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COCUYO (La quietud II)

Durante mucho tiempo no he querido creer las cosas que voy a contarles a continuación. Hasta hace poco me parecía ajeno; un sueño, a lo sumo. Sé que el espíritu tiende a juzgar al prójimo a partir de uno mismo. Por eso nunca me he sentido en la necesidad de odiar a nadie, sino más bien de querer a todo el mundo, de amar… Y no pido perdón, sino que comprendan o, si quieren, que lo compartan. La experiencia o, más que la experiencia, el tiempo, me ha traído consigo la culpa, el remordimiento, el solivianto… Pero los años de la infancia son la memoria de cada uno, los días más maravillosos, si me permiten decirlo, en eso sí que estarán de acuerdo... Voy a hablar. Tengo que hablar. Déjenme… Aquella tarde… Sí, aquella tarde… No estaba desnudo, pero casi. Recuerdo que estaba sentado en una silla de mimbre y que sus ramitas entrelazadas querían introducirse dentro de mí. Creo que el mismo dolor me obligaba a no moverme un milímetro de aquella silla que, como todas las de mimbre, me parecía tan humilde y me hacía sentir humilde a mí también, o al menos eso creía. A lo lejos oía el triste canto de las abubillas cansadas de tanto calor. En realidad fue mi tía Serena la que me sentó allí y la que me dijo que no me moviera, que tenía muchas cosas que hacer, y que era muy tarde y no la molestara. Yo nunca he querido molestar. Nunca. Por eso permanecí sentado durante horas, con las piernas muy juntas y con las manos sobre las rodillas, esperando a que mi tía volviese con la orden de que ya podía moverme, porque cualquier cosa que saliera de su boca me parecía una orden que, por supuesto, yo no estaba dispuesto a desobedecer. Mientras tanto, observaba cómo iban desapareciendo de mis brazos los moratones que me habían dejado marcados los dedos de mi tía al cogerme y sentarme en la triste y dura silla del salón… Después de varias horas, cuando los moratones iban desapareciendo ante mis ojos, supe que algo no iba bien, sobre todo porque las abubillas pararon de cantar. Entonces, como si todo el mundo me estuviera vigilando y, para que nadie supiera que tenía miedo, me incorporé de la silla prisionera, y anduve descalzo y de puntillas, temeroso de que mi intromisión desbaratara algún pensamiento, hasta la cocina, con la idea de que algo, no sabía muy bien qué, le había pasado a mi tía… Pasé por encima del cadáver de mi tía hacia la vieja pila de la cocina. Tenía sed… Como si hubiera llorado toda el agua de sus entrañas, las cañerías estaban secas y la bomba emitía un chirrido bronco, como si el alma de mi tía Serena se hubiese instalado en ella para castigarme. Miré a mi tía tirada en el suelo y pensé que la muerte no era un mal, porque nos libera de él, de todos los males; aunque nos quita el deseo. Pensé que lo peor de todo no era la muerte, sino la vejez, porque empaña los placeres y nos deja el ansia y el apetito. Un apetito que no podemos saciar y nos acarrea silencios y dolor. ¿Por qué tememos a la muerte y preferimos la vejez? Tras la caída, los muslos de mi tía habían quedado al descubierto. Yo no era viejo. Podía satisfacer mi deseo… Separé todavía más sus piernas muertas con los pies y me arrodillé ante ella. ¿Qué verían en el techo los ojos muertos de mi tía? ¿Qué vería en la cal blanca? Las abubillas callaban su canto perversamente como si esperaran algo o ya supieran lo que yo haría poco después... Mi tía en el suelo, junto al taburete volcado, más muerta que la madera seca que había ayudado a que dejara esta vida que, por cierto, nunca le perteneció. Porque la vida nunca nos pertenece; pertenece a los demás, aunque no lo queramos; incluso, concierne a nuestros enemigos. Ahora, tía Serena me pertenecía. Nunca sabré por qué lo hice, sin miedo ni odio. Siempre he perdonado. Siempre he perdonado por el simple hecho de que he podido perdonar. He tenido ese don. Poca gente lo tiene: prefieren castigar a perdonar. Tía Serena acaso nunca me perdonó después de muerta… Hundí mi cabeza en la profundidad de sus muslos entreabiertos… Después de permanecer durante casi una hora bajo el delantal de mi tía oliendo su sexo muerto, noté que me faltaba el aire. Fui a su habitación y cogí de su mesita de noche un pintalabios, el de color más rojo que encontré. Volví a la cocina y me arrodillé de nuevo, esta vez a su lado. Sus labios estaban pálidos y secos. Se los pinté para que resplandecieran, pues llegaba la noche. A mis ojos era como un cocuyo. Cuando le hube pintado los labios, la desnudé por completo para que estuviera mejor, más libre. La noche se presentaba calurosa y ya no tenía que pasar más calor porque estaba libre de todo sufrimiento… Me tumbé junto a ella… Las noches no serían noches si no fueran oscuras y los cocuyos no brillaran en ella… Como estaba al corriente de que sus ojos apenas toleraban la luz, no la encendí. Igual que un golpe seco y metálico de un cuchillo afilado abriéndose en el silencio de una casa vacía, con una rara mezcla de vitalidad y de furia olvidadas, el recuerdo de palabras que quizás nunca había dicho vino a mi memoria y, después, vinieron el placer y el silencio, y tras el silencio, mis palabras, las mismas que me vinieron a la memoria del recuerdo, las que yo creía que un hombre dice a una mujer después del amor... Y, no sé porqué, las únicas.
-Ocurre a veces en las calladas horas de la noche, al filo mismo de la madrugada, que algún que otro murciélago prende un cigarrillo… Eso es lo que me dijo un día mi madre antes de morir en un día aciago como este, que confirma que todas habéis de dejar esta vida como ángeles sin alas, porque, al igual que tú, cayó en el suelo de la cocina como una pluma de acero desde un taburete comido por la carcoma. Tía Serena, debo confesarte que muchas veces he pensado si no soy yo el que marca el destino de las personas que quiero. Como sabes, la vida no nos pertenece; pertenece a los demás... Yo sé que los murciélagos no fuman, sino que a veces tienen la suerte de atrapar a un cocuyo desprevenido. Por eso parece que fumaran, por la luz del cocuyo en su boca mamífera, que poco a poco va atenuándose, a medida que va perdiendo la vida el insecto. La niebla hace todo lo demás… Es curioso… Parece que no estés muerta… Quizá… Quizá de tanto volar en la noche oscura… los cocuyos se desmayan. Parece que estuvieras desmayada y sin fuerza alguna en los músculos, descansando plácida en el suelo que tantas veces has pisado, de aquí para allá, de una olla a otra, entre los vapores de los guisos que ya nunca más habrás de hacer… Como aquel poema de la Plaza del Vapor, te desvanecerás en la memoria, y quién sabe si alguna vez volveré a recordar esta noche, estas palabras que ahora te estoy diciendo. Tía Serena, la verdad es que tengo ganas de reír. ¿No es curioso que, después de tratar con el mundo, y si la muerte no lo impide, nos volvemos malvados? Tan amargo como el amor, del que yo, por desdicha, siempre fui esclavo. Tan amarga como la muerte ajena, amarga ha de ser tu muerte… Parece que lloraras. Estarás viendo temblar los azulejos, pero no es más que la rabia de tu osamenta por lo vivido…Es que va a nevar, pensarás tú. Pero aquí, en el trópico, no nieva. Es que estás muerta, tía Serena. Por eso tienes tanto frío. Y no puedes hacer nada, Sólo recordar esta noche por siempre allá donde estés.
Aquello fue lo que pasó. Por eso me he decidido a contarlo todo, porque la astucia se usa para suplir la escasez de ingenio, porque, como todo el mundo, no me avergüenzo de las posibles injurias que haya dicho o cometido, sino más bien de las que pudiera yo recibir… Aunque, claro, siempre pueden corresponderme, y yo estaré aquí esperándoles, en el Pabellón de la Orquídea Pura.

LA QUIETUD

Para que desde un principio delimiten la magnitud de lo que voy a contarles y después no digan que les llevo a engaño, sepan que desde que Martti Ahtisaari pudo distinguir las luces de las sombras, o sea, desde que vio los peces de colores suspendidos sobre su cabeza moverse en un vacío que no comprendía, fue, como digo, en aquel momento, cuando en su pequeño cerebro se posó, para no marcharse nunca más, la quietud de la ataraxia. Martti dormía plácidamente una mañana de no importa qué mes ni año, cuando una ligera brisa entró por la ventana abierta de su habitación. De no ser por los hilos que los sujetaban, aquellos indefinidos peces de colores hubieran nadado por el aire a través de la imperceptible lluvia ácida, que como un sutil veneno, impregnaba la vida de toda la región. Su madre, Tarja Halonen, intentó arreglar su despiste de manijas y cerrojos, e irrumpió como un reno salvaje en la habitación del bebé para cerrar las enemigas hojas de la ventana, que la apuntaban, de par en par, como la culpable de cualquier mal que pudiera afectar a su hijo. Ella no tenía la culpa, pero llegó demasiado tarde. Martti ya había abierto los ojos y observaba aterrorizado los salmoncillos de papel moverse involuntariamente, convirtiéndose en tiburones que dentelleaban  su corazón y acotaban su razón entre unos límites tan concretos y únicos como su propia vida, como esta historia. No fue por la conversión de los peces de contracorriente a animales marinos de bajo fondo. Tampoco la brisa helada. Para que me entiendan, fue la luz de un pez abisal lo que trastocó el ser de Martti. El movimiento. La serenidad rota. La tranquilidad perturbada por lo imprevisible... Tarja Halonen lo intuyó. Quitó la tachuela amarilla que un mes atrás ella pensó que serviría de sol. Un sol visto desde las profundidades oceánicas. Una tachuela amarilla clavada a un techo azul por la que descendía un hilo transparente que se bifurcaba, caprichoso, con la ayuda de finos alambres, que a su vez chorreaban otros hilos. Era como una cascada de lágrimas insensibles acabadas orgánicamente. El final de los hilos atravesaba el papel de los cuerpos, quizás demasiado planos, de los peces de colores. En definitiva, Tarja quitó el móvil suspendido sobre la cuna de Martti y salió de la habitación. Después, cuando esperaba en vano a que su marido volviera, Tarja lanzó la araña infantil en el suelo del salón y lloró más lágrimas que hilos desparramados, mientras las ramas de los abedules plateados golpeaban, furiosas, los cristales e impedían que oyera su propio llanto. Ajena a todo lo que no fuera su propio dolor, su hijo Martti continuaba sufriendo desde su habitación, mientras veía el movimiento de los árboles a través de la ventana, ya cerrada. Vaïnö Sillampää, su padre, jamás volvió. Desde aquel día de tormenta y separaciones, Tarja no pudo acunar a su hijo. Las oscilaciones de la cuna eran como una marea violenta en el sentir de Martti, una mar brava que lo ahogaba y no le dejaba respirar. No toleraba el movimiento y Tarja tuvo que serenarse paulatinamente hasta parecer una estatua viviente. Durante años estuvo andando despacio para no alterar a su hijo, culpable por la ausencia del padre que no quiso saber más de ella. El tiempo se asentó, sumiso, en la vida cotidiana de ambos hasta que de tanta tardanza, de tanta parsimonia, de tanto silencio y vida pausada, Tarja murió mientras dormía en la quietud de un sueño sedentario. A la mañana siguiente, cuando Martti vio el cuerpo inmóvil de su madre sobre la cama, tuvo una sensación de perfección que hasta entonces nunca había tenido. En aquel mismo momento, Vaïnö Sillampää murió, aún más, dentro de su propia muerte, cuando vio, como sólo un muerto puede ver, lo que hacía su hijo. Acabó por hundirse en las oscuras aguas del lago que lo acogió quince años atrás, el mismo día en que Tarja descolgó los peces suspendidos sin saber que su marido se congelaba mientras pensaba en ella. Aquella fue la primera vez…