LA QUIETUD

Para que desde un principio delimiten la magnitud de lo que voy a contarles y después no digan que les llevo a engaño, sepan que desde que Martti Ahtisaari pudo distinguir las luces de las sombras, o sea, desde que vio los peces de colores suspendidos sobre su cabeza moverse en un vacío que no comprendía, fue, como digo, en aquel momento, cuando en su pequeño cerebro se posó, para no marcharse nunca más, la quietud de la ataraxia. Martti dormía plácidamente una mañana de no importa qué mes ni año, cuando una ligera brisa entró por la ventana abierta de su habitación. De no ser por los hilos que los sujetaban, aquellos indefinidos peces de colores hubieran nadado por el aire a través de la imperceptible lluvia ácida, que como un sutil veneno, impregnaba la vida de toda la región. Su madre, Tarja Halonen, intentó arreglar su despiste de manijas y cerrojos, e irrumpió como un reno salvaje en la habitación del bebé para cerrar las enemigas hojas de la ventana, que la apuntaban, de par en par, como la culpable de cualquier mal que pudiera afectar a su hijo. Ella no tenía la culpa, pero llegó demasiado tarde. Martti ya había abierto los ojos y observaba aterrorizado los salmoncillos de papel moverse involuntariamente, convirtiéndose en tiburones que dentelleaban  su corazón y acotaban su razón entre unos límites tan concretos y únicos como su propia vida, como esta historia. No fue por la conversión de los peces de contracorriente a animales marinos de bajo fondo. Tampoco la brisa helada. Para que me entiendan, fue la luz de un pez abisal lo que trastocó el ser de Martti. El movimiento. La serenidad rota. La tranquilidad perturbada por lo imprevisible... Tarja Halonen lo intuyó. Quitó la tachuela amarilla que un mes atrás ella pensó que serviría de sol. Un sol visto desde las profundidades oceánicas. Una tachuela amarilla clavada a un techo azul por la que descendía un hilo transparente que se bifurcaba, caprichoso, con la ayuda de finos alambres, que a su vez chorreaban otros hilos. Era como una cascada de lágrimas insensibles acabadas orgánicamente. El final de los hilos atravesaba el papel de los cuerpos, quizás demasiado planos, de los peces de colores. En definitiva, Tarja quitó el móvil suspendido sobre la cuna de Martti y salió de la habitación. Después, cuando esperaba en vano a que su marido volviera, Tarja lanzó la araña infantil en el suelo del salón y lloró más lágrimas que hilos desparramados, mientras las ramas de los abedules plateados golpeaban, furiosas, los cristales e impedían que oyera su propio llanto. Ajena a todo lo que no fuera su propio dolor, su hijo Martti continuaba sufriendo desde su habitación, mientras veía el movimiento de los árboles a través de la ventana, ya cerrada. Vaïnö Sillampää, su padre, jamás volvió. Desde aquel día de tormenta y separaciones, Tarja no pudo acunar a su hijo. Las oscilaciones de la cuna eran como una marea violenta en el sentir de Martti, una mar brava que lo ahogaba y no le dejaba respirar. No toleraba el movimiento y Tarja tuvo que serenarse paulatinamente hasta parecer una estatua viviente. Durante años estuvo andando despacio para no alterar a su hijo, culpable por la ausencia del padre que no quiso saber más de ella. El tiempo se asentó, sumiso, en la vida cotidiana de ambos hasta que de tanta tardanza, de tanta parsimonia, de tanto silencio y vida pausada, Tarja murió mientras dormía en la quietud de un sueño sedentario. A la mañana siguiente, cuando Martti vio el cuerpo inmóvil de su madre sobre la cama, tuvo una sensación de perfección que hasta entonces nunca había tenido. En aquel mismo momento, Vaïnö Sillampää murió, aún más, dentro de su propia muerte, cuando vio, como sólo un muerto puede ver, lo que hacía su hijo. Acabó por hundirse en las oscuras aguas del lago que lo acogió quince años atrás, el mismo día en que Tarja descolgó los peces suspendidos sin saber que su marido se congelaba mientras pensaba en ella. Aquella fue la primera vez…

LA CHICA QUE LLORABA TROCITOS DE MADERA

La ópera de Händel estaba siendo estupenda. Ella no quería llorar, y menos aún trocitos de madera. Pero era tanto el dolor y era tanta la desdicha que veía (y oía) en el escenario, que por mucho que intentara reprimirse, acabaría haciéndolo al final de la función, mientras se tapaba el rostro con el abanico semiabierto. Cuando acabó el clamoroso aplauso y cesaron paulatinamente los exaltados bravos del público, Perlita, que así se llamaba la chica, cerró bruscamente el abanico con un enérgico golpe de muñeca y suspiró mientras bajaba la cabeza. Fue entonces cuando se dio cuenta de la cantidad de virutas que había en su regazo y se las sacudió rápidamente ayudándose con las puntillas del borde del abanico. ¡No podía creer que hubiera llorado tanto!
–Señorita, no tenga vergüenza. Yo también he llorado –oyó Perlita que alguien le decía.
Perlita dio un respingo y giró la cabeza a un lado y a otro. A su izquierda, a lo largo de siete butacas, reposaba un gran cocodrilo con monóculo.
–Perdón, ¿le conozco? –entornó los ojos Perlita.
–No, no me conoce –le contestó el cocodrilo–, es que no he podido evitar verla llorar y  creo que es algo de lo que no tiene que avergonzarse.
–Déjeme en paz. ¿Qué le importa a usted si lloro o dejo de llorar? –intentó zanjar Perlita la conversación.
–La he visto llorar trocitos de madera y me ha llamado la atención. Usted debe sufrir mucho cuando llora, ¿verdad? –se interesó el cocodrilo, amable.
–Pues a mí me llama la atención ver a un cocodrilo en El Liceu –le contestó despectivamente Perlita, mientras abría el abanico (Raasshhh) de un manotazo.
–¿Y por qué no? Tengo derecho. Mi dinero me ha costado –le replicó el cocodrilo.
–Y a mí –dijo Perlita, abanicándose airadamente–. Y de derechos, mejor no hablar –continuó, quitándole la mirada y mirando hacia el techo.
–Bueno –se quitó el monóculo el cocodrilo–, fíjese que me ha costado siete veces más que a usted –sacó un pañuelo blanco de uno de los bolsillos de su frac–. He tenido que comprar siete asientos y usted sólo uno para poder ver la representación –limpió el monóculo con el pañuelo–. Eso dice mucho de mí. Realmente, tiene que interesarme mucho una obra para semejante gasto, ¿no cree? –volvió a ponerse el monóculo.
–Lo que yo crea o deje de creer no es asunto suyo. Ahora, si me permite–Perlita hizo ademán de levantarse de la butaca, pero por alguna razón, no lo hizo.
–Señorita, no se ponga usted así. Yo sólo quería solidarizarme con usted, pues le creía una persona sensible –dijo el reptil con voz suave–. La vi llorando tan desconsoladamente al final del último acto que…
–Que, ¿qué? –le desafió Perlita.
–Bueno –intentó calmarla el saurio–, ya le dije antes que yo también he llorado durante la representación y…
–¿Llorar? –cortó Perlita al cocodrilo– ¡No vaya usted a comparar! Lo suyo no son más que lágrimas de cocodrilo. Sus lágrimas no valen nada.
–Mis lágrimas y sus lágrimas, lágrimas son si se lloran con el corazón –le dijo el cocodrilo a Perlita intentando llevar a buen puerto la conversación.
–¡De ninguna manera! ¡Las mías son de madera! –le contestó, mientras se daba golpes en el pecho con el abanico.
–Que yo sepa, nadie llora madera excepto usted y es por eso que… –intentaba guardar la compostura el anfibio.
–¡Hum! –se cruzó de brazos Perlita y dio la espalda al cocodrilo.
–Señorita, con todos mis respetos, me parece usted un poco intransigente y caprichosa –se aventuró a decirle a la chica.
–Me da igual lo que pueda parecerle a un ridículo cocodrilo con monóculo –le contestó Perlita en el tono más despreciativo que pudo.
–Está visto que… –empezó a decir el caimán.
–¡Ande y váyase al Nilo, cretino! –le gritó Perlita al cocodrilo, mientras se levantaba  y le daba en la cabeza con el abanico.
El monóculo del cocodrilo cayó al suelo y se rompió junto a las lágrimas que Perlita se había sacudido al final de la función. El cocodrilo pensó: “lágrimas de madera, lágrimas de cristal”. Perlita también pensó lo mismo. Los dos se pusieron a llorar al unísono.



THE PIXELATED BIRTH OF STRAWBERRY ROAN



Canción: "Decimal", OMD (Orchestral Manoeuvres In The Dark), del álbum "English Electric" (2013)

JACINTA TUVO UNA SEMANA EXTRAÑA

Lunes

Jacinta abandonó la cama a la hora acostumbrada, pensando, como si tal cosa, en la relatividad del tiempo que formulara Einstein. Después de la ducha y el desayuno, seguía pensando en lo mismo. Al salir de casa, llegó a la extraña conclusión de que Einstein no había sido cajera de hipermercado alguno.

El interior del autobús de la empresa, que la dejaba a las mismas puertas del hipermercado, le producía a Jacinta una impresión de normalidad aséptica a la que ya se había acostumbrado después de tantos años. Fueran las que fuesen las noticias de la mañana, cuyos titulares desfilaban perezosamente por la pantalla que coronaba el inicio del pasillo central del vehículo, nadie mudaba el gesto de madrugón resignado. Pareciera que el mundo auténtico quedara muy lejos de aquella hojalata rodante y climatizada. O tal vez el mundo real no era otro que aquel autocar prisionero de su eterno itinerario: espectro mecánico abocado a repetir una y mil veces la ruta responsable de su existencia.

El día de trabajo en el hipermercado fue duro: una bronca que le dio una enfurecida anciana por una confusión que no se solucionó; la exasperante lentitud de quienes, ansiosos por desprenderse de las monedas, inundaban el mostrador con la calderilla que, qué remedio, había que contar minuciosamente; las críticas gruñidas por los impacientes que aguardaban turno para pagar; el chistoso que soltaba en público su gracia inoportuna; las sempiternas señoras disgustadas que la culpaban personalmente del alza de los precios, como si una simple cajera tuviese las atribuciones de una ministra de economía; clientela histérica que exigía rapidez; e incluso, la fanfarrona que esgrimió al estilo de una granada un bote de piña en almíbar, con el falso pretexto de que se lo había cobrado dos veces...  
Pero todas aquellas tragicomedias oníricas no tenían efecto alguno en Jacinta. Cuando algo pasaba, ella se abstraía. Tenía  la experiencia suficiente para verse libre de las clásicas pesadillas que asaltaban a las cajeras novatas, sepultadas bajo toneladas de artículos o bloqueadas a consecuencia de un desajuste brutal en el recuento. No, las angustias estaban excluidas de su quehacer. En realidad, Jacinta experimentaba unas inmensas ganas de dar carpetazo a toda aquella monotonía; sentía una necesidad urgente de perderse, siquiera por una semana, en cualquier lugar apartado. Ante una revuelta en la cinta transportadora de la caja, pensaba en horizontes, viajes, distancias y superficies, sol y viento en playas luminosas...

Pero no; soñar despierta sólo le acarreaba una engañosa huida mental, una simulación psíquica que pronto se daba de bruces con las aristas más grises de la realidad. Nadie se ha librado nunca de sus limitaciones gracias a una ráfaga de imaginación desbocada; si acaso, aquellos lo bastante astutos o mezquinos para traficar con las fantasías ajenas. Pero eso, Jacinta no lo sabía.      

Fue acabar la jornada y oír su nombre y apellidos por los altavoces. Jacinta pensó que era Dios quien le hablaba. Aquella voz impersonal la requería en las oficinas de la segunda planta. ¿Qué querrá esa voz celestial de mí?, se preguntó, divertida.

-Debemos prescindir de sus servicios –le dijo un dirigente al que nunca había visto, mirando al lado de Jacinta y no a los ojos de ella.
-¿Perdón?
-Lo siento, pero está despedida –reafirmó el dirigente, sin cambiar el sentido de la mirada.
-Oiga, que estoy aquí, ¿a quién mira?
-Es que usted refracta. Tome, una lata de guisantes.

La embargó una débil chispa intuitiva, algo así como una sensación que centelleó fugazmente en su interior. Sin duda, en aquel bote se concentraba el poso amargo del día.       

Ya en casa, Jacinta extrajo del bolso la lata de guisantes y enfocó hacia ella toda su decepción. Como pago a tantos años, la obsequiaban con una ridícula lata de guisantes: un bote minúsculo incapaz de satisfacer las exigencias de una vulgar menestra. Y para colmo, abollado.
La insignificancia de aquella recompensa se convertía más en una burla que en un presente de gratitud, una broma de tacto duro y metálico, cuya rimbombante y ridícula etiqueta proclamaba jactanciosamente lo trivial de su contenido. Y la calidad de éste debía de ser cuanto menos incierta, a juzgar por el extraño efecto sonoro que se manifestaba al agitar el envase: a Jacinta le parecían perdigones. Sin pensárselo dos veces, fue a la cocina y tiró la lata de guisantes al cubo de la basura, sin ni siquiera abrirla.  
        
Entregarse a los propios pensamientos siempre ha sido una actitud ineludible; y precisamente eso estaba haciendo alguien con responsabilidades empresariales muy novedosas y recién adquiridas. A esta persona le divertía elucubrar hacia dónde habrían viajado las latas de guisantes con los premios sorpresa. Y no era para menos pues, seguramente, las caras de quienes las hubiesen adquirido, serían auténticos poemas cuando descubriesen que en lugar de guisantes apareciesen gemas millonarias.


Martes

Caminar por la ciudad le aportaba a Jacinta una ambigua mezcla de prisa y atención. Aunque corrió, la luz ámbar del semáforo había sido ya sustituida por la roja cuando llegó al bordillo. Mientras esperaba la luz verde, Jacinta recordó lo que le había dicho quien el directivo que la despidió el día anterior, justo en el momento en el que le ofrecía la lata de guisantes: es que usted refracta. Qué extraño, pensó. 

Jacinta recordó cuando unos meses antes, mientras tomaba un vino junto a su amigo Eladio, este le comentó que había oído el canto de un gallo. Verdaderamente, el chico tenía imaginación, eso era innegable, pero nunca supuso que un poco de alcohol expandiera tanto dicha facultad. Mientras él hablaba, Jacinta advirtió una sinceridad rotunda que la desconcertó y, no sabía muy bien por que, la irritaba sobremanera. ¿Quién podía contar una patraña como aquella sin algún signo, aunque fuera inconsciente, de falsedad encubierta? Encima, su amigo se había permitido la licencia de soltarle una reflexión enigmática a modo de colofón para su relato:  

-¿Sabes una cosa? Al ver aquello... bueno, al oírlo, tuve la sensación de que quizás tú llegues a pasar por algo parecido. Y no sé porqué, pero presiento que eso sería una señal para que nos viéramos más a menudo.        
-Francamente, no lo creo.       

El escepticismo de Jacinta indignó a su amigo. Decidieron dejar de verse y hasta de llamarse, pero no fue el caso...

Ahora, mientras Jacinta esperaba a que el semáforo se pusiera en verde (ella no era consciente, pero el semáforo ya se había puesto en verde varias veces), recordaba con qué aplomo había contado la historia su amigo Eladio: su sorpresa al escuchar el canto de un gallo tras la frondosidad que abrigaba la descuidada ladera de una colina en las afueras; su cauteloso acercamiento desde una acera solitaria hasta el arcén opuesto para atisbar entre la vegetación; su hallazgo de un angosto sendero que trepaba por la pendiente; su estupor al descubrir al final del ascenso que el gallo en cuestión era un autómata, un gallo mecánico que al verlo cantó de nuevo y se perdió tras la maleza, mediante el torpe revoloteo de sus bruñidas alas metálicas...       

En fin, pensó Jacinta, por lo menos él había oído el canto de un gallo, algo excepcional en una ciudad y mucho más grato que el zumbido eléctrico del semáforo que en aquel momento llegaba a sus oídos. Pero la perturbación acústica del semáforo cesó en seguida. Jacinta dio unos pasitos cortos y se aproximó al poste eléctrico. Escuchó algo distinto. Perpleja primero y resignada después, sacó el teléfono móvil y tecleó el número de su amigo Eladio; mientras, a su lado, el semáforo respiraba, según ella.        


Miércoles

El techo es el cielo doméstico, pensó Jacinta, tumbada en el sofá de su casa. Si tal afirmación es válida, siguió pensando, la bombilla que pende como una pera macilenta debe interpretarse como la parodia de un sol en horas bajas, sentenció.

Cuando cambió la bombilla por otra nueva, volvió a dejarse caer en el sofá. A pesar de la evidencia, aún le costaba aceptar la facilidad con la que había sustituido la bombilla mortecina por otra refulgente.  Miró al techo, enaltecido ahora por la luz que difundía más allá de su tulipa la bombilla recién estrenada. Jacinta cerró los ojos, satisfecha.  

Un diminuto impacto acuoso, justo en la punta de su nariz, interrumpió la duermevela que estaba venciéndola, y al volver la vista al techo recibió una nueva y diminuta descarga líquida. Un transparente buchecito de agua se dilataba perezosamente hasta su inevitable desprendimiento, que concluyó en un minúsculo estallido fresco sobre el ojo, a modo de improvisado colirio. Después, tras las escalonadas gotas, siguió un chorro de agua continuo.  

Claro, pensó, si el techo es el cielo doméstico, algún día tenía que llegar la lluvia, concluyó. Y también, algún día, aparecerá un bonito arco iris dentro de casa, imaginó, pues simplemente son las gotas de lluvia refractadas por el sol...


Jueves

Jacinta nunca se refrena a la hora de contar a quien sea sus tribulaciones del momento. Dicha inclinación le granjea, como es de esperar, adhesiones y rechazos a partes iguales.

Aquel día, Jacinta y la vecina de enfrente se encontraron en el rellano esperando el ascensor.        

-Buenos días, Jacinta -el saludo de la vecina fue tan amable como de costumbre.        
-Hola –contestó, escuetamente, Jacinta.    

La vecina notó en el acto que algo no iba bien, más que nada por el aire cariacontecido de Jacinta.        

-Te veo mal –se preocupó la vecina por Jacinta-. Es porque ya no trabajas en el hipermercado, ¿verdad? No le des tantas vueltas, ya te saldrá algo.
-No, no es eso. Lo que pasa es que me molesta mucho el oído izquierdo. Estos días ando medio sorda –aclaró Jacinta, medio molesta.
-¿Y no has ido al médico?       
-Varias veces. Y me han hecho todas las pruebas habidas y por haber.      
-¿Y?

Jacinta puso cara de interesante, como una actriz madura a punto de interpretar el papel de su vida.

-Como te digo, me hicieron todas las pruebas y todos los análisis posibles, y en seguida vieron que había infección –explicó Jacinta, como si estuviera contando una novela de misterio. Después, intercaló un breve silencio para avivar la expectación de la vecina, y continuó con la gran pregunta-. ¿Y sabes lo que encontraron al fin?    
Justo en el momento que llegó el ascensor y la vecina abrió la puerta para entrar, esta, con voz apagada y gesto cansado, respondió de una manera que a Jacinta le pareció de desinterés máximo a su trabajada puesta en escena.  

-No sé... ¿Petróleo? –respondió la vecina, mientras la puerta del ascensor se cerraba y comenzaba el descenso.        

Jacinta parpadeó, atónita, y descubrió en el rostro de la vecina una inocultable sombra de diversión.   

-Hongos –corrigió, Jacinta-. Y creo que desde ayer se han reproducido. En fin, habrá que esperar a que se pase –habló Jacinta no ya como una gran actriz, sino como una persona normal, quitando todo el suspense que había creado poco antes. Un incómodo silencio lo ocupó todo, hasta que el ascensor tomó tierra y la puerta se abrió.

-Adiós -se despidió Jacinta, sin mirar a su vecina, y se encaminó apresuradamente hacia la puerta de salida del edificio.     
-Hasta otra –llegó a decir la vecina, pero Jacinta ya estaba fuera y no obtuvo respuesta.       

Cuando Jacinta salió disparada del portal, la vecina se quedó con la vaga sensación de que su ocurrencia no había sido una buena idea. Mira que decirle petróleo, pensó, pero es que me tenía frita con tanto misterio para una infección de oído. Además, Jacinta refracta.

Mientras tanto, Jacinta detuvo sus pasos en la calle y se aplicó un pañuelo en la oreja izquierda. No le gustó nada la contestación de su vecina, y por eso tuvo que mentirle. ¿Cómo lo habrá adivinado la muy bruja?, piensa, y se retira el pañuelo oscurecido por la pringosa e inconfundible negrura del hidrocarburo que en tiempos había sido un dinosaurio o un helecho gigante.     


Viernes

¡Lo que faltaba!, pensó Jacinta con evidente disgusto. Un agujero, y nada menos que en la esquina del zócalo; un boquete del tamaño de medio paquete de tabaco donde el papel pintado se curvaba hacia adentro, cubriendo a medias el pequeño túnel. Y lo peor de todo: había visto, fugazmente, un insecto muy rápido y desagradable refugiándose en la oquedad. De niña creía que tras los agujeros como ése, al otro lado del tabique, moraban unos hombres de aspecto severo y vestidos de oscuro, en una imposible vivienda contigua donde olía vagamente a limón.

Jacinta se agachó para inspeccionar más de cerca aquella gruta en miniatura. Nada: una impenetrable bolsa de oscuridad. Ni rastro de sombras móviles que delatasen la presencia de cualquier bicho indeseable. De todas maneras, no tenía dudas al respecto: había sorprendido la huida e internamiento en aquella pequeña caverna de una forma orgánica negra y provista de muchas patas. Era obvio que había un bicho; y si había uno, muy probablemente habría más. No, más no: muchísimos más.       

Recordó entonces que en el trastero guardaba un envase de insecticida y no se lo pensó dos veces. Fue al trastero, encontró el bote de insecticida y lo sacudió para ver si todavía quedaba algo de producto. Sí, quedaba. Después, leyó, una mezcla de varios compuestos casi impronunciables diluidos en un excipiente inocuo para la ozonósfera; o al menos, eso aseguraba su plurilingüe y extenso etiquetado. 

Volvió apresuradamente a la “zona caliente” donde, de nuevo, se agachó y tras agitar el liviano cilindro de veneno, acercó el difusor al orificio y pulsó el botón. Un prolongado chorro de aerosol inundó las entrañas del ignominioso agujero. El picante olor del producto llegó a su nariz, pero aun así repitió la maniobra, varias veces, inyectando muerte a lo que hubiese dentro del boquete. Aquella fumigación divertía a Jacinta más de lo que nunca ella hubiera pensado.

Cuando hubo terminado, Jacinta devolvió el insecticida a su lugar original y se acostó con la certeza de que ninguna repugnancia invertebrada había sobrevivido al ataque químico de su guarida. Esa tranquilidad la ayudó a conciliar el sueño; el mismo sueño que le impidió percibir el siseo de un chorrillo gaseoso, una descarga de insecticida que, proyectada desde más allá del agujero, derramó al salir por él un sutil olor a limón.     

  
Sábado

Jacinta se pasó la mañana del sábado leyendo los anuncios breves de los periódicos. Su intención era dar una ojeada a la sección de empleo, pero acabó mirando otros apartados. Leyó algunos muy curiosos:

“Señor vallisoletano, sin piernas ni brazos, busca joven moza sin piernas, pero con brazos, para empezar nueva vida. Preferible que disponga de olla exprés”. Jacinta pensó en cortarse las piernas y responderle, pero cuando estaba a punto de hacerlo, se dio cuenta de que no tenía una olla exprés. Una pena, pensó.

“Mujer ambigua, muy viajada y con barco propio, busca compañero ambiguo y con ganas de recorrer mundo, para encerrarnos en casa durante un año. Abstenerse menores de diez años”. A Jacinta no le gustó tanta ambigüedad y torció el gesto.

“Caballero sin igual, busca a alguien con el que pueda compararse”. Jacinta se preguntó cómo sería aquel caballero y recordó lo que le dijo el hombre que la despidió. Si fuera verdad, podría compararme ventajosamente con este señor sin igual, pensó.

“Mujer abierta, busca alma gemela que la cierre”. Jacinta dio un respingo al leer esto.

“Si quieres conocer caballero augusto dispuesto a todo, no busques más, estoy detrás de ti”. Jacinta giró la cabeza, pero no encontró caballero alguno. Si hubiese prestado más atención, se hubiera dado cuenta que sólo la mitad de su cuerpo se reflejaba en el espejo que colgaba en la pared detrás de ella.

“Si al levantarte cada mañana sientes que te duele el bazo, llámame”. Jacinta se llevó la mano al pecho y pensó que dos personas juntas con el bazo enfermo serían muy desdichadas.

“Auténtico turco en el amor ofrece demostración gratis”.  Jacinta apuntó el teléfono.

“Soberbia soltera daría clases de buena conducta a un precio módico”. Jacinta pensó que a su amigo Eladio le irían bien unas cuantas clases de estas.

“Crucigramista consumada desearía fundar hogar”. No, se dijo Jacinta.

“Busco a alguien para actividad simpática”. ¡Dios mío, cómo está el mundo!, pensó Jacinta, al mismo tiempo que sus fosas nasales descubrían un extraño, tenue y nuevo olor a limón.


Domingo

Jacinta estaba delante de un escaparate de electrodomésticos, cuando su teléfono móvil sonó. Era su amigo Eladio. Dudó en si debía responderle o no. Recordó que tuvo la intención de llamarlo cuando días atrás oyó que el semáforo respiraba, que marcó su número, pero seguidamente pulsó la tecla de fin de llamada y no habló con él. Jacinta aceptó la llamada.

-Hola, ¿cómo que llamas?
-Bueno, tengo una llamada perdida tuya del martes.
-Me equivoqué.
-Mira, Jacinta, no discutamos.
-No estoy discutiendo. Dime, ¿qué quieres?
-Es que estoy preocupado por ti.
-¿Por mí?
-Sí. Creo que no te das cuenta de tu particularidad.     
-Pues, no. ¿Qué tengo de particular? Ilústrame.  
-Tienes una habilidad muy especial. 
-¿Ah, sí? ¿Cuál?   
-Refractas.
-¿Cómo?
-Refractas, Jacinta, refractas.

Jacinta pulsó la tecla de fin de llamada. No quería oír más. Las palabras de su amigo Eladio despertaron en ella una curiosidad burlona, todo hay que decirlo. Está loco por mí, pensó, ¿que refracto? Eladio siempre ha sido bastante exagerado a la hora de contar algo. Le gusta añadir datos de su propia cosecha, y creo que en esta ocasión ha vuelto a reincidir en ello. Eso de que refracto sólo puede habérsele ocurrido a él. Por otro lado, sus explicaciones pecan a menudo de incompletas, imprecisas o de ambas cosas a la vez. Y ahora no ha sido una excepción, según lo estoy comprobando, pues tengo delante de mí mi reflejo en el escaparate: me veo ahí, plantada frente a estos aparatos eléctricos carísimos. Soy Jacinta, ni más ni menos, y mi supuesta característica no es la mencionada ni esperada.

Jacinta no percibía anomalía alguna, ni visual ni de otra índole. Y, sin embargo, muchos transeúntes le dedicaban un vistazo rápido y escrutador. De pronto, Jacinta pensó en sus primeras lecciones de física, en la imagen de un lápiz metido en un vaso de agua... Debo corregir a Eladio la próxima vez que hable con él, pensó Jacinta, aunque sé que no le hace mucha gracia, pero lo considero necesario e inevitable. Yo no refracto, pensó, los demás se refractan a sí mismos.



CONSANGUÍNEO: AFICIONES EXTRAÑAS

DAMIÁN O LA MEMORIA ESCONDIDA

         
         Al salir del trabajo, decidí ir al Museo de Historia Natural. Se me ocurrió acercarme, porque hacía poco que habían llegado desde Tasmania los huesos de un enorme, terrorífico y desconocido animal carnívoro. Ese iba a ser un buen tema para la carta que quería escribirte desde hacía tiempo. Desde junio que no te escribo.

Eran casi las siete. La tarde era fría para un día de mayo, pero estaba bien abrigado. Ya sabes que nunca podré aclimatarme a estas latitudes y siempre voy con el doble de ropa que los demás habitantes de esta ciudad inhóspita y gris. Soy friolero, nunca me acostumbraré a este aterimiento.
Los negocios me cerraban las persianas de hierro en la cara a cada paso que daba. Andaba con la sensación de llevar la noche conmigo mismo mientras caminaba o que la noche era algo que me seguía exclusivamente a mí, por la espalda, como una capa oscura que a cada paso se agrandara más y más, hasta llegar a una envergadura inimaginable pero sentida.
A medida que avanzaba, me convencí de que, cuando llegara al museo, estaría cerrado; pero en mi reloj todavía no eran las siete. Comencé a andar contra el tiempo, con pasos briosos, conteniéndome de no alcanzar un trote, porque tampoco era cuestión de hacerme notar en público. Siempre trato de no hacer algún disparate que me saque de mi cómoda y aliviada existencia desapercibida.
Cuando ya empezaba a faltarme el aliento, doblé una esquina y allí estaba el Museo de Historia Natural. Fue un encuentro brusco, violento. Ante mí, una plazoleta moderada, pero demasiado pequeña para alojar el enorme edificio de exposiciones, que se desparramaba más allá de los contornos de la glorieta, la cual perdía toda posible peculiaridad, y ganaba en insignificancia y vulgaridad, a pesar de que no era así, en absoluto. No era la primera vez que la veía; por eso, me sorprendió aquella extraña e inarmónica visión arquitectónica.
Tras el impacto, busqué con la mirada el acceso al museo. Afuera, a un lado, había una cabina acristalada en donde se sacaban las entradas. Esperé un momento antes de acercarme, pues después de la caminata, me encontraba un poco agitado y mi cuerpo transpiraba secretamente bajo la ropa. Pero me di cuenta de la hora que era y corrí a sacar la entrada antes de que fuese demasiado tarde.

Me asomé al ventanuco. En el interior, una señora me miró con cara de nada y posó una mano en el talonario amarillo de boletos a medio usar. Y así se quedó, sin decir nada. Como no parecía dispuesta a hablar, lo intenté yo. “Una entrada, por favor”, le dije en el tono más serio y neutro que pude. La mujer giró la cabeza para mirar un reloj que tenía detrás. Luego me miró a mí, que para ella, seguro que no era más que un visitante inoportuno e impertinente. “Estamos a punto de cerrar”, me dijo, con un tono más neutro que el mío, mientras rasgaba un boleto del talonario y siguió diciendo algo, pero ya no le presté atención. Le di el dinero y cogí la entrada de sus dedos. Recogí el cambio, arrastrándolo hacia el borde de la repisa con una mano, para recogerlo con la otra, sin mirarla ni darle las gracias. No podía demorarme más.


De pronto, sin saber cómo, me encontré dentro del vestíbulo del museo. Qué había pasado y cómo había llegado hasta allí se han borrado de mi memoria. Simplemente, tomé conciencia de que estaba adentro, porque, como sabes, el aire que se respira en los museos siempre es diferente. Me pregunto si debo preocuparme por esta falta o lapso de gnosis.
El silencio me intimidó un poco. Había cuatro o cinco personas que caminaban con mucho cuidado, muy vueltos hacia dentro, alrededor del vestíbulo de entrada, entrando y saliendo, y volviendo a entrar en alguna de las salas, como si no supieran qué hacer con el tiempo que se les ofrecía y que, indudablemente, allí, pasaba de diferente manera.
Me di cuenta de que todavía tenía el dinero del cambio en la mano. Traté de calcular si era correcto y, entonces, de pronto, me vino a la cabeza una imagen del pasado: estaba en el colegio estudiando las fracciones. Sería quinto o sexto curso, y no comprendía por qué se debía hacer tal cosa, ni para qué. Recordé cómo la maestra intentaba explicarse por medio de porciones de tartas y quesos, o traslaciones de agua de una jarra a otra. Yo no la veía como a una maestra de escuela, sino como a una maga o malabarista.
Salí del recuerdo con la satisfacción de haber hallado  un fragmento del pasado que nunca había recuperado hasta aquel instante. Durante los últimos momentos en que duró la ilusión de ese recuerdo (el frío húmedo del aula; el olor sintético que despedía la rayada bata de tergal, como a polvo y a uno mismo y a algo más que no podría ahora definir; la distribución geométrica de los pupitres; la nuca de los niños que se sentaban delante de mí y cuyos rostros ya he olvidado), hice el esfuerzo de mantenerlo para futuras ensoñaciones, pero no supe qué hacer para lograrlo.  Pensé que, cuando me empeñaba en algo, nunca lo conseguía. Y recordé, también, cómo mis compañeros de clase intentaban enseñarme a mover las orejas, pero no pude entender cómo provocar los movimientos necesarios. Me explicaban que el truco era que las orejas no se movían directamente, sino que eran ciertos músculos de debajo de ellas y un poco atrás, en los que nunca pensábamos. Nunca pude localizarlos.

Entré en una sala en penumbra, y cuando los ojos se acostumbraron a la luz, ya estaba, sin duda, de vuelta en el mundo real: allí, delante de mí, estaban los huesos del enorme, terrorífico y desconocido animal carnívoro.


Sentí un gran interés; de inmediato, decepción. Alrededor de los huesos del animal habían levantado un gran andamio de metal, del que colgaban unas cortinas de plástico no del todo transparentes. Algunas partes del ensamblado óseo estaban tapadas. Eso debía ser lo otro que me había dicho la taquillera al comprar la entrada. Los andamios anulaban la vista del fantástico esqueleto. Era como si lo importante no fuera el animal, sino los andamios. Sentí rabia por no poder admirar tranquilamente la morfología del animal. Tuve la sensación de estar observando una de esas instalaciones modernas que nunca he podido entender. El poder, lo que llamaba la atención en aquella sala, eran los andamios. Por supuesto, no había nadie trabajando en ellos.
El conjunto de barras que rodeaba a la armadura animal daba una sensación de irrealidad, como el paisaje que pudiera quedar tras una explosión nuclear o como si lo que estaba viendo lo hubiesen traído de un sueño del pasado. Al menos, eso pensé en aquel momento.
En la sala había tres personas más. Una chica sentada en el suelo dibujaba con carboncillos lo que pudiera haber sido aquel animal de Tasmania. Añadía carne en cada hueco y vacío intercostal. Decidida, tiraba líneas aquí y allá, sombreaba y punteaba. Imaginaba el animal.
Mientras tanto, un vigilante que había detrás de ella estiraba el cuello cada tanto para espiar el progreso del boceto por encima de su hombro. A cada rato, la chica se corría el pelo detrás de la oreja; lo tenía lo suficientemente corto como para que se saliera constantemente de su lugar. Cuando eso pasaba, el pelo le tapaba un lado de la cara como una cortina. Era bastante guapa, a mí así me lo parecía, y tal vez eso era lo que buscaba ver el vigilante y no el dibujo.
La otra persona era un señor viejísimo, encorvado como un signo de interrogación. Estaba de pie en medio de la sala, frente a la construcción de huesos del singular animal, mirando a través de unos binoculares. Lo observé a placer un rato y tuve una sensación poco familiar. El viejo me parecía extraño y no supe explicarme por qué, no obtuve ninguna pista que me explicara aquella sensación tan rara que sentía. Sencillamente, era un señor viejo que miraba con unos binoculares en un lugar cerrado. Un hombre antiguo además de viejo, pensé, que venía de un pasado muy profundo y recóndito, que miraba a través del binóculo como si quisiera buscar la manera de crear una enorme distancia que lo separara de los demás que estábamos en la sala y, por el contrario, lo acercara a él a Tasmania y su exótica vida. Me pareció un tema para un cuadro: Viejo que mira con quevedos el esqueleto de un animal rodeado por andamios. Instintivamente, miré a la chica, que dibujaba con carboncillos.

El tiempo me pareció errado. Dentro del museo, el tiempo no era igual o así lo apreciaba yo. Miré el reloj y apenas habían pasado tres minutos, pero estaba seguro de que había estado allí por mucho más tiempo. Alrededor del motivo de mi visita, aquellos andamios. Quizás todavía no habían terminado de ensamblar todos los huesos y por eso permanecía la insidiosa estructura metálica, hasta quien quiera que fuese terminara el intrincado trabajo de acoplarlos. Pero no era solo el andamio lo que me turbaba.  Detrás de mí, colgado en medio de la pared blanquísima, había un extintor rojo, nuevo, reluciente, con el precinto, palanca y anilla en su lugar. Antes que disimularlo, parecían haber hecho lo posible para que destacara: un punto rojo en el centro de una pared completamente blanca. Cuanto más miraba el objeto bermellón, más me parecía el eje de algo, cada vez más fundamental. Me pareció un instrumento diseñado para sostener la pared y no al revés. Pensé que, en caso de incendio, sería mejor dejarlo ahí donde estaba; tenía algo de centro del universo y no sabía muy bien por qué, si se sacaba de su lugar, todo el museo se vendría abajo.

Damián. Me llegó de repente a la cabeza. Damián.

La chica que dibujaba interrumpió un momento su labor y me miró. Entendí que había dicho el nombre en voz alta. Algo me resultó muy incómodo, pero en aquel momento no pude definirlo. Cuando volví a posar la mirada en el extintor que sostenía el universo, la ilusión y el recuerdo de Damián empezaron a recuperarse. “Claro, Damián”, pensé.

El mismo olor sintético de la bata rayada, aquella nuca que ahora comenzaba a tener rostro, algún momento colegial todavía impreciso... Estaba claramente sosteniendo la mano de un niño nuevo: Damián. Me sorprendía sentir la mano de Damián como cualquier otra mano. Mi objetivo era que Damián mantuviera la vista al frente, concentrado en lo que había que hacer, que era caminar en fila sin soltarse y sin hablar, cuando nadie más ni siquiera lo intentaba.

El incendio no era real. Era un juego o eso nos dijeron. Estábamos jugando, todo el colegio jugaba, pero el sonido de la alarma era real. Salíamos en fila de dos en dos, agarrados de la mano... Como mucho, sería en cuarto o quinto curso, no podía haber ocurrido después, pues no hubiéramos ido de la mano. Por encima de las cabezas de los niños, veía a la maestra. Caminaba de espaldas por el pasillo, delante de nosotros, de cara a nosotros, y no nos quitaba ojo. Nos gritaba para que saliéramos en orden y en silencio tras ella. El pasillo entero me aturdía; todas las clases estaban afuera, a lo largo del pasillo. Todos gritaban y reían. Nadie se estaba quieto. Unos empujaban a otros. Mientras tanto, la ensordecedora alarma no para de sonar. Los gritos de la maestra, tampoco. Cuando miré a Damián, me sorprendieron la dureza y la gravedad de su rostro. Miraba callada y exclusivamente al frente y su boca era apenas un puntito. Era el único que iba así, tan concienciado y concentrado en las instrucciones. Yo giraba la cabeza a un lado y a otro para comprobar a los compañeros que tenía alrededor, les llamaba la atención, soltaba algún grito disimulado o una risa. Realmente, me sentía un poco incómodo, porque de entre todos mis compañeros de clase, justo a mí me tocó ir con Damián, el nuevo.
La fría mano de Damián se ajustaba cada tanto y con firmeza a la mía. Cuando yo intentaba soltarme un poco de su mano, él apretaba con más fuerza.

Nadie había jugado mucho con él, porque no sabía o no quería hablar. Llegó a mitad de año con dos hermanas mayores que él, una en sexto y otra en octavo. Una vez, Damián llevó al colegio un juguete extraño, algo que nunca habíamos visto. En el recreo, lo tenía dentro de una caja impresa con dibujos de colores que parecían letras o signos chinos. La foto sugería algún tipo de nave espectacular con luces. Todos salimos detrás de Damián y él se detuvo en el rincón del patio que siempre usábamos nosotros. Hizo un gesto serio, adulto, y sacó con excesiva ceremonia el juguete de la caja. Nunca vi lo que era, porque los demás se abalanzaron y tres o cuatro trataron de quitárselo de las manos, para probar qué cosas extraordinarias podía hacer la nave, o lo que fuera que fuese aquel juguete. Damián empezó a gritar; unos chillidos que no querían decir nada. Eran sólo eso: gritos. Uno de los niños corrió con un pedazo del juguete en la mano, una especie de cubierta cóncava y transparente, que tiró por ahí después de un rato, cuando comprobó que no le servía para nada. Después, jugamos unos al fútbol y otros a las canicas. Damián se fue llorando con la caja vacía y nunca más trajo nada. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a que Damián estuviera siempre por ahí, por su cuenta, jugando, solo, a cosas que no entendíamos, con imaginarios robots extraños o inexistentes cartas desconocidas. Cuando alguien se acercaba para verlo jugar, unas veces, Damián no decía nada, y otras veces, pasaba de largo y pronunciaba alguna palabra extravagante como para invitarte a ser raro como él.

Íbamos de la mano a través de un fuego imaginario. Al lado nuestro pasó la clase de octavo completa, que gritaban y empujaban todavía más que nosotros, que éramos más pequeños. Su maestro movía los brazos y lo que decía no se escuchaba por el ruido. Uno de los chicos de octavo salió corriendo, rompiendo las filas. Dos más lo siguieron. Entonces,  giré la cabeza y miré a mis compañeros de clase que había detrás de mí y de Damián. También se desbandaron y corrieron tras los de octavo. La alarma no dejaba de sonar. Salieron corriendo como indios, con una vocal pegada a la boca, como sirenas humanas. Le solté la mano a Damián para seguirlos, pero cuando intenté ir hacia adelante, Damián no me había soltado a mí. Empecé a tirar, sin éxito, pues sólo pude desplazarme un par de metros. La maestra se dio la vuelta para ver a los cuatro de mi clase que se le habían escabullido entre las demás filas de otros cursos.
Yo le gritaba a Damián que me soltara, pero él no me hacía caso: me agarró del brazo con la otra mano y no sé qué movimiento hizo, pero de golpe yo estaba de vuelta en la fila. El maestro de la clase de octavo salió corriendo para traer a los que se le habían escapado, y nuestra maestra, ahora controlaba cuatro filas de chicos en vez de dos. Entonces, la mirada de ella y la mía se cruzaron en el momento justo que yo intentaba librarme de Damián. No sé qué vi, qué mensaje me envió ella a través de todo el ruido, pero me asusté.

Cuando nos inmovilizaron a un lado del pasillo, todavía estaba llorando. No sabía cómo habíamos llegado ahí. La maestra contaba las parejas de nuestra fila con los dedos índice y corazón en uve. Los que se habían escapado ya estaban de vuelta en su lugar, intentando no reír, con fingida cara seria. Yo sabía que el simulacro de incendio había sido un fracaso.

Me sequé los mocos con todo el antebrazo cuando la maestra llegó a mí. “¿Dónde está Damián?”, me preguntó, abriendo mucho los ojos. Miré a un lado, no estaba. Miré al otro lado, no estaba. Después me miré las manos. Damián no estaba. Yo era el único que se había quedado sin pareja. Así que empecé a llorar.
La maestra empezó a gritarme, a exigirme, a demandarme...
Yo no sabía. Solo lloraba.

Cuando todo terminó, Damián no apareció. Tampoco los policías lo encontraron más tarde. Me preguntaron muchas cosas durante muchos días, pero Damián nunca volvió. Nunca llegó a salir del incendio.

Me descubrí en la sala del museo de golpe, aturdido, ansioso, con la mirada fija en una de las barras del andamio. La chica seguía con su dibujo, pero hablaba de algo con el vigilante, sentada y de espaldas a él, sin levantar la vista del cuaderno de dibujo. Las palabras de aquella conversación retumbaban demasiado en toda la sala. El viejo de los anteojos se mantenía en la misma posición como una estatua o como si estuviera sometido a algún experimento espacial-temporal. Me preguntaba de dónde había venido el recuerdo de Damián.


Traté de regresar a la realidad y observar el animal de Tasmania, pero las líneas horizontales y verticales trazadas por las barras del andamio me distraían del esqueleto y mi mirada se desviaba hasta ellas sin remedio. Tal vez eso fuera lo que miraba el viejo de los binoculares, que todavía no se había movido: cada tornillo y cada codo de aquella estructura. Algo en esa composición (huesos y metal) era incoherente. Más aun, me provocaban una especie de cortocircuito. “Lo incoherente”, me dije, “es que no puedo separar una de otra”. Pero no era exactamente eso. Seguí mirando el andamio, hasta que entendí que esas barras tenían algo que ver con la presencia del extintor en la pared que había a mis espaldas. Las barras del andamio tenían su propia manera de imponerse, de comerse lo expuesto, que debería ser lo importante. Mi mente empezó a embotarse. Se me ocurrió que, de alguna manera, el andamio me llamaba más la atención, porque el esqueleto del animal de Tasmania era un reclamo, un anzuelo, una trampa en la cual había caído. Había algo terriblemente errado en aquella sala. Algún error peligroso, porque, por otro lado, parecía de lo más natural. “Si uno se acercaba a la taquilla del museo, sacaba su entrada, caminaba un rato por las salas de exposición y luego se iba a casa a cenar, satisfecho con haber visto los huesos del animal de Tasmania, tal vez a escribir una carta después de una comida frugal, entonces uno nunca se daría cuenta de que algo estaba mal”, pensé para mí mismo. Pero si bien yo había entrado al museo exactamente con esa intención, algo había pasado, algo me había pasado, y era imposible no ver los contornos enormes de ese error, pero sólo los contornos. En el fondo, el andamio también se exponía disimuladamente, lo que no quería decir que fuera menos importante. El andamio simulaba no ser más que un aperitivo y que yo no era más que un visitante irritado por la presencia de aquellas barras metálicas...

Pasé la mirada por el viejo de los binoculares, por la chica que cerraba su cuaderno de dibujo y por el vigilante. Los tres estaban en la misma posición espacial. No sabría decir si estaban un poco más exentos de todo. A diferencia de lo que podía pasar cualquier otro día, nadie se movía de su lugar, eran estatuas eternamente vueltas hacia dentro, que nunca llegarían a explicarse el espanto que es el tiempo o el error de aquel lugar. Tal vez fueran actores.

En mi reloj eran las siete y cinco. Nada más. Ya ni pensaba en escribir esta carta. Pensaba que no sabría cómo escribirla. Porque en el fondo, no me había sucedido nada, aunque me hubiera sucedido de todo. Lo único que pude hacer fue preguntarme si no habrían cerrado ya la última salida. O a dónde me llevaría exactamente, en el caso de que siguiera abierta.





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