respuesta.  

LADY MACBETH: (Gritando.) Pues que eres un moña, vamos.

MACBETH: ¿Qué es lo que me quieres decir con esos vocablos cuyos significados no entiende mi desacostumbrado cerebro, pues ante la pronunciación de semejantes sonidos ni un nervio se inmuta?

LADY MACBETH: (Despectiva.) Que eres maricón perdido.

MACBETH: ¿Maricón?

LADY MACBETH: Más que el señor Tzu que se creía mariposa.

MACBETH: (Afectado.) Soy sensible y de ese señor del que me hablas mi razón no tiene conocimiento, aunque si me comparas con él, persona noble ha de ser.

LADY MACBETH: (Andando de un lado para otro, nerviosa.) Me da exactamente igual lo que seas y a quien conozcas, pero esta noche tienes que matar al rey, según lo acordado.

MACBETH: ¿Acordado por quién?

LADY MACBETH: ¿Por quién? Bien sabes que lo manda el destino.

MACBETH: De buen grado lo burlaré, pues no hay nada imposible en este mundo que no se pueda evitar, excepto la muerte.

LADY MACBETH: (Satisfecha.) Tú mismo lo has dicho: la muerte. La de Duncan.

MACBETH: (Con las manos en el corazón, gimoteando.) ¿La de mi Duncancito? No puedo, le amo.

LADY MACBETH: ¿Duncancito? ¡Debí imaginármelo!

MACBETH: Sí, le amo, y él también a mí.

LADY MACBETH: El destino se burla de ti y castiga tu oprobio.

MACBETH: Ya te he dicho que no lo voy a matar.
LADY MACBETH: (Histérica.) ¡Pero yo quiero ser reina!

MACBETH: (Más histérico que ella.) ¡Yo también! Es más, casi lo soy. Las noches que paso junto a mi Duncan, lo demuestran...

LADY MACBETH: (Conciliadora.) Tú tienes que ser el rey y yo la reina.

MACBETH: (Con las manos en la cintura, empecinado.) Yo también quiero ser reina.

LADY MACBETH: (Exageradamente.) ¡Dios mío! ¿Qué he hecho yo para que compliques mi vida con trabas de tal calaña que como vencejos de mal agüero anidan en el juicio de mi otrora  bien amado marido?

MACBETH: (Animado.) ¡Qué bien hablas!

LADY MACBETH: Calla, so maricón, no me interrumpas, que estaba inspirada. 

MACBETH: Pero qué quieres que haga. ¿No sería acto ruin que de mis manos saliera la muerte para quien más amo en el mundo?

LADY MACBETH: Tonterías. Todo pasa, todo pasa...

MACBETH: La muerte de Duncan, sería también mi muerte.

LADY MACBETH: Encontrarás a otros que te colmen de placer con su enorme espada.

MACBETH: Ninguno como mi Duncan.

LADY MACBETH: Mira, ya me estoy hartando de tanta tontería y de tantos miramientos. Esta noche vas y matas a quien impide que yo sea reina.

MACBETH: No podría hacerlo, no podría.

LADY MACBETH: Podrás, ya lo verás.

MACBETH: Él lo es todo para mí...

LADY MACBETH: ¿Y yo qué soy?

MACBETH: No sé, ¿un estorbo?

LADY MACBETH: (Reprimiéndolo, agresiva.) No desprecies lo que se te ha otorgado a bien, pues despojado de ello puedes quedar, si no cumples lo que se te manda.

MACBETH: Déjate de rollos que a mí no me la das. No voy a matar a mi Duncan sólo porque me porfíes a que haga lo que nunca en mi sano juicio haría.

LADY MACBETH: Mientras yo pueda ser reina no cejaré en tal empeño, ni me importa si loco has de estar...

MACBETH: Miedo me das, mujer...

LADY MACBETH: ...ya que el placer en mí ni encuentras ni buscas como ha de inquirirlo y hallarlo un hombre.

MACBETH: (Suspirando.) Es que Duncan es mucho Duncan.

LADY MACBETH: (Haciéndose la víctima.) Ahora sé por qué pasaba sola todas las noches en mi cama guardándote con celo lo que tú das en la menor ocasión...

MACBETH: Es que la ocasión no es menor, ni mucho menos. (Suspirando, otra vez.) Ya te he dicho que Duncan es mucho Duncan.

LADY MACBETH: (Clamando, con los brazos levantados.) ¡Oh, pobre de mí, que ni siquiera levanto pasión a quien de mí falsamente lo pidió y de por vida me he dado!

MACBETH: (Suspirando más fuerte, todavía.) Duncan es mucho Duncan.

LADY MACBETH: (Con el dorso de una mano en la frente y con la palma de la otra en el corazón.) Sí, ya me lo has dicho, no hace falta que te repitas, pues tus necias palabras no caen en el olvido, sino que se clavan como flechas en el, ya de por sí, débil y herido corazón. Con tus palabras lo hieres igual que nunca heriste en mí como un hombre ha de hacerlo, dicho sea de paso y ya que viene al caso.

MACBETH: (Con el puño cerrado de una mano en la cintura.) Perdona que te lo diga, pero a mí no me la das, pues aunque digas las cosas de paso y aún viniendo al caso, yo ni una te paso y no te hago ni caso.

LADY MACBETH: El valor hace al hombre poderoso y la mujer lo ayuda con la ambición. No es tanto lo que pido, ¿no crees? Deja que tu valor y mi ambición actúen juntos en el devenir de los hechos futuros e inamovibles de la Historia imperecedera.

MACBETH: No empieces a hablar así, que sabes que me da miedo. No haré tal cosa a mi Duncancito.

LADY MACBETH: (Dándose media vuelta.) Bujarrón.

MACBETH: Y tú, ordinaria.

LADY MACBETH: ¡No se hable más! Hoy seré una ordinaria, pero mañana seré reina. Toma (da un puñal a Macbeth) y cumple lo que el destino ha mandado.

MACBETH: (Mirando el puñal, horrorizado, intenta devolvérselo.) Pareciera que la voz del destino obligada estuviera a salir de tus labios.

LADY MACBETH: (Rechazando el puñal.) De mis labios no sale más que lo que la razón manda.

MACBETH: (Intenta, de nuevo, devolvérselo.) Una razón codiciosa.

LADY MACBETH: (Rechaza otra vez el puñal.) Mi razón no es ambiciosa ni interesada, sino justa.

MACBETH: (Abdicando.) Si tú lo dices...

LADY MACBETH: Yo lo digo. No se hable más y actúa. (Sale  dejando a Macbeth  con el puñal en la mano.)

MACBETH: (De rodillas, abatido.) Ella quiere que demuestre lo que no soy, pues no hay perra en celo que mate ni se haga de rogar a quien de sus manos come y recibe cariño. Más no puedo negar que cierta razón tiene cuando me asemeja a una  flor y es verdad que me gusta un miembro más que un aldabón a una mano experta en el reclamo.

Entran en la sala los hijos del rey, Malcolm y Donalbain, vestidos con ropa de mujer y cogidos de la mano. Muy afeminados.

MALCOM: Oing, Macbethcito, ¿qué te pasa, de tal forma te encuentro que te pregunto de tal manera?

DONALBAIN: Sí, dinos cual es el motivo de tu terrible desventura que ante nuestros atónitos ojos pareciera acontecer y, de hecho, observamos no sin cierto pesar en nuestros corazones.

MACBETH: (Intentando sobreponerse.) Bien decís que desdichado soy, pues la fortuna lejos de mí se halla. Desgraciado de mí si obligado a cumplir estoy lo que el destino manda.

DONALBAIN: Dinos pues el motivo por el cual crees que el timón gira hacia mal puerto y la cornucopia aspira tu abundancia.

MALCOLM: Eso. Cuéntanos.

MACBETH: No sé cómo.

DONALBAIN: Con sinceridad.

MACBETH: No sé si sabré.

MALCOM: Sabrás.

MACBETH: No sé si debiera.

MALCOLM: Debes.

MACBETH: No sé si puedo.

DONALBAIN: Puedes.

MACBETH: No sé si quiero.

DONALBAIN: Quieres.

MACBETH: No sé si es el momento.

MALCOLM: Es el momento.

MACBETH: No sé si es el lugar.

DONALBAIN: Es el lugar.

MACBETH: ¿El apropiado?

DONALBAIN: El apropiado es.

MACBETH: No sé si...

MALCOLM: (Interrumpiéndolo, nervioso.) Bueno, ¿lo vas a decir o no?

MACBETH: No.

DONALBAIN: Dilo, hombre.

MACBETH: Que no.

DONALBAIN: Venga, dilo.

MACBETH: Es que me da vergüenza.

DONALBAIN: Vergüenza no es palabra noble en tus labios.

MALCOLM: Sé valiente y dinos, de una vez, el motivo de la desgracia que atormenta tu alma y mantiene en vilo a las princesas.

MACBETH: ¿Princesas? ¿Qué princesas?

MALCOLM: Pero, Macbethcito, ¿no han visto tus ojos lo que somos?

DONALBAIN: ¡Somos princesas! ¡Y nos lo pasamos tan bien...!

MALCOLM: Di que sí, hermanita...

MACBETH: (Contrariado.) Ah, ¿pero a vosotros también sentís aprecio por lo que más aprecio tienen los hombres de sí mismos?

DONALBAIN: Nos bastamos con nosotros mismos.

MALCOLM: Sí. Con ser princesas ya nos basta, que es lo que nos gusta.

DONALBAIN: Yo amo a mi hermano.

MALCOLM: Y yo, también, ¿verdad que sí, Doni?

DONALBAIN: Sí, hermanita.

MACBETH: ¡Pues, vaya! ¡Cómo está Escocia!

MALCOLM: Está como está... Hay que ser modernas.

DONALBAIN: Y consecuentes.

MACBETH: ¿Consecuentes con qué?

DONALBAIN: Con todo.

MALCOLM: Por cierto, ¿vas a decirnos qué era lo que te pasaba?

MACBETH: Bueno, tal como están las cosas, creo que puedo decíroslo.

MALCOLM: Pues, dinos.

DONALBAIN: Eso, dinos.

MACBETH:  Os digo...

MALCOLM: ¡Dilo ya!

DONALBAIN: Yo con estas cosas, no puedo, no puedo...

MALCOLM: ¡Yo, es que me pongo histérica!

MACBETH: Mi esposa dice que tengo que matar a vuestro padre, pues el destino lo manda e ineludible es la terrible acción.

DONALBAIN y MALCOLM: (Muy asustados, con las manos en el pecho.) ¡Oing!

MACBETH: Pues, eso.

MALCOLM: No es que no nos importe el destino, pero si lo haces, ¡dejaremos de ser princesas!

DONALBAIN: ¡Es verdad, no había caído!

MACBETH: ¿Es que sólo os preocupa ser princesas? ¿Y vuestro padre?

MALCOLM: Bueno, ése te interesa a ti, que no somos tontas.

DONALBAIN: Tú haz lo que tengas que hacer, mientras nuestro deber quede intacto.

MALCOLM: Mientras sigamos siendo princesas, que es lo que nos gusta, nos da igual lo que hagas.

MACBETH: La duda penetra en mí.

MALCOLM: (A Donalbain.) Me aburro, ¿vamos a jugar?

DONALBAIN: Vale.

MACBETH: ¿Y yo?

DONALBAIN: ¿Tú, qué?

MACBETH: Consejo debierais darme.

MALCOLM: ¡Ay, qué pesado!

DONALBAIN: Haz lo que quieras. Mi hermanita y yo sólo queremos ser princesas.

MALCOLM: ¡Nos lo pasamos tan bien siendo princesas!

MACBETH: (Perplejo.) Pero...

MALCOLM: Ni pero, ni nada. Vamos a jugar, Doni.

DONALBAIN: ¡Ay, sí, que estoy tensa!

MACBETH: Pero...

DONALBAIN: ¡Que te calles! Vamos Malcolmcito, ¿has cogido las bolas chinas?

MALCOLM: Sí.

MACBETH: ¿Bolas chinas?

DONALBAIN: ¿Y la cremita?
MACBETH: ¿Cremita?

MALCOLM: No la necesito.

DONALBAIN: Traviesa...

MALCOLM: Es que estoy relajado, hermanita.

DONALBAIN: ¡Qué bien que lo vamos a pasar esta noche!

MALCOLM: Tonta...

MACBETH: Pero...

Donalbain y Malcolm salen de escena sin hacer caso a Macbeth, que después de unos segundos de silencio, se tira al suelo y se levanta varias veces, como si estuviera poseído por algún espíritu.

MACBETH: (Con los ojos muy abiertos, mirando al frente.) ¿Es un falo eso que veo ante mí, con el mango hacia mi mano?... (Abriendo y cerrando las manos en el aire, lascivo.) ¡Ven, que te coja! (Contrariado, mirándose la mano vacía.) ¡No te tiento, y, sin embargo, te veo siempre!... (Con los brazos cruzados, cabeza ladeada hacia uno de los hombros y la mirada torva.) ¿No eres tú, visión fatal, perceptible al tacto como a la vista? (Con el dedo índice rotando en la sien, como cuando se hace el gesto de que se está loco.) ¿O no eres sino una verga del pensamiento, falsa creación de un cerebro delirante?... (Quitándose las calzas y bajándose los calzones.)  ¡Todavía te veo, bajo una forma tan palpable como esta que ahora desenvaino! (Con un brazo extendido hacia delante, como si agarrase algo con la mano y con la otra mano en la entrepierna.) ¡Tú me marcas la dirección que he de seguir y el arma misma que he de usar!... (Avanzando atropelladamente hacia uno de los lados del escenario.) ¡O mis ojos son juguetes de los demás sentidos, o valen por sí solos como todos ellos juntos!... (Tirándose al suelo.) ¡Aún te veo, y en tu glande y empuñadura, gotas de simiente que antes no encontraba!... (Desquiciado, mirándose las manos.) Pero ¡no hay tal cosa!... (Restregándose la cara.) ¡Es mi designio monstruoso, que toma así cuerpo ante mis ojos! (Hasta nueva acotación, revolcándose en el suelo, obscenamente.) ¡He aquí la hora en que, sobre la mitad del mundo, la Naturaleza parece muerta, y los malos ensueños engañan el sueño bajo sus cortinas! La brujería celebra el culto de la pálida Hécate, y el asesino descarnado, avisado por su centinela, el lobo, cuyo aullido le sirve de alerta, con el paso furtivo, a trancadas del raptador de Tarquino, avanza hacia su víctima, semejante a un fantasma... (Golpeando el suelo con los puños.) ¡Tú, tierra sólida y firme, apaga mis pasos, sea cual fuere mi camino, de miedo que hasta las piedras proclamen dónde voy y no disipen el horror silencioso exigido por la hora!... (Poniéndose en pie.) Pero yo amenazo...; él vive. (Quitándose el resto de ropa que le queda.) ¡El hálito frío de las palabras hiela por demás la cálida acción!... (Suena una campanada.) ¡Voy; está hecho; la campana me invita! (Desnudo.) ¡No la oigas, Duncan, porque es el tañido que te llama al cielo o al infierno!  (Sale, pero sigue oyéndose su voz.)  Decidido estoy a cumplir mis deseos. Duncan, Duncancito, espera amorcito, que ya voy. Que le den a mi esposa... (Ante la puerta de la habitación del rey Duncan.) ¡Qué puta que soy! Mi piel arde por los deseos que pronto han de consumarse en el lecho del que tantas veces ha me hecho sentir lo que ninguna vez ha podido darme mi esposa. ¡Duncan, Duncancito, que voy...!

Abre la puerta de la habitación del rey Duncan donde supuestamente lo espera, y entra, lanzado. Encuentra al rey haciendo un sesenta y nueve con su amigo Banquo.

DUNCAN: (Sorprendido.) Bo es bo be babece.

BANQUO: (Sorprendido, también.) Es vebdad, Bacbeth, bo es bo be babece.

MACBETH: ¡¿Que no es lo que parece, que no es lo que parece?! ¿Por quién me tomáis si vuestra es la traición y mío el desconsuelo?

DUNCAN: (Reponiéndose.) No sé qué decirte.

BANQUO: Yo, tampoco.

MACBETH: (Indigado, con asco.) Nada tenéis que decirme, pues ya lo dicen mis ojos. El calor de mi cuerpo se ha ido. Frío estoy.

BANQUO: ¡Qué drama!

MACBETH: (A Banquo.) Una sola de tus palabras bastaría para matarme.

BANQUO: Callo, pues.

MACBETH: (Clavándole el puñal en el pecho.) Calla para siempre, traidor.

DUNCAN: (Grita.) ¡Ahhhh!

MACBETH: Ojalá ese grito hubiese salido de tu boca igual que hubiera salido de la mía por el amor que siento por ti.

DUNCAN: ¡Guardias, guardias! ¡A mí, a mí! ¡Que me mata!

MACBETH: (Sacando el puñal del pecho de Banquo y clavándoselo a Duncan.) El destino razón tenía y cumplo con él.

Muere el rey y entran Lady Macbeth, Donalbain y Malcolm.

LADY MACBETH: (Con una mano en la boca.) ¡Ah!

MALCOLM: (Con las dos manos en la boca.) ¡Aaaaah!

DONALBAIN: (Con las dos manos en la boca y poniéndose de rodillas, para ser más que Lady Macbeth y su hermano.) ¡Aaaaaaaahhhhhhhhhhhhhh!

MACBETH: ¡A callar todo el mundo! No finjáis dolor por alguien al que sólo yo quería.

LADY MACBETH: No, si yo no fingía, pero hay que disimular un poco.

MALCOLM: A mí, es que me va esto de ser la más.

DONALBAIN: Calla, insensato. ¿No ves cual es nuestra situación?

MALCOLM: Pues...

DONALBAIN: ¡Ya no somos princesas!

MALCOLM: Ah, pues no había caído... Macbeth, ¿nos adoptas?

MACBETH: ¿Qué habría de esperar de la simiente del que traición recibí?

LADY MACBETH: ¡Bien dicho!

DONALBAIN: Es que si nos adoptáis seguiríamos siendo princesas, que es lo que nos gusta. No queremos ser reinas como vosotros. Con ser princesas nos conformamos.

MALCOLM: Sí, nos lo pasamos tan bien siendo princesas...

LADY MACBETH: Escocia ya no es lo que era...

MACBETH: Cientos de caminos existen para que vayáis donde quisiereis.

MALCOLM: ¿Nos estás hechando?

DONALBAIN: Malcolm...

MALCOLM: ¿Qué?

DONALBAIN: Sin hache...

MALCOLM: ¡Ay, perdón! ¿Nos estás echando?

MACBETH: (Trascendental.) Que hable el destino...

Todos hacen un gesto de expectativa...

DONALBAIN: El destino no habla... Vamos, hermanita.

MALCOLM: ¿Adónde?

DONALBAIN: A un lugar donde nuestras esperanzas sean comprendidas.

MALCOLM: Sí, pero ¿dónde?

LADY MACBETH: Os recomiendo Dinamarca, que es un sitio muy civilizado y moderno.

MALCOLM: ¿Dinamarca?

LADY MACBETH: Sí.

DONALBAIN: Ay, no sé, por allí está Hamlet, ¿no?

MALCOLM: Es verdad, no sé si es lo que más nos conviene...

LADY MACBETH: (Con maldad.) Vosotros mismos... Es lo que hay.

MALCOLM: (A su hermano.) Oye, pues mejor nos vamos, ¿no?

DONALBAIN: Sí, creo que es lo mejor. Hay mucha hostilidad por aquí. Vamos a Dinamarca a ver qué pasa...

MALCOLM: Vamos, hermanita.

LADY MACBETH: Pues ya que vais para allá, procuradles recuerdos a Rosencrantz y Guildenstern.

DONALBAIN: ¿Rosenqué?

MALCOLM: (En francés.) ¿Guildenquoi?

LADY MACBETH: (Condescendiente.) Nada, nada, incultas. Marchaos.

MALCOLM: (Cogiendo a su hermano de la mano.) Ciao.

DONALBAIN: Ciao. (A Malcolm.) ¿Has cogido la cremita?

MALCOLM: Sí.

DONALBAIN: Oing...

Salen.

LADY MACBETH: (A su esposo que sigue sollozando sobre el cuerpo del rey Duncan.) Bueno, ¿qué?

MACBETH: Deja que mi dolor se contente con su propio dolor.

LADY MACBETH: Así no vamos a llegar a ningún lado, ¡anímate!

MACBETH: ¿Cómo habría de animarme si el contento se fue en el puñal que me quitó el ánimo?

LADY MACBETH: Bueno, haz lo que quieras, pero a mí no me aguas la fiesta. (Dando saltos de un lado para otro, recita muy contenta.)
Qué contenta estoy
Todo un reino para mí
Pero qué mala que soy
Tirurirurirurí.

Mi consorte es todo un hombre
Se me caen los bigudís
Macbeth, sepan, es su nombre
Porfa-porfa-porfa- please.

Ahora mando yo en Escocia
Que se chinche a quien le pique
Esto no es una parodia
Esto si que si que si que.

Ahora haré lo que yo quiera
También lo que me dé la gana
Que me pongo hecha una fiera
Cuando me dicen: so marrana.

Hay quien dice que estoy loca
Hay quien dice que histérica
No digan por esa boca
Que me pongo esotérica.

Soy inquieta y revoltosa
Jaranera y sagaz
Agresiva, belicosa
Ante todo perspicaz.
Digan que soy conflictiva
Pícara, indócil e inteligente
Insurrecta y subversiva
Pero no una insolente.

Revolucionaria, molesta, insubordinada
Aguda, despierta, bullanguera
Turbulenta, traviesa, desmandada
Vivaz, incansable y pendenciera.

Qué tipeja tan sencilla
Lady Macbeth alocada
Casi una diablilla
Mira qué indisciplinada.

Soy ruidosa y bulliciosa
Avisada y agitada
Sediciosa, escandalosa
Avispada y taimada.

Si canto soy ladina
Si bailo, conspiradora
Si ando, saltarina
Si no,  alborotadora.

Mira que soy lista
Anda que no soy vivaracha
Un poco camorrista
Pero es que soy un hacha.

Lady Macbeth la facciosa
Pilla, rebelde e insurgente
¿No creen que sea preciosa?
¿Creen que soy desobediente?

Díscola y sublevada
Pícara y juguetona
Perturbadora y amotinada
Enredadora y retozona.

¿Qué más queréis que os diga?
¿Que soy provocadora?
¿Que queréis que siga?
Es muy tarde: ya no es hora.

MACBETH: (Suspirando.) ¿Te has quedado ya contenta?

LADY MACBETH: Bueno, aparte de todo eso, soy muy guapa. Pero, sí, me he quedado muy a gusto, no lo puedo negar. ¡Por fin soy reina!

MACBETH: ¡Y una mierda, la reina soy yo!

LADY MACBETH: ¿Cómo que tú?

MACBETH: ¡Como que sí!

LADY MACBETH: ¡De eso nada!

Se abalanzan los dos hacia una corona (de reina) y se la disputan de las manos de un lado para otro. Salen de la habitación hasta el patio interior del castillo sobre la balconada superior.

MACBETH: ¡Mía!

LADY MACBETH: ¡De eso nada!

MACBETH: ¡Que sí!

LADY MACBETH: ¡Que no!

MACBETH: ¡Suéltala!

LADY MACBETH: ¡Suéltala tú!

MACBETH: (Empujándola al vacío, consigue quedarse con la corona de la reina en sus manos.) ¡Que me la des!

LADY MACBETH: (Cayendo al suelo desde arriba lentamente, recita.)
Veo, veo, veo
La muerte ante mí
Oye, qué mareo
Jiji, jiji, jí.

MACBETH: (Poniéndose la corona en la cabeza.)
Se acabó lo que se daba
Que ya soy  soberana
Lady Macbeth por desliz
Ni siquiera emperatriz

Oscuridad total, hasta el siguiente acto.


AQUILES NAZOA 

LA QUIETUD

Para que desde un principio delimiten la magnitud de lo que voy a contarles y después no digan que les llevo a engaño, sepan que desde que Martti Ahtisaari pudo distinguir las luces de las sombras, o sea, desde que vio los peces de colores suspendidos sobre su cabeza moverse en un vacío que no comprendía, fue, como digo, en aquel momento, cuando en su pequeño cerebro se posó, para no marcharse nunca más, la quietud de la ataraxia. Martti dormía plácidamente una mañana de no importa qué mes ni año, cuando una ligera brisa entró por la ventana abierta de su habitación. De no ser por los hilos que los sujetaban, aquellos indefinidos peces de colores hubieran nadado por el aire a través de la imperceptible lluvia ácida, que como un sutil veneno, impregnaba la vida de toda la región. Su madre, Tarja Halonen, intentó arreglar su despiste de manijas y cerrojos, e irrumpió como un reno salvaje en la habitación del bebé para cerrar las enemigas hojas de la ventana, que la apuntaban, de par en par, como la culpable de cualquier mal que pudiera afectar a su hijo. Ella no tenía la culpa, pero llegó demasiado tarde. Martti ya había abierto los ojos y observaba aterrorizado los salmoncillos de papel moverse involuntariamente, convirtiéndose en tiburones que dentelleaban  su corazón y acotaban su razón entre unos límites tan concretos y únicos como su propia vida, como esta historia. No fue por la conversión de los peces de contracorriente a animales marinos de bajo fondo. Tampoco la brisa helada. Para que me entiendan, fue la luz de un pez abisal lo que trastocó el ser de Martti. El movimiento. La serenidad rota. La tranquilidad perturbada por lo imprevisible... Tarja Halonen lo intuyó. Quitó la tachuela amarilla que un mes atrás ella pensó que serviría de sol. Un sol visto desde las profundidades oceánicas. Una tachuela amarilla clavada a un techo azul por la que descendía un hilo transparente que se bifurcaba, caprichoso, con la ayuda de finos alambres, que a su vez chorreaban otros hilos. Era como una cascada de lágrimas insensibles acabadas orgánicamente. El final de los hilos atravesaba el papel de los cuerpos, quizás demasiado planos, de los peces de colores. En definitiva, Tarja quitó el móvil suspendido sobre la cuna de Martti y salió de la habitación. Después, cuando esperaba en vano a que su marido volviera, Tarja lanzó la araña infantil en el suelo del salón y lloró más lágrimas que hilos desparramados, mientras las ramas de los abedules plateados golpeaban, furiosas, los cristales e impedían que oyera su propio llanto. Ajena a todo lo que no fuera su propio dolor, su hijo Martti continuaba sufriendo desde su habitación, mientras veía el movimiento de los árboles a través de la ventana, ya cerrada. Vaïnö Sillampää, su padre, jamás volvió. Desde aquel día de tormenta y separaciones, Tarja no pudo acunar a su hijo. Las oscilaciones de la cuna eran como una marea violenta en el sentir de Martti, una mar brava que lo ahogaba y no le dejaba respirar. No toleraba el movimiento y Tarja tuvo que serenarse paulatinamente hasta parecer una estatua viviente. Durante años estuvo andando despacio para no alterar a su hijo, culpable por la ausencia del padre que no quiso saber más de ella. El tiempo se asentó, sumiso, en la vida cotidiana de ambos hasta que de tanta tardanza, de tanta parsimonia, de tanto silencio y vida pausada, Tarja murió mientras dormía en la quietud de un sueño sedentario. A la mañana siguiente, cuando Martti vio el cuerpo inmóvil de su madre sobre la cama, tuvo una sensación de perfección que hasta entonces nunca había tenido. En aquel mismo momento, Vaïnö Sillampää murió, aún más, dentro de su propia muerte, cuando vio, como sólo un muerto puede ver, lo que hacía su hijo. Acabó por hundirse en las oscuras aguas del lago que lo acogió quince años atrás, el mismo día en que Tarja descolgó los peces suspendidos sin saber que su marido se congelaba mientras pensaba en ella. Aquella fue la primera vez…

LA CHICA QUE LLORABA TROCITOS DE MADERA

La ópera de Händel estaba siendo estupenda. Ella no quería llorar, y menos aún trocitos de madera. Pero era tanto el dolor y era tanta la desdicha que veía (y oía) en el escenario, que por mucho que intentara reprimirse, acabaría haciéndolo al final de la función, mientras se tapaba el rostro con el abanico semiabierto. Cuando acabó el clamoroso aplauso y cesaron paulatinamente los exaltados bravos del público, Perlita, que así se llamaba la chica, cerró bruscamente el abanico con un enérgico golpe de muñeca y suspiró mientras bajaba la cabeza. Fue entonces cuando se dio cuenta de la cantidad de virutas que había en su regazo y se las sacudió rápidamente ayudándose con las puntillas del borde del abanico. ¡No podía creer que hubiera llorado tanto!
–Señorita, no tenga vergüenza. Yo también he llorado –oyó Perlita que alguien le decía.
Perlita dio un respingo y giró la cabeza a un lado y a otro. A su izquierda, a lo largo de siete butacas, reposaba un gran cocodrilo con monóculo.
–Perdón, ¿le conozco? –entornó los ojos Perlita.
–No, no me conoce –le contestó el cocodrilo–, es que no he podido evitar verla llorar y  creo que es algo de lo que no tiene que avergonzarse.
–Déjeme en paz. ¿Qué le importa a usted si lloro o dejo de llorar? –intentó zanjar Perlita la conversación.
–La he visto llorar trocitos de madera y me ha llamado la atención. Usted debe sufrir mucho cuando llora, ¿verdad? –se interesó el cocodrilo, amable.
–Pues a mí me llama la atención ver a un cocodrilo en El Liceu –le contestó despectivamente Perlita, mientras abría el abanico (Raasshhh) de un manotazo.
–¿Y por qué no? Tengo derecho. Mi dinero me ha costado –le replicó el cocodrilo.
–Y a mí –dijo Perlita, abanicándose airadamente–. Y de derechos, mejor no hablar –continuó, quitándole la mirada y mirando hacia el techo.
–Bueno –se quitó el monóculo el cocodrilo–, fíjese que me ha costado siete veces más que a usted –sacó un pañuelo blanco de uno de los bolsillos de su frac–. He tenido que comprar siete asientos y usted sólo uno para poder ver la representación –limpió el monóculo con el pañuelo–. Eso dice mucho de mí. Realmente, tiene que interesarme mucho una obra para semejante gasto, ¿no cree? –volvió a ponerse el monóculo.
–Lo que yo crea o deje de creer no es asunto suyo. Ahora, si me permite–Perlita hizo ademán de levantarse de la butaca, pero por alguna razón, no lo hizo.
–Señorita, no se ponga usted así. Yo sólo quería solidarizarme con usted, pues le creía una persona sensible –dijo el reptil con voz suave–. La vi llorando tan desconsoladamente al final del último acto que…
–Que, ¿qué? –le desafió Perlita.
–Bueno –intentó calmarla el saurio–, ya le dije antes que yo también he llorado durante la representación y…
–¿Llorar? –cortó Perlita al cocodrilo– ¡No vaya usted a comparar! Lo suyo no son más que lágrimas de cocodrilo. Sus lágrimas no valen nada.
–Mis lágrimas y sus lágrimas, lágrimas son si se lloran con el corazón –le dijo el cocodrilo a Perlita intentando llevar a buen puerto la conversación.
–¡De ninguna manera! ¡Las mías son de madera! –le contestó, mientras se daba golpes en el pecho con el abanico.
–Que yo sepa, nadie llora madera excepto usted y es por eso que… –intentaba guardar la compostura el anfibio.
–¡Hum! –se cruzó de brazos Perlita y dio la espalda al cocodrilo.
–Señorita, con todos mis respetos, me parece usted un poco intransigente y caprichosa –se aventuró a decirle a la chica.
–Me da igual lo que pueda parecerle a un ridículo cocodrilo con monóculo –le contestó Perlita en el tono más despreciativo que pudo.
–Está visto que… –empezó a decir el caimán.
–¡Ande y váyase al Nilo, cretino! –le gritó Perlita al cocodrilo, mientras se levantaba  y le daba en la cabeza con el abanico.
El monóculo del cocodrilo cayó al suelo y se rompió junto a las lágrimas que Perlita se había sacudido al final de la función. El cocodrilo pensó: “lágrimas de madera, lágrimas de cristal”. Perlita también pensó lo mismo. Los dos se pusieron a llorar al unísono.



THE PIXELATED BIRTH OF STRAWBERRY ROAN



Canción: "Decimal", OMD (Orchestral Manoeuvres In The Dark), del álbum "English Electric" (2013)

JACINTA TUVO UNA SEMANA EXTRAÑA

Lunes

Jacinta abandonó la cama a la hora acostumbrada, pensando, como si tal cosa, en la relatividad del tiempo que formulara Einstein. Después de la ducha y el desayuno, seguía pensando en lo mismo. Al salir de casa, llegó a la extraña conclusión de que Einstein no había sido cajera de hipermercado alguno.

El interior del autobús de la empresa, que la dejaba a las mismas puertas del hipermercado, le producía a Jacinta una impresión de normalidad aséptica a la que ya se había acostumbrado después de tantos años. Fueran las que fuesen las noticias de la mañana, cuyos titulares desfilaban perezosamente por la pantalla que coronaba el inicio del pasillo central del vehículo, nadie mudaba el gesto de madrugón resignado. Pareciera que el mundo auténtico quedara muy lejos de aquella hojalata rodante y climatizada. O tal vez el mundo real no era otro que aquel autocar prisionero de su eterno itinerario: espectro mecánico abocado a repetir una y mil veces la ruta responsable de su existencia.

El día de trabajo en el hipermercado fue duro: una bronca que le dio una enfurecida anciana por una confusión que no se solucionó; la exasperante lentitud de quienes, ansiosos por desprenderse de las monedas, inundaban el mostrador con la calderilla que, qué remedio, había que contar minuciosamente; las críticas gruñidas por los impacientes que aguardaban turno para pagar; el chistoso que soltaba en público su gracia inoportuna; las sempiternas señoras disgustadas que la culpaban personalmente del alza de los precios, como si una simple cajera tuviese las atribuciones de una ministra de economía; clientela histérica que exigía rapidez; e incluso, la fanfarrona que esgrimió al estilo de una granada un bote de piña en almíbar, con el falso pretexto de que se lo había cobrado dos veces...  
Pero todas aquellas tragicomedias oníricas no tenían efecto alguno en Jacinta. Cuando algo pasaba, ella se abstraía. Tenía  la experiencia suficiente para verse libre de las clásicas pesadillas que asaltaban a las cajeras novatas, sepultadas bajo toneladas de artículos o bloqueadas a consecuencia de un desajuste brutal en el recuento. No, las angustias estaban excluidas de su quehacer. En realidad, Jacinta experimentaba unas inmensas ganas de dar carpetazo a toda aquella monotonía; sentía una necesidad urgente de perderse, siquiera por una semana, en cualquier lugar apartado. Ante una revuelta en la cinta transportadora de la caja, pensaba en horizontes, viajes, distancias y superficies, sol y viento en playas luminosas...

Pero no; soñar despierta sólo le acarreaba una engañosa huida mental, una simulación psíquica que pronto se daba de bruces con las aristas más grises de la realidad. Nadie se ha librado nunca de sus limitaciones gracias a una ráfaga de imaginación desbocada; si acaso, aquellos lo bastante astutos o mezquinos para traficar con las fantasías ajenas. Pero eso, Jacinta no lo sabía.      

Fue acabar la jornada y oír su nombre y apellidos por los altavoces. Jacinta pensó que era Dios quien le hablaba. Aquella voz impersonal la requería en las oficinas de la segunda planta. ¿Qué querrá esa voz celestial de mí?, se preguntó, divertida.

-Debemos prescindir de sus servicios –le dijo un dirigente al que nunca había visto, mirando al lado de Jacinta y no a los ojos de ella.
-¿Perdón?
-Lo siento, pero está despedida –reafirmó el dirigente, sin cambiar el sentido de la mirada.
-Oiga, que estoy aquí, ¿a quién mira?
-Es que usted refracta. Tome, una lata de guisantes.

La embargó una débil chispa intuitiva, algo así como una sensación que centelleó fugazmente en su interior. Sin duda, en aquel bote se concentraba el poso amargo del día.       

Ya en casa, Jacinta extrajo del bolso la lata de guisantes y enfocó hacia ella toda su decepción. Como pago a tantos años, la obsequiaban con una ridícula lata de guisantes: un bote minúsculo incapaz de satisfacer las exigencias de una vulgar menestra. Y para colmo, abollado.
La insignificancia de aquella recompensa se convertía más en una burla que en un presente de gratitud, una broma de tacto duro y metálico, cuya rimbombante y ridícula etiqueta proclamaba jactanciosamente lo trivial de su contenido. Y la calidad de éste debía de ser cuanto menos incierta, a juzgar por el extraño efecto sonoro que se manifestaba al agitar el envase: a Jacinta le parecían perdigones. Sin pensárselo dos veces, fue a la cocina y tiró la lata de guisantes al cubo de la basura, sin ni siquiera abrirla.  
        
Entregarse a los propios pensamientos siempre ha sido una actitud ineludible; y precisamente eso estaba haciendo alguien con responsabilidades empresariales muy novedosas y recién adquiridas. A esta persona le divertía elucubrar hacia dónde habrían viajado las latas de guisantes con los premios sorpresa. Y no era para menos pues, seguramente, las caras de quienes las hubiesen adquirido, serían auténticos poemas cuando descubriesen que en lugar de guisantes apareciesen gemas millonarias.


Martes

Caminar por la ciudad le aportaba a Jacinta una ambigua mezcla de prisa y atención. Aunque corrió, la luz ámbar del semáforo había sido ya sustituida por la roja cuando llegó al bordillo. Mientras esperaba la luz verde, Jacinta recordó lo que le había dicho quien el directivo que la despidió el día anterior, justo en el momento en el que le ofrecía la lata de guisantes: es que usted refracta. Qué extraño, pensó. 

Jacinta recordó cuando unos meses antes, mientras tomaba un vino junto a su amigo Eladio, este le comentó que había oído el canto de un gallo. Verdaderamente, el chico tenía imaginación, eso era innegable, pero nunca supuso que un poco de alcohol expandiera tanto dicha facultad. Mientras él hablaba, Jacinta advirtió una sinceridad rotunda que la desconcertó y, no sabía muy bien por que, la irritaba sobremanera. ¿Quién podía contar una patraña como aquella sin algún signo, aunque fuera inconsciente, de falsedad encubierta? Encima, su amigo se había permitido la licencia de soltarle una reflexión enigmática a modo de colofón para su relato:  

-¿Sabes una cosa? Al ver aquello... bueno, al oírlo, tuve la sensación de que quizás tú llegues a pasar por algo parecido. Y no sé porqué, pero presiento que eso sería una señal para que nos viéramos más a menudo.        
-Francamente, no lo creo.       

El escepticismo de Jacinta indignó a su amigo. Decidieron dejar de verse y hasta de llamarse, pero no fue el caso...

Ahora, mientras Jacinta esperaba a que el semáforo se pusiera en verde (ella no era consciente, pero el semáforo ya se había puesto en verde varias veces), recordaba con qué aplomo había contado la historia su amigo Eladio: su sorpresa al escuchar el canto de un gallo tras la frondosidad que abrigaba la descuidada ladera de una colina en las afueras; su cauteloso acercamiento desde una acera solitaria hasta el arcén opuesto para atisbar entre la vegetación; su hallazgo de un angosto sendero que trepaba por la pendiente; su estupor al descubrir al final del ascenso que el gallo en cuestión era un autómata, un gallo mecánico que al verlo cantó de nuevo y se perdió tras la maleza, mediante el torpe revoloteo de sus bruñidas alas metálicas...       

En fin, pensó Jacinta, por lo menos él había oído el canto de un gallo, algo excepcional en una ciudad y mucho más grato que el zumbido eléctrico del semáforo que en aquel momento llegaba a sus oídos. Pero la perturbación acústica del semáforo cesó en seguida. Jacinta dio unos pasitos cortos y se aproximó al poste eléctrico. Escuchó algo distinto. Perpleja primero y resignada después, sacó el teléfono móvil y tecleó el número de su amigo Eladio; mientras, a su lado, el semáforo respiraba, según ella.        


Miércoles

El techo es el cielo doméstico, pensó Jacinta, tumbada en el sofá de su casa. Si tal afirmación es válida, siguió pensando, la bombilla que pende como una pera macilenta debe interpretarse como la parodia de un sol en horas bajas, sentenció.

Cuando cambió la bombilla por otra nueva, volvió a dejarse caer en el sofá. A pesar de la evidencia, aún le costaba aceptar la facilidad con la que había sustituido la bombilla mortecina por otra refulgente.  Miró al techo, enaltecido ahora por la luz que difundía más allá de su tulipa la bombilla recién estrenada. Jacinta cerró los ojos, satisfecha.  

Un diminuto impacto acuoso, justo en la punta de su nariz, interrumpió la duermevela que estaba venciéndola, y al volver la vista al techo recibió una nueva y diminuta descarga líquida. Un transparente buchecito de agua se dilataba perezosamente hasta su inevitable desprendimiento, que concluyó en un minúsculo estallido fresco sobre el ojo, a modo de improvisado colirio. Después, tras las escalonadas gotas, siguió un chorro de agua continuo.  

Claro, pensó, si el techo es el cielo doméstico, algún día tenía que llegar la lluvia, concluyó. Y también, algún día, aparecerá un bonito arco iris dentro de casa, imaginó, pues simplemente son las gotas de lluvia refractadas por el sol...


Jueves

Jacinta nunca se refrena a la hora de contar a quien sea sus tribulaciones del momento. Dicha inclinación le granjea, como es de esperar, adhesiones y rechazos a partes iguales.

Aquel día, Jacinta y la vecina de enfrente se encontraron en el rellano esperando el ascensor.        

-Buenos días, Jacinta -el saludo de la vecina fue tan amable como de costumbre.        
-Hola –contestó, escuetamente, Jacinta.    

La vecina notó en el acto que algo no iba bien, más que nada por el aire cariacontecido de Jacinta.        

-Te veo mal –se preocupó la vecina por Jacinta-. Es porque ya no trabajas en el hipermercado, ¿verdad? No le des tantas vueltas, ya te saldrá algo.
-No, no es eso. Lo que pasa es que me molesta mucho el oído izquierdo. Estos días ando medio sorda –aclaró Jacinta, medio molesta.
-¿Y no has ido al médico?       
-Varias veces. Y me han hecho todas las pruebas habidas y por haber.      
-¿Y?

Jacinta puso cara de interesante, como una actriz madura a punto de interpretar el papel de su vida.

-Como te digo, me hicieron todas las pruebas y todos los análisis posibles, y en seguida vieron que había infección –explicó Jacinta, como si estuviera contando una novela de misterio. Después, intercaló un breve silencio para avivar la expectación de la vecina, y continuó con la gran pregunta-. ¿Y sabes lo que encontraron al fin?    
Justo en el momento que llegó el ascensor y la vecina abrió la puerta para entrar, esta, con voz apagada y gesto cansado, respondió de una manera que a Jacinta le pareció de desinterés máximo a su trabajada puesta en escena.  

-No sé... ¿Petróleo? –respondió la vecina, mientras la puerta del ascensor se cerraba y comenzaba el descenso.        

Jacinta parpadeó, atónita, y descubrió en el rostro de la vecina una inocultable sombra de diversión.   

-Hongos –corrigió, Jacinta-. Y creo que desde ayer se han reproducido. En fin, habrá que esperar a que se pase –habló Jacinta no ya como una gran actriz, sino como una persona normal, quitando todo el suspense que había creado poco antes. Un incómodo silencio lo ocupó todo, hasta que el ascensor tomó tierra y la puerta se abrió.

-Adiós -se despidió Jacinta, sin mirar a su vecina, y se encaminó apresuradamente hacia la puerta de salida del edificio.     
-Hasta otra –llegó a decir la vecina, pero Jacinta ya estaba fuera y no obtuvo respuesta.       

Cuando Jacinta salió disparada del portal, la vecina se quedó con la vaga sensación de que su ocurrencia no había sido una buena idea. Mira que decirle petróleo, pensó, pero es que me tenía frita con tanto misterio para una infección de oído. Además, Jacinta refracta.

Mientras tanto, Jacinta detuvo sus pasos en la calle y se aplicó un pañuelo en la oreja izquierda. No le gustó nada la contestación de su vecina, y por eso tuvo que mentirle. ¿Cómo lo habrá adivinado la muy bruja?, piensa, y se retira el pañuelo oscurecido por la pringosa e inconfundible negrura del hidrocarburo que en tiempos había sido un dinosaurio o un helecho gigante.     


Viernes

¡Lo que faltaba!, pensó Jacinta con evidente disgusto. Un agujero, y nada menos que en la esquina del zócalo; un boquete del tamaño de medio paquete de tabaco donde el papel pintado se curvaba hacia adentro, cubriendo a medias el pequeño túnel. Y lo peor de todo: había visto, fugazmente, un insecto muy rápido y desagradable refugiándose en la oquedad. De niña creía que tras los agujeros como ése, al otro lado del tabique, moraban unos hombres de aspecto severo y vestidos de oscuro, en una imposible vivienda contigua donde olía vagamente a limón.

Jacinta se agachó para inspeccionar más de cerca aquella gruta en miniatura. Nada: una impenetrable bolsa de oscuridad. Ni rastro de sombras móviles que delatasen la presencia de cualquier bicho indeseable. De todas maneras, no tenía dudas al respecto: había sorprendido la huida e internamiento en aquella pequeña caverna de una forma orgánica negra y provista de muchas patas. Era obvio que había un bicho; y si había uno, muy probablemente habría más. No, más no: muchísimos más.       

Recordó entonces que en el trastero guardaba un envase de insecticida y no se lo pensó dos veces. Fue al trastero, encontró el bote de insecticida y lo sacudió para ver si todavía quedaba algo de producto. Sí, quedaba. Después, leyó, una mezcla de varios compuestos casi impronunciables diluidos en un excipiente inocuo para la ozonósfera; o al menos, eso aseguraba su plurilingüe y extenso etiquetado. 

Volvió apresuradamente a la “zona caliente” donde, de nuevo, se agachó y tras agitar el liviano cilindro de veneno, acercó el difusor al orificio y pulsó el botón. Un prolongado chorro de aerosol inundó las entrañas del ignominioso agujero. El picante olor del producto llegó a su nariz, pero aun así repitió la maniobra, varias veces, inyectando muerte a lo que hubiese dentro del boquete. Aquella fumigación divertía a Jacinta más de lo que nunca ella hubiera pensado.

Cuando hubo terminado, Jacinta devolvió el insecticida a su lugar original y se acostó con la certeza de que ninguna repugnancia invertebrada había sobrevivido al ataque químico de su guarida. Esa tranquilidad la ayudó a conciliar el sueño; el mismo sueño que le impidió percibir el siseo de un chorrillo gaseoso, una descarga de insecticida que, proyectada desde más allá del agujero, derramó al salir por él un sutil olor a limón.     

  
Sábado

Jacinta se pasó la mañana del sábado leyendo los anuncios breves de los periódicos. Su intención era dar una ojeada a la sección de empleo, pero acabó mirando otros apartados. Leyó algunos muy curiosos:

“Señor vallisoletano, sin piernas ni brazos, busca joven moza sin piernas, pero con brazos, para empezar nueva vida. Preferible que disponga de olla exprés”. Jacinta pensó en cortarse las piernas y responderle, pero cuando estaba a punto de hacerlo, se dio cuenta de que no tenía una olla exprés. Una pena, pensó.

“Mujer ambigua, muy viajada y con barco propio, busca compañero ambiguo y con ganas de recorrer mundo, para encerrarnos en casa durante un año. Abstenerse menores de diez años”. A Jacinta no le gustó tanta ambigüedad y torció el gesto.

“Caballero sin igual, busca a alguien con el que pueda compararse”. Jacinta se preguntó cómo sería aquel caballero y recordó lo que le dijo el hombre que la despidió. Si fuera verdad, podría compararme ventajosamente con este señor sin igual, pensó.

“Mujer abierta, busca alma gemela que la cierre”. Jacinta dio un respingo al leer esto.

“Si quieres conocer caballero augusto dispuesto a todo, no busques más, estoy detrás de ti”. Jacinta giró la cabeza, pero no encontró caballero alguno. Si hubiese prestado más atención, se hubiera dado cuenta que sólo la mitad de su cuerpo se reflejaba en el espejo que colgaba en la pared detrás de ella.

“Si al levantarte cada mañana sientes que te duele el bazo, llámame”. Jacinta se llevó la mano al pecho y pensó que dos personas juntas con el bazo enfermo serían muy desdichadas.

“Auténtico turco en el amor ofrece demostración gratis”.  Jacinta apuntó el teléfono.

“Soberbia soltera daría clases de buena conducta a un precio módico”. Jacinta pensó que a su amigo Eladio le irían bien unas cuantas clases de estas.

“Crucigramista consumada desearía fundar hogar”. No, se dijo Jacinta.

“Busco a alguien para actividad simpática”. ¡Dios mío, cómo está el mundo!, pensó Jacinta, al mismo tiempo que sus fosas nasales descubrían un extraño, tenue y nuevo olor a limón.


Domingo

Jacinta estaba delante de un escaparate de electrodomésticos, cuando su teléfono móvil sonó. Era su amigo Eladio. Dudó en si debía responderle o no. Recordó que tuvo la intención de llamarlo cuando días atrás oyó que el semáforo respiraba, que marcó su número, pero seguidamente pulsó la tecla de fin de llamada y no habló con él. Jacinta aceptó la llamada.

-Hola, ¿cómo que llamas?
-Bueno, tengo una llamada perdida tuya del martes.
-Me equivoqué.
-Mira, Jacinta, no discutamos.
-No estoy discutiendo. Dime, ¿qué quieres?
-Es que estoy preocupado por ti.
-¿Por mí?
-Sí. Creo que no te das cuenta de tu particularidad.     
-Pues, no. ¿Qué tengo de particular? Ilústrame.  
-Tienes una habilidad muy especial. 
-¿Ah, sí? ¿Cuál?   
-Refractas.
-¿Cómo?
-Refractas, Jacinta, refractas.

Jacinta pulsó la tecla de fin de llamada. No quería oír más. Las palabras de su amigo Eladio despertaron en ella una curiosidad burlona, todo hay que decirlo. Está loco por mí, pensó, ¿que refracto? Eladio siempre ha sido bastante exagerado a la hora de contar algo. Le gusta añadir datos de su propia cosecha, y creo que en esta ocasión ha vuelto a reincidir en ello. Eso de que refracto sólo puede habérsele ocurrido a él. Por otro lado, sus explicaciones pecan a menudo de incompletas, imprecisas o de ambas cosas a la vez. Y ahora no ha sido una excepción, según lo estoy comprobando, pues tengo delante de mí mi reflejo en el escaparate: me veo ahí, plantada frente a estos aparatos eléctricos carísimos. Soy Jacinta, ni más ni menos, y mi supuesta característica no es la mencionada ni esperada.

Jacinta no percibía anomalía alguna, ni visual ni de otra índole. Y, sin embargo, muchos transeúntes le dedicaban un vistazo rápido y escrutador. De pronto, Jacinta pensó en sus primeras lecciones de física, en la imagen de un lápiz metido en un vaso de agua... Debo corregir a Eladio la próxima vez que hable con él, pensó Jacinta, aunque sé que no le hace mucha gracia, pero lo considero necesario e inevitable. Yo no refracto, pensó, los demás se refractan a sí mismos.



CONSANGUÍNEO: AFICIONES EXTRAÑAS