DAMIÁN O LA MEMORIA ESCONDIDA

         
         Al salir del trabajo, decidí ir al Museo de Historia Natural. Se me ocurrió acercarme, porque hacía poco que habían llegado desde Tasmania los huesos de un enorme, terrorífico y desconocido animal carnívoro. Ese iba a ser un buen tema para la carta que quería escribirte desde hacía tiempo. Desde junio que no te escribo.

Eran casi las siete. La tarde era fría para un día de mayo, pero estaba bien abrigado. Ya sabes que nunca podré aclimatarme a estas latitudes y siempre voy con el doble de ropa que los demás habitantes de esta ciudad inhóspita y gris. Soy friolero, nunca me acostumbraré a este aterimiento.
Los negocios me cerraban las persianas de hierro en la cara a cada paso que daba. Andaba con la sensación de llevar la noche conmigo mismo mientras caminaba o que la noche era algo que me seguía exclusivamente a mí, por la espalda, como una capa oscura que a cada paso se agrandara más y más, hasta llegar a una envergadura inimaginable pero sentida.
A medida que avanzaba, me convencí de que, cuando llegara al museo, estaría cerrado; pero en mi reloj todavía no eran las siete. Comencé a andar contra el tiempo, con pasos briosos, conteniéndome de no alcanzar un trote, porque tampoco era cuestión de hacerme notar en público. Siempre trato de no hacer algún disparate que me saque de mi cómoda y aliviada existencia desapercibida.
Cuando ya empezaba a faltarme el aliento, doblé una esquina y allí estaba el Museo de Historia Natural. Fue un encuentro brusco, violento. Ante mí, una plazoleta moderada, pero demasiado pequeña para alojar el enorme edificio de exposiciones, que se desparramaba más allá de los contornos de la glorieta, la cual perdía toda posible peculiaridad, y ganaba en insignificancia y vulgaridad, a pesar de que no era así, en absoluto. No era la primera vez que la veía; por eso, me sorprendió aquella extraña e inarmónica visión arquitectónica.
Tras el impacto, busqué con la mirada el acceso al museo. Afuera, a un lado, había una cabina acristalada en donde se sacaban las entradas. Esperé un momento antes de acercarme, pues después de la caminata, me encontraba un poco agitado y mi cuerpo transpiraba secretamente bajo la ropa. Pero me di cuenta de la hora que era y corrí a sacar la entrada antes de que fuese demasiado tarde.

Me asomé al ventanuco. En el interior, una señora me miró con cara de nada y posó una mano en el talonario amarillo de boletos a medio usar. Y así se quedó, sin decir nada. Como no parecía dispuesta a hablar, lo intenté yo. “Una entrada, por favor”, le dije en el tono más serio y neutro que pude. La mujer giró la cabeza para mirar un reloj que tenía detrás. Luego me miró a mí, que para ella, seguro que no era más que un visitante inoportuno e impertinente. “Estamos a punto de cerrar”, me dijo, con un tono más neutro que el mío, mientras rasgaba un boleto del talonario y siguió diciendo algo, pero ya no le presté atención. Le di el dinero y cogí la entrada de sus dedos. Recogí el cambio, arrastrándolo hacia el borde de la repisa con una mano, para recogerlo con la otra, sin mirarla ni darle las gracias. No podía demorarme más.


De pronto, sin saber cómo, me encontré dentro del vestíbulo del museo. Qué había pasado y cómo había llegado hasta allí se han borrado de mi memoria. Simplemente, tomé conciencia de que estaba adentro, porque, como sabes, el aire que se respira en los museos siempre es diferente. Me pregunto si debo preocuparme por esta falta o lapso de gnosis.
El silencio me intimidó un poco. Había cuatro o cinco personas que caminaban con mucho cuidado, muy vueltos hacia dentro, alrededor del vestíbulo de entrada, entrando y saliendo, y volviendo a entrar en alguna de las salas, como si no supieran qué hacer con el tiempo que se les ofrecía y que, indudablemente, allí, pasaba de diferente manera.
Me di cuenta de que todavía tenía el dinero del cambio en la mano. Traté de calcular si era correcto y, entonces, de pronto, me vino a la cabeza una imagen del pasado: estaba en el colegio estudiando las fracciones. Sería quinto o sexto curso, y no comprendía por qué se debía hacer tal cosa, ni para qué. Recordé cómo la maestra intentaba explicarse por medio de porciones de tartas y quesos, o traslaciones de agua de una jarra a otra. Yo no la veía como a una maestra de escuela, sino como a una maga o malabarista.
Salí del recuerdo con la satisfacción de haber hallado  un fragmento del pasado que nunca había recuperado hasta aquel instante. Durante los últimos momentos en que duró la ilusión de ese recuerdo (el frío húmedo del aula; el olor sintético que despedía la rayada bata de tergal, como a polvo y a uno mismo y a algo más que no podría ahora definir; la distribución geométrica de los pupitres; la nuca de los niños que se sentaban delante de mí y cuyos rostros ya he olvidado), hice el esfuerzo de mantenerlo para futuras ensoñaciones, pero no supe qué hacer para lograrlo.  Pensé que, cuando me empeñaba en algo, nunca lo conseguía. Y recordé, también, cómo mis compañeros de clase intentaban enseñarme a mover las orejas, pero no pude entender cómo provocar los movimientos necesarios. Me explicaban que el truco era que las orejas no se movían directamente, sino que eran ciertos músculos de debajo de ellas y un poco atrás, en los que nunca pensábamos. Nunca pude localizarlos.

Entré en una sala en penumbra, y cuando los ojos se acostumbraron a la luz, ya estaba, sin duda, de vuelta en el mundo real: allí, delante de mí, estaban los huesos del enorme, terrorífico y desconocido animal carnívoro.


Sentí un gran interés; de inmediato, decepción. Alrededor de los huesos del animal habían levantado un gran andamio de metal, del que colgaban unas cortinas de plástico no del todo transparentes. Algunas partes del ensamblado óseo estaban tapadas. Eso debía ser lo otro que me había dicho la taquillera al comprar la entrada. Los andamios anulaban la vista del fantástico esqueleto. Era como si lo importante no fuera el animal, sino los andamios. Sentí rabia por no poder admirar tranquilamente la morfología del animal. Tuve la sensación de estar observando una de esas instalaciones modernas que nunca he podido entender. El poder, lo que llamaba la atención en aquella sala, eran los andamios. Por supuesto, no había nadie trabajando en ellos.
El conjunto de barras que rodeaba a la armadura animal daba una sensación de irrealidad, como el paisaje que pudiera quedar tras una explosión nuclear o como si lo que estaba viendo lo hubiesen traído de un sueño del pasado. Al menos, eso pensé en aquel momento.
En la sala había tres personas más. Una chica sentada en el suelo dibujaba con carboncillos lo que pudiera haber sido aquel animal de Tasmania. Añadía carne en cada hueco y vacío intercostal. Decidida, tiraba líneas aquí y allá, sombreaba y punteaba. Imaginaba el animal.
Mientras tanto, un vigilante que había detrás de ella estiraba el cuello cada tanto para espiar el progreso del boceto por encima de su hombro. A cada rato, la chica se corría el pelo detrás de la oreja; lo tenía lo suficientemente corto como para que se saliera constantemente de su lugar. Cuando eso pasaba, el pelo le tapaba un lado de la cara como una cortina. Era bastante guapa, a mí así me lo parecía, y tal vez eso era lo que buscaba ver el vigilante y no el dibujo.
La otra persona era un señor viejísimo, encorvado como un signo de interrogación. Estaba de pie en medio de la sala, frente a la construcción de huesos del singular animal, mirando a través de unos binoculares. Lo observé a placer un rato y tuve una sensación poco familiar. El viejo me parecía extraño y no supe explicarme por qué, no obtuve ninguna pista que me explicara aquella sensación tan rara que sentía. Sencillamente, era un señor viejo que miraba con unos binoculares en un lugar cerrado. Un hombre antiguo además de viejo, pensé, que venía de un pasado muy profundo y recóndito, que miraba a través del binóculo como si quisiera buscar la manera de crear una enorme distancia que lo separara de los demás que estábamos en la sala y, por el contrario, lo acercara a él a Tasmania y su exótica vida. Me pareció un tema para un cuadro: Viejo que mira con quevedos el esqueleto de un animal rodeado por andamios. Instintivamente, miré a la chica, que dibujaba con carboncillos.

El tiempo me pareció errado. Dentro del museo, el tiempo no era igual o así lo apreciaba yo. Miré el reloj y apenas habían pasado tres minutos, pero estaba seguro de que había estado allí por mucho más tiempo. Alrededor del motivo de mi visita, aquellos andamios. Quizás todavía no habían terminado de ensamblar todos los huesos y por eso permanecía la insidiosa estructura metálica, hasta quien quiera que fuese terminara el intrincado trabajo de acoplarlos. Pero no era solo el andamio lo que me turbaba.  Detrás de mí, colgado en medio de la pared blanquísima, había un extintor rojo, nuevo, reluciente, con el precinto, palanca y anilla en su lugar. Antes que disimularlo, parecían haber hecho lo posible para que destacara: un punto rojo en el centro de una pared completamente blanca. Cuanto más miraba el objeto bermellón, más me parecía el eje de algo, cada vez más fundamental. Me pareció un instrumento diseñado para sostener la pared y no al revés. Pensé que, en caso de incendio, sería mejor dejarlo ahí donde estaba; tenía algo de centro del universo y no sabía muy bien por qué, si se sacaba de su lugar, todo el museo se vendría abajo.

Damián. Me llegó de repente a la cabeza. Damián.

La chica que dibujaba interrumpió un momento su labor y me miró. Entendí que había dicho el nombre en voz alta. Algo me resultó muy incómodo, pero en aquel momento no pude definirlo. Cuando volví a posar la mirada en el extintor que sostenía el universo, la ilusión y el recuerdo de Damián empezaron a recuperarse. “Claro, Damián”, pensé.

El mismo olor sintético de la bata rayada, aquella nuca que ahora comenzaba a tener rostro, algún momento colegial todavía impreciso... Estaba claramente sosteniendo la mano de un niño nuevo: Damián. Me sorprendía sentir la mano de Damián como cualquier otra mano. Mi objetivo era que Damián mantuviera la vista al frente, concentrado en lo que había que hacer, que era caminar en fila sin soltarse y sin hablar, cuando nadie más ni siquiera lo intentaba.

El incendio no era real. Era un juego o eso nos dijeron. Estábamos jugando, todo el colegio jugaba, pero el sonido de la alarma era real. Salíamos en fila de dos en dos, agarrados de la mano... Como mucho, sería en cuarto o quinto curso, no podía haber ocurrido después, pues no hubiéramos ido de la mano. Por encima de las cabezas de los niños, veía a la maestra. Caminaba de espaldas por el pasillo, delante de nosotros, de cara a nosotros, y no nos quitaba ojo. Nos gritaba para que saliéramos en orden y en silencio tras ella. El pasillo entero me aturdía; todas las clases estaban afuera, a lo largo del pasillo. Todos gritaban y reían. Nadie se estaba quieto. Unos empujaban a otros. Mientras tanto, la ensordecedora alarma no para de sonar. Los gritos de la maestra, tampoco. Cuando miré a Damián, me sorprendieron la dureza y la gravedad de su rostro. Miraba callada y exclusivamente al frente y su boca era apenas un puntito. Era el único que iba así, tan concienciado y concentrado en las instrucciones. Yo giraba la cabeza a un lado y a otro para comprobar a los compañeros que tenía alrededor, les llamaba la atención, soltaba algún grito disimulado o una risa. Realmente, me sentía un poco incómodo, porque de entre todos mis compañeros de clase, justo a mí me tocó ir con Damián, el nuevo.
La fría mano de Damián se ajustaba cada tanto y con firmeza a la mía. Cuando yo intentaba soltarme un poco de su mano, él apretaba con más fuerza.

Nadie había jugado mucho con él, porque no sabía o no quería hablar. Llegó a mitad de año con dos hermanas mayores que él, una en sexto y otra en octavo. Una vez, Damián llevó al colegio un juguete extraño, algo que nunca habíamos visto. En el recreo, lo tenía dentro de una caja impresa con dibujos de colores que parecían letras o signos chinos. La foto sugería algún tipo de nave espectacular con luces. Todos salimos detrás de Damián y él se detuvo en el rincón del patio que siempre usábamos nosotros. Hizo un gesto serio, adulto, y sacó con excesiva ceremonia el juguete de la caja. Nunca vi lo que era, porque los demás se abalanzaron y tres o cuatro trataron de quitárselo de las manos, para probar qué cosas extraordinarias podía hacer la nave, o lo que fuera que fuese aquel juguete. Damián empezó a gritar; unos chillidos que no querían decir nada. Eran sólo eso: gritos. Uno de los niños corrió con un pedazo del juguete en la mano, una especie de cubierta cóncava y transparente, que tiró por ahí después de un rato, cuando comprobó que no le servía para nada. Después, jugamos unos al fútbol y otros a las canicas. Damián se fue llorando con la caja vacía y nunca más trajo nada. Sin darnos cuenta, nos acostumbramos a que Damián estuviera siempre por ahí, por su cuenta, jugando, solo, a cosas que no entendíamos, con imaginarios robots extraños o inexistentes cartas desconocidas. Cuando alguien se acercaba para verlo jugar, unas veces, Damián no decía nada, y otras veces, pasaba de largo y pronunciaba alguna palabra extravagante como para invitarte a ser raro como él.

Íbamos de la mano a través de un fuego imaginario. Al lado nuestro pasó la clase de octavo completa, que gritaban y empujaban todavía más que nosotros, que éramos más pequeños. Su maestro movía los brazos y lo que decía no se escuchaba por el ruido. Uno de los chicos de octavo salió corriendo, rompiendo las filas. Dos más lo siguieron. Entonces,  giré la cabeza y miré a mis compañeros de clase que había detrás de mí y de Damián. También se desbandaron y corrieron tras los de octavo. La alarma no dejaba de sonar. Salieron corriendo como indios, con una vocal pegada a la boca, como sirenas humanas. Le solté la mano a Damián para seguirlos, pero cuando intenté ir hacia adelante, Damián no me había soltado a mí. Empecé a tirar, sin éxito, pues sólo pude desplazarme un par de metros. La maestra se dio la vuelta para ver a los cuatro de mi clase que se le habían escabullido entre las demás filas de otros cursos.
Yo le gritaba a Damián que me soltara, pero él no me hacía caso: me agarró del brazo con la otra mano y no sé qué movimiento hizo, pero de golpe yo estaba de vuelta en la fila. El maestro de la clase de octavo salió corriendo para traer a los que se le habían escapado, y nuestra maestra, ahora controlaba cuatro filas de chicos en vez de dos. Entonces, la mirada de ella y la mía se cruzaron en el momento justo que yo intentaba librarme de Damián. No sé qué vi, qué mensaje me envió ella a través de todo el ruido, pero me asusté.

Cuando nos inmovilizaron a un lado del pasillo, todavía estaba llorando. No sabía cómo habíamos llegado ahí. La maestra contaba las parejas de nuestra fila con los dedos índice y corazón en uve. Los que se habían escapado ya estaban de vuelta en su lugar, intentando no reír, con fingida cara seria. Yo sabía que el simulacro de incendio había sido un fracaso.

Me sequé los mocos con todo el antebrazo cuando la maestra llegó a mí. “¿Dónde está Damián?”, me preguntó, abriendo mucho los ojos. Miré a un lado, no estaba. Miré al otro lado, no estaba. Después me miré las manos. Damián no estaba. Yo era el único que se había quedado sin pareja. Así que empecé a llorar.
La maestra empezó a gritarme, a exigirme, a demandarme...
Yo no sabía. Solo lloraba.

Cuando todo terminó, Damián no apareció. Tampoco los policías lo encontraron más tarde. Me preguntaron muchas cosas durante muchos días, pero Damián nunca volvió. Nunca llegó a salir del incendio.

Me descubrí en la sala del museo de golpe, aturdido, ansioso, con la mirada fija en una de las barras del andamio. La chica seguía con su dibujo, pero hablaba de algo con el vigilante, sentada y de espaldas a él, sin levantar la vista del cuaderno de dibujo. Las palabras de aquella conversación retumbaban demasiado en toda la sala. El viejo de los anteojos se mantenía en la misma posición como una estatua o como si estuviera sometido a algún experimento espacial-temporal. Me preguntaba de dónde había venido el recuerdo de Damián.


Traté de regresar a la realidad y observar el animal de Tasmania, pero las líneas horizontales y verticales trazadas por las barras del andamio me distraían del esqueleto y mi mirada se desviaba hasta ellas sin remedio. Tal vez eso fuera lo que miraba el viejo de los binoculares, que todavía no se había movido: cada tornillo y cada codo de aquella estructura. Algo en esa composición (huesos y metal) era incoherente. Más aun, me provocaban una especie de cortocircuito. “Lo incoherente”, me dije, “es que no puedo separar una de otra”. Pero no era exactamente eso. Seguí mirando el andamio, hasta que entendí que esas barras tenían algo que ver con la presencia del extintor en la pared que había a mis espaldas. Las barras del andamio tenían su propia manera de imponerse, de comerse lo expuesto, que debería ser lo importante. Mi mente empezó a embotarse. Se me ocurrió que, de alguna manera, el andamio me llamaba más la atención, porque el esqueleto del animal de Tasmania era un reclamo, un anzuelo, una trampa en la cual había caído. Había algo terriblemente errado en aquella sala. Algún error peligroso, porque, por otro lado, parecía de lo más natural. “Si uno se acercaba a la taquilla del museo, sacaba su entrada, caminaba un rato por las salas de exposición y luego se iba a casa a cenar, satisfecho con haber visto los huesos del animal de Tasmania, tal vez a escribir una carta después de una comida frugal, entonces uno nunca se daría cuenta de que algo estaba mal”, pensé para mí mismo. Pero si bien yo había entrado al museo exactamente con esa intención, algo había pasado, algo me había pasado, y era imposible no ver los contornos enormes de ese error, pero sólo los contornos. En el fondo, el andamio también se exponía disimuladamente, lo que no quería decir que fuera menos importante. El andamio simulaba no ser más que un aperitivo y que yo no era más que un visitante irritado por la presencia de aquellas barras metálicas...

Pasé la mirada por el viejo de los binoculares, por la chica que cerraba su cuaderno de dibujo y por el vigilante. Los tres estaban en la misma posición espacial. No sabría decir si estaban un poco más exentos de todo. A diferencia de lo que podía pasar cualquier otro día, nadie se movía de su lugar, eran estatuas eternamente vueltas hacia dentro, que nunca llegarían a explicarse el espanto que es el tiempo o el error de aquel lugar. Tal vez fueran actores.

En mi reloj eran las siete y cinco. Nada más. Ya ni pensaba en escribir esta carta. Pensaba que no sabría cómo escribirla. Porque en el fondo, no me había sucedido nada, aunque me hubiera sucedido de todo. Lo único que pude hacer fue preguntarme si no habrían cerrado ya la última salida. O a dónde me llevaría exactamente, en el caso de que siguiera abierta.





CONSANGUÍNEOS
DE AQUÍ A LIMA
VORÁGINE
DINOSAURIO

ENNIS DEL MAR




Algunas estrellas cayeron al río
y en las aguas poco revueltas,
sobre los nenúfares,
los sapillos absorbieron su luz disuelta,
mientras que vosotros temblabais de frío
bajo la luna en la noche transfigurada.
El amor que os profesabais
crecía a cada paso que dabais en la hierba
y se escondía entre los troncos
apilados del campamento,
los que más tarde arderían en la hoguera
levantando pavesas con vuestra ternura acumulada:
luciérnagas de amor liberadas.
Sentíais el tiempo fibra a fibra
tejiendo Brokeback Mountain en vuestros corazones;
quedando las cosas mudas
mudos los árboles
mudo el viento
mudo todo,
horas profundas y silenciosas amontonadas,
que en cascada se desbordan
y os inundaban de estremecimientos...
Esperabais bajo los tejados de lona
y de sueños extraviados
a que pasara la tormenta,
húmedos de besos y lágrimas,
hasta que en vuestro rostro empezaba la madrugada
y en vuestra alma maduraba la transparencia
llevándose consigo vuestras pesadillas...

Tres de la mañana
y percibes el momento
como si acabaras de nacer.
De cierto tipo de vigilias
viene la inculpación del nacimiento.
Ennis del Mar,
no estás en un mundo espantoso
aunque para ti se torne insoportable.
¿Puedes soportar la verdad destructiva,
-Jack Twist en tu memoria-
si no tienes la esperanza que sustituya su vitalidad?
Ennis del Mar regresivo,
nunca a gusto en lo inmediato,
te sientes como el hijo de un verdugo,
-miserable sensación-
cuando miras a las estrellas y te sientes pequeño.
Días enteros cuajados de esterilidad,
amparado en el silencio
te regodeas de en una eternidad vacía
y te olvidas de nacer.

A Brokeback Mountain vuelves,
de nuevo te traen los múltiples caminos recorridos,
o ni siquiera eso,
más bien los vaivenes de los sueños creados con su nombre,
buscas en el presente un futuro de pasado antiguo.
Llueve en la montaña,
salpica tu rostro de superviviente melancólico,
vuelve el dolor en el estómago,
consciente de que hubo un ayer
y habrá un futuro desconsolado,
y vives sin ni siquiera haber nacido.
Vives un presente de vaquero cansado
mirando la lluvia
bajo la lona de tu vieja tienda
reposada en la tierna, verde y húmeda hierba
que una vez vuestros caballos pisaron,
miras a lo lejos el horizonte que la lluvia borra,
y piensas en Jack Twist...
Poco en la vida te consuela,
sólo a veces, muy raramente,
en la monotonía de la noche,
entre repetidos sueños,
surge su imagen...
Jack Twist reconstruye una intensa instantánea de felicidad...
De felicidad perdida,
pues cuando tan misterioso privilegio te llega,
despiertas,
y despertar es el infierno:
no el infierno de llamas y demonios,
sino el demonio de la luz de nuevo,
el fuego del primer cigarrillo de la mañana,
las llamas de una hoguera sin él acompañándote,
las llamas y los demonios de tu estómago,
el infierno de volver a Brokeback Mountain solo;
las llamas de tus ojos al recordarle,
acurrucado dentro de la tienda
como un niño,
como el niño que siempre has sido.

¿Qué juras, Ennis del Mar,
cuando llega la mañana
y de la cama revuelta te levantas?
¿Qué le prometes a Jack Twist?
Puesto en pie, vacilante, impreciso,
contemplas con los ojos pegados,
mirada acuosa, aguas amargas,
las camisas colgadas,
jirón de ternura que pende en tu armario.
Le prometes que nadie te habló de la desidia que inyecta la pena,
que nadie te dijo nada,
que nadie te había dicho nunca que la pena se viviese como miedo,
que no estás asustado, pero que la sensación es la misma:
mismo mariposeo del estómago,
misma inquietud,
mismo silencio encerrado en la tristeza.
Pero nadie te dijo nada.
Aguantas...
Aguantas, y tragas saliva.
Ahora te duele...
Y te aguantas.
Y te duele,
no el amor, no el deseo,
sino algo más poderoso:
la certidumbre de lo que pudo haber sido...
Pero nadie te dijo nada.
Rincón de ternura son los recuerdos,
mucho más los recuerdos dolorosos,
agudos, intensos, atormentados,
aquellos cuando erais felices en Brokeback Mountain
cabalgando a escondidas vuestro amor oculto al mundo.
¿Qué juras, Ennis del Mar?
¿Qué le juras a Jack Twist?
Lo que llamas amor, quizá se torne forzada promesa,
en elevado muro pretendiendo encerrar
aquello que únicamente en libertad puede ganarse.
Claro, nadie te dijo nada.
Júrale todo lo que quieras,
el ya no puede contestarte;
no esperes el Pentecostés,
el quincuagésimo día pasó hace mucho,
no esperes respuesta,
no hay palabras, sólo tiempo detenido y palabras enjauladas.
El recuerdo de Jack Twist
te da fuerzas para continuar el error de vivir hasta mañana,
antes de desplomarte con estrépito,
vacío y solo,
donde la muerte no quema el corazón
y el desamor cae como lluvia olvidada:
es el escenario perfecto para jurar.
Júrale, entonces.
No digas después que nadie te ha dicho nada.

Retorna a menudo y te toma
esa amada sensación,
cuando despierta la memoria del cuerpo,
y el viejo deseo vuelve a fluir por tu sangre,
cuando tus labios y tu piel recuerdan
sus labios y su piel
y tus manos intentan acariciar de nuevo
sus manos que una vez te acariciaron,
pero sólo acaricias el vacío de tus pensamientos;
en la noche
retorna a menudo y te toma
esa amada sensación...
Regresa el estremecimiento y lo detienes:
el placer entregado de vuestros cuerpos,
resonancias de aquellos días,
junto a la hoguera siempre encendida
se sucedía el roce
se esperaba el beso
se daba la caricia (in)voluntaria
o las simples miradas
que todo lo decían y no decían nada.
Ecos del pasado vuelven a ti,
boomerang de emociones:
Jack Twist viene y se va,
tan lejos de ti, tan cerca de tu corazón.
Retornan los recuerdos y te toman.
Tu cuerpo recuerda cuánto amor te fue entregado
y te estremeces cuando lo inolvidable vuelve a ti,
ahora que está ya todo en el pasado.
Brillan los recuerdos en la noche,
ecos que se retuercen en tu sentido
espirales de sentimientos,
como el brillo de aquellos ojos en los que te mirabas,
verdes;
retornas al pasado
y el pasado de toma,
retorna a menudo esa amada sensación.
Buscas aquello que perdiste,
aquellos labios suyos,
placeres remotos, marcados en la piel,
persigues lo que desaprovechaste,
tentativas de sentir, de nuevo, su amor,
estelas sinuosas y arrepentidas,
retornas y persigues aquella amada sensación,
el placer de la carne intocada.
No comprendiste
no comprendes,
Ennis del Mar,
pues retornas cada día
al recuerdo de vuestro amor que de manera algo torpe,
casi adolescente,
vuestros cuerpos se entregaban,
y enteros os convertíais en puro sentimiento.
Cuando amabas,
hace mucho tiempo ya,
no vivías en la misma tierra
con el resto de los mortales.
¿Vives ahora con nosotros?
No.
Ahora, recuerdas,
y buscas aquella amada sensación:
un paraíso efímero que ilumine tus noches,
un ocasional recuerdo magnético e impregnado,
una breve nostalgia,
el estremecimiento de un instante,
una breve y empapada sensación,
un sueño en la hora del alba, un gozo
inmotivado que de pronto fluya en tu corazón
y que de pronto sin tú quererlo
desaparece.
Desaparecen las huellas de pasión.
Es una muerte sin fin...
Retornas y te toma
esa amada sensación;
cuando durante la noche vela por tu mente
la sombra de Jack Twist
y a tu alrededor comienza a andar su nombre
y sus pies descarnados recorren la madera
para verte,
y no te espantas,
no podrías,
pues sabes que esa sombra confundida
busca
como tú
volver a aquellos tiempos,
busca los vestigios de aquello que fue...
Pero ya no habréis de volver nunca,
nunca,
porque estáis salvados en este tiempo
abominable.
Esa amada sensación
que retorna
y te toma
en la noche...
Y ahora ya no ves,
se enturbió de tanta agua
el cristal de la ventana de tus ojos,
y por la superficie corren,
resbalan,
se extienden
gotas desparramadas
y cada una emborrona,
obnubila,
y apenas ya ves
de tanto que llueve en tu cara;
sólo de tanto en tanto,
entre la neblina diluida,
distingues borroso
su rostro y su mirada:
una alegría momentánea,
un consuelo en la misma pena:
siempre se elige
aquella vida que no se puede vivir.
Ahora te engañas con el recuerdo,
con una vida vacía;
tantas veces cerca estuviste
y varado te quedaste,
cerrados los labios
encerrados los deseos;
tantas veces tan cerca estuviste
de sus ojos y sus labios
de su amado y soñado cuerpo,
tantas veces tan cerca.
Retorna a menudo y te toma
aquella amada sensación.
Regresa y no quieres que se vaya,
pero se va
hasta que vuelve
y comienza de nuevo
una y otra vez
el agridulce círculo
del cual nunca podrás salir,
porque tú mismo
ni quieres.
Te acurrucas
como un niño enfurruñado
y recuerdas
momentos dulces,
y cuanto más dulces los momentos
más te duele,
pero insistes en la memoria,
y escudriñas en las lagunas de tu mente
los momentos más intensos de aquél tiempo,
para rendirte en el estremecimiento.
Retorna a menudo y te toma
esa amada sensación.

Todas las noches te suicidas un poco,
por las mañanas tienes menos vida,
como si el whisky se volviera tierra.
Bebes porque la gente no te gusta,
porque a la gente la quieres demasiado;
porque las cosas cambian y el ímpetu se enferma.
Bebes para olvidar que estás bebiendo,
porque la noche es larga y tiene seres,
porque esos seres no están contigo,
porque te persigue la tristeza
y temes que te encuentre;
porque al alba sientes frío.
Porque la ausencia no existe si no quieres a alguien
y has dormiste en el pecho de tu amante.
Y estás vivo porque te duele todo.
Y no vale que grites
sólo puedes aguantarte.
No quieres que tu corazón se quede congelado.
Recoges el envío de su recuerdo
aspiras la brisa fresca
mientras observas el cielo plateado,
el sol empieza a descongelar el hielo frágil,
que insiste en adentrarse en tu cuerpo
sin que nadie pueda hacer nada...
No quisieras empezar así el día
pero así comienzas,
es eso sobre todo lo que te duele:
un súbito vacío muy cercano,
una burbuja de no ser que la vida consiente
que por todas partes se derrama y crece en ti.
Lleno de ti, sitiado en tu epidermis
por el recuerdo inasible de Jack Twist,
lleno de ti, ahíto, te descubres
reflejado en las lágrimas de tus ojos;
porque en el lento instante del quebranto
cuando te repliegas encogiendo tus hombros
te sientes vacío por no tenerlo,
un negro sabor de tierra amarga te invade
quedándote en la memoria su perfume,
bello ser inasible transitando en tu recuerdo.
No quisiera acabar así, pero así terminas el día.

Hoy es un día de esos
en los que la angustia crece a cada segundo,
hoy es un día brokebackmountiano...
Hay que echar talco para delimitar palabras
y azul de metileno en el aire para demarcar sonidos.
Hoy es un día de golpecitos de lápiz sobre la mesa,
de tabaco inglés,
de espuelas en los costados,
un día soñoliento,
de vueltas alrededor de la cafetera,
de olvidos
de coagulación de seres siniestros.
Hoy es un día de esos en los que...
Hoy es un día de esos

Viéndote salir de tu tienda entre la niebla
que regala generosa al aire el agua tibia,
suspiras invocando su presencia
y que un milagroso rayo viniera
para devolvértelo.
Y entonces sueñas:
Vuestros cuerpos paralizados
en un mágico momento
de esplendor y humo
y las alas de vuestra espalda
eclipsan la luna
y limpian de estrellas el cielo.
Salís de los matorrales
primero un hombro
un destello de labios húmedos
las pestañas apenas
o valle
o bosque
o río
y aura
y bruma,
se insinúan
os insinuáis
tras la hendija entreabierta por un hado de vuestra tienda,
por fin cómplice,
y en esa hora oscura de sueños esperados
en la que vuestra piel mojada y cabello goteante
como húmedos animales dormidos
destiláis vuestra carga de sentimientos
en la orilla del río
y sobre el declive de vuestras espaldas derramado
se detiene el silencio
y podemos
contemplaros todavía
a medias liberados,
un poco presos, más no mucho, así
vuestra piel dibujarse en lo entrevisto,
en esa abertura demorada
donde la belleza se regala
sin darse con ese engaño de tiempo
que simula eternidad.
Más sólo es un sueño.
Vuelven a ti las noches
y recuerdas esperanzas en vano.
Piensas en Jack Twist
pero sólo es eso,
sólo pensamiento,
la realidad te lo roba,
te lo quita,
te lo arranca sin miramientos;
y sólo queda su nombre:
Jack Twist.
Cierras los ojos para recurrir a tu fiel memoria
y recuerdas:
Jack Twist de ojos verdes,
alegre,
con la mirada triste del que sueña días de gloria.
Ojalá pudiera verte
en estas noches en que devoras las horas
confundiendo auroras con ocasos,
matando el tiempo de cualquier manera,
forzando el sueño para soñar con sus ojos,
inmortal anhelo tuyo de apresar su brillo leve.
Y lo logras…
Ves a Jack corriendo,
saltando entre el la mala hierba y el centeno,
herido de muerte, como una bestia en celo,
bramando en la soledad misteriosa del campo
antes de caer sobre la hierba seca.
Ves a Jack Twist agonizando en un campo de amapolas,
donde el manto rojo de las flores
pareciera que saliera de su cabeza ensangrentada.
Y tú, Ennis del Mar,
corres hacia él,
pero
llegas tarde;
y te arrodillas sobre su inerte cuerpo.
Tu lengua como paño de seda,
tu saliva y tus lágrimas como agua,
y recorres su cuerpo de arriba abajo,
lamiendo todo el horror que mancilla su hermosura.
Y te despiertas sobrecogido,
agitado,
aterrado,
y comienzas a llorar de nuevo.
...y ahí estás,
en el infierno;
convertido en lo que eres por el ultraje del tiempo,
intentando olvidar que has existido,
bajando la ladera,
mirando aquello que ha de perderse para siempre,
aquello que te hizo feliz rueda contigo
hacia abajo,
hasta el averno,
mientras arde tu saliva y tu lengua se quema,
das otro sorbo de whisky maldito,
mientras tu enorme río de desesperanza desemboca
llevando bajo sus aguas tu voz,
que no es más que recuerdos del pasado destruida...

No es el viento el que se queja,
eres tú, Ennis,
quien remonta un tiempo pasado.
A veces quisieras perderte camino hacia el olvido,
quisieras que de tanto amor que hubo,
los árboles se reclinen
para beber de tu frente.
Quisieras,
Ennis del Mar,
no estar tan solo,
no recordar sus ojos verdes,
su risa,
su rostro,
su caballo tallado de madera;
quisieras quedarte sin memoria,
y, sin embargo, recuerdas su dulzura
en las tardes que declinan
buscando los pliegues de la noche.
Brotando lento,
apacible y lento,
nacido del recuerdo,
como un milagro sin prisa,
surge su rostro en tu cabeza,
visceral memoria tuya,
que lo rescata y lo hace vivo.
Quisieras,
Ennis del Mar,
volver a Brokeback Mountain
con él a tu lado,
quisieras estar junto a él para abrazarlo,
pero la vida no se detiene
ni un instante
y veces temes
que nada de lo que hubo haya existido,
que tu memoria te mienta,
que con sus puños de ángel
Jack Twist golpee la puerta
de tu remolque gastado,
y lo esperas todas las noches
hasta que amanece un nuevo día
y nada pasa,
nada,
sólo el viento que mece el trigo,
sólo tus lágrimas
que laten contenidas en tu órbita de plata
y un dolor antiguo que te espera.
Por el aire navega su memoria,
monstruosamente múltiple se alza
mordiéndote en el costado;
el mismo aire que respiras dispone su fantasma,
lo rescatas de tus sueños para no estar solo
y en tu frente de violetas
se dibuja la tristeza.

Remolque de largos sollozos...
Tu lecho colmado de olores ligeros,
de tu cuerpo emanan sudores febriles
en las noches en las que recuerdas a Jack Twist.
Cuando sueñas e imaginas su muerte
en una tarde de rosa y azul místico
en la que un rayo único cargado de adioses
tocó su cuerpo
y te arrebató lo que sin tú saberlo más querías.
Un largo sollozo queda contenido en tu garganta
hasta que no puedes más
y escapa,
se desbanda,
abres la boca de labios prietos,
y entre las paredes metálicas de tu remolque
queda tu lamento.
Quieres y no quieres recordar.
Tu presente es una nube horrible del pasado,
aunque su recuerdo mece y alivia
la angustia que te taladra como un ronquido agonizante.
No tienes nada
sólo su recuerdo,
pesadilla sin tregua
que abarcan dos camisas encerradas en tu armario
que de vez en cuando abrazas
arrullas
hueles
acaricias
aprietas contra tu pecho,
mientras una largo sollozo tuyo
estremece el interior de tu remolque,
mientras afuera,
los campos de trigo siguen impasibles
meciéndose en el viento.
Duermes durante varios días,
o tal vez mueres por un tiempo,
pero sabes que muchos días has estado ausente,
y sabes que has descansado,
sabes que en ese tiempo las moras y las frutas
secaban sus raíces
triturándolas en la dulce molienda
de sabor y regocijo.
Subes solo a Brokeback Mountain
Para descansar en la montaña
y curiosamente
tu corazón no se ha secado
con la humedad del llanto,
no sollozas,
no reclamas tristezas pasadas.
Descansas,
duermes un poco,
reposas en la orilla del río,
sueñas con él
y el corazón se te hace grande.
Pero vuelves sobre tus pasos,
vuelves sin embargo,
con un raro sabor a tierra amarga
que no es más que los sufrimientos acumulados.
No puedes olvidar,
es difícil dejar todo abandonado:
arrancar es siempre dejar algo,
un hueco,
una raíz fina,
el aliento incansable
y desconsolado
que habita en el corazón y en el sueño.
Vuelves a Brokeback Mountain.
Vuelves con tu seco corazón de pan y piedra...
Ennis del Mar,
¿llegan ya tus cabellos a las nubes?
Después de haber estado tanto tiempo
tendido en la hierba del olvido,
cubierto por muertas hojas de arce,
que de los árboles caían sobre ti para arroparte...
Has vuelto lentamente,
porque un poco de sueño
es siempre necesario
aunque sea corto
como el silencio de las enredaderas.
Vuelves después de un largo sueño;
descansado,
has estado un poco muerto,
pero has gozado de flores blancas.
No te reproches nada:
si has estado ausente,
todo un largo racimo de días apretados,
es porque suponías
que nunca se puede
sufrir tanto;
Nunca sabrás si has descansado lo bastante,
pues saberlo no es suficiente,
nunca es suficiente,
pero sabes que has dormido
y allí donde dormías
el musgo cubría tu cabeza,
y no te preocupabas ni del río
ni del fuego de la hoguera.
Vuelves a Brokeback Mountain
de tu perenne viaje
del descanso,
o del viaje sin descanso,
o del viaje y del descanso;
y todo es un alivio para tus ojos muertos.
Regresas con la duda
y la palabra,
retornas con la alegría en la garganta,
sin descanso o con descanso,
pero sin nuevos sueños en el horizonte,
que ya no quieres descansar
en tierras del olvido;
ya no quieres vivir sólo soñando.
No quieres ser un hombre triste
que agota sus pensamientos.
Ya no quieres,
No quieres.
Y dices basta.
Pero acaso ya has muerto,
tanto tiempo has estado dormido,
quizás no has descansado nada,
¿o es que quieres
volver a recostarte
en el lecho
del descanso, en donde
en sueños escuchabas
el rumor de la voz de Jack Twist?
Después de la felicidad temporal te llega la tristeza.
Mundo brokeback seco
sombrío y desangrado,
desierto sin orillas, interminable,
no logras desprenderte.
La soledad te deshace,
te hace pequeño
te rompe
te aleja.
¿En que angostura esconderás tu alma
para ausentarte
como un terrible sol sin ocaso
de brillo definitivo y despiadado?
Mundo brokeback cruel,
impío y desalmado,
río caudaloso que sobre sus aguas
navegan desdichas y rencores.
No quieres ausentarte
bajo profundidades del recuerdo de Jack Twist.
¿En qué valle reposarás tu espíritu maltrecho
para que descanse,
para que disperse el viento los pétalos de tristeza
que en tu cabello hay adheridos?
Lo besaste como si el mar fuera a desbordarse
y sembraste su sonrisa con la altivez de una espiga
dibujando la soledad sobre la niebla.

Ennis del Mar,
hombre dócil, fiel, íntegro y pleno,
de vuelo humedecido sin tiempo ni espacio,
inventas soles, agua de seda,
verdades sencillas.
Estuviste listo para amar
igual que la primavera espera el cereal dormido del otoño,
y todavía
esperas a Jack Twist con dulce arrobamiento,
con el callado temblor de los latidos
bajo la pleamar de pétalos en la noche.
Ennis del Mar inconstante,
de cabello de trigo inundado por la luz del sol salvaje,
de ojos acuosos
humedecidos de cristal líquido,
desafías con tu aroma a las cigarras tristes que cantan su nombre.
Con la mordaza de abril en tus labios crece tu abandono,
Silencioso existes,
con la postal de unas montañas apretada en tu pecho,
vives en un invierno eterno
que como un voraz gusano te devora.
Entre los juncos del río avanzas con las alas tronchadas
y buscas
y no lo encuentras,
pues el misterioso túnel sin origen
tampoco tiene un final,
y se apagan las luces
cuando los crisantemos se lanzan a la noche,
y sientes frío entre los espejos de las hojas,
que roban tus sueños
y dejan tus ojos abiertos eternamente
gastados por el llanto.

Ennis del Mar,
que con una fuerza irresistible lo atrajiste
que por ti atravesó un precipicio de miedo azul y frío
que por ti suspiró el amor que suaviza el viento
que sus labios se apretaron con los tuyos
y sus manos agarraron tus sienes serenas
formando corales de pasión y entrega...
Inmortalizas todo eso
y te absorbe el pensamiento
mientras le juras sobre la memoria inalterable del recuerdo.

Tu Jack Twist: encendido matorral de deseo...
Buscas sus brazos
y una lluvia torrencial y desesperada
humedece tu silencio contenido de camisas y desidia.
¿Qué te importa si se cierra vuestro cerco
y se apagan los latidos de tu pecho
si en tu cóncava gruta del corazón
de cauce serpentino
está anclado el recuerdo de su risa
capaz de florecer todos los campos yermos?
Pero falleces en el intento de tocarlo
y se rompe en mil pedazos las ganas de su piel,
que yerra por la sombra
por un amor de manos ciegas,
tropezando con las ramas transparentes
que impiden tus promesas
y la dicha de cubrirlo con tu cielo.
Ennis del Mar desordenado
de amores efímeros y eternos
desplomados.
Te quedas quieto,
conversando con el polvo y las hormigas,
tiritan tus labios en un charco de esperanza
donde duerme tu risa;
te quedas quieto,
sembrado de recuerdos,
desmadejando la maraña de silencios
contenida en tu pecho;
te quedas quieto,
cansado de estar cansado,
como un tronco mutilado bajo un paraguas de hojas secas
intentando apresar cosas imposibles;
te quedas quieto
en las noches de luz dormida
con la boca helada y rendida
atrapando estrellas y raíces,
tallando el tiempo,
que como un sueño sin aurora
pintas de nuevo con cenizas;
te quedas quieto,
murmurando secretos,
y dejas caer las lágrimas por tu garganta,
mientras trituras la angustia que atraviesa tus venas;
te quedas quieto,
muy quieto,
sintiendo el aire frío que te consume,
esperando un abrazo imaginario
que quiebre el terror de tu soledad inmerecida.
Pero el frío no se cae ni pasa de largo,
al contrario:
te cubre con en velo de noche rasa
y sueñas con su mirada.
Sueñas cada noche con Jack Twist.
Sueñas que sois sombra y olvido tomados de la mano,
dos almas que lloran entre las oquedades,
sin huellas ni cárceles que giren sobre vuestras almas
ni prohibiciones de piel encendida.
Eclipsas los ojos
y un espacio inmenso,
valle torrencial,
infinito,
surca su nombre entre ráfagas de flores deslumbrantes.
Ennis del Mar,
no aprendes que después será muy tarde,
¿en brazos de quién, qué primavera
vestirá lo desnudo
de esas cuatro paredes que te encierran?
Tú también necesitas
mirar alguna vez la luna llena a través de los árboles;
perder el poco tiempo que te queda
buscando esa palabra
que significa todas las respuestas.
Acaso te haga falta un milagro,
pero
tú también eres noche,
ardiente oscuridad.
Jack Twist llega tan sólo
para darte las razones de su ausencia.
No pidas más préstamos de amor a quien se acerca
procurando, inmutable,
que no termines de pagar tu deuda.

Ennis del Mar,
¿el hombre que resiste es menos infeliz,
acusa poco la llegada del mal a sus dominios,
ignorando si hay viento de levante o poniente,
o si en sus tentaciones ha crecido la hierba?
Cuántas veces tu cuerpo está llagado
hasta el punto de ansiar la sepultura...
Pero nada termina por derrotarte,
tu débil naturaleza te sirve de escudo atemperado
contra alguna supuesta rebeldía que no existe
y vives enraizado en la oculta verdad que te define,
en el justo infierno de las caricias mustias,
en el preámbulo de las despedidas,
entre palabras enredadas
y no logras enderezar los años perdidos.
¿Por cuánto tiempo más vas a seguir muriendo?
¿Por cuánto tiempo buscarás lo que no existe?
Ya sé, ya sé, Ennis del Mar,
que nunca podrás olvidar el látigo de su ausencia,
ni sus rutas de aire,
ni el calor de su piel que te devoraba como un vendaje imperturbable...
No puedes detener la caída del llanto
contenido en el recuerdo de sus abrazos,
ni parar la oscura horadación de los túneles de oscura sangre
por donde pasan las voces desgajadas que te devoran.
Ennis del Mar, inconsolable,
que escuchas pasos pero las puertas no se abren,
que intentas matar coyotes solitarios
con tu escopeta de flores y manzanas.
Ennis del Mar,
que de tu vientre nacen ramas secas
y absorto esperas
que la plenitud perfecta de su imagen
en tu interior
vibrando
quede grabada.
Ennis del Mar querido:
esta voz tibia, que es mi voz infinita,
con la que te hablo y te escribo palabras anegadas en ritmos,
que habrá de seguir en mí y habrá de acabar conmigo,
esta voz, que no es mi voz,
que está robándole el sitio a esa voz que yo me sé
cantándote vivos sonidos;
esta voz, que es mi voz,
¿habrá de acabar conmigo sin que la otra voz,
su voz,
pueda surgir del olvido?
No te estremecen mis palabras
y tu mirar se vuelve
a los recuerdos;
infatigable, tira de ti un hilo de estrellas,
te llama y te vas
como una ola vencida,
y tu amor eterno se va contigo
como la brisa en la nieve
o una nube lejana,
te vas y me dejas con la palabra en la boca,
te llama y te vas junto a él,
aunque sea en sueños,
y me dejas a mí dando tumbos en la orilla,
y soy yo quien ahora siembra tu sonrisa con la altivez de una espiga
dibujando la soledad sobre la niebla,
Ennis del Mar,
hombre dócil, fiel, íntegro y pleno,
soy yo el inconsolable,
el que escucha pasos y las puertas no se abren,
soy yo quien te sustituye en el tormento,
cuando pienso en ti
soy yo quien te releva en el sufrimiento de recuerdos desconsolados...

…azul es la camisa Jack
Añiles los cuatro años de ausencia
Cerúleas sus despedidas
Zarco su amor truncado
Azures sus sueños
Celestes las esperas
Índigo es el frío de Ennis
Garzo su juramento
Azules nuestros corazones mutilados
¿Qué le queda a Ennis del Mar,
hombre de corazón azul marino?
Recuerdos y sueños azules es lo que le queda
Recuerda el cielo azul de Brokeback Mountain
Sueña la eternidad azul de Jack
Sueña que todo sea un mal sueño índigo
Recuerda el acero azul de Lureen tras el teléfono
Recuerdos azules
Sueños azules
Pero no es lo mismo si sólo recuerda
No es lo mismo si sólo sueña
No es lo mismo
No lo es
No.

No fue siempre así, pero
así fue, así fue…
Amor frío sobre la hierba
bajo la lona vuestros besos
junto a la hoguera las caricias
entre los árboles las miradas
rodeado de montañas el eco de vuestras voces
mientras el río serpenteaba
admirando vuestros cuerpos desnudos.
Noches estrelladas de latidos regalados
noches de robados corazones en el cielo
noches de saliva, de pieles cosidas y rozadas
noches de luna, de viento, soñadas
noches de whisky
de sombras, de miedos y crepúsculos
noches de timidez desbordada
noches de alces y coyotes
de rifles y de sopas
también de ovejas destripadas
noches que así fueron
pero noches nunca olvidadas.
Días de verano no devueltos
amontonados y adúlteros en el recuerdo
luego, frases de esperanza
en postales disecadas
evocando vuestros cuerpos
impregnados del perfume amado del otro
cuando la noche anterior estuvieron fundidos
cuando abrazados pensasteis en silencio
siempre así, siempre así...

Se te hace impreciso el camino
desde tus ojos hasta su alma,
se vuelve frío el hueco de tu espalda
donde sus manos descansaban en silencio.
Ya tus pasos no persiguen sus huellas
y tu boca grita su nombre...
sólo para no olvidarlo todavía.
Todavía, no
no, todavía.
¿Qué fuerza te queda en las venas
por haberlo amado tanto?
Un congelado adiós perpetuo
en la boca te abrasa.
¿Qué no hubieras dejado por seguir a su lado?
¿Cuándo surgió la mañana
en la que despertaste sin su aroma en tus manos?
Con tanta ausencia
nunca te sentirás acompañado.
¿Cuándo comenzaste a echar de menos su silencio?
Toda la lluvia te ha visto correr por los campos
gritando su nombre desesperado.
Vuelves a tu caravana gastada
y te preguntas en qué fallaste,
qué te quedó por darle
si él todo puso en tus manos.
Te sientes culpable por todo el cariño dado.
Te sientes culpable del amor anidado.
Y te preguntas de nuevo
qué no hubieras dejado por seguir a su lado.
¿Qué parte de su amor no mereciste?

No le jures, Ennis del Mar, no le jures
No le jures el cielo ni suaves terciopelos
No le jures más cuentos ni rojas manzanas
No le jures un sueño ni húmedos besos
No le jures amor ni hogueras paganas
No le jures ternura ni minerales sinceros
No le jures pasión ni conchas moradas
No le jures una vida ni amores externos
No le jures palabras sin sentido ni sentidas palabras
No le jures respeto ni noviembres lejanos
No le jures cuidarlo ni lágrimas saladas
No le jures caminar a su lado ni caballos oscuros
No le jures madrugadas ni caricias en la espalda
No le jures sonrisas ni amaneceres intensos
No le jures emociones ni memorias gastadas
No le jures momentos ni risas ni sueños
No le jures postales ni camisas olvidadas
No le jures esto o aquello ni nada de nada
No le jures a Jack Twist ni a él ni a su alma
Júrate a ti, Ennis del Mar, júrate a ti.

Es imposible y
le juras
aún sabiendo que es absurdo y
le juras:
Jack Twist, yo te juro…
No hay marcha atrás
ni se puede recobrar el tiempo
ni se puede siquiera parar
en los momentos que te sueño.
Y en mis sueños siempre estás,
siempre en mi pensamiento.
Yo te juro que te busco
entre caminos secretos.
Yo te juro Jack Twist, yo te juro
que te busco y no te encuentro.
Yo te espero
y no vienes,
yo te juro que te espero.
No te acercas,
pues te alejas
de mi corazón insatisfecho.
Las raíces son profundas
y anclados mis sentimientos.
Mi Jack Twist indomable
esparcido en el recuerdo,
te extiendes en mi mente,
y reposas en mi cuello.
Y no es cierto que tus besos
se me borren, ni tu aliento.
No te juro por jurar
sólo es que estoy hambriento,
de tus labios
de tu cuerpo
del tesoro de lo nuestro.
¿De qué me sirve lo aprendido
si no estás, si no te tengo?

Y le piensas:
Bajo este cielo
te recuerdo.
Sobre esta hierba
te imagino.
En la orilla de este río
te sueño.
Entre el viento
te siento.
Y no te olvido
ni quiero.
Mi mirada te caza en el horizonte
y te atrapa en las estrellas
y en cada árbol te veo.
Brokeback Mountain
siempre nuestro.
Vuelvo aquí y te huelo.
Tu recuerdo
mariposas en mi pecho.
Jack Twist
cómo te anhelo.
Si cierro los ojos son los tuyos los que veo.
Y no me canso
no me canso de tu recuerdo.
Es tan callado el viento
que oigo tu voz en el silencio.
En las nubes tu cuerpo
en el musgo tu aliento.
Quiero abrazarte
no puedo.
Y no es ternura lo que siento
Sino rabia y desaliento.
¿Cómo odiar Brokeback Mountain
si fue testigo de lo nuestro?
Pero no hay tiempo.
Ya no hay tiempo para guardar
nuestros corazones de fuego
enamorados.
Sólo hay huellas y vestigios
Rastros que florecen en mi recuerdo.
Bajo este cielo
te recuerdo.
Sobre esta hierba
te imagino.
En la orilla de este río
te sueño.
Entre el viento
te siento.
Y no te olvido
ni quiero.

En el alma de Ennis vagan los recuerdos
que debieran parecer lejanos
como de otra vida olvidada
pero están ahí estancados
son el presente recorriendo su ser
y cuando en sueños entra
embriagado
y regresa a aquellos instantes
hipnotizado
cuando no sabían del futuro
embelesados
cuando dejaban crecer su amor
hechizados
planeando anheladas eternidades
encandilados.
Pero su cuerpo vuelve
con mirada inundada
y cree ver aquellos ojos queriéndole alcanzar
y oye una voz igual a aquella voz
que lo llama
dulce voz
y lo convence a seguir en el recuerdo
porque en el futuro Jack Twist ya no será
parte de su vida jamás.





ADICTOS


Después de tomar dos cucharadas de sal y un trago de vinagre, mi hermana y yo vomitábamos en el suelo de la cocina, pues no nos daba tiempo de llegar al baño.

-¡Qué chuli!
-¡Sí!
-¿Repetimos?
-¡Vale!

                    
***

Mientras bajaba (subiendo por la escalera), no me daba cuenta que tras de mí subía (bajando) mi otro yo. Nos miramos un momento y caímos rodando en uno solo. ¡Nunca más, nunca más!, me decía a mí mismo, y al levantarme, lo volvía a hacer de nuevo, sintiéndome muy viejo y muy solo… Yo no quería, pero cuanto menos quería, más lo hacía. Loco... Lo que más me gustaba era aquello de ir perdiéndome. Loco... Subiendo y bajando. Loco... ¿Dónde estaba? ¿Dónde me encontraba? Loco, loco…

-Tu hermana está loca…
-No es verdad. Sólo se ha dado un golpe en la cabeza…
-Tu hermana está loca por tu culpa.
-No es verdad. Sólo está en un colegio de monjas teresianas para niñas difíciles…
-Ego te absolvo.
-Gracias, gracias, gracias, mil gracias. No merezco perdón, pero mil gracias, gracias, gracias… ¿Quién mierda eres?

***

-Tómate la pastilla, hermanita querida.
-No
-Tómatela.
-¡Nunca!
-Bueno, pues dámela, que ya me la tomo yo.

Subía y bajaba.

***

Mi hermana y yo teníamos varios lugares para jugar en la casa: la cocina, en dónde nos drogábamos con especies; el cuarto de baño, donde nos chutábamos dentífrico; y el mueble-bar del comedor, donde… donde.
Déjenme que les cuente que con el mármol blanco de la cocina me di el golpe más fuerte de mi vida. Fue al vomitar los pepinillos en vinagre con leche condensada.

-¿Te has hecho daño?
-Sí, mucho…
-¿Y por qué te ríes?

***

Suavemente, poco a poco, fui despertándome en la oscuridad de mi habitación. Notaba la cabeza fría y húmeda. La almohada viscosa y mojada… No encendí la luz, no quería ver. Toqué mi pelo mojado y empecé a temblar de miedo. Me senté en la cama y mis muslos iban mojándose, y el suelo también… Anduve con los ojos cerrados por el suelo pegajoso, como mi pelo, como mi cara, como mis manos… Llegué al cuarto de baño y encendí la luz, todavía con los ojos cerrados, y me puse frente al espejo. No pude abrir los ojos para mirarme, porque estaban pegados por las pestañas resecas… Con el índice y el pulgar pude abrirlos: rojo, rojo, rojo, rojo, rojo y un grito ahogado, rojo, rojo, y los ojos blancos, blancos, rojo, rojo, rojo, y los dientes blancos, rojo, rojo, rojo y una sonrisa… Salí del baño y fui hacia la habitación de mi hermana, mientras la nariz seguía sangrándome. Llegué y encendí la luz:

-Cris…, Cristi…, Cristina…
-¿Mmmmm?
-Cristina…

Mi hermana abrió los ojos y me vio.

-¡Socorro!

***

Cuando internaron a mi hermana a la fuerza, yo descubrí la casa, mi casa. Deambulaba triste y solo por el pasillo, el recibidor, el comedor, la cocina, el baño, mi habitación, la de mis padres, y la de mi hermana, ahora sin ella; solo su armario blanco, su cama blanca, su mesita blanca y la foto de la comunión, vestida de blanco, sobre ella… Pero ella no estaba. Ella no estaba y yo estaba solo. Ya no era lo mismo vomitar la sal y el vinagre sin ella. Ya no era chuli...

-Mami, ¿la Cris está loca?
-No, sólo se dio un golpe en la cabeza.
-Nunca se ha dado un golpe en la cabeza.
-Sí, se lo dio y ahora tiene que curarse...
-Pero nunca se ha dado un golpe en la cabeza.
-Que sí. Anda, cállate ya.
-Yo quiero que venga pronto a casa.
-Yo también, pero ahora no puede.
-¿Porqué?
-Porque está malita.
-¿Muy malita?
-Sí.
-¿Mucho?
-Sí.

***

La llave me tiembla entre los dedos. La meto en la cerradura y la vuelvo a sacar. Respiro hondo, introduzco definitivamente la llave, la giro y abro la puerta de par en par. Detrás y a mi derecha hay un pequeño lavadero y veo a mi madre de espaldas lavando mientras canturrea alguna canción. De vez en cuando se seca el sudor de la frente con el dorso de la mano para después seguir frotando y restregando la ropa sobre la piedra. El agua  sale del grifo en un potente chorro helado hasta la pila ya llena y cientos de gotas salpican la pared y el suelo, mientras mi madre se ahoga entre cantos y yo intento coger sus manos enjabonadas, que se escurren de las mías hasta que ella desaparece riéndose de mi llanto.
Atravieso el recibidor no sin antes sentir un escalofrío al mirar el cuadro ovalado: las rosas que había pintadas en él ya no están; sólo hay un fondo negro y siniestro. Entro en el comedor y veo a mi padre sentado en el sofá de cojines dorados. La mano abarca su frente. Está inmóvil por el gran dolor que siente. Un dolor infinito que le hace llorar sin moverse. Yo soy el culpable. La mesa está bocabajo, al bufete le faltan los tiradores de los cajones, y sobre él, el paisaje del cuadro se derrite; las cortinas de rayas marrones ondulan ligeramente, y en el televisor se ven las rosas que no estaban en el cuadro ovalado del recibidor. La mano que está sobre la frente de mi padre se hace cada vez más grande, hasta que se engulle así mismo y yo doy un grito.
Corro hacia el pasillo, que es extrañamente largo y oscuro. Entro en la primera habitación, a la derecha, frente a la cocina, y mi hermano (también tengo un hermano) está girando sobre un pie, gritando que él no está loco. Gira y gira hasta convertirse en una masa informe y viscosa. Chico, me dice, estoy a punto de que me comas. Cierro los ojos y empiezo a correr por toda la casa: hacia la habitación de mis padres, el cuarto de baño, mi habitación..., solo me queda entrar en la cocina...   Pero ella no está allí. Mi hermana no ha vuelto todavía del colegio de monjas. Todavía no está bien. Veo un platito con sal y un vaso con vinagre...
Despierto.

-No lo hagas –oigo a mis espaldas.
-¿Por qué? –pregunto sin darme la vuelta.
-Ego te absolvo.
-¿Quién eres?
-Soy Dios.
-¿Dios?
-Sí.
-Mi familia es comunista.
-Os perdono.
-Si eres Dios, haz que vuelva mi hermana.

***

Tumbado sobre el sofá de cojines dorados, levanto mis manos y las observo. Muevo un dedo y después otro. Mi madre lava los platos en la cocina mientras canta algo triste. Hay mucha luz. El techo del comedor parece más blanco todavía. Mi padre (también tenía padre) está fuera, supongo que trabajando. Mi hermano está en su habitación, encerrado... Llaman a la puerta. Es mi hermana que vuelve. No nos abrazamos. No nos decimos nada. Pasa la tarde y no nos dirigimos la palabra, sólo nos miramos de reojo. Llega la noche y nos vamos a dormir...

-Chico... Chico...
-Cristina...
-Shhhhh, no hagas ruido.
-¿Qué pasa?
-Despierta.
-Ya, ¿qué quieres?
-Nunca me he dado un golpe en la cabeza.
-Ya lo sé.
-Y yo no estoy loca.
-Ya lo sé.
-Y te quiero mucho.
-Yo también.

Me levanto de la cama y cojo la mano de mi hermana. Por el pasillo, totalmente oscuro, nos dirigimos silenciosamente a la cocina. Bajo la luz de la bombilla de la nevera abierta, tomamos tres cucharadas de sal y un trago de vinagre. Nos miramos a los ojos y vomitamos.

-¡Qué chuli!
-¡Sí!