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AL MARGEN (a propósito de "El secreto de los niños naranja")

Sabía muy bien que se estaba alejando. No estaba seguro de qué, pero definitivamente se sentía al margen. No era tiempo de retomar el camino, sino de perderse en la luna o recostarse en una piedra sin brillo, de adentrarse por un sendero oscuro repleto de aullidos. No había excusas: su imagen reflejada en el espejo era tan verdadera como el egoísmo o los placeres mundanos. ¿Era quien decía ser? Su imagen le molestaba. Se veía abatido. Sus ojos no brillaban como antes. Su pelo era más claro. Y su voz, aunque en aquel momento estaba en silencio, sólo hubiera podido cantar alguna canción cansada. No estaba seguro de querer ser lo que era. ¿Cuándo prefirió ser un cuerpo sin corazón, con el alma de frío cristal, que pasa por el tiempo sin dejar huella alguna? ¿Desde cuándo era así, un loco soñador de hielo? Aquella ilusión de darse por entero cuando encontraba cariño, le parecía ahora muy lejana, tanto, que la veía reflejada en el espejo, fuera ya de su ser, como si no le perteneciera... Curiosamente, frente al espejo, se sentía valiente. Se juraba y se prometía que nunca más iba a mentir; eran los demás los cobardes, los que odiaban, e incluso, se perdonó el dolor que causaría a los demás. Era su propio dios, que como una sombra gris atada al otro lado, se bendecía a sí mismo con mentiras piadosas reflejadas... Se rodeó con sus brazos sintiendo que su corazón no tenía descanso. Intentaba huir de él mismo, pero todo esfuerzo era en vano. De pronto recordó aquel amor que lo golpeó y derribó sobre la nieve cegadora, dejándole el corazón herido, con los ojos agotados por el dolor de tanto llanto. Aquellos días de sueño arrebatador, de anhelo desasosegante de paz, de visiones fugaces del rostro amado, de penosas horas de sueño y muerte; y con el paso lento del tiempo encontró el dulce e inesperado consuelo en las sombras y el aliento. ¿Quedaba algo de todo eso en su imagen reflejada en el espejo?
Quizás hacía mucho, demasiado, que el miedo no disminuía. Quería descansar, dormir, y abrir los ojos en un sordo despertar. No quería que su vida transcurriera a ciegas, llena de desperdicios y penas. Quería despertar y recordar los besos antiguos; incluso el frío dolor que crece ante la poderosa dicha de ojos somnolientos y manos perdidas. Pero sólo recordaba todo aquel remordimiento por los escasos que fueron sus besos. Ahora, observaba en su imagen unos labios marchitos, trémulos por la inquietud de saberse olvidado. Lloraba por un amor muerto sin saber que el amor rara vez es verdadero. Extrañamente, una sonrisa se dibujó en su rostro, que permaneció anclada durante varios minutos en su pálido rostro descarnado. Sus labios exhalaban palabras en suspiros de vientos invernales.
Se miraba con inocencia, como si no pasara nada, lo cual era cierto. Quería mirarse hasta que su rostro se alejara del miedo como un pájaro se aleja en el horizonte o, por lo menos, quedara desvanecido como una niña de tiza rosada en un muro viejo súbitamente borrada por la lluvia. Frente al espejo se sentía como una flor abierta revelando el corazón que no tiene. Todos los gestos de su cuerpo se reflejaban igual que las sombras se abandonan en el umbral mecidas por el viento. Su cara no era más que la máscara en la memoria de un niño asustado. No era más que un animal herido en el lugar de las revelaciones. Se vio a sí mismo con la boca y los párpados cosidos. Sus palabras eran sus pensamientos dorados en el negro sol del silencio. Perdido en la imagen presentida, creyó levantarse de su cadáver para buscarse, frente a frente, en el espejo. Y no vio a otra cosa que a sí mismo. Se escrutó con la mirada entre las tinieblas desatadas. Arrastró su cabello hacia atrás (una mano arrastra el pelo de un ahogado que no cesa de pasar por el espejo). Otra mano tapa su rostro (vuelve la memoria del cuerpo).
Cierra los ojos: grandes olmos se alzan solemnes en la hierba, combados sobre el oculto mundo de sus pensamientos; las hojas muertas susurran los días perdidos, los que no volverán o vuelven diferentes; solitario y triste, un espectro se desliza por el corredor (donde tantas veces sus pies han caminado), sumergido en el tiempo con un extraño encanto; una sombra se desliza en el espacio hasta llegar a él, se introduce en él y, frente al espejo, alma y cuerpo abren los ojos, y son sólo uno.
Sentado frente al cristal, evocando una imagen desnuda, negando las formas de la alegría y la razón, la sombría figura reflejada exhala desesperación. Su cabello ha quedado levantado. Su rostro oculta lo que nadie ha podido adivinar (una profana desgracia). Ahora, sus labios entreabiertos, igual que una herida deforme, destilan miseria. En sus ojos aterrorizados brilla la moribunda llama del deseo de vivir. Pareciera la sombra de una sombra atrapada en el pulido cristal. Se reconoció no como al fantasma de horas vanas que tantas veces se había sentido, sino como la verdad: “Soy yo”, se dijo. “He aquí mi retrato, tal como soy. Y no me asombraría si al marcharme de la habitación mi rostro quedase cautivo en el espejo, tanto tiempo he estado mirándome”. Tras esas palabras, se levantó y salió de la habitación.
Entonces, yo me acerqué a la silla vacía y me senté en ella. Miré no el espejo, sino dentro de él. Allí estaba quien durante horas estuvo mirándose. Y no sólo eso, me pareció que aún respiraba. Observé largamente y pude ver su boca entreabierta de labios estremecidos, su rostro atrapado en el espejo. Igual que un rayo silencioso aprisiona la luz en un momento,  fue capturado en el plomo abrillantado de su propia soledad. Quedó de él lo secreto: su secreto bajo tierra sepultado, pintada su figura donde apenas la luz penetra y el susurro de las voces llega apagado. Su rostro ausente y sin embargo impreso como lluvia de otro tiempo... Pude oír sus pasos detrás de mí (pompas de jabón explotando), fina lluvia de polvos de talco a cada pisada, quedó la madera del suelo moteada.
Huiría hacia un bosque sombrío y profundo, como el niño naranja que era. Cada vez que se engañaba a sí mismo, escapaba para juntarse con los demás niños naranja que todavía hoy reptan por el bosque (engañados por su propia codicia infantil que creen enterrada y que los devuelve a la cruel voracidad del pasado).
Desde entonces, permanezco frente al espejo, vigilando. Me miro y lo veo a él (cada vez más naranja). Quiere volver, pero ahora soy yo quien ocupa su silla frente al espejo. Sé que al otro lado, cuando los truenos resuenan en el bosque y estalla la tormenta, él quiere volver, porque detrás del cristal del espejo resuenan sus palabras como un terrible eco de viento huracanado: un grave murmullo en las sombrías tinieblas trae a mi oído su voz queda. Ya es tarde. Ya no quiero que vuelva. Cada día que pasa me parezco más a él. Incluso imito sus gestos, sus movimientos, su voz. Cada vez me parezco más a un niño naranja.

En una mota de noche sumergida me quedé dormido frente al espejo. El llanto fue brotando mansamente de mis ojos, pues, sin yo pretenderlo, me hallé en el mismo bosque donde él habita. Me cogió de la mano y tiró de mí hacia el suelo musgoso. “Los niños naranja reptamos”, me dijo. Y comencé a reptar detrás de él. De vez en cuando, giraba la cabeza hacia atrás y me decía, con sus ojos más tiernos, que tarde o temprano sería un niño naranja en toda regla; mientras, yo observaba horrorizado mi rostro naranja reflejado en el agua de los arroyos.

Voy diluyendo estos sueños hasta perderlos, aunque cada vez son más frecuentes y no sé si poco a poco dejaré de pensar e iré quedándome solamente con mi lado animal.


LA AMENAZA ANARANJADA



Cero

Y allí estaba: por el sendero, entre los árboles del bosque que daban a la base espacial, creímos ver cómo se arrastraba una forma imprecisa y anaranjada que venía hacia nosotros. Estuvimos largo tiempo escrutando entre la frondosidad, observando cómo lo inerte tomaba vida gracias al viento y a la lluvia; intentando descubrir si era cierto o no lo que en un primer momento creímos ver... Pero no hubo nada más. Nerviosos, corrimos las cortinas para no ver más allá de nuestras moradas. No queríamos ver. Lo desconocido nos daba miedo.

Uno

Una noche, mientras dormíamos, sentimos un peso encima de nosotros, como si algo, no sabíamos qué, nos aplastara contra la cama. Intentábamos despertarnos, nos esforzábamos en abrir los ojos, pero no podíamos; no lo conseguíamos, ni yo, que tengo el sueño ligero, ni el resto.
Algo controlaba nuestras fases del sueño. Notábamos aquella fuerza aplastándonos contra el colchón y nos sentíamos indefensos. Luchábamos por despertarnos, pero era inútil. Finalmente, comenzamos a gritar en sueños y nuestro propio grito nos despertaba. Encendimos las luces y todos pudimos ver un destello naranja. También oímos un murmullo, parecido al siseo de una serpiente. Cada uno de nosotros notó una presencia en su habitación, pero no la podíamos ver, sólo la presentíamos.

A la noche siguiente, volvimos a notar algo extraño. Ya no era un peso que nos aplastase contra el colchón. Ahora, era algo que tiraba de nosotros y que intentaba llevarnos a una especie de inframundo siniestro. Teníamos la sensación de que salíamos de nuestro cuerpo, de que nos despojábamos de nuestra carne y nos dejábamos llevar hacia algo tenebroso. Y, como la noche anterior, no podíamos despertar de aquella pesadilla. Veíamos una sombra naranja y cegadora que emitía un alarido torvo e iracundo.

Y así, varias noches seguidas. Nos sentíamos presas acorraladas debido a aquella sensación amenazadora y primitiva. Algo venía mientras dormíamos. No sabíamos exactamente sus intenciones, pero de una cosa sí que estábamos seguros: aquel ser no iba a dejarnos en paz y seguiría viniendo cada noche hasta conseguir aquello por lo que sólo Dios sabe había venido. Fue entonces cuando decidimos huir en busca de la salvación.

Dos

Hace muchos días que vagamos por el espacio, sin saber exactamente dónde estamos. Aún nos quedan provisiones de sobra para varias semanas, pero la tripulación empieza a agobiarse al no encontrar nada similar a un planeta habitable. De vez en cuando, vemos algún que otro meteorito que pasa cerca de la nave. Al principio de nuestra errada travesía, nos asomamos todos a las escotillas para verlos pasar, a veces, muy cerca de nosotros, pero hasta eso ya ha perdido su emoción y nos parece aburrido... Sentimos que no tenemos nada que hacer, nada de qué hablar... Si no encontramos pronto algo de interés, vamos a volvernos locos. Sabemos que tenemos que tener paciencia, aunque cabe la posibilidad de que nuestra huida sea una misión fallida.

Tres

Un día, cuando ya todas nuestras esperanzas estaban olvidadas, vimos una forma verdosa a lo lejos, a la derecha de la nave. Podría ser un asteroide o un planeta. La tripulación se puso como loca: esperaban poder bajar y estirar las piernas fuera de la nave.

Pasadas unas horas, la nave se poso en un terreno ligeramente abrupto y desconocido. Parecía que hubiéramos llegado a un extraño planeta de arena verde y singular vegetación de color morado y rojizo. Bajamos de la nave ordenadamente. ¿Habíamos, por fin, conseguido salvarnos?

Cuatro

Nos fuimos acercando a un pequeño y misterioso cráter de donde procedía un agudo silbido.  A cada paso que dábamos, el pitido se hacía más fuerte, haciéndose casi insoportable. El cráter era bastante más grande de lo que pensábamos: como una piscina olímpica. Era hondo y oscuro. Teníamos miedo. Nadie decía nada. Temblábamos. Nos mirábamos unos a otros, incrédulos. Sudábamos. El ambiente era muy húmedo. El zumbido era tremendo. Nos asomamos desde uno de los bordes del cráter e intentamos ver algo en la negra profundidad.

Creímos ver algo que se movía en la negrura. Nos pusimos muy nerviosos. Unos decían que sí, que algo se movía. Otros, que no, que era el miedo que sentíamos lo que nos hacía ver cosas inexistentes. Alguien propuso que las mujeres y los niños volvieran a la nave.

De pronto, una de las mujeres gritó que había visto un destello naranja en la profundidad del cráter. Callamos todos. En efecto, todos pudimos ver una pequeña luz naranja que, poco a poco, iba agrandándose. No había duda de que se estaba acercando a nosotros y el pitido se hacía cada vez más agudo.

-Es grande.
-Es enorme.
-Tiene tentáculos.
-No. Son haces de luz naranja, estelas de luz que deja al moverse.
-¿Qué deberíamos hacer?
-Volvamos a la nave.
-Se ha parado.
-Está quieto.
-Volvamos a la nave.
-Nos está observando.
-Está esperando.
-Nos mira.
-Es grande.
-Es la luz que desprende lo que le hace parecer grande.
-Es pequeño.
-Es como nosotros.
-Nos observa.
-Tiene varios ojos.
-Ocho o diez; sí, muchos.
-No, sólo tiene dos, fijaos bien.
-Es viscoso.
-No, lo parece, pero es porque toda su piel brilla y parece mojada.
-Es la humedad del ambiente.
-Parece que gotea.
-No puedo soportar el zumbido, es inaguantable.
-A lo mejor el monstruo no es el culpable del silbido.
-Es la presión atmosférica.
-Sí, tened en cuenta que estamos en un planeta desconocido.
-Avanza otra vez hacia nosotros.
-Se acerca.                                                                 
-¿Deberíamos enfrentarnos a él?
-A lo mejor no nos quiere hacer nada.
-Hemos invadido su territorio.
-Nos quiere matar.
-¡Mirad!
-¡Hay más!
-Yo no veo nada.
-Sí, en el fondo, abajo. Hay más luces naranjas.
-Sí.
-Hay cientos.
-Miles.
-Nosotros también somos miles.
-Se acercan.
-Vienen por nosotros.
-Volvamos a la nave.
-¡Corred! ¡Corred!
-¡Corred hacia la nave!

Cinco

Sabíamos muy bien que nos estábamos alejando. No estábamos seguros de qué, pero definitivamente nos sentíamos al margen. No era tiempo de retomar el camino, sino de perderse en la luna o recostarse en una piedra sin brillo, de adentrarse por un sendero oscuro repleto de aullidos. No había excusas: nuestra imagen reflejada en los espejos de la nave era tan verdadera como el egoísmo o los placeres mundanos. ¿Somos quienes decimos ser? Nuestra imagen nos molestaba. Nos veíamos abatidos. Nuestros ojos no brillaban como antes. Nuestro pelo era más claro, más infantil. Y nuestra voz sólo hubiera podido cantar alguna que otra canción cansada. No estábamos seguros de querer ser lo que éramos. Por eso huíamos. ¿Cuándo preferimos ser cuerpos sin corazón, con alma de cristal, que pasan por el tiempo sin dejar huella alguna? ¿Desde cuándo éramos así, unos locos soñadores de hielo? No nos pertenecíamos.

Curiosamente, nos sentíamos valientes. Nos jurábamos y nos prometíamos que nunca más íbamos a mentir. Aquellos seres anaranjados eran los cobardes, los que nos odiaban, e incluso, se les perdonó el dolor que nos causaban. Éramos nuestro propio Dios y nos bendecíamos a nosotros mismos con mentiras piadosas. Nuestros corazones no tenían descanso. Intentábamos huir de nosotros mismos, pero todo esfuerzo era en vano. Mientras vagábamos por el espacio recordábamos amores que nos golpearon y nos derribaban sobre la nieve cegadora, dejándonos el corazón herido y los ojos agotados por el dolor de tanto llanto. Aquellos días de sueño arrebatador, de anhelo desasosegante de paz, de visiones fugaces del rostro amado, de penosas horas de sueño y muerte, quedaban atrás; y con el paso lento del tiempo, encontramos el dulce e inesperado consuelo en las sombras y el aliento de bólidos y meteoritos, de cometas y estrellas milenarias que quizás ni siquiera ya existían.
El miedo a las luces naranjas no disminuía. Queríamos descansar, dormir, y abrir los ojos en un sordo despertar en nuestras cámaras hiperbáricas.

No queríamos que nuestras vidas transcurrieran a ciegas, llenas de desperdicios y penas. Queríamos despertar y recordar los besos antiguos; incluso el frío dolor que crece ante la poderosa dicha de ojos somnolientos y manos perdidas. Pero sólo recordábamos todo aquel remordimiento por los escasos que fueron nuestros besos. Ahora, observábamos por las escotillas planetas que nos recordaban labios marchitos, trémulos por la inquietud de saberse olvidados. Llorábamos por amores muertos sin saber que el amor rara vez es verdadero. Extrañamente, de vez en cuando,  se nos dibujaba en los labios una sonrisa, que permanecía anclada durante varios minutos en nuestros pálidos rostros descarnados: exhalábamos palabras en suspiros de vientos invernales... A través del silencio sideral, nos sentíamos como flores abiertas que revelan el corazón que no tienen. Éramos animales heridos, como si saliéramos de nuestros cadáveres para buscarnos a nosotros mismos. Y, a veces, nos encontrábamos. Nos veíamos y nos reconocíamos como seres anaranjados. Entonces, cerrábamos los ojos y seguíamos soñando con ser lo que no éramos. Los asteroides nos susurraban los días perdidos, los que no vuelven o vuelven diferentes. Cerrábamos los ojos ante el miedo de no saber quiénes éramos. Apartábamos de nuestra mente el recuerdo de aquellas luces naranjas. Volvíamos a cerrar los ojos y soñábamos con grandes olmos que se alzaban solemnes en la hierba, combados sobre el oculto mundo de nuestros pensamientos... Éramos espectros deslizándose por los interminables pasillos de la nave, negando las formas de la alegría y la razón. Nuestros rostros ocultaban lo que nadie hasta ahora ha podido adivinar. Huíamos.
Infinito
Y cuando nadie se lo esperaba, volvió. O volvieron, si es que hubiera más de uno. Toda la tripulación se sintió amenazada de nuevo. Igual que un rayo silencioso aprisiona la luz en un momento,  fuimos capturados en el plomo anaranjado de nuestra propia soledad. Quedó de nosotros lo secreto: nuestro secreto bajo tierra sepultado, pintada nuestra figura donde apenas la luz penetra y el susurro de las voces llega apagado. Nuestros rostros ausentes y, sin embargo, impresos como lluvia de otro tiempo... Podíamos oír los anaranjados pasos detrás de nosotros (como pompas de jabón explotando).
¿De qué nos servía huir? Aquellos seres nos perseguirían allá donde fuéramos.
Desde entonces, permanecemos expectantes, vigilando. Nos miramos unos a otros al cruzarnos en los pasillos comunes de la nave y nos creemos enemigos. Desconfiamos. Pensamos que el otro es ya un ser naranja y que cualquier día nos atacará para llevarse nuestra alma. Cuando hay lluvia de meteoritos, nos encerramos en nuestros habitáculos y rezamos a un Dios inexistente.
Ni siquiera queremos volver a nuestra tierra, pues allá donde vayamos, nos encontraremos con nosotros mismos y con nuestros miedos. No hay nada que hacer, cada día que pasa, nuestros cuerpos son más anaranjados.
En una mota de noche sumergida, nos hemos quedado dormidos. Nuestro llanto ha ido brotando mansamente de nuestros ojos, pues, sin pretenderlo, nos hallamos en el mismo punto donde los destellos naranjas habitan. Nos cogemos de la mano y reptamos por los corredores de la nave, mientras observamos, horrorizados, nuestros rostros de color anaranjado, reflejados en los cristales de los meteoritos que, amenazantes, rozan los laterales de la nave. Y nuestros sueños de salvación se diluyen hasta perderse y acatamos que nuestra huida es una huida sin fin.


  
CONSANGUINEO: El lado animal o el secreto de los niños naranja

EL LADO ANIMAL O EL SECRETO DE LOS NIÑOS NARANJA


Debo contar esta historia para provecho de posibles incautos. La ingenuidad es peligrosa en un adulto, no así en un niño. Los niños, ya se sabe… Llevo años reptando entre las hojas secas de este bosque interminable por culpa de mi candidez. No sé si llegará el día en que deje de pensar… Hoy mismo miro con recelo los retazos del cielo plomizo que distingo entre las altas copas de los árboles. Un cielo como el de aquella tarde en la que todo sucedió, sutilmente, como si mi destino o mi suerte hubiesen sido arrastradas por el hambre y la ferocidad de un sumidero estratégicamente situado al lado de mi bondad. Déjenme recordar…

Aquella tarde la habitación estaba tranquila y en silencio. Quizás no había tanta luz como acostumbraba normalmente a aquella hora, aunque yo seguía leyendo sin problema un libro sobre la vida de un aventurero en la lejana China, cuyo título ahora no recuerdo. Oía truenos lejanos, cada vez más fuertes. Siempre pensé que mi vida cambiaría en un día de tormenta, pero no podía imaginar lo que estaba a punto de sucederme. Me acerqué a la ventana abierta y pude ver cómo se aproximaba la tempestad sin remedio. Y allí estaba: por el sendero, entre los árboles del bosque, creí ver cómo se arrastraba un niño dejando tras de sí una estela naranja. Pensé en las historias fantásticas que había oído cientos de veces acerca de los niños naranja y que, por supuesto, nunca había creído…

Estuve largo tiempo escrutando entre la frondosidad, observando cómo lo inerte tomaba vida gracias al viento y a la lluvia, intentando descubrir si era cierto o no lo que en un primer momento creí ver... Pero no volví a ver otra vez al niño naranja hasta que lo tuve delante de mí, bajo la ventana, iluminado por la luz de un gran relámpago. Sobrecogido, la cerré.

Tras el cristal observé al niño, que estaba tirado en el barro, como una alimaña: miraba al cielo y lloraba desconsolado. Era como si no entendiera nada o estuviera asustado. Nunca imaginé que hubiera tanta soledad en la vida de alguien y menos en la de un niño... Nervioso, corrí las cortinas y la tormenta empezó a descargar con fuerza inusitada.

Siempre había rechazado la idea de la existencia de los niños naranjas. Por eso, retomé el libro del aventurero y desestimé la idea de dejar pasar a aquel niño lloroso e invitarlo a una taza de té. No aceptaba tal cosa. Me negaba inútilmente a creer lo que mis propios ojos acababan de ver.

Al poco tiempo quedé dormido con la conciencia no del todo tranquila, nervioso: seguro que el niño esperaba agazapado bajo la ventana a que lo invitara a entrar. Mientras, la tormenta lloraba con fuerza.

Desperté cuando el estruendo de los truenos cesó y un silencio extraño se apoderó de la sala en la que estaba: todo el mundo sabe que cuando oímos el silencio es porque el orden natural de las cosas ha cambiado, se ha alterado. Supe con certeza que tras las cortinas se escondía el niño naranja, pero no hice caso, no quise hacer caso. Y, menos aún, quise pensar cómo podía haber entrado… Me dedique a no quitar la vista de las cortinas durante largo tiempo… Pasaban los segundos, los minutos, y nada. A veces, de tanto tener la vista fija en ellas, me parecía ver un movimiento, un ligero roce fantasmal; incluso, me pareció oír una risa infantil. Pero pasaba el tiempo, y nada. Pensé que quizás no había nadie tras las cortinas, por mucho que yo presintiera lo contrario. Decidí que sólo tenía que esperar a que la curiosidad de un niño hiciera su trabajo, si es que realmente estaba allí. Por eso, no descorrí las cortinas, simplemente esperé…

Fue mucho después, a media noche, cuando una pequeña mano anaranjada salió de detrás de las cortinas y tanteó en la oscuridad. ¿Qué maldades podrían ocurrírsele en la solitaria oscuridad, donde la inconsciencia más remota se despierta para enturbiar las buenas razones del alma? El niño se atrevió a salir y comenzó a reptar por el suelo hasta toparse conmigo, con uno de mis zapatos… Hubo unos segundos tensos. Entonces, el niño empezó a reír y pensé en mí cuando era pequeño. Decidí no decir nada, aunque ahora no sé si fui yo el que tomó la decisión de no hablar o fue él el que me nubló la mente, los gestos, mi vida… La visión de aquel niño de color extraño tirado en el suelo, como si fuera un reptil, hizo que mi piel se erizara y que un escalofrío recorriera toda mi espalda. El niño naranja paró en seco su risa y comenzó a hablar sin mirarme, con la cabeza gacha, mirando el suelo, y con una voz muy familiar, que ahora sé que era la mía, la misma voz infantil de mi niñez:

-Los niños naranja solemos reír bastante, muy a menudo, ¿sabes? Aunque antes me viste llorar bajo la ventana. Cerraste la ventana, lo sé. Me dejaste fuera, bajo la lluvia, en el barro. Sí… No quisiste invitarme a una taza de té. Por eso lloraba. Estaba muy triste… Bueno, no te preocupes. Shhh… No hace falta que digas nada. Silencio… Es hora de que te mire a la cara… Ya veo lo que seré. Coge mi mano. Tómala y huéleme… Yo sé lo que quieres perfectamente. Necesitas ayuda. Soy tu niño naranja y te ayudaré. Sé que tienes miedo, que no crees lo que estás viendo, pero tienes que tener fe. La misma que yo tengo en ti. Mmm, mmm…Eres lo que yo seré, por eso me permito hablarte así, no creas que soy arrogante. Silencio. No digas nada. Lo sé todo. Sé de tu vida, de tus miedos y, lo hecho, hecho está. Seré lo que tú quieras, no hay más remedio. Pero aún no es tarde, nunca lo es para cambiar las cosas. ¿Ya no te acuerdas de mí? He esperado mucho. Mira, ya no llueve. No, ya no… Nunca es sencillo volver a empezar, lo sé, pero el tiempo no pierde su valor y me da la razón. Oye mi voz, que fue la tuya. Tu voz la tienes en mí. Ahora estoy aquí, contigo. Mmm, mmm… ¿Te acuerdas? Cuando eras pequeño te gustaba cantar. Sí. Permite que me levante, he estado años y años reptando y me duele tanto la espalda, ha sido tan duro reptar por el bosque… Mira mi piel. Huéleme. Estoy aquí contigo, ya no llueve, no me tengas miedo. Siempre he estado a tu lado desde que me dejaste atrás, ¿sabes? He sido testigo de tu vida, de tus noches. El alma partida en dos. Huéleme. Mírame. Mira lo que fuiste. Silencio. No, no digas nada. Ya ha empezado todo, ¿sabes? Debes aprender de tus errores. No tengas miedo. Dame lo que te doy, que fue tuyo… No quiero ahogarme en la tristeza de lo que seré, no podría crecer con ese dolor. Soy un niño, ya ves. No, no quiero llorar. Otra vez, no. Mmm, mmm… Aquella canción que cantabas de pequeño y que ahora canto yo. Escucha. ¿Ves?, ya no llueve. La tormenta cesó. ¿Qué pasa? ¿Qué tienes? Ya… Shhh… Debes comprender que sin ti no soy yo, y que compartir no quiere decir dejar de sufrir. Ser la mitad no basta, recuérdalo. Te perdono y tú me perdonarás. Huéleme. Es el principio, no el final. La esperanza… Róbame lo que más me duele, lo que más quiero. Dame lo tuyo. Recupéralo. Es tuyo, es nuestro. Un espejo no te da la verdad, tú lo sabes. Mi ausencia nunca fue verdadera. Escucha. Siempre quedó algo, como aquella canción… Mmm, mmm… La canción. Subido en aquel taburete… ¿Te acuerdas? Sí, ya sé que el tiempo no se para a recordar, pero no es sencillo olvidar, tienes que acordarte. Shhh, silencio, no digas nada. Espera, espera. Huéleme. Aquí, aquí, en mi mano, que fue la tuya. Un momento… Espera, tengo que reír. Los niños naranjas necesitamos reír muy a menudo, ya te lo he dicho antes. Ahora es un buen momento. Lo necesito. Tengo que reír. Después tomaremos una taza de té. Los dos. Frente a frente. Espera, shhh, no digas nada, silencio… No digas palabras que luego yo no quiera decir… Shhh, espera, voy a reír… Tengo que reír… He llorado tanto en los últimos años…

El niño naranja se arrastraba por el suelo y reía a carcajadas. Un color naranja, muy vivo, llenó toda la habitación. Mientras, yo lo observaba hechizado, sin saber qué hacer, con miedo, con pena, cautivado. De pronto, se levantó y prosiguió su discurso:

-Es muy tarde. Queda poco para que amanezca. Mejor no tomamos té… Me hubiera gustado tanto tomar el té contigo… Mírame. Mira mi piel. No hay nada que puedas hacer… Ya lo sabes: la única y verdadera mala suerte es nacer, vivir, el impulso que tenemos hacia las peores cosas. Por eso no tomaremos té, al menos hoy. Mmm, mmm… En realidad somos unos malditos. Hemos estado separados tanto tiempo… Cuando se vuelve a ver a alguien después de muchos años, habría que sentarse, uno frente al otro, y no decir nada durante horas para que comprendiéramos la consternación de cada uno. Yo te comprendo, compréndeme tú a mí. Yo he estado muchas veces frente a ti, pero no has querido verme. Mi aflicción ha sido infinita. No creas que no he querido ayudarte. He llorado tanto por ti. Me abandonaste, aún siendo lo mismo en tiempos diferentes. Tomamos caminos diferentes. Por eso, la conversión tiene que empezar… Tu infancia perdida… ¿Qué esperas para entregarte? Dame tu existencia transfigurada por el fracaso. Dame tu amargura. Toma mi estela naranja, síguela. Mudémonos. Acércate un poco más. Ven, coge mi mano. Shhh… Silencio. No sueltes mi mano. Mmm, mmm… Poco a poco te irás convirtiendo en un niño naranja, no cabe duda. Lo necesitamos los dos. Ven… Ven a la ventana. Yo la abriré. Primero descorreré las cortinas. ¿Ves? Mira, ya ha amanecido. Un día más, aunque diferente para nosotros dos. Espera… Ahora abro la ventana. Asómate. Shhh… Silencio. Huéleme. Así. No llores. Tienes que reír, como yo he reído durantes tantos años. Sube. Sube aquí. Yo te ayudo, no sueltes mi mano. Mira el bosque. Obsérvalo… Es inmenso. Es tan grande… Ve hacia él, no tengas miedo… Es tu gran oportunidad, aprovéchala… Ve, arrástrate… Vuelve cuando creas que estás preparado. Yo te esperaré cantando nuestra canción. Mmm, mmm… Corre, ve…

Salté desde la ventana hasta el suelo con la habilidad de un felino y comencé a reptar hacia el bosque. Después de recorrer unos cuantos metros miré hacia la ventana. El niño naranja la había cerrado y me miraba llorando. Yo le sonreí y él corrió las cortinas. Serpenteé hacia el amparo de los árboles decidido a encontrar la inocencia de mi niñez…

Ahora siento como si mi conciencia se hubiera vuelto del revés. Mientras vivía fuera de lo terrible, hallaba palabras para expresarlo, pero ahora que estoy dentro del horror y lo conozco por dentro, ya no encuentro ninguna. ¿Dónde están mis sensaciones? ¿Se han desvanecido en mí? Lo único que sé es que fui engañado, igual que los otros niños naranjas que me encuentro reptando por todo el bosque. Hemos sido engañados por nuestra propia codicia infantil que creíamos enterrada y que nos ha devuelto la cruel voracidad del pasado, cuando éramos niños.

A veces repto por el sendero que conduce a mi antigua casa e intento entrar en ella, pero las ventanas siempre están cerradas y el antiguo niño naranja que me sedujo aquella noche en la que todo cambió me mira con compasión y corre las cortinas para no verme. Su piel ya no es anaranjada y su cuerpo tampoco es el de un niño desamparado: es más yo, o sea, más como era yo, porque cada vez que mi cara se refleja en los arroyos de este monstruoso bosque veo la cara de él, de lo que fue él… Soy más niño, más infantil, más cruel… Soy un niño naranja en toda regla...

No sé si es que no estoy preparado para reconquistar lo que fui; no sé si poco a poco dejaré de pensar e iré quedándome sólo con mi lado animal.