AURORA


Sé de antemano que esta carta nunca te llegará y que quedará entre las cálidas y secas hojas de algún libro, escondida, nunca olvidada. Tus ojos no verán jamás las palabras confitadas que de mi pluma se deslizan hasta la inmaculada hoja de papel haciéndome sentir culpable del amor que siento por ti. Acaso, ni siquiera termine de garabatear los pensamientos que arrollan mi juicio, el sentido común que nos impone la vetusta humanidad  que domina al mundo en que vivimos. No habrá providencia alguna de que el viento arranque esta misiva de mis manos y la haga llegar a tu regazo, que en un futuro no muy lejano, será resguardo de algún joven afortunado, que no seré yo. Puede que ni termine el tormento que supone escribirte esta carta, aún sabiendo que nunca la leerás. ¿Hay dolor más grande que la pena lenta, pero implacable, de querer y no ser querido? ¿Qué sufrimiento puede compararse con el de saber que tu cuerpo  nunca será mío? ¡Saber que tu boca y la mía jamás apreciarán el roce jugoso de nuestros labios! Tu sexo totalmente prohibido al tacto de mis dedos. Tu cuerpo inexperto a merced de mis deseos... Nunca.

Cuando te veo sentada en tu pupitre frente a mí, todo lo demás desaparece.  Tú y nada más. Mis clases te las doy a ti. A ti van dirigidas las palabras que pronuncio, los ejemplos, las explicaciones, el movimiento de mis manos cuando hablo, el balbuceo de mi voz cuando me miras, la alegría que siento cuando sé que me escuchas, mi dolor si veo que te aburre mi lección, todo mi amor, todo mi ser es para ti, Aurora...

Me gusta tu nombre porque no hay diminutivo para él: Aurora. Mi luz, mi luciérnaga. Verte cada día en el aula: mi meteoro luminoso particular. Ojalá pudiera beber tu nombre, acariciar tu rostro perfecto, tu cuerpo adolescente, tuyo y de nadie más, sólo para los ojos que se maravillan al verte...

Cuando estás sentada frente a mí, con las piernas jónicas cruzadas, mis ojos se pierden en las oscuridades de los pliegues de tu falda. Tu sexo oculto, cobijado,  abrigado por los muslos prietos que, alguna vez que otra, se despliegan para volver a cerrarse y arropar de nuevo tu flor, mientras que mi verga se deslía, decidida, dentro del pantalón prisionero. ¡Cuántas veces ha llorado mi príapo la simiente sin querer, aunque sin poder remediarlo! ¿Habrás notado mis palabras entrecortadas mientras te miraba y me vaciaba avergonzado, disimuladamente? La mano en mi entrepierna acariciando con un vaivén mecánico el miembro que no piensa, que sólo codicia lo que cree que de verdad merece: lo que se le niega injustamente por el estupor que supone  la implacable vorágine de tu inmaculada inocencia. No sabes el dolor que siento cuando me vacío mientras escribes tus notas, apuntes ordenados de letra limpia en tu cuaderno cuadriculado, ajena al placer humillado que siento por la indiferencia propia y natural de tu rostro ingenuo...

Aquella vez que llegaste tarde y te acercaste a mí encogida y avergonzada, con una nota de tu madre explicando el retraso y que nunca leí, pues ya estabas perdonada de antemano, mi Aurora, mi tesoro... Tu olor a agua de colonia infantil al pasar a mi lado. Ese giro leve dándome la espalda mientras caminabas hacia tu mesa, aterradoramente vacía hasta aquél momento  que volvías a ocuparla con tu cuerpo... El inmenso vacío del aula quedó lleno con tu falda de flores primaverales: flores sobre otra flor todavía más perfecta, más bella, más hermosa... Ese olor tuyo de rosas frescas, que me embriaga y me transporta hacia una delicada telaraña a punto de romperse, a la locura, a la insensatez, a casi gritar, suplicar: Aurora, quiéreme...

Cada vez que me masturbo pensando en ti siento vergüenza. Pienso en tu cuerpo desnudo, en mis manos sobre tus pechos pequeños, en la presión húmeda de nuestros labios, tus ojos cerrados por la timidez, tus pies fríos y en un ligero temblor de tu abdomen antes de que tu orquídea jugosa acepte sin temor mi fuste decidido.

En sueños, recibo tu sexo caliente en mi boca, que espera entreabierta y ansiosa el almizcle que lo rodea. Saco la lengua y la paseo por toda la ecuación rosada, deteniéndome en el gracioso botón que hace que te estremezcas agarrando mi pelo fuertemente con tus delicados dedos de niña traviesa. En el momento que más gimes, paro y subo hasta tu ombligo ensalivándolo todo... Sin despegar la lengua de tu cuerpo, subo haciendo círculos mojados en tu piel, mientras tú te ríes por las cosquillas y subo un poco más para detenerme en tus pechos no definidos del todo, todavía, para morder suavemente las fresillas de tus pezones... Y vuelvo a bajar lentamente, aunque agitado, por todo tu cuerpo, sin despegar mis labios de tu piel, y llegar a tus pies. Tiemblas por el ligero temor de encontrarte junto a mí, sin saber qué es lo que voy a hacerte.

Muchas veces me he imaginado desnudo a tu merced... para enseñarte. Tú tocas con la boca y señalas con la lengua pedacitos de mi cuerpo con un redondel húmedo y caliente: ¿qué es?, me preguntas...  Yo respondo con un suspiro de gozo entrecortado: eso es mi mentón, y tú ya lo sabes... y vas bajando poco a poco haciéndome sufrir por esa lentitud que me excita y tanto deseo: ¿y esto?... el ombligo, ya lo sabes también... y bajas un poco más volviendo a señalar con tu lengua: ¿y esto?..., esto es el pene, Aurora, el falo, la verga, príapo o méntula, pudendo o bálamo, mi polla, Aurora, mi polla... Pero tú ya ni me escuchas: tu boca rodea mi glande, succionándolo, mientras tu lengua juega con en el prepucio y con el frenillo... palabras que dejo para otra lección, pues eyaculo y mi esperma caliente choca en el fondo de tu garganta... Lo tragas ansiosa, mientras tus ojos me miran fijamente y yo cierro los míos avergonzado.

Quiero más, me dices...

Lejos de desvanecerse la imantación de tu cuerpo cuando la clase termina y te vas, yo, sigo envarado en el aula hasta que todos habéis salido... ¡Cuántas veces me he dirigido por el pasillo vacío, entre mesas desiertas, y me he arrodillado al lado de tu silla y he inclinado mi cabeza hasta ella para oler el lugar donde tus nalgas han estado posadas durante horas! ¿Cuántas veces habré lamido el asiento de tu silla vacía llorando como un niño? ¿Cuántas veces me he sentido avergonzado por ello? ¿Hasta cuándo?




UP & DOWN

UP



-Jan llamando a Poc, Jan llamando a Poc... ¡Nada, no responden! ¿Qué vamos a hacer, Van?

-Estamos en una situación delicada, y no hay tiempo que perder. ¿Sabes lo que significa la falta de carburante en este rincón de la galaxia? ¡Es el fin!

-Todavía tenemos una posibilidad, Van.

-¿Cuál?

-Llegar a la piedra gigante interestelar que tenemos frente a nosotros.

-¡Claro, podemos coger la energía que nos falta de sus minas!

-¡Exacto!

-Pero, ¿cómo podemos llegar hasta ella? Los trajes espaciales están rotos, después de la colisión que tuvimos en Arrakis, y no podemos salir al espacio exterior sin ellos.

-Queda una posibilidad.

-¿Cuál?

-Podemos subir hasta la rampa  del nivel Atoris y deslizarnos hasta la piedra interestelar.

-¡Es muy peligroso! ¿Qué haremos con las perturbaciones eléctricas?

-Ya sé que es peligroso, pero no tenemos otra salida.

-Es verdad, o eso, o nuestro fin. No hay otra solución.

-Tenemos que ir. ¡Podemos hacerlo!

-¡Vamos!

-Espera, iré yo primero.

-No. Déjame pasar a mí primero. Las barras autoelectromagnéticas podrían alcanzarte, y ya sabes que a mí no me hacen nada. Soy inmune después de la descarga que tuve en Atoris.

-Vale, pero ten cuidado, no me gustaría perder a un amigo.

-No te preocupes, si pasase algo, moriríamos juntos.

-Van...

-¿Qué, Jan?

-Ten cuidado.

-No te preocupes. Iré desconectando las barras autoelectromagnéticas a medida que vaya subiendo. Tú sólo tienes que seguirme.

-¿Y que haremos con las perturbaciones eléctricas?

-Eso es cuestión de suerte, Jan. Tenemos que ser valientes. No hay otra salida.

-Sí, tienes razón. Venga, subamos ya, no tenemos mucho tiempo.



Iván y su amigo Juan subían por los tubos de hierro a modo de peldaños del tobogán del parque infantil de Balaguer. Mientras subían movían sus cuerpos a un lado y a otro, como si los balanceara un terrible viento y movían los brazos para apartar obstáculos invisibles...



-Ya queda poco, ánimo Jan. ¡Lo vamos a conseguir!

-Estoy sin fuerzas, ¡ayúdame!

Iván cogió a su amigo de la mano y estiró con fuerza hacia arriba.

-¡Lo hemos conseguido! Ahora solo tenemos que deslizarnos por la rampa con cuidado, para llegar a la piedra gigante interestelar. ¡Vamos, Jan!

-¡Cuidado!


DOWN


Siete... seis... cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡cero!

A resultas de una catástrofe espacial, Iván cayó en la superficie de un extraño planeta, liso y aparentemente estéril, como una gran bola de billar. No obstante, descubrió una asamblea increíble, como un muestrario de todas las razas pensantes de la galaxia, congregada en torno a una misteriosa pirámide de talla colosal, inmovilizada allí, acaso desde milenios, en un aparente estado de inmortalidad... Pero Iván, siempre curioso, descubre que, en realidad, la pirámide es una especie de nave espacial dotada de conciencia, que había estado esperándolo para transportarlo, junto con las otras razas, hacia un destino fabuloso: el mítico planeta paradisíaco Edena. No se lo dijo nadie, pero estaba seguro de ello, lo sabía. De vez en cuando, le parecía ver a su madre y a su amigo Juan, pero rápidamente desaparecían entre la multitud que había dentro de la pirámide transbordadora, que ya había iniciado el despegue, rumbo a Edena. Estaba cansado y le dolía la cabeza, así que decidió dormir un poco, reclinado en unos de los sillones galácticos a la espera de nuevos acontecimientos... Lo despertó una fuerte sacudida debida a los fuertes vientos solares que seguro circulaban en aquel momento por el espacio interestelar y le pareció volver a ver a su madre, que aparecía y desaparecía sin que él pudiera hacer nada. De pronto, el sonido de una sirena ensordecedora traspasó sus oídos y volvió a ver a su madre por unos segundos. Sería la última vez que la viera. Por los altavoces de la nave piramidal anunciaban una fiesta multirracial en el salón K-19 que invitaba a todos los pasajeros a acudir y a divertirse antes de llegar a su destino. En el salón todo el mundo hablaba animadamente, entre risas y gritos:



-Que sí, que sí...

-Acepto el trut y las explicaciones, ¿o qué te crees?

-...nada más aterrizar en aquel asteroide, los ordenadores se volvieron locos.

-No hay explicación. Es un misterio que nadie sabe cómo afrontar.

-¿Nosotros somos los más antiguos?

-...con los convertidores de materia, nunca se sabe.

-Y después llegó la impulsión.

-Es el trut más bueno que he comido en mi vida.

-¡Atan, amigo mío! ¡Tú por aquí!

-...exactamente, un proceso telepático irresistible...

-Yo creo que la pirámide no tiene tripulación.

-Acabo de llegar.

-Con o sin ella, no hay nada que hacer.

-Pásame un poco más de trut.

-¡Uy, qué moderno!

-...claro, claro, ¿de dónde crees tú que sacan la filusprita?

-...se me enredó el tentáculo en la...

-¡Yo sí que lo sé, yo sí que lo sé!

-...no, ahí no. Tócame aquí, ¿lo ves?



De pronto, una voz pregrabada informó de que estaban a punto de aterrizar en el planeta Edena y de que, por favor, hicieran colas uniformes en cada una de las cuatro puertas de salida. Iván corrió hacia una de ellas...


CONSANGUÍNEO: GLADYS-35

¿Por qué?

RUBIOS Y LEONADOS GIRASOLES



Desde hace algún tiempo, muestra, a veces, cierto aire absorto, una expresión de ausencia. Se le paran las manos en medio de un trabajo, interrumpido el gesto, distante la mirada; realmente, nada tiene esto de extraño, de no ser porque los pensamientos que la ocupan se resumen, todos ellos, aunque con infinitas variaciones, en esta pregunta: ¿Porqué a mí? Ahora mismo, se encuentra sentada frente al espejo de su habitación, cara a cara consigo misma, retándose con la periódica pregunta que nunca se contestará, pues no hay respuesta que valga, que la libere del tormento viciado que sigue enmarañado en su pensamiento. Las manos caídas sobre su regazo,  ocultas en el reflejo del espejo, permanecen inmóviles y es extraño verlas así. Esas manos ágiles y nerviosas que siempre se habían movido como mariposas, están ahora muertas, ajenas a todo, secuestradas por el olvido. De tanto en tanto, su cuerpo da un respingo, como si fuera verdad que hubiera alma y quisiera salir de golpe, y mira al espejo asustada sin saber por qué, y se da cuenta de que es de ella misma de quien tiene miedo, y observa su cara aterrorizada, y, al instante, comprende y comienza a llorar. Esa sangre blanca, que son las lágrimas, se hasta caer sobre distintas partes del  camisón estampado de pequeños girasoles que lleva puesto, y no parece que sea la tela la que absorbe, sino los mirasoles impresos que beben, sedientos, como si de lluvia se tratara; y es verdad que pareciese que crecieran. Incluso ella lo cree al bajar la mirada, pero no es más que la ilusión óptica, de las lágrimas que empañan sus ojos aturdidos, proyectando la visión como si fueran lupas envenenadas. Sus párpados se cierran para no ver y, tras unos segundos, vuelve a abrirlos para encontrar de nuevo su rostro en el espejo. Ya no llora. No le hace falta. De nada le sirve demostrar su pena. La tristeza que la embarga no necesita de lloros para que se vaya; necesita un milagro o un sueño eterno o, tal vez, perder definitivamente la razón para no saber ni pensar. Le gustaría vivir una vida ilógica que la apartara  del sufrimiento que la atormenta hace ya algún  tiempo. Pero esto no sucederá. La aflicción le consumirá el corazón entero. Sus noches serán largas y espesas. Vivirá consternada una vida llena de quebrantos. Y la pena se acomodará, agobiante, en todo su cuerpo, como ahora, sentada en una incómoda silla durante horas frente al espejo, que le devuelve, implacable, la verdad: la palidez de su cara por el sinsabor de su existencia. Ni siquiera ve otra cosa reflejada ante ella, algo que la distraiga de su angustia, algo que la haga olvidar durante unos minutos, al menos, la amargura que la carcome sin piedad. No puede; tiene que padecer el punzante desconsuelo que le ha tocado. Y vuelve a preguntarse (¿para qué?): ¿Por qué a mí? Y sigue sentada, clamando a Dios, con el alma partida durante unos minutos más. Hasta que su cuerpo, más inteligente que su pensamiento, decide levantarse. Camina hacia la cama; es tarde ya y debe dormir. Tiene miedo, pues le cuesta reconciliar el sueño. Aunque le asusta más que suene el teléfono. Sólo de pensarlo se le encoge el corazón. No quiere ni mirarlo y pasa por su lado ignorándolo, pero sabe que está ahí y  un escalofrío le recorre la espalda. Ya en la cama, se acurruca bajo la manta, cierra los ojos y piensa: Que no suene, por favor. Le tiembla todo el cuerpo, no de frío, sino por el suplicio que la tortura, el no saber o, por el contrario, el saberlo todo… Antes de quedarse dormida abre los ojos y ve el teléfono como si de un monstruo se tratara. No suenes, no suenes, no suenes, susurra, sin dejar de mirarlo...
Y suena. El teléfono suena. Se para el tiempo. Todo queda inmóvil, anormalmente suspendido. El pensamiento se le desordena. Se le nubla la vista. Su corazón late con inusitada fuerza. Se le atraviesa un nudo en la garganta. Alarga el brazo hacia el teléfono, pero no descuelga. Espera unos segundos, pero el maldito aparato no deja de sonar. Descuelga y pregunta, angustiada: ¿...sí?

LA AMENAZA ANARANJADA



Cero

Y allí estaba: por el sendero, entre los árboles del bosque que daban a la base espacial, creímos ver cómo se arrastraba una forma imprecisa y anaranjada que venía hacia nosotros. Estuvimos largo tiempo escrutando entre la frondosidad, observando cómo lo inerte tomaba vida gracias al viento y a la lluvia; intentando descubrir si era cierto o no lo que en un primer momento creímos ver... Pero no hubo nada más. Nerviosos, corrimos las cortinas para no ver más allá de nuestras moradas. No queríamos ver. Lo desconocido nos daba miedo.

Uno

Una noche, mientras dormíamos, sentimos un peso encima de nosotros, como si algo, no sabíamos qué, nos aplastara contra la cama. Intentábamos despertarnos, nos esforzábamos en abrir los ojos, pero no podíamos; no lo conseguíamos, ni yo, que tengo el sueño ligero, ni el resto.
Algo controlaba nuestras fases del sueño. Notábamos aquella fuerza aplastándonos contra el colchón y nos sentíamos indefensos. Luchábamos por despertarnos, pero era inútil. Finalmente, comenzamos a gritar en sueños y nuestro propio grito nos despertaba. Encendimos las luces y todos pudimos ver un destello naranja. También oímos un murmullo, parecido al siseo de una serpiente. Cada uno de nosotros notó una presencia en su habitación, pero no la podíamos ver, sólo la presentíamos.

A la noche siguiente, volvimos a notar algo extraño. Ya no era un peso que nos aplastase contra el colchón. Ahora, era algo que tiraba de nosotros y que intentaba llevarnos a una especie de inframundo siniestro. Teníamos la sensación de que salíamos de nuestro cuerpo, de que nos despojábamos de nuestra carne y nos dejábamos llevar hacia algo tenebroso. Y, como la noche anterior, no podíamos despertar de aquella pesadilla. Veíamos una sombra naranja y cegadora que emitía un alarido torvo e iracundo.

Y así, varias noches seguidas. Nos sentíamos presas acorraladas debido a aquella sensación amenazadora y primitiva. Algo venía mientras dormíamos. No sabíamos exactamente sus intenciones, pero de una cosa sí que estábamos seguros: aquel ser no iba a dejarnos en paz y seguiría viniendo cada noche hasta conseguir aquello por lo que sólo Dios sabe había venido. Fue entonces cuando decidimos huir en busca de la salvación.

Dos

Hace muchos días que vagamos por el espacio, sin saber exactamente dónde estamos. Aún nos quedan provisiones de sobra para varias semanas, pero la tripulación empieza a agobiarse al no encontrar nada similar a un planeta habitable. De vez en cuando, vemos algún que otro meteorito que pasa cerca de la nave. Al principio de nuestra errada travesía, nos asomamos todos a las escotillas para verlos pasar, a veces, muy cerca de nosotros, pero hasta eso ya ha perdido su emoción y nos parece aburrido... Sentimos que no tenemos nada que hacer, nada de qué hablar... Si no encontramos pronto algo de interés, vamos a volvernos locos. Sabemos que tenemos que tener paciencia, aunque cabe la posibilidad de que nuestra huida sea una misión fallida.

Tres

Un día, cuando ya todas nuestras esperanzas estaban olvidadas, vimos una forma verdosa a lo lejos, a la derecha de la nave. Podría ser un asteroide o un planeta. La tripulación se puso como loca: esperaban poder bajar y estirar las piernas fuera de la nave.

Pasadas unas horas, la nave se poso en un terreno ligeramente abrupto y desconocido. Parecía que hubiéramos llegado a un extraño planeta de arena verde y singular vegetación de color morado y rojizo. Bajamos de la nave ordenadamente. ¿Habíamos, por fin, conseguido salvarnos?

Cuatro

Nos fuimos acercando a un pequeño y misterioso cráter de donde procedía un agudo silbido.  A cada paso que dábamos, el pitido se hacía más fuerte, haciéndose casi insoportable. El cráter era bastante más grande de lo que pensábamos: como una piscina olímpica. Era hondo y oscuro. Teníamos miedo. Nadie decía nada. Temblábamos. Nos mirábamos unos a otros, incrédulos. Sudábamos. El ambiente era muy húmedo. El zumbido era tremendo. Nos asomamos desde uno de los bordes del cráter e intentamos ver algo en la negra profundidad.

Creímos ver algo que se movía en la negrura. Nos pusimos muy nerviosos. Unos decían que sí, que algo se movía. Otros, que no, que era el miedo que sentíamos lo que nos hacía ver cosas inexistentes. Alguien propuso que las mujeres y los niños volvieran a la nave.

De pronto, una de las mujeres gritó que había visto un destello naranja en la profundidad del cráter. Callamos todos. En efecto, todos pudimos ver una pequeña luz naranja que, poco a poco, iba agrandándose. No había duda de que se estaba acercando a nosotros y el pitido se hacía cada vez más agudo.

-Es grande.
-Es enorme.
-Tiene tentáculos.
-No. Son haces de luz naranja, estelas de luz que deja al moverse.
-¿Qué deberíamos hacer?
-Volvamos a la nave.
-Se ha parado.
-Está quieto.
-Volvamos a la nave.
-Nos está observando.
-Está esperando.
-Nos mira.
-Es grande.
-Es la luz que desprende lo que le hace parecer grande.
-Es pequeño.
-Es como nosotros.
-Nos observa.
-Tiene varios ojos.
-Ocho o diez; sí, muchos.
-No, sólo tiene dos, fijaos bien.
-Es viscoso.
-No, lo parece, pero es porque toda su piel brilla y parece mojada.
-Es la humedad del ambiente.
-Parece que gotea.
-No puedo soportar el zumbido, es inaguantable.
-A lo mejor el monstruo no es el culpable del silbido.
-Es la presión atmosférica.
-Sí, tened en cuenta que estamos en un planeta desconocido.
-Avanza otra vez hacia nosotros.
-Se acerca.                                                                 
-¿Deberíamos enfrentarnos a él?
-A lo mejor no nos quiere hacer nada.
-Hemos invadido su territorio.
-Nos quiere matar.
-¡Mirad!
-¡Hay más!
-Yo no veo nada.
-Sí, en el fondo, abajo. Hay más luces naranjas.
-Sí.
-Hay cientos.
-Miles.
-Nosotros también somos miles.
-Se acercan.
-Vienen por nosotros.
-Volvamos a la nave.
-¡Corred! ¡Corred!
-¡Corred hacia la nave!

Cinco

Sabíamos muy bien que nos estábamos alejando. No estábamos seguros de qué, pero definitivamente nos sentíamos al margen. No era tiempo de retomar el camino, sino de perderse en la luna o recostarse en una piedra sin brillo, de adentrarse por un sendero oscuro repleto de aullidos. No había excusas: nuestra imagen reflejada en los espejos de la nave era tan verdadera como el egoísmo o los placeres mundanos. ¿Somos quienes decimos ser? Nuestra imagen nos molestaba. Nos veíamos abatidos. Nuestros ojos no brillaban como antes. Nuestro pelo era más claro, más infantil. Y nuestra voz sólo hubiera podido cantar alguna que otra canción cansada. No estábamos seguros de querer ser lo que éramos. Por eso huíamos. ¿Cuándo preferimos ser cuerpos sin corazón, con alma de cristal, que pasan por el tiempo sin dejar huella alguna? ¿Desde cuándo éramos así, unos locos soñadores de hielo? No nos pertenecíamos.

Curiosamente, nos sentíamos valientes. Nos jurábamos y nos prometíamos que nunca más íbamos a mentir. Aquellos seres anaranjados eran los cobardes, los que nos odiaban, e incluso, se les perdonó el dolor que nos causaban. Éramos nuestro propio Dios y nos bendecíamos a nosotros mismos con mentiras piadosas. Nuestros corazones no tenían descanso. Intentábamos huir de nosotros mismos, pero todo esfuerzo era en vano. Mientras vagábamos por el espacio recordábamos amores que nos golpearon y nos derribaban sobre la nieve cegadora, dejándonos el corazón herido y los ojos agotados por el dolor de tanto llanto. Aquellos días de sueño arrebatador, de anhelo desasosegante de paz, de visiones fugaces del rostro amado, de penosas horas de sueño y muerte, quedaban atrás; y con el paso lento del tiempo, encontramos el dulce e inesperado consuelo en las sombras y el aliento de bólidos y meteoritos, de cometas y estrellas milenarias que quizás ni siquiera ya existían.
El miedo a las luces naranjas no disminuía. Queríamos descansar, dormir, y abrir los ojos en un sordo despertar en nuestras cámaras hiperbáricas.

No queríamos que nuestras vidas transcurrieran a ciegas, llenas de desperdicios y penas. Queríamos despertar y recordar los besos antiguos; incluso el frío dolor que crece ante la poderosa dicha de ojos somnolientos y manos perdidas. Pero sólo recordábamos todo aquel remordimiento por los escasos que fueron nuestros besos. Ahora, observábamos por las escotillas planetas que nos recordaban labios marchitos, trémulos por la inquietud de saberse olvidados. Llorábamos por amores muertos sin saber que el amor rara vez es verdadero. Extrañamente, de vez en cuando,  se nos dibujaba en los labios una sonrisa, que permanecía anclada durante varios minutos en nuestros pálidos rostros descarnados: exhalábamos palabras en suspiros de vientos invernales... A través del silencio sideral, nos sentíamos como flores abiertas que revelan el corazón que no tienen. Éramos animales heridos, como si saliéramos de nuestros cadáveres para buscarnos a nosotros mismos. Y, a veces, nos encontrábamos. Nos veíamos y nos reconocíamos como seres anaranjados. Entonces, cerrábamos los ojos y seguíamos soñando con ser lo que no éramos. Los asteroides nos susurraban los días perdidos, los que no vuelven o vuelven diferentes. Cerrábamos los ojos ante el miedo de no saber quiénes éramos. Apartábamos de nuestra mente el recuerdo de aquellas luces naranjas. Volvíamos a cerrar los ojos y soñábamos con grandes olmos que se alzaban solemnes en la hierba, combados sobre el oculto mundo de nuestros pensamientos... Éramos espectros deslizándose por los interminables pasillos de la nave, negando las formas de la alegría y la razón. Nuestros rostros ocultaban lo que nadie hasta ahora ha podido adivinar. Huíamos.
Infinito
Y cuando nadie se lo esperaba, volvió. O volvieron, si es que hubiera más de uno. Toda la tripulación se sintió amenazada de nuevo. Igual que un rayo silencioso aprisiona la luz en un momento,  fuimos capturados en el plomo anaranjado de nuestra propia soledad. Quedó de nosotros lo secreto: nuestro secreto bajo tierra sepultado, pintada nuestra figura donde apenas la luz penetra y el susurro de las voces llega apagado. Nuestros rostros ausentes y, sin embargo, impresos como lluvia de otro tiempo... Podíamos oír los anaranjados pasos detrás de nosotros (como pompas de jabón explotando).
¿De qué nos servía huir? Aquellos seres nos perseguirían allá donde fuéramos.
Desde entonces, permanecemos expectantes, vigilando. Nos miramos unos a otros al cruzarnos en los pasillos comunes de la nave y nos creemos enemigos. Desconfiamos. Pensamos que el otro es ya un ser naranja y que cualquier día nos atacará para llevarse nuestra alma. Cuando hay lluvia de meteoritos, nos encerramos en nuestros habitáculos y rezamos a un Dios inexistente.
Ni siquiera queremos volver a nuestra tierra, pues allá donde vayamos, nos encontraremos con nosotros mismos y con nuestros miedos. No hay nada que hacer, cada día que pasa, nuestros cuerpos son más anaranjados.
En una mota de noche sumergida, nos hemos quedado dormidos. Nuestro llanto ha ido brotando mansamente de nuestros ojos, pues, sin pretenderlo, nos hallamos en el mismo punto donde los destellos naranjas habitan. Nos cogemos de la mano y reptamos por los corredores de la nave, mientras observamos, horrorizados, nuestros rostros de color anaranjado, reflejados en los cristales de los meteoritos que, amenazantes, rozan los laterales de la nave. Y nuestros sueños de salvación se diluyen hasta perderse y acatamos que nuestra huida es una huida sin fin.


  
CONSANGUINEO: El lado animal o el secreto de los niños naranja