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TODAS REINAS (de William Shakespeare a Aquiles Nazoa)



Entra Macbeth en uno de los aposentos de Inverness. Es noche cerrada y la luna llena se ve a través de una pequeña ventana enrejada en lo alto de una de los gruesos muros del castillo. Se sienta, abatido, en la única gran silla de madera con grandes tachuelas que hay en la sala. Tras unos segundos en que permanece sentado se levanta y clama.

MACBETH: (Con las manos en la cabeza.) ¿Cómo he de quitarle la vida a quien cada noche me la da a mí? (Con las manos en el pecho.) ¿He de privarme del mayor placer que en la vida tengo a cambio de una corona que ni siquiera quiero? (Con las manos en la cintura.) ¿Es mi mujer la que me empuja a cometer este asesinato atroz? (Con una mano en la cintura quebrada y con la otra bajo la barbilla.) ¿No soy yo más mujer que mi propia mujer? (Con las manos hacia el cielo.) ¡Maldigo a las brujas que aventuraron que rey había de ser, pues no es eso lo que deseo, sino reina de este reino, en todo caso! (Coge unas gasas y tules de colores y se pone a bailar y a dar vueltas como una bailarina, muy afectado. Irrumpe, de pronto, Lady Macbeth en la estancia, dando un portazo al ver que su marido no la ve y sigue bailando como si tal cosa.)
LADY MACBETH: (Interrumpiéndole.) ¿En qué andas?

MACBETH: (Sorprendido, para en seco e intenta disimular.) No ando, sino que bailo.

LADY MACBETH: (Suspirando.) Ya lo veo, pues ciega no soy, que lo malo y lo bueno mis ojos lo ven, aunque no quiera y me repugne lo visto.

MACBETH: (Apuntándola con el dedo repetidamente.) Ya que lo ves, no preguntes lo evidente, pues no hay tiempo que desperdiciar si cierto e incuestionable es lo que entra por tus ojos.

LADY MACBETH: Pues ya que lo dices, te diré sin demora aquello que evidencian mis sentidos.

MACBETH: ¿Y qué es lo que tus ojos ven, aún sin quererlo?

LADY MACBETH: Ven que eres todo un bujarrón.

MACBETH: ¿Bujaqué?

LADY MACBETH: Bujarrón.

MACBETH: Extraña palabra, aunque nada bueno quiera decir por el tono en que de tus labios ha salido. ¿Digo bien, esposa mía?

LADY MACBETH: Bien dices.

MACBETH: Entonces, sácame de la incógnita que flotando en el aire ahoga mi entendimiento...

LADY MACBETH: De sobra sabes que sé que lo sabes de sobra.

MACBETH: Imaginarlo puedo, aunque de mis dudas debieras sacarme, que es por ti esta inseguridad que me subyaga  y por la que anhelo pronta respuesta.  

LADY MACBETH: (Gritando.) Pues que eres un moña, vamos.

MACBETH: ¿Qué es lo que me quieres decir con esos vocablos cuyos significados no entiende mi desacostumbrado cerebro, pues ante la pronunciación de semejantes sonidos ni un nervio se inmuta?

LADY MACBETH: (Despectiva.) Que eres maricón perdido.

MACBETH: ¿Maricón?

LADY MACBETH: Más que el señor Tzu que se creía mariposa.

MACBETH: (Afectado.) Soy sensible y de ese señor del que me hablas mi razón no tiene conocimiento, aunque si me comparas con él, persona noble ha de ser.

LADY MACBETH: (Andando de un lado para otro, nerviosa.) Me da exactamente igual lo que seas y a quien conozcas, pero esta noche tienes que matar al rey, según lo acordado.

MACBETH: ¿Acordado por quién?

LADY MACBETH: ¿Por quién? Bien sabes que lo manda el destino.

MACBETH: De buen grado lo burlaré, pues no hay nada imposible en este mundo que no se pueda evitar, excepto la muerte.

LADY MACBETH: (Satisfecha.) Tú mismo lo has dicho: la muerte. La de Duncan.

MACBETH: (Con las manos en el corazón, gimoteando.) ¿La de mi Duncancito? No puedo, le amo.

LADY MACBETH: ¿Duncancito? ¡Debí imaginármelo!

MACBETH: Sí, le amo, y él también a mí.

LADY MACBETH: El destino se burla de ti y castiga tu oprobio.

MACBETH: Ya te he dicho que no lo voy a matar.
LADY MACBETH: (Histérica.) ¡Pero yo quiero ser reina!

MACBETH: (Más histérico que ella.) ¡Yo también! Es más, casi lo soy. Las noches que paso junto a mi Duncan, lo demuestran...

LADY MACBETH: (Conciliadora.) Tú tienes que ser el rey y yo la reina.

MACBETH: (Con las manos en la cintura, empecinado.) Yo también quiero ser reina.

LADY MACBETH: (Exageradamente.) ¡Dios mío! ¿Qué he hecho yo para que compliques mi vida con trabas de tal calaña que como vencejos de mal agüero anidan en el juicio de mi otrora  bien amado marido?

MACBETH: (Animado.) ¡Qué bien hablas!

LADY MACBETH: Calla, so maricón, no me interrumpas, que estaba inspirada. 

MACBETH: Pero qué quieres que haga. ¿No sería acto ruin que de mis manos saliera la muerte para quien más amo en el mundo?

LADY MACBETH: Tonterías. Todo pasa, todo pasa...

MACBETH: La muerte de Duncan, sería también mi muerte.

LADY MACBETH: Encontrarás a otros que te colmen de placer con su enorme espada.

MACBETH: Ninguno como mi Duncan.

LADY MACBETH: Mira, ya me estoy hartando de tanta tontería y de tantos miramientos. Esta noche vas y matas a quien impide que yo sea reina.

MACBETH: No podría hacerlo, no podría.

LADY MACBETH: Podrás, ya lo verás.

MACBETH: Él lo es todo para mí...

LADY MACBETH: ¿Y yo qué soy?

MACBETH: No sé, ¿un estorbo?

LADY MACBETH: (Reprimiéndolo, agresiva.) No desprecies lo que se te ha otorgado a bien, pues despojado de ello puedes quedar, si no cumples lo que se te manda.

MACBETH: Déjate de rollos que a mí no me la das. No voy a matar a mi Duncan sólo porque me porfíes a que haga lo que nunca en mi sano juicio haría.

LADY MACBETH: Mientras yo pueda ser reina no cejaré en tal empeño, ni me importa si loco has de estar...

MACBETH: Miedo me das, mujer...

LADY MACBETH: ...ya que el placer en mí ni encuentras ni buscas como ha de inquirirlo y hallarlo un hombre.

MACBETH: (Suspirando.) Es que Duncan es mucho Duncan.

LADY MACBETH: (Haciéndose la víctima.) Ahora sé por qué pasaba sola todas las noches en mi cama guardándote con celo lo que tú das en la menor ocasión...

MACBETH: Es que la ocasión no es menor, ni mucho menos. (Suspirando, otra vez.) Ya te he dicho que Duncan es mucho Duncan.

LADY MACBETH: (Clamando, con los brazos levantados.) ¡Oh, pobre de mí, que ni siquiera levanto pasión a quien de mí falsamente lo pidió y de por vida me he dado!

MACBETH: (Suspirando más fuerte, todavía.) Duncan es mucho Duncan.

LADY MACBETH: (Con el dorso de una mano en la frente y con la palma de la otra en el corazón.) Sí, ya me lo has dicho, no hace falta que te repitas, pues tus necias palabras no caen en el olvido, sino que se clavan como flechas en el, ya de por sí, débil y herido corazón. Con tus palabras lo hieres igual que nunca heriste en mí como un hombre ha de hacerlo, dicho sea de paso y ya que viene al caso.

MACBETH: (Con el puño cerrado de una mano en la cintura.) Perdona que te lo diga, pero a mí no me la das, pues aunque digas las cosas de paso y aún viniendo al caso, yo ni una te paso y no te hago ni caso.

LADY MACBETH: El valor hace al hombre poderoso y la mujer lo ayuda con la ambición. No es tanto lo que pido, ¿no crees? Deja que tu valor y mi ambición actúen juntos en el devenir de los hechos futuros e inamovibles de la Historia imperecedera.

MACBETH: No empieces a hablar así, que sabes que me da miedo. No haré tal cosa a mi Duncancito.

LADY MACBETH: (Dándose media vuelta.) Bujarrón.

MACBETH: Y tú, ordinaria.

LADY MACBETH: ¡No se hable más! Hoy seré una ordinaria, pero mañana seré reina. Toma (da un puñal a Macbeth) y cumple lo que el destino ha mandado.

MACBETH: (Mirando el puñal, horrorizado, intenta devolvérselo.) Pareciera que la voz del destino obligada estuviera a salir de tus labios.

LADY MACBETH: (Rechazando el puñal.) De mis labios no sale más que lo que la razón manda.

MACBETH: (Intenta, de nuevo, devolvérselo.) Una razón codiciosa.

LADY MACBETH: (Rechaza otra vez el puñal.) Mi razón no es ambiciosa ni interesada, sino justa.

MACBETH: (Abdicando.) Si tú lo dices...

LADY MACBETH: Yo lo digo. No se hable más y actúa. (Sale  dejando a Macbeth  con el puñal en la mano.)

MACBETH: (De rodillas, abatido.) Ella quiere que demuestre lo que no soy, pues no hay perra en celo que mate ni se haga de rogar a quien de sus manos come y recibe cariño. Más no puedo negar que cierta razón tiene cuando me asemeja a una  flor y es verdad que me gusta un miembro más que un aldabón a una mano experta en el reclamo.

Entran en la sala los hijos del rey, Malcolm y Donalbain, vestidos con ropa de mujer y cogidos de la mano. Muy afeminados.

MALCOM: Oing, Macbethcito, ¿qué te pasa, de tal forma te encuentro que te pregunto de tal manera?

DONALBAIN: Sí, dinos cual es el motivo de tu terrible desventura que ante nuestros atónitos ojos pareciera acontecer y, de hecho, observamos no sin cierto pesar en nuestros corazones.

MACBETH: (Intentando sobreponerse.) Bien decís que desdichado soy, pues la fortuna lejos de mí se halla. Desgraciado de mí si obligado a cumplir estoy lo que el destino manda.

DONALBAIN: Dinos pues el motivo por el cual crees que el timón gira hacia mal puerto y la cornucopia aspira tu abundancia.

MALCOLM: Eso. Cuéntanos.

MACBETH: No sé cómo.

DONALBAIN: Con sinceridad.

MACBETH: No sé si sabré.

MALCOM: Sabrás.

MACBETH: No sé si debiera.

MALCOLM: Debes.

MACBETH: No sé si puedo.

DONALBAIN: Puedes.

MACBETH: No sé si quiero.

DONALBAIN: Quieres.

MACBETH: No sé si es el momento.

MALCOLM: Es el momento.

MACBETH: No sé si es el lugar.

DONALBAIN: Es el lugar.

MACBETH: ¿El apropiado?

DONALBAIN: El apropiado es.

MACBETH: No sé si...

MALCOLM: (Interrumpiéndolo, nervioso.) Bueno, ¿lo vas a decir o no?

MACBETH: No.

DONALBAIN: Dilo, hombre.

MACBETH: Que no.

DONALBAIN: Venga, dilo.

MACBETH: Es que me da vergüenza.

DONALBAIN: Vergüenza no es palabra noble en tus labios.

MALCOLM: Sé valiente y dinos, de una vez, el motivo de la desgracia que atormenta tu alma y mantiene en vilo a las princesas.

MACBETH: ¿Princesas? ¿Qué princesas?

MALCOLM: Pero, Macbethcito, ¿no han visto tus ojos lo que somos?

DONALBAIN: ¡Somos princesas! ¡Y nos lo pasamos tan bien...!

MALCOLM: Di que sí, hermanita...

MACBETH: (Contrariado.) Ah, ¿pero a vosotros también sentís aprecio por lo que más aprecio tienen los hombres de sí mismos?

DONALBAIN: Nos bastamos con nosotros mismos.

MALCOLM: Sí. Con ser princesas ya nos basta, que es lo que nos gusta.

DONALBAIN: Yo amo a mi hermano.

MALCOLM: Y yo, también, ¿verdad que sí, Doni?

DONALBAIN: Sí, hermanita.

MACBETH: ¡Pues, vaya! ¡Cómo está Escocia!

MALCOLM: Está como está... Hay que ser modernas.

DONALBAIN: Y consecuentes.

MACBETH: ¿Consecuentes con qué?

DONALBAIN: Con todo.

MALCOLM: Por cierto, ¿vas a decirnos qué era lo que te pasaba?

MACBETH: Bueno, tal como están las cosas, creo que puedo decíroslo.

MALCOLM: Pues, dinos.

DONALBAIN: Eso, dinos.

MACBETH:  Os digo...

MALCOLM: ¡Dilo ya!

DONALBAIN: Yo con estas cosas, no puedo, no puedo...

MALCOLM: ¡Yo, es que me pongo histérica!

MACBETH: Mi esposa dice que tengo que matar a vuestro padre, pues el destino lo manda e ineludible es la terrible acción.

DONALBAIN y MALCOLM: (Muy asustados, con las manos en el pecho.) ¡Oing!

MACBETH: Pues, eso.

MALCOLM: No es que no nos importe el destino, pero si lo haces, ¡dejaremos de ser princesas!

DONALBAIN: ¡Es verdad, no había caído!

MACBETH: ¿Es que sólo os preocupa ser princesas? ¿Y vuestro padre?

MALCOLM: Bueno, ése te interesa a ti, que no somos tontas.

DONALBAIN: Tú haz lo que tengas que hacer, mientras nuestro deber quede intacto.

MALCOLM: Mientras sigamos siendo princesas, que es lo que nos gusta, nos da igual lo que hagas.

MACBETH: La duda penetra en mí.

MALCOLM: (A Donalbain.) Me aburro, ¿vamos a jugar?

DONALBAIN: Vale.

MACBETH: ¿Y yo?

DONALBAIN: ¿Tú, qué?

MACBETH: Consejo debierais darme.

MALCOLM: ¡Ay, qué pesado!

DONALBAIN: Haz lo que quieras. Mi hermanita y yo sólo queremos ser princesas.

MALCOLM: ¡Nos lo pasamos tan bien siendo princesas!

MACBETH: (Perplejo.) Pero...

MALCOLM: Ni pero, ni nada. Vamos a jugar, Doni.

DONALBAIN: ¡Ay, sí, que estoy tensa!

MACBETH: Pero...

DONALBAIN: ¡Que te calles! Vamos Malcolmcito, ¿has cogido las bolas chinas?

MALCOLM: Sí.

MACBETH: ¿Bolas chinas?

DONALBAIN: ¿Y la cremita?
MACBETH: ¿Cremita?

MALCOLM: No la necesito.

DONALBAIN: Traviesa...

MALCOLM: Es que estoy relajado, hermanita.

DONALBAIN: ¡Qué bien que lo vamos a pasar esta noche!

MALCOLM: Tonta...

MACBETH: Pero...

Donalbain y Malcolm salen de escena sin hacer caso a Macbeth, que después de unos segundos de silencio, se tira al suelo y se levanta varias veces, como si estuviera poseído por algún espíritu.

MACBETH: (Con los ojos muy abiertos, mirando al frente.) ¿Es un falo eso que veo ante mí, con el mango hacia mi mano?... (Abriendo y cerrando las manos en el aire, lascivo.) ¡Ven, que te coja! (Contrariado, mirándose la mano vacía.) ¡No te tiento, y, sin embargo, te veo siempre!... (Con los brazos cruzados, cabeza ladeada hacia uno de los hombros y la mirada torva.) ¿No eres tú, visión fatal, perceptible al tacto como a la vista? (Con el dedo índice rotando en la sien, como cuando se hace el gesto de que se está loco.) ¿O no eres sino una verga del pensamiento, falsa creación de un cerebro delirante?... (Quitándose las calzas y bajándose los calzones.)  ¡Todavía te veo, bajo una forma tan palpable como esta que ahora desenvaino! (Con un brazo extendido hacia delante, como si agarrase algo con la mano y con la otra mano en la entrepierna.) ¡Tú me marcas la dirección que he de seguir y el arma misma que he de usar!... (Avanzando atropelladamente hacia uno de los lados del escenario.) ¡O mis ojos son juguetes de los demás sentidos, o valen por sí solos como todos ellos juntos!... (Tirándose al suelo.) ¡Aún te veo, y en tu glande y empuñadura, gotas de simiente que antes no encontraba!... (Desquiciado, mirándose las manos.) Pero ¡no hay tal cosa!... (Restregándose la cara.) ¡Es mi designio monstruoso, que toma así cuerpo ante mis ojos! (Hasta nueva acotación, revolcándose en el suelo, obscenamente.) ¡He aquí la hora en que, sobre la mitad del mundo, la Naturaleza parece muerta, y los malos ensueños engañan el sueño bajo sus cortinas! La brujería celebra el culto de la pálida Hécate, y el asesino descarnado, avisado por su centinela, el lobo, cuyo aullido le sirve de alerta, con el paso furtivo, a trancadas del raptador de Tarquino, avanza hacia su víctima, semejante a un fantasma... (Golpeando el suelo con los puños.) ¡Tú, tierra sólida y firme, apaga mis pasos, sea cual fuere mi camino, de miedo que hasta las piedras proclamen dónde voy y no disipen el horror silencioso exigido por la hora!... (Poniéndose en pie.) Pero yo amenazo...; él vive. (Quitándose el resto de ropa que le queda.) ¡El hálito frío de las palabras hiela por demás la cálida acción!... (Suena una campanada.) ¡Voy; está hecho; la campana me invita! (Desnudo.) ¡No la oigas, Duncan, porque es el tañido que te llama al cielo o al infierno!  (Sale, pero sigue oyéndose su voz.)  Decidido estoy a cumplir mis deseos. Duncan, Duncancito, espera amorcito, que ya voy. Que le den a mi esposa... (Ante la puerta de la habitación del rey Duncan.) ¡Qué puta que soy! Mi piel arde por los deseos que pronto han de consumarse en el lecho del que tantas veces ha me hecho sentir lo que ninguna vez ha podido darme mi esposa. ¡Duncan, Duncancito, que voy...!

Abre la puerta de la habitación del rey Duncan donde supuestamente lo espera, y entra, lanzado. Encuentra al rey haciendo un sesenta y nueve con su amigo Banquo.

DUNCAN: (Sorprendido.) Bo es bo be babece.

BANQUO: (Sorprendido, también.) Es vebdad, Bacbeth, bo es bo be babece.

MACBETH: ¡¿Que no es lo que parece, que no es lo que parece?! ¿Por quién me tomáis si vuestra es la traición y mío el desconsuelo?

DUNCAN: (Reponiéndose.) No sé qué decirte.

BANQUO: Yo, tampoco.

MACBETH: (Indigado, con asco.) Nada tenéis que decirme, pues ya lo dicen mis ojos. El calor de mi cuerpo se ha ido. Frío estoy.

BANQUO: ¡Qué drama!

MACBETH: (A Banquo.) Una sola de tus palabras bastaría para matarme.

BANQUO: Callo, pues.

MACBETH: (Clavándole el puñal en el pecho.) Calla para siempre, traidor.

DUNCAN: (Grita.) ¡Ahhhh!

MACBETH: Ojalá ese grito hubiese salido de tu boca igual que hubiera salido de la mía por el amor que siento por ti.

DUNCAN: ¡Guardias, guardias! ¡A mí, a mí! ¡Que me mata!

MACBETH: (Sacando el puñal del pecho de Banquo y clavándoselo a Duncan.) El destino razón tenía y cumplo con él.

Muere el rey y entran Lady Macbeth, Donalbain y Malcolm.

LADY MACBETH: (Con una mano en la boca.) ¡Ah!

MALCOLM: (Con las dos manos en la boca.) ¡Aaaaah!

DONALBAIN: (Con las dos manos en la boca y poniéndose de rodillas, para ser más que Lady Macbeth y su hermano.) ¡Aaaaaaaahhhhhhhhhhhhhh!

MACBETH: ¡A callar todo el mundo! No finjáis dolor por alguien al que sólo yo quería.

LADY MACBETH: No, si yo no fingía, pero hay que disimular un poco.

MALCOLM: A mí, es que me va esto de ser la más.

DONALBAIN: Calla, insensato. ¿No ves cual es nuestra situación?

MALCOLM: Pues...

DONALBAIN: ¡Ya no somos princesas!

MALCOLM: Ah, pues no había caído... Macbeth, ¿nos adoptas?

MACBETH: ¿Qué habría de esperar de la simiente del que traición recibí?

LADY MACBETH: ¡Bien dicho!

DONALBAIN: Es que si nos adoptáis seguiríamos siendo princesas, que es lo que nos gusta. No queremos ser reinas como vosotros. Con ser princesas nos conformamos.

MALCOLM: Sí, nos lo pasamos tan bien siendo princesas...

LADY MACBETH: Escocia ya no es lo que era...

MACBETH: Cientos de caminos existen para que vayáis donde quisiereis.

MALCOLM: ¿Nos estás hechando?

DONALBAIN: Malcolm...

MALCOLM: ¿Qué?

DONALBAIN: Sin hache...

MALCOLM: ¡Ay, perdón! ¿Nos estás echando?

MACBETH: (Trascendental.) Que hable el destino...

Todos hacen un gesto de expectativa...

DONALBAIN: El destino no habla... Vamos, hermanita.

MALCOLM: ¿Adónde?

DONALBAIN: A un lugar donde nuestras esperanzas sean comprendidas.

MALCOLM: Sí, pero ¿dónde?

LADY MACBETH: Os recomiendo Dinamarca, que es un sitio muy civilizado y moderno.

MALCOLM: ¿Dinamarca?

LADY MACBETH: Sí.

DONALBAIN: Ay, no sé, por allí está Hamlet, ¿no?

MALCOLM: Es verdad, no sé si es lo que más nos conviene...

LADY MACBETH: (Con maldad.) Vosotros mismos... Es lo que hay.

MALCOLM: (A su hermano.) Oye, pues mejor nos vamos, ¿no?

DONALBAIN: Sí, creo que es lo mejor. Hay mucha hostilidad por aquí. Vamos a Dinamarca a ver qué pasa...

MALCOLM: Vamos, hermanita.

LADY MACBETH: Pues ya que vais para allá, procuradles recuerdos a Rosencrantz y Guildenstern.

DONALBAIN: ¿Rosenqué?

MALCOLM: (En francés.) ¿Guildenquoi?

LADY MACBETH: (Condescendiente.) Nada, nada, incultas. Marchaos.

MALCOLM: (Cogiendo a su hermano de la mano.) Ciao.

DONALBAIN: Ciao. (A Malcolm.) ¿Has cogido la cremita?

MALCOLM: Sí.

DONALBAIN: Oing...

Salen.

LADY MACBETH: (A su esposo que sigue sollozando sobre el cuerpo del rey Duncan.) Bueno, ¿qué?

MACBETH: Deja que mi dolor se contente con su propio dolor.

LADY MACBETH: Así no vamos a llegar a ningún lado, ¡anímate!

MACBETH: ¿Cómo habría de animarme si el contento se fue en el puñal que me quitó el ánimo?

LADY MACBETH: Bueno, haz lo que quieras, pero a mí no me aguas la fiesta. (Dando saltos de un lado para otro, recita muy contenta.)
Qué contenta estoy
Todo un reino para mí
Pero qué mala que soy
Tirurirurirurí.

Mi consorte es todo un hombre
Se me caen los bigudís
Macbeth, sepan, es su nombre
Porfa-porfa-porfa- please.

Ahora mando yo en Escocia
Que se chinche a quien le pique
Esto no es una parodia
Esto si que si que si que.

Ahora haré lo que yo quiera
También lo que me dé la gana
Que me pongo hecha una fiera
Cuando me dicen: so marrana.

Hay quien dice que estoy loca
Hay quien dice que histérica
No digan por esa boca
Que me pongo esotérica.

Soy inquieta y revoltosa
Jaranera y sagaz
Agresiva, belicosa
Ante todo perspicaz.
Digan que soy conflictiva
Pícara, indócil e inteligente
Insurrecta y subversiva
Pero no una insolente.

Revolucionaria, molesta, insubordinada
Aguda, despierta, bullanguera
Turbulenta, traviesa, desmandada
Vivaz, incansable y pendenciera.

Qué tipeja tan sencilla
Lady Macbeth alocada
Casi una diablilla
Mira qué indisciplinada.

Soy ruidosa y bulliciosa
Avisada y agitada
Sediciosa, escandalosa
Avispada y taimada.

Si canto soy ladina
Si bailo, conspiradora
Si ando, saltarina
Si no,  alborotadora.

Mira que soy lista
Anda que no soy vivaracha
Un poco camorrista
Pero es que soy un hacha.

Lady Macbeth la facciosa
Pilla, rebelde e insurgente
¿No creen que sea preciosa?
¿Creen que soy desobediente?

Díscola y sublevada
Pícara y juguetona
Perturbadora y amotinada
Enredadora y retozona.

¿Qué más queréis que os diga?
¿Que soy provocadora?
¿Que queréis que siga?
Es muy tarde: ya no es hora.

MACBETH: (Suspirando.) ¿Te has quedado ya contenta?

LADY MACBETH: Bueno, aparte de todo eso, soy muy guapa. Pero, sí, me he quedado muy a gusto, no lo puedo negar. ¡Por fin soy reina!

MACBETH: ¡Y una mierda, la reina soy yo!

LADY MACBETH: ¿Cómo que tú?

MACBETH: ¡Como que sí!

LADY MACBETH: ¡De eso nada!

Se abalanzan los dos hacia una corona (de reina) y se la disputan de las manos de un lado para otro. Salen de la habitación hasta el patio interior del castillo sobre la balconada superior.

MACBETH: ¡Mía!

LADY MACBETH: ¡De eso nada!

MACBETH: ¡Que sí!

LADY MACBETH: ¡Que no!

MACBETH: ¡Suéltala!

LADY MACBETH: ¡Suéltala tú!

MACBETH: (Empujándola al vacío, consigue quedarse con la corona de la reina en sus manos.) ¡Que me la des!

LADY MACBETH: (Cayendo al suelo desde arriba lentamente, recita.)
Veo, veo, veo
La muerte ante mí
Oye, qué mareo
Jiji, jiji, jí.

MACBETH: (Poniéndose la corona en la cabeza.)
Se acabó lo que se daba
Que ya soy  soberana
Lady Macbeth por desliz
Ni siquiera emperatriz

Oscuridad total, hasta el siguiente acto.


AQUILES NAZOA 

CRÓNICAS IRRESOLUTAS (VII)


VII. DILEMA, OTRO PUNTO DE VISTA

Cuando me enteré de que mi amiga Irresoluta desapareció, me vine a vivir a sus dominios. No sé qué fue de ella, y no es que no me importe, pero la verdad es que ella se fue sin decir adiós. Ni siquiera vino para despedirse de mí, que era su mejor amiga. La de horas que he pasado frotándole la concha con miel... No se lo reprocho, porque últimamente sufrió mucho por lo de su coraza de caracol, que no acababa de hacérsele añicos. No llegó a hacérsele cisco, dicho de otra manera, y ahora que viene al caso, tengo decir que, la pobre, rompió todas las estadísticas, aunque ella nunca quisiera reconocerlo. Sólo espero que lo que ahora escribo en mi agenda electrónica, sirva para esclarecer ciertos puntos oscuros del misterio que supuso la desaparición, que no muerte, de mi amiga. Ya he dicho antes que destrozó todos los esquemas que actualmente conocemos...
Lo primero que vi cuando me instalé en los dominios de Irresoluta fue su agenda olvidada, inconscientemente supongo, sobre uno de los pocos helechos que mi amiga Irresoluta mantenía vivos; y debo confesar que la leí, no sin antes pensarlo detenidamente, porque a mí no me hubiese gustado que alguien ajeno husmeara en mis diarios, aunque no tenga nada que ocultar. Lo que escribe acerca de mí, es totalmente falso. Yo, Dilema de la Confusión Absoluta, afirmo que nunca quise ningún mal para mi amiga. No entro ni salgo en lo que dice de los demás (aunque confieso que estoy bastante de acuerdo con la opinión que tiene hacia los otros), pero mi imagen queda distorsionada por la locura de mi amiga Irresoluta, porque, ahora me atrevo a decirlo, debido a que no encontraba a ningún jiracoleón con el cual acoplarse, a mi amiga Irresoluta se le fue envenenando la cabeza. Tanto tiempo estando receptiva sin llegar a conocer siquiera un orgasmo biológico con alguno de su especie (yo ya no entro en si se masturbaba o no, que seguro que sí, pero cada cual hace lo que quiere con su cuerpo), hizo que el juicio natural y sensato que poseemos todos los jiracoleones huyera de la pobre Irresoluta...
Todavía recuerdo, como si fuera ayer, la última vez que vi a mi amiga y lo que hablé con ella. Fui a visitarla como de costumbre...
-¡Irresolutaaaaa, hoooolaaaa! ¿Estás visible? -le grité, jovial, entre las adormideras en la entrada de sus dominios.
-Pasa, Dilema, pasa. Cuidado con los helechos -me contestó desde la roca en donde normalmente yo me sentaba cuando iba a visitarla.
-¿Qué pasa con los helechos? -le pregunté sin saber a lo que se refería.
-Pues eso: cuidado con los helechos -me repitió, dando por sentado lo que todavía escapaba a mi entendimiento.
-¿Por qué? -insistí, pues no iba a quedarme sin saber la relación entre los helechos y yo.
-Por que cada vez que vienes me destrozas dos o tres -me contestó bruscamente.
-¿Quieres decir? -pregunté ofendida, recostándome, sin darme cuenta, sobre el helecho más grande.
Mi amiga Irresoluta se quedó callada. Se le notaba de mal humor, porque enrollaba y desenrollaba su cola lenta y mecánicamente.
-¿Y cómo está tu concha? -reanudé el diálogo animada, como quien no quiere la cosa, perdonándole su actitud hacia mí, desenroscando mi larga lengua camaleónica.
-¿Cómo quieres que esté? -me respondió todavía de mal humor.
-¡Ay, Irresoluta, cada día estás más imposible! -grité, mientras encendía un cigarrillo de amapola.
-Estoy como siempre: virgen y con la concha a punto de estallar -me dijo entre el humo violeta que misteriosamente la rodeaba, pues creo recordar que yo no lo dirigí hacia ella.
-No seas negativa -intenté animarla.
-¿Negativa? -tosió.
-Es que no se te puede tratar -le reproché rezongando sobre el helecho.
-Ya... -dijo sarcástica.
-¡Y mira que lo intento, Irresoluta, mira que lo intento! -seguí refunfuñando.
-Deberías intentar tener más cuidado con mis helechos, por ejemplo -dijo furiosa mirándome a los ojos.
-¡Huy, cariño, no me había dado cuenta! -dije con falsa pena, todo hay que reconocerlo, mientras me incorporaba, apresurada, del helecho en el cual estaba cómodamente apoyada sin darme cuenta.
-Demasiado tarde -me dijo ella, mirando al helecho aplastado.
-Lo siento, Irresoluta, no me he dado cuenta -me disculpé, sin sentirlo, pero fingiendo.
-Sí, nunca te das cuenta -suspiró, porque ahora que viene al caso, los jiracoleones también suspiramos.
-Venga, no seas así -le dije cariñosamente para intentar calmarla, mientras intentaba acariciarle la cabeza con la punta de la cola.
-¡Vale, vale! -dijo ella, incorporándose de la roca para esquivar mi caricia.
-¿Sabes algo de Conflicto y Problema? -le pregunté cambiando de tema, mientras aprovechaba el momento y me sentaba en la roca en donde había estado recostada mi amiga-. Desde que llegaron al páramo no he tenido la oportunidad de saludarlas. Creo que eran muy simpáticas...
Irresoluta no me contestó, y yo, que no soy tonta, noté que algo turbio se cocía, porque mi amiga no quería hablar, haciéndose la sorda y fingiendo reparar al helecho destruido, sin querer, por mí.
-¿Qué no me oyes? -insistí.
-No eran simpáticas -comentó sin mirarme.
-¿Cómo que no? -le pregunté interesándome por el tema.
-Vinieron a visitarme... -empezó a soltar con voz vacilante.
-¿Y? -intentaba yo sonsacarle.
-Pues eso -se limitó a decir.
-¿Por eso no son simpáticas, porque vinieron a visitarte? -le pregunté, un poco ofendida por la demostrada falta de confianza que mi amiga Irresoluta tenía de mí.
-Vinieron para reírse... Vinieron para reírse de mí -me dijo muy triste-. Para ver mi concha... -siguió, más triste todavía-. Querían saber quien era la que había roto todas las estadísticas -me contó casi sin voz.
-¡No me lo puedo creer! -me apiadé de ella.
-Créetelo, Dilema -lloraba.
-¡Santa jiracoleona de la Ciénaga! ¿Y qué hiciste? -le pregunté ansiosa, ya sin piedad, sino con ganas lo que pasó.
-Las invité a una taza de hierba luisa... -moqueó mi amiga Irresoluta.
-¿Cómo? Encima que vienen a reírse de ti, ¿tú vas y las invitas a una taza de hierba luisa? -la corté, contrariada.
-A una taza de hierba luisa... -me dijo misteriosamente bajando la voz, y estirando su cuello de jirafa hacia mí.
-¿Qué, qué? -le preguntaba yo totalmente nerviosa, girando los ojos a todas partes, pues me estaba sacando de quicio con tanto misterio.
-Una taza de hierba luisa... envenenada -terminó de decirme.
-¿Qué? -pregunté, por preguntar, porque había oído perfectamente lo que había dicho mi amiga, pero no se me ocurrió otra cosa que decir.
-En-ve-ne-na-da -me contestó acercándose todavía más a mí, hasta que su lengua rozó la mía.
-¡Irresoluta de la Vacilación Indeterminada: una asesina! -dije, sofocada, y retirando mi cabeza de la de mi amiga encogiendo mi cuello hasta que casi desapareció dentro de mi concha helicoidal de caracol gigante.
-Se lo merecían -continuó ella hablando mucho más serena, y diría yo, convencida de su inocencia.
-¡Una a-se-si-na! -continuaba yo gritando, agitada.
-¡No grites, que se va a enterar todo el páramo! -me gritó, al tiempo que me daba un lengüetazo en la cara.
-¡Tengo una amiga asesina! ¡Santa jiracoleona: a-se-si-na! -continuaba yo, totalmente enajenada.
-Por eso mismo, debes de tener cuidado conmigo, no vaya a ser que... -me amenazó convincentemente, todo hay que decirlo.
Yo, por si acaso, me quedé muda. Sin rechistar. Pero, si en algo tengo que defender a mi amiga Irresoluta, es que cuando ella escribió que yo no podía permanecer más de dos minutos callada, era verdad.
-A-se-si-na... -se me escapó
-Dilema, para ya de una vez -me dijo desenroscando la cola.
-¡Qué subidón! -seguí yo, sin poder estar callada.
-¿Cómo? -se extrañó mi amiga.
-¡Que qué subidón: una amiga a-se-si-na, quién me lo iba a decir! -dije, perdiéndole el miedo.
-Deja de arrastrar las palabras, que me pones nerviosa.
-¿Y cómo crees que estoy yo, sabiendo lo que eres?
-¿Qué soy según tú?
-Una a-se-si-na.
-Ya te he dicho que se lo merecían -se justificó.
-Sí, pero eso no quita que seas una a-se-si-na -le dije, otra vez.
-¡Dilema: como vuelvas a decir ésa palabra, te vas a enterar!
-Ho-mi-ci-da -dije, sin pensar.
-¡Dilema!
-Criminal, parricida, ver-du-ga -me salían las palabras mecánicamente, como si me vinieran a la boca sin pasar por la mente.
-¡Dilema, para ya!
-¡Ay, Irresoluta, qué emoción!
-No sé dónde ves la emoción.
-Me encanta tener una amiga asesina ¿Dónde están los cuerpos?
-Estás enferma
-Vale, sí, pero, ¿dónde están los cuerpos?
-¡Cálmate, Dilema, estás muy nerviosa!
-¿Escondidos en una cueva, enterrados por aquí, bajo tierra? -insistía yo, pero no para torturarla, ni por maldad, sino para compartir con ella su angustia, aunque, ahora que lo pienso, no se le veía muy angustiada.
-No te lo voy a decir hasta que no te calmes
-¿Qué les diste? ¿Láudano, algún alcaloide que no conozco, algo brillante que escape a mi imaginación?
-¿Por qué no te vas y te lo cuento otro día?
-Cuéntame ahora, mi querida amiga asesina, que sino no duermo esta noche. Que yo, lo que quiero, es ayudarte, no vayas a pensar...
-Si quieres, te lo cuento mientras me frotas la concha con miel.
-Hoy no he traído miel para frotarte la concha.
-¡Que pena!
-¿Por qué no salimos a pasear por el lodazal y me lo explicas todo?
-No me apetece salir.
-Venga, no seas tonta.
-Que no
-Hace un día precioso. Está lloviendo, y el agua le hará muy bien a tu concha.
-No, ve tú, que yo me quedo.
-La verdad es que tienes la concha fatal -dije mirándole el carey.
-No hace falta que me lo recuerdes, ya lo sé
-Bueno, pues me voy
-Dilema...
-¿Qué?
-No se lo digas a nadie
-¿El qué?
-Lo de Conflicto y Problema.
-Claro, ¿por quién me has tomado?
-Te conozco
-Soy tu amiga -le reproché-, a-se-si-na -dije después, muy bajito, mientras salía de sus dominios.
-¿Qué has dicho? -me preguntó.
-Nada, hasta mañana, mi amor -le contesté-. A-se-si-na -volví a decir un poco más alto, aunque más lejos, ante la duda de que no me hubiera oído la vez anterior.

Bajo la lámpara de luciérnagas he escrito mi última conversación con mi amiga Irresoluta, para que las cosas queden claras. Sólo espero que ayude un poco, aunque sea, a las autoridades jiracoleoniles del páramo, que no paran de preguntarme por el paradero de mi antigua amiga Irresoluta. Fugitiva, según ellos, desde hace tres semanas... El caso es que tengo los restos de la concha de mi amiga escondidos en una cueva, porque parece que al final se le cayó la coraza. No se le hizo añicos, rompiendo todas las estadísticas, pero se le cayó... Quizás por eso huyó, no sé, nadie sabe. Yo, por si acaso no les digo nada a las autoridades, que aún siendo buena, se te puede dar la vuelta la tortilla...
Debo decir que me gustaba tener una amiga asesina, porque le daba cierto sentido de riesgo a mi vida. Yo era su compinche, su cómplice. Pero lo bueno es que ahora soy amiga de una fugitiva, que si lo piensan, es más interesante, porque le da un aire de aventura a mi existencia. Además, la palabra fugitiva tiene tanto encanto: fu-gi-ti-va. ¿No creen?

(continuará...)