CRÓNICAS IRRESOLUTAS (IX)


FUGITIVAS

Huíamos. Mi amiga Dilema y yo nos convertimos en dos fugitivas de la noche a la mañana. Después de varios días, nuestro paso era lento y arrastrado, aunque si tengo que decir la verdad, era como el primero. Como corresponde a los jiracoleones, pues ya he dicho en alguna ocasión que, al menos yo, no estoy para romper las estadísticas, en eso, debo admitir que soy un poco conservadora. O sea, que lo que quiero decir es que nuestro paso era igual de lento el primer día que empezamos a huir que ahora. Sólo para que me entiendan, que después vienen las equivocaciones y los problemas. Y no quiero más problemas, que bastante tengo ya con lo de mi concha, que por su culpa he reventado todas las estadísticas sin yo quererlo y me trae por la calle de la amargura. Tampoco queríamos levantar sospechas. No se trataba de ir huyendo como dos locas, las cosas como son. Íbamos una al lado de la otra. Como buenas amigas, con nuestras largas colas enlazadas, íbamos tranquilas y calmosas intentando pasar desapercibidas. Y fíjense que digo como buenas amigas, o sea, que quiero que quede claro ese "como". Detrás de nosotras dejábamos dos brillantes estelas de moco jiracoleonil, paralelas entre sí, que refulgían, fíjense qué palabra me acaba de salir sin que yo quisiera que saliera, a causa de los incidentes rayos de sol matutino. Eran como dos Vías Lácteas terrestres derramadas sobre la accidentada superficie del extenso páramo que se perdían, sinuosas, en la lejanía. Con uno de mis ojos observaba cómo miles de insectos se acercaban, atraídos por la baba, para mojar sus antenas dormidas y saborear nuestro jugoso néctar vertido, aplacando así su sed. Alguna que otra araña aprovechada acudía rápida a nuestro riachuelo de humores y de vida para darse un festín de gorgojos felices y escarabajillos desprevenidos. El círculo de la vida, pensaba yo. Porque, ahora que viene al caso, de vez en cuando me da por pensar, me pongo filosófica. El círculo natural de la vida que avanzaba y que se cumplía, mientras nosotras avanzábamos también por el sendero que nos alejaba del páramo donde habíamos vivido toda nuestra vida. Nuestras largas colas enlazadas evidenciaban una gran amistad, que no era tal, aunque sí que es verdad que quizás seamos tal para cual. Dejábamos el páramo que nos vio nacer y donde siempre habíamos vivido entre frondosos helechos y adormideras adormecidas. Huíamos porque yo, Irresoluta, había asesinado a dos congéneres con sendas tazas de hierba luisa envenenada. Las autoridades jiracoleoniles del páramo me estaban buscando, y por eso tuve que huir de mis dominios. Mi amiga Dilema, que no hizo nada, pero que lo sabía todo y en todo quiere estar, se empeñó en ser mi cómplice, en mi compinche, como a ella le gusta decir. Por eso me acompañaba, ávida de aventuras, uniendo su destino al mío.

-Irreeee... -empezó a hablar Dilema mirándome de reojo y tirando de mi cola.

-¿Qué pasa, Dilema? -suspiré, sabiendo que no le pasaba nada.

-Nada -me confirmó.

-Pues el que nada no se ahoga -le dije de mal humor.

-Es que... -continuó sin terminar la frase, volviéndome a tirar de la cola.

-Es que no puedes estar ni dos minutos callada, eso es lo que te pasa -me molesté.

-Sí que puedo -protestó.

-No, no puedes -insistí.

-Llevamos dos días arrastrándonos y no hemos llegado a ningún sitio -se quejó.

-¿Y qué quieres que haga? -le pregunté malhumorada, porque es verdad que yo no podía hacer nada, y sabía por experiencia que cuando mi amiga empieza a quejarse, no hay quien la aguante, y yo no estaba dispuesta a pasarle una, que bastante tenía yo con lo de mi concha y, además, seguía siendo virgen y eso sí que no.

-Estoy cansada -lloriqueó, pasándose la lengua por la cabeza y fingiendo que se enjugaba las lágrimas.

-Yo también estoy cansada y no me quejo. No podemos parar, tenemos que seguir -le dije, intentando zanjar la cuestión.

-Podríamos descansar un poco sobre esta roca -dijo ella, haciendo ademán de acercarse a una gran piedra que se encontraba al lado del camino, mientras me tiraba de la cola con la suya.

-Cuando llegue la noche, todavía es pronto -le propuse, sabiendo que tenía la batalla perdida, porque no hay en la vida nada peor que proponerle algo a mi amiga Dilema.

-¿Pronto para qué, si no tenemos nada que hacer? Sólo estamos huyendo... -contraatacó.

-¿Sólo? ¡Claro, como tú no has matado a nadie...! -me molesté.

-No exageres. No hemos dejado de arrastrarnos en dos días; ya estamos lejos, no nos van a encontrar -intentó quitar importancia a lo que yo había dicho y no hay cosa peor que alguien quite importancia a lo que yo pueda decir, aunque lo que yo diga no sea importante.

-Por si acaso -le dije-. Además, no haber venido, que nadie te lo pidió -rematé.

-Irresoluta, como sigamos a este ritmo, también me vas a matar a mí, pero de cansancio. Eres una asesina nata -me dijo, irónica, con la intención de molestarme.

-Sigue arrastrándote y cállate de una vez -fue mi intento para que mi amiga no siguiera con el tema.

-Pero... -se dispuso a decir algo que yo no estaba dispuesta a oír.

-¿No querías aventuras? ¿No estabas tan contenta por ser una fu-gi-ti-va? -le reproché.

-No, si me gusta, pero...

-Pero, ¿qué?

-Pensaba que era otra cosa...

-Pues esto es lo que hay.

-Estoy cansada y tengo miedo.

-¿Miedo, tú? No me hagas reír, Dilema.

-Sabes de sobra que soy muy sensible.

-Sí, ya...

-Ya, ¿qué?

-Vuelve, si quieres, que yo no te he pedido nunca que me acompañaras.

-¿Qué vuelva? ¿Yo sola? Ni pensarlo, querida.

-Entonces, sigue andando. Y suéltame la cola, que no tenemos que ir cogidas todo el camino. -le recriminé.

-¡Snif! -empezó a disimular, oprimiendo su cola con la mía.

-Te conozco, Dilema. No empieces... -suspiré, fastidiada.

-Snif-snif -apretó aún más con su cola.

-¡Para y suéltame la cola! -grité.

-De-sa-gra-de-ci-da -me dijo arrastrando las palabras sabiendo que esa manera de hablar me ponía nerviosa.

Mi amiga Dilema deslió su cola de la mía y continuamos serpenteando por el sendero que nos conducía hacia un futuro que, ahora que viene al caso, no teníamos muy claro. No nos hablamos durante un largo tiempo, aunque Dilema, que como muy bien sabemos, pues en alguna ocasión ya lo he dicho, no puede permanecer más de dos minutos callada, silbaba de vez en cuando para llamar mi atención, pero yo hacia oídos sordos, pues no me apetecía discutir, y prefería seguir arrastrándome y no hacerle ni caso. No iba a darle esa satisfacción. Entre la vasta vegetación, nuestros cuerpos se deslizaban poco a poco no sin cierta armonía, todo hay que decirlo, pues nuestros caparazones de caracol gigante iban de un lado a otro creando una hipnótica danza. De vez en cuando, nuestras lenguas se desenrollaban como rápidos matasuegras hacia alguna rana despistada o algún nido de arañas, nuestra comida preferida. Por supuesto, la puta de mi amiga, y digo puta porque lo es, no con doble sentido, era la que más comía, la más ávida y la que no perdía oportunidad. Aunque, si me pongo a pensar, más vale ser puta y estar bien alimentada que virgen y con la concha resquebrajada, pero no quiero pensar en eso, que bastantes problemas tengo, y no merece la pena que le tenga envidia a mi amiga, pues no la merece, aunque mi envidia fuera sana, que no lo es, a decir verdad, las cosas como son. Pues como iba diciendo, mi amiga se adelantaba y cruzaba su sucia lengua para atrapar la presa que se encontraba en mi camino y que por derecho me pertenecía. Y, vamos a ver, lo que es de una, es de una, no hay más que hablar. Yo la odiaba a muerte cada vez más, pero no le dije nada con tal de que estuviera callada y siguiera deslizándose sin rechistar. Además, en el fondo, me gustaba estar acompañada en mi huida, aunque fuera por Dilema. Siempre me queda la esperanza de que quizás no sea tan mala, y que en el fondo pudiera tener su corazoncito, como yo lo tengo y esté mal decirlo. También sabía que mi concha era delicada, por no decir que era un desastre, y que se me podía resquebrajar de nuevo o caérsele un trozo, y que mi amiga Dilema era la única que podía reparármela adecuadamente, pues aunque se le puedan reprochar muchas cosas, la maldita tiene traza, las cosas como son.

-Quiero fumar -dijo, de pronto.

-No tenemos cigarrillos, ya lo sabes -le contesté, aburrida.

-Quiero fumar -insistió.

-Tú misma te acabaste mi reserva de cigarrillos de amapola, ¿o es que ya no te acuerdas? -le hice recordar.

-Quiero fumar -alzó la voz, y no hay cosa que me moleste más que alguien alce la voz por el simple hecho de alzarla.

-Me estás dando el día, Dilema -le dije, a punto de perder los nervios, cosa que me pasa muy a menudo, o sino, que le pregunten a las difuntas Problema y Conflicto, que espero que estén ardiendo en el infierno.

-Quiero fumar -me retó mi amiga, porque ya, lo que mi amiga quería, era retarme, que la conozco mejor que nadie.

-¿Eres tonta o qué? -le dije, parándome en seco, y digo en seco por decir, porque con toda la baba que soltamos los jiracoleones, es imposible parar en seco.

-Quiero fumar -volvió a insistir mi amiga Dilema, a la espera de un par de lengüetazos que le cruzaran la cara. Y es que a veces pienso que le gusta que le pegue, porque sino, la verdad, no lo entiendo.

-¡Toma, toma y toma cigarrillos! -le pegué, porque se lo merecía, y aunque no se lo hubiera merecido, yo le hubiera pegado igual.

-... -intentó decir algo mi amiga.

-¡A callar! -la corté yo, antes de que dijera nada.

Y, contra todo pronóstico, no dijo nada, cosa que me sorprendió, y eso que una está hecha a todo. Pero como yo soy un poco así, y cuando digo así, piensen lo que quieran, porque a mí me da igual lo que los demás puedan pensar de una, le di otra oportunidad, porque en el fondo soy buena.

-Dilema... -le dije, aduladora.

-... -ni me miró.

-Dilema, venga, no seas así -insistí.

-Así, ¿cómo? -dijo sin mirarme.

-Pues así. Tenemos que llevarnos bien, o esto no sé adónde puede ir a parar -me justifiqué.

-La agresiva eres tú -se justificó ella.

-Es que me sacas de quicio, pero si quieres que te pida perdón, te lo pido -me rebajé.

-Pídemelo -me exigió, la malvada.

-Perdón, Dilema, no quise hacerte daño -mentí yo muy bien.

-Bueno, ¡te perdono! -me dijo totalmente alegre, como si no hubiera pasado nada, y siguió caminando, satisfecha por lo que ella creía que había sido un triunfo, pero la verdad es que los lengüetazos que le di en la cara, con su pan se los coma.

El caso es que todo esto que he contado hasta ahora era con el fin de algo que ahora no me acuerdo, pero escrito está por si sirve de algo, y si no sirve para nada, por lo menos que quede escrito, que nunca se sabe o por si acaso. Y para quien pudiera interesarse por el destino de mi amiga Dilema y el mío, reproduciré la última conversación que tuve con ella, antes de que se fuera a descansar sobre la roca en la que ahora duerme. Porque nuestro destino es tan incierto como el que yo deje de ser virgen, la verdad sea dicha. Estábamos sobre una colina y caía la noche. Debajo de nosotras, miles de lucecitas se ofrecían a nuestros ojos cansados:

-¿Qué es eso?

-No sé, parecen luciérnagas.

-Pues vamos, que me muero de hambre.

-No, espera...

-¿Qué?

-No son luciérnagas, Dilema. Las luces no se mueven.

-Qué raro.

-Sí

-¿Qué hacemos?

-No sé.

-Estoy pensando que...

-Yo también

-Irresoluta, ¿tú crees?

-Creo que sí.

-¡Pues vamos!

-Estamos cansadas. Deberíamos dormir y bajar mañana.

-¡Jiracoleón City! ¡Qué emoción! ¡Estamos salvadas!

-Todavía seguimos siendo fugitivas.

-Sí, pero nadie nos encontrará en la ciudad.

-Nunca se sabe. Además...

-Irresoluta, no seas negativa.

-Soy realista.

-Realista y negativa, además de virgen.

-No me insultes.

-Yo también soy realista.

-Es que no sé si estamos preparadas para vivir en la ciudad. Nosotras siempre hemos sido de campo.

-¿Me estás llamando campesina?

-No, Dilema, tú siempre has sido una jiracoleona de mundo.

-¡Huy!

-¿Qué?

-Se te ha caído un trozo de concha.

-Vaya.

-Bueno, mañana te la arreglo, que ahora estoy cansada.

-Dilema...

-¿Qué?

-No sé que haría sin ti.

-Yo tampoco.

-¿Amigas?

-Siempre.

-¿Dilema?

-Queeee

-¿Te gusta que te pegue?

-...

-Responde.

-Sí, me gusta.

-Bueno, buenas noches.

-Buenas noches, ¿tú no duermes?

-Después, ahora voy a escribir en mi diario.

-Asesina y escritora, quien me lo iba a decir... Hasta mañana.

-Hasta mañana, compinche.

(continuará...)

CRÓNICAS IRRESOLUTAS (VIII)


IRRESOLUTA TOMA LAS RIENDAS DE NUEVO

Vuelvo a tomar esta historia que parece que no tuviera fin, pero si hay alguien que tenga que decir la última palabra, ésa soy yo, que soy la protagonista... Y no es que tenga afán de hacerme notar, pero cada uno a lo suyo y cada cual en su sitio, que desde que se me resquebrajó la concha, no paso ni una. ¿No dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen? Pues bien, para no romper esta estadística, pues ya he dicho en más de una ocasión que no nací para eso, yo, Irresoluta de la Vacilación Indeterminada, volví a mis dominios, al lugar del crimen... Lo que no esperaba era ver a mi amiga Dilema ocupando, como si tal cosa, los territorios que poco atrás habían sido de mi propiedad. Después de haber estado varios días arrastrándome de un lodazal a otro, por ciénagas infestas de sanguijuelas que se adherían a mi desprotegido cuerpo sin concha. Después de haber estado llorando día y noche sobre barrizales desconocidos, entre oscuros y misteriosos pantanos, bajo la perenne lluvia que reblandecía aún más mi dorso indefenso... La tristeza soldada en mi ánimo; la locura como una alimaña insoportable; el no saber qué hacer, ni por dónde tirar... Pues bueno, después de todo eso, pobrecita de mí, cuando me decido a volver al lugar del crimen, para no romper las estadísticas, vuelvo, y me encuentro, contra todo pronóstico, a mi amiga Dilema recostada plácidamente sobre mi roca preferida, fumando, como si tal cosa, mi reserva de cigarrillos de amapola, cargando mis dominios con el humo violeta que expulsaba en grandes bocanadas y que se mezclaba con mi rabia... Me quedé traspuesta. No me lo podía creer. Me arrastré sigilosamente hacia ella, sin que me viera.

-¡¿Qué estás haciendo aquí?! –grité a sus espaldas, dándole un gran lengüetazo en la cabeza.

-¡Irresoluta! –se incorporó todo lo velozmente que puede un jiracoleón-. ¿Qué haces, tú, aquí? –me preguntó incrédula, apagando el cigarrillo sobre el que creo que era el único helecho vivo que quedaba.

-¡Eso te pregunto yo a ti, que me veo forzada a huir de mis dominios, y tú no pierdes el tiempo, quedándotelos!

-Deja que te explique, Irresoluta...

-¿Qué me vas a explicar? ¡Que ya te conozco, Dilema, que ya sé cómo eres!

-Me vine aquí, para cuidar tus dominios...

-Sí, ya veo que no has dejado ni un helecho vivo, veo que los has cuidado muy bien.

-¡Qué fijación que tienes con los helechos, hija mía! -dijo, intentando calmarme.

-¡Tú lo que eres, es una usurpadora! ¡Una invasora! -le grité, fuera de mí.

-¡Ay, Irresoluta, cálmate! Invasora puede que sí, pero usurpadora no, que no me gusta esa palabra -me dijo, liando y desliando su larga lengua.

-Irrumpes en mi territorio y te instalas en él, como las sanguijuelas que llevo en mi lomo -le reprochaba, pensando que a mi amiga no se le podía negar cierta gracia.

-¡Uy, es verdad, tienes el espinazo lleno de lombrices! –me dijo, mientras cogía uno de los gusanos y se lo comía.

-No pierdes oportunidad -me quejé, sintiéndome aliviada por tener a un parásito menos sobre mi cuerpo lastimado.

-¡Están riquísimas! ¿Quieres una? -me preguntó, animada.

-Estoy harta de comer sanguijuelas. No he hecho otra cosa desde que me fui -refunfuñé.

-Pues yo aprovecho y sigo, eh... ¿no te importa, no? -me dijo, alentada por el banquete que veían sus ojos desorbitados por la gula.

-No, no me importa. Así, quedo desparasitada, que tú no sabes lo que es que te estén chupando la sangre las veinticuatro horas –le dije con doble intención.

-Me lo imagino, querida, me lo imagino –me contestó, sin parar de comer y sin darse cuenta de que me refería a ella.

A medida que mi amiga Dilema se iba comiendo todas las sanguijuelas, mi mal humor iba desapareciendo. Pensé, como tantas veces lo había hecho ya, que mi amiga Dilema quizás no fuera tan mala, pues, en realidad, me estaba dejando limpia de parásitos, y eso es algo que tenía que agradecerle... Poco a poco iba calmándome, mientras sentía el roce de la ávida lengua de mi amiga sobre mi piel desprotegida y preguntándome si no había algo sexual en ello.

-¡Uy, mira, una garrapata! ¿La quieres? -me preguntó, con la intención de no dármela.

-No, cómetela tú; si encuentras otra, me la das -le dije, sabiendo que si encontraba otra, no me la iba a dar.

-Están tan ricas, ¡son como caramelos!

-¿Caramelos?

-Sí, caramelos rellenos.

-Qué loca que estás, Dilema.

-Y las sanguijuelas son como las gominolas.

-Ya lo digo yo, loca del todo -me resistí a reír.

-Es que, sino, la vida sería tan aburrida.

-Quizás tengas razón.

-Yo nunca me equivoco.

-Si tú lo dices...

-Claro, además, tengo una sorpresa para ti -me dijo, contenta, desenroscando la cola.

-¿Ah, sí? -me interesé.

-Sí -afirmó, pero sin decirme de qué se trataba.

-¿Y? Dímela -me interesé de nuevo, sin mostrarme ansiosa por saber.

-Todavía no, que antes me tienes que contar muchas cosas –dijo en el momento en que atrapaba un gran escarabajo pelotero.

-No me apetece hablar –le contesté, pensando en cómo podía estar tan guapa, mi amiga, con todo lo que comía.

-Venga –dijo zalamera, ofreciéndome con la lengua el escarabajo que acababa de atrapar.

-Que no, que ahora no –insistí, haciéndome de rogar, mientras aceptaba el coleóptero con desgana.

-¿Sigues siendo virgen, todavía? -me preguntó de golpe, seguro que molesta por haber aceptado el escarabajo.

-¿Eso es lo que quieres saber, si sigo siendo virgen? -me molesté.

-Bueno, entre otras cosas... -comentó, intentando entornar los ojos, pero no pudo, porque los jiracoleones no podemos entornar los ojos.

-Ya te he dicho que no quiero hablar ahora. Estoy muy cansada, y no es el momento -zanjé.

-¡A mi amiga, la fugitiva, no le apetece hablar! –chilló-. ¡Después de todos estos días en los que no he sabido nada de ti, ahora vuelves, y no te apetece hablar! –gritaba, rotando los ojos en todas direcciones-. ¡Yo, que estaba tan contenta de ser la amiga de una fugitiva, y me vienes con el cuento de que no quieres hablar! –continuaba declamando, inexplicablemente fuera de sí-. ¡Con la de cosas interesantes que te habrán pasado, y no me las quieres contar, a mí –se golpeó el pecho con la cola-, a tu amiga Dilema, que siempre a querido lo mejor para ti, a mí –volvió a sacudirse el tórax-, tu cóm-pli-ce, tu com-pin-che, a la en-cu-bri-do-ra del a-se-si-na-to, a la im-pli-ca-da en esta negra historia, a la par-tí-ci-pe de este caso: el caso de la jiracoleona virgen y sin concha que a-se-si-na a quien se pone en su camino, a la co-au-to-ra...!

-De coautora nada, que yo fui la única que envenenó a Problema Y Conflicto –la corté, indignada-. Además, deja de arrastrar las palabras, que me pones nerviosa.

-Siempre haciéndote notar...

-¿Qué?

-Ese afán de protagonismo...

-¿Qué estás diciendo?

-He hecho tanto por ti, y me lo agradeces tan poco...

-Las cosas se hacen sin pedir nada a cambio.

-Tanto, he hecho tanto por ti...

-¡Vamos, Dilema, no te me hagas, que ya nos conocemos!

-Eres una de-sa-gra-de-ci-da.

-Yo nunca te pedí que hicieras nada por mí, ni que me ayudaras.

-Una e-go-ís-ta.

-No empieces, Dilema.

-Una in-gra-ta.

-Dilema, no arrastres las palabras, que sabes que no me gusta.

-Una de-sa-pe-ga-da.

-Para de una vez. No sigas hablando así.

-Tan des-pren-di-da.

-¡Toma! –le di un lengüetazo en la cara.

-¡Ay! –se quejó.

-¡Y toma! –volví a darle más fuerte todavía.

-¡Ay! ¡Y encima, violenta! –empezó a fingir que lloraba.

Como siempre, mi amiga Dilema tuvo que decir la última palabra. Nos quedamos las dos calladas, llenas de rabia. Ella enroscaba y desenroscaba la cola una y otra vez, sin mirarme, aguantándose las ganas de seguir discutiendo, mientras que yo, empezaba a arrepentirme por haberle dado tan fuerte. Pero claro, ya sabéis que mi amiga no puede permanecer callada mucho tiempo.

-¡Sniff! –suspiró, mirándome de reojo, y enjugándose con la cola las falsas lágrimas.

Para no darle el gusto, permanecí callada, sin prestar la menor atención a los falsos sollozos de mi amiga Dilema.

-¡Sniff, sniff! –volvió a fingir acercándose a mí.

-Venga, Dilema, no sigas fingiendo.

-No finjo –moqueó.

-No quería darte tan fuerte –mentí.

-Perdóname, Irresoluta, que a veces no sé lo que digo –mintió ella.

-Perdóname tú a mí –me vi obligada a decir, para quedar bien.

-Bueno, ¡pues te perdono! –dijo ella, muy alegre, sin rastro de pesadumbre, y sintiéndose vencedora de la discusión-. Además, alguna vez que otra, todas nos ponemos violentas, y más tú, que eres una a-se-si-na y, encima, virgen.

Si no conociera a mi amiga Dilema, diría que no es muy inteligente, que de verdad dice las cosas sin pensar y sin maldad; pero la conozco. Sé que todas y cada una de sus palabras son estudiadas con precisión, que las dice con una determinada y calculada intención envenenada. Por eso la perdono, porque sé por dónde va, y aunque ella no se dé cuenta, la controlo. Sólo hay una cosa que le envidio: ella no es virgen y yo sí, y eso me da mucha rabia, mucha.

-Irresoluta, te has quedado callada.

-¿Qué quieres que te diga?

-¡Mira, tengo un plan!

-¿Un plan?

-Sí, en estos días he estado pensando.

-Seguro que has pensado algo bueno –dije sarcástica.

-No seas cítrica –me reprochó-. Verás: cuando desapareciste de tus dominios y yo me hice con ellos...

-Sí, ya... –la corté entre bostezos, demostrándole una total falta de interés.

-Calla y escúchame –siguió ella, agitada-. Bueno, pues cuando te fuiste y yo me vine aquí, después de leer tu agenda olvidada, que por cierto, lo que dices de mí no me gusta mucho, lo primero que hice fue recoger tu concha resquebrajada que dejaste tirada en el suelo, y la guardé en la cueva de al lado –me dijo muy alegre, esperando ver mi reacción.

-¿Qué? ¿La guardaste? –le pregunté, ahora sí, más interesada.

-Sí, ¿qué te parece? Sabía que volverías, porque todo a-se-si-no vuelve al lugar del crimen. Yo sólo me he limitado a esperar.

-No sé. ¿No hay algo necrófilo en todo esto?

-No seas tonta, necrófilo sería si estuvieses muerta, pero ya sabes que se te cayó la concha, y tu seguiste vivita y coleando, rompiendo todas las estadísticas.

-Pues sigue dándome repelús eso de que tengas guardado mi carey, qué quieres que te diga.

-Es que he pensado una cosa...

-¿Sí...?

-¡Te la voy a pegar con resina!

-¡Ah! -acerté a decir.

-¿No te parece una idea genial?

-Pues..., no sé -dije, porque realmente no sabía.

-¡No se hable más, te la pego y punto! ¿Qué podemos perder?

-Tú, no sé... Yo, ¿la dignidad?

-No digas tonterías, ¿cuándo has tenido tú dignidad?

Y Dilema se fue a buscar mi concha sin dejarme oportunidad a réplica. Esperé, de mal humor, a que mi amiga volviera para decirle unas palabras, pero tras los cuatro o cinco minutos que tardó en volver, y porque, aunque a veces tenga mi genio, soy pobre de espíritu, desistí de ello.

-¿Lo ves? -dijo, levantando con la cola, la bolsa que contenía mi concha- ¡Y lo mejor de todo, es que no está hecha a-ñi-cos, sino sólo resquebrajada! No será tan difícil recomponerte...

-¿Tú crees? -dije, incrédula.

-Claro. Venga, Irresoluta, date la vuelta, que voy a empezar -dijo, mientras cogía un poco de resina del árbol cercano.

Yo me di la vuelta y la dejé hacer. Me puse en sus manos, como tantas veces había hecho ya...

-Te voy a dejar una concha divina -me decía, mientras me ponía el primer trozo de nácar con su larga cola-. Y ahora éste..., ¡ay, no, que éste no cuadra! A ver..., ¡éste, sí, como anillo al dedo! -se divertía.

-No sé por qué utilizas esa expresión, si los jiracoleones no tenemos dedos -le dije yo, por el simple hecho de fastidiarla, y porque es verdad que no tenemos.

-¡A callar, y no te muevas! -me dijo ella, totalmente inmersa en su trabajo-. ¡Ni una palabra, Irresoluta, que te estoy recomponiendo la concha como mejor puedo! -siguió adosándome trozos de coraza sobre la espalda, y no sé por qué digo espalda, por que los jiracoleones no tenemos exactamente espalda, sino espinazo, dorso, o envés, que viene a ser más o menos lo mismo.

Durante cuatro o cinco horas, mi amiga Dilema estuvo recomponiéndome la coraza, trozo a trozo, mientras que cada vez que me ponía uno, sentía un gran placer, no sé si por el roce de su lengua o por el contacto de la resina, o vete a saber si era por las caricias de su cola al presionar los trozos sobre mí, haciendo que mi contenido flujo jiracoleonil se derramara, sin quererlo yo, en pequeñas cantidades incontenibles y deleitantes; y haciéndome pensar, otra vez, si no había algo sexual en todo ello...

-¡Ya está! -dijo mi amiga, triunfante, cuando terminó. ¡Ha quedado perfecta!

-¿De verdad? -pregunté, no sin cierto temor, porque no sabía muy bien qué era perfecto para Dilema.

-Mírate en el charco -me dijo, señalándome con la lengua hacia la pocita en donde yo había tenido mi reserva de batracios.

-Por lo que veo, te has comido todas mis ranas -le regañé, al mismo tiempo que ladeaba mi cuerpo para verme reflejada en la charca.

-Una tiene que comer -se disculpó, sin sentirlo-. ¿Qué te parece mi obra de arte? -me preguntó, ansiosa.

-¡Psé! -le contesté, sin querer reconocer que, realmente, mi amiga Dilema, cuando quiere hacer algo bien, lo hace; las cosas como son.

-¿Psé? ¿No te parece..., cómo diría yo...?

-¿Gaudiana? -la corté, sabiendo que ella no tenía ni idea de lo que quería decir aquella palabra.

-Sí, me ha quedado muy gaudiana -dijo satisfecha, haciendo como que sí que sabía lo que quería decir aquella palabra, aunque una nunca sabe, quizás sí que lo sabía... En eso estuve pensando, entre sueños, toda aquella noche...

A la mañana siguiente, mi amiga Dilema me despertó al alba, con un golpe de cola.

-¡Despierta, Irresoluta, despierta! Nos vamos ahora mismo de este páramo! Aquí no tenemos nada que hacer. He pensado que tú y yo, huyamos lejos, como dos fugitivas, ¿no te parece emocionante? ¡Fu-gi-ti-vas! Correremos muchas aventuras, muchas. Seremos dos a-ven-tu-re-ras.

Yo, todavía medio dormida, entrelacé mi cola con la de ella, y nos fuimos arrastrando hacia las afueras de la ciénaga, dejándome llevar por mi amiga, que no paraba de hablar, y volteando la cabeza hacia atrás, para observar los dos relucientes y paralelos senderos de baba jiracoleonil que íbamos dejando a nuestro paso arrastrado.

-¡Ay, Irresoluta, qué de aventuras correremos, qué emoción! ¡La asesina y su cómplice! Por cierto, me tienes que contar dónde escondiste los cuerpos de las hermanas Incertidumbre...

(continuará...)

CRÓNICAS IRRESOLUTAS (VII)


VII. DILEMA, OTRO PUNTO DE VISTA

Cuando me enteré de que mi amiga Irresoluta desapareció, me vine a vivir a sus dominios. No sé qué fue de ella, y no es que no me importe, pero la verdad es que ella se fue sin decir adiós. Ni siquiera vino para despedirse de mí, que era su mejor amiga. La de horas que he pasado frotándole la concha con miel... No se lo reprocho, porque últimamente sufrió mucho por lo de su coraza de caracol, que no acababa de hacérsele añicos. No llegó a hacérsele cisco, dicho de otra manera, y ahora que viene al caso, tengo decir que, la pobre, rompió todas las estadísticas, aunque ella nunca quisiera reconocerlo. Sólo espero que lo que ahora escribo en mi agenda electrónica, sirva para esclarecer ciertos puntos oscuros del misterio que supuso la desaparición, que no muerte, de mi amiga. Ya he dicho antes que destrozó todos los esquemas que actualmente conocemos...
Lo primero que vi cuando me instalé en los dominios de Irresoluta fue su agenda olvidada, inconscientemente supongo, sobre uno de los pocos helechos que mi amiga Irresoluta mantenía vivos; y debo confesar que la leí, no sin antes pensarlo detenidamente, porque a mí no me hubiese gustado que alguien ajeno husmeara en mis diarios, aunque no tenga nada que ocultar. Lo que escribe acerca de mí, es totalmente falso. Yo, Dilema de la Confusión Absoluta, afirmo que nunca quise ningún mal para mi amiga. No entro ni salgo en lo que dice de los demás (aunque confieso que estoy bastante de acuerdo con la opinión que tiene hacia los otros), pero mi imagen queda distorsionada por la locura de mi amiga Irresoluta, porque, ahora me atrevo a decirlo, debido a que no encontraba a ningún jiracoleón con el cual acoplarse, a mi amiga Irresoluta se le fue envenenando la cabeza. Tanto tiempo estando receptiva sin llegar a conocer siquiera un orgasmo biológico con alguno de su especie (yo ya no entro en si se masturbaba o no, que seguro que sí, pero cada cual hace lo que quiere con su cuerpo), hizo que el juicio natural y sensato que poseemos todos los jiracoleones huyera de la pobre Irresoluta...
Todavía recuerdo, como si fuera ayer, la última vez que vi a mi amiga y lo que hablé con ella. Fui a visitarla como de costumbre...
-¡Irresolutaaaaa, hoooolaaaa! ¿Estás visible? -le grité, jovial, entre las adormideras en la entrada de sus dominios.
-Pasa, Dilema, pasa. Cuidado con los helechos -me contestó desde la roca en donde normalmente yo me sentaba cuando iba a visitarla.
-¿Qué pasa con los helechos? -le pregunté sin saber a lo que se refería.
-Pues eso: cuidado con los helechos -me repitió, dando por sentado lo que todavía escapaba a mi entendimiento.
-¿Por qué? -insistí, pues no iba a quedarme sin saber la relación entre los helechos y yo.
-Por que cada vez que vienes me destrozas dos o tres -me contestó bruscamente.
-¿Quieres decir? -pregunté ofendida, recostándome, sin darme cuenta, sobre el helecho más grande.
Mi amiga Irresoluta se quedó callada. Se le notaba de mal humor, porque enrollaba y desenrollaba su cola lenta y mecánicamente.
-¿Y cómo está tu concha? -reanudé el diálogo animada, como quien no quiere la cosa, perdonándole su actitud hacia mí, desenroscando mi larga lengua camaleónica.
-¿Cómo quieres que esté? -me respondió todavía de mal humor.
-¡Ay, Irresoluta, cada día estás más imposible! -grité, mientras encendía un cigarrillo de amapola.
-Estoy como siempre: virgen y con la concha a punto de estallar -me dijo entre el humo violeta que misteriosamente la rodeaba, pues creo recordar que yo no lo dirigí hacia ella.
-No seas negativa -intenté animarla.
-¿Negativa? -tosió.
-Es que no se te puede tratar -le reproché rezongando sobre el helecho.
-Ya... -dijo sarcástica.
-¡Y mira que lo intento, Irresoluta, mira que lo intento! -seguí refunfuñando.
-Deberías intentar tener más cuidado con mis helechos, por ejemplo -dijo furiosa mirándome a los ojos.
-¡Huy, cariño, no me había dado cuenta! -dije con falsa pena, todo hay que reconocerlo, mientras me incorporaba, apresurada, del helecho en el cual estaba cómodamente apoyada sin darme cuenta.
-Demasiado tarde -me dijo ella, mirando al helecho aplastado.
-Lo siento, Irresoluta, no me he dado cuenta -me disculpé, sin sentirlo, pero fingiendo.
-Sí, nunca te das cuenta -suspiró, porque ahora que viene al caso, los jiracoleones también suspiramos.
-Venga, no seas así -le dije cariñosamente para intentar calmarla, mientras intentaba acariciarle la cabeza con la punta de la cola.
-¡Vale, vale! -dijo ella, incorporándose de la roca para esquivar mi caricia.
-¿Sabes algo de Conflicto y Problema? -le pregunté cambiando de tema, mientras aprovechaba el momento y me sentaba en la roca en donde había estado recostada mi amiga-. Desde que llegaron al páramo no he tenido la oportunidad de saludarlas. Creo que eran muy simpáticas...
Irresoluta no me contestó, y yo, que no soy tonta, noté que algo turbio se cocía, porque mi amiga no quería hablar, haciéndose la sorda y fingiendo reparar al helecho destruido, sin querer, por mí.
-¿Qué no me oyes? -insistí.
-No eran simpáticas -comentó sin mirarme.
-¿Cómo que no? -le pregunté interesándome por el tema.
-Vinieron a visitarme... -empezó a soltar con voz vacilante.
-¿Y? -intentaba yo sonsacarle.
-Pues eso -se limitó a decir.
-¿Por eso no son simpáticas, porque vinieron a visitarte? -le pregunté, un poco ofendida por la demostrada falta de confianza que mi amiga Irresoluta tenía de mí.
-Vinieron para reírse... Vinieron para reírse de mí -me dijo muy triste-. Para ver mi concha... -siguió, más triste todavía-. Querían saber quien era la que había roto todas las estadísticas -me contó casi sin voz.
-¡No me lo puedo creer! -me apiadé de ella.
-Créetelo, Dilema -lloraba.
-¡Santa jiracoleona de la Ciénaga! ¿Y qué hiciste? -le pregunté ansiosa, ya sin piedad, sino con ganas lo que pasó.
-Las invité a una taza de hierba luisa... -moqueó mi amiga Irresoluta.
-¿Cómo? Encima que vienen a reírse de ti, ¿tú vas y las invitas a una taza de hierba luisa? -la corté, contrariada.
-A una taza de hierba luisa... -me dijo misteriosamente bajando la voz, y estirando su cuello de jirafa hacia mí.
-¿Qué, qué? -le preguntaba yo totalmente nerviosa, girando los ojos a todas partes, pues me estaba sacando de quicio con tanto misterio.
-Una taza de hierba luisa... envenenada -terminó de decirme.
-¿Qué? -pregunté, por preguntar, porque había oído perfectamente lo que había dicho mi amiga, pero no se me ocurrió otra cosa que decir.
-En-ve-ne-na-da -me contestó acercándose todavía más a mí, hasta que su lengua rozó la mía.
-¡Irresoluta de la Vacilación Indeterminada: una asesina! -dije, sofocada, y retirando mi cabeza de la de mi amiga encogiendo mi cuello hasta que casi desapareció dentro de mi concha helicoidal de caracol gigante.
-Se lo merecían -continuó ella hablando mucho más serena, y diría yo, convencida de su inocencia.
-¡Una a-se-si-na! -continuaba yo gritando, agitada.
-¡No grites, que se va a enterar todo el páramo! -me gritó, al tiempo que me daba un lengüetazo en la cara.
-¡Tengo una amiga asesina! ¡Santa jiracoleona: a-se-si-na! -continuaba yo, totalmente enajenada.
-Por eso mismo, debes de tener cuidado conmigo, no vaya a ser que... -me amenazó convincentemente, todo hay que decirlo.
Yo, por si acaso, me quedé muda. Sin rechistar. Pero, si en algo tengo que defender a mi amiga Irresoluta, es que cuando ella escribió que yo no podía permanecer más de dos minutos callada, era verdad.
-A-se-si-na... -se me escapó
-Dilema, para ya de una vez -me dijo desenroscando la cola.
-¡Qué subidón! -seguí yo, sin poder estar callada.
-¿Cómo? -se extrañó mi amiga.
-¡Que qué subidón: una amiga a-se-si-na, quién me lo iba a decir! -dije, perdiéndole el miedo.
-Deja de arrastrar las palabras, que me pones nerviosa.
-¿Y cómo crees que estoy yo, sabiendo lo que eres?
-¿Qué soy según tú?
-Una a-se-si-na.
-Ya te he dicho que se lo merecían -se justificó.
-Sí, pero eso no quita que seas una a-se-si-na -le dije, otra vez.
-¡Dilema: como vuelvas a decir ésa palabra, te vas a enterar!
-Ho-mi-ci-da -dije, sin pensar.
-¡Dilema!
-Criminal, parricida, ver-du-ga -me salían las palabras mecánicamente, como si me vinieran a la boca sin pasar por la mente.
-¡Dilema, para ya!
-¡Ay, Irresoluta, qué emoción!
-No sé dónde ves la emoción.
-Me encanta tener una amiga asesina ¿Dónde están los cuerpos?
-Estás enferma
-Vale, sí, pero, ¿dónde están los cuerpos?
-¡Cálmate, Dilema, estás muy nerviosa!
-¿Escondidos en una cueva, enterrados por aquí, bajo tierra? -insistía yo, pero no para torturarla, ni por maldad, sino para compartir con ella su angustia, aunque, ahora que lo pienso, no se le veía muy angustiada.
-No te lo voy a decir hasta que no te calmes
-¿Qué les diste? ¿Láudano, algún alcaloide que no conozco, algo brillante que escape a mi imaginación?
-¿Por qué no te vas y te lo cuento otro día?
-Cuéntame ahora, mi querida amiga asesina, que sino no duermo esta noche. Que yo, lo que quiero, es ayudarte, no vayas a pensar...
-Si quieres, te lo cuento mientras me frotas la concha con miel.
-Hoy no he traído miel para frotarte la concha.
-¡Que pena!
-¿Por qué no salimos a pasear por el lodazal y me lo explicas todo?
-No me apetece salir.
-Venga, no seas tonta.
-Que no
-Hace un día precioso. Está lloviendo, y el agua le hará muy bien a tu concha.
-No, ve tú, que yo me quedo.
-La verdad es que tienes la concha fatal -dije mirándole el carey.
-No hace falta que me lo recuerdes, ya lo sé
-Bueno, pues me voy
-Dilema...
-¿Qué?
-No se lo digas a nadie
-¿El qué?
-Lo de Conflicto y Problema.
-Claro, ¿por quién me has tomado?
-Te conozco
-Soy tu amiga -le reproché-, a-se-si-na -dije después, muy bajito, mientras salía de sus dominios.
-¿Qué has dicho? -me preguntó.
-Nada, hasta mañana, mi amor -le contesté-. A-se-si-na -volví a decir un poco más alto, aunque más lejos, ante la duda de que no me hubiera oído la vez anterior.

Bajo la lámpara de luciérnagas he escrito mi última conversación con mi amiga Irresoluta, para que las cosas queden claras. Sólo espero que ayude un poco, aunque sea, a las autoridades jiracoleoniles del páramo, que no paran de preguntarme por el paradero de mi antigua amiga Irresoluta. Fugitiva, según ellos, desde hace tres semanas... El caso es que tengo los restos de la concha de mi amiga escondidos en una cueva, porque parece que al final se le cayó la coraza. No se le hizo añicos, rompiendo todas las estadísticas, pero se le cayó... Quizás por eso huyó, no sé, nadie sabe. Yo, por si acaso no les digo nada a las autoridades, que aún siendo buena, se te puede dar la vuelta la tortilla...
Debo decir que me gustaba tener una amiga asesina, porque le daba cierto sentido de riesgo a mi vida. Yo era su compinche, su cómplice. Pero lo bueno es que ahora soy amiga de una fugitiva, que si lo piensan, es más interesante, porque le da un aire de aventura a mi existencia. Además, la palabra fugitiva tiene tanto encanto: fu-gi-ti-va. ¿No creen?

(continuará...)

CRÓNICAS IRRESOLUTAS (VI)


YA NO PUEDO MÁS

Así, como quien no quiere la cosa, la concha se me resquebrajó que, dicho sea de paso, me parece una palabra muchísimo más fea que añicos; porque añicos tiene ese no sé qué de inocua, de infantil, de tontuela y tierna... Porque imagínense que le preguntan: ¿cómo quieres que te quede la concha, resquebrajada o hecha añicos? Pues si no nos paramos a pensar detenidamente diremos que hecha añicos, porque resquebrajada es una palabra que, la verdad, da miedo...

De nada sirvió la miel que me untó mi amiga Dilema, y digo amiga, porque es la costumbre que tengo de llamarla así, no vayan a creer, ya que amigas, lo que se entiende por amigas, no tengo ni una, ni media... Aunque ahora tengo dos nuevas vecinas de páramo, que hace poco se instalaron en los dominios vacíos que dejaron las hermanas Incertidumbre. Una se llama Problema, y la otra, Conflicto, y si quieren que les diga la verdad, esos nombres me dan no sé qué, así como miedo, pero vete tú a saber si no son dos buenas jiracoleonas, porque yo todavía no las conozco, y no está bien tener ideas preconcebidas, que fue lo primero que me enseñó mi madre, aunque de poco me ha servido, la verdad...

De hecho, ahora mismo, vienen arrastrándose por el camino de sauces Problema y Conflicto para, seguro, presentarse como nuevas vecinas; y yo no estoy para problemas ni conflictos. Pero les voy a dar una oportunidad, en honor a mi madre:

-¡Hola-holaaaaa! -me saludan las dos a la vez.

-¿Qué las trae por aquí? -pregunto amablemente.

-Somos nuevas y nos hemos enterado de lo de tu concha -dice una.

-Sí, y veníamos a ver quien era la que había roto todas las estadísticas -dice la otra, mientras yo decido, contra todo pronóstico, hacerlas pasar, e invitarles una taza de hierba luisa envenenada.

(continuará...)

CRÓNICAS IRRESOLUTAS (V)


FRÓTAME LA CONCHA

Mi amiga Dilema vino a visitarme otra vez.
-¿Se puedeeeee...?
-Pasa, Dilema, pasa.
-Irresoluta, cariño...
-¿A qué se debe que pidas permiso para entrar, si nunca lo has hecho?
-No he venido a discutir.
-Yo tampoco quiero discutir contigo.
-Te he traído esto -dijo levantando la cola mostrándome un gran panal repleto de miel.
-¿Y eso?
-¡Ay, Irresoluta, me porté tan mal la otra vez...!
-Bueno, eso ya pasó. Ya ni me acordaba -mentí.
-¡También te he traído cigarrillos de siempreviva!
-Sabes que sólo fumo de amapola...
-Anda, no seas tonta...
-Perdona -le dije sin sentirlo.
-¡Tengo noticias...! -soltó maliciosa, mientras giraba el ojo izquierdo hacia la derecha, y rotaba el derecho hacia la izquierda.
-¿Ah, sí? –comenté, intentando disimular mi interés.
-Sí -dijo satisfecha al mismo tiempo que se sentaba en mi roca preferida y colocaba el panal de miel que todavía llevaba en la cola sobre uno de los pocos helechos que me quedaban vivos.
-¿Y...? –pregunté, aguantando la furia al ver que mi amiga Dilema me destrozaba una vez más otro de mis helechos.
-Se trata de nuestra amiga Alternativa...
-¿Qué le pasó?
-¡Se le reventó la concha!
-¿Cómo?
-Sí, sí, ¡se le hizo añicos!
-¡No lo puedo creer!
-Como te digo: ¡a-ñi-cos!
-Pobre...
-¿Pobre? Nos estuvo mintiendo durante años, haciéndonos creer que se apareaba día sí, día no; y mírala: ¡a-ñi-cos! -volvió a decir ésa palabra como si se le fuera la vida en ello.
-No sé si alegrarme... -dije, alegrándome, en el fondo.
-¡Ay, Irresoluta, lo que pasa es que eres demasiado buena!
-Buena, no sé, pero estoy más o menos en la misma situación que nuestra difunta amiga.
-¡Alégrate, Irresoluta
que no eres una puta
sino una jiracoleona
un poquito huevona!
-Oye, que no estoy para versos.
-Ya lo sé, cariño, sólo intentaba animarte
-Pues hazlo de otra manera.
-Ya he pensado en eso, ¿para qué crees que he venido, so tonta?
-No sé, sorpréndeme.
-¡Ay, qué arisca estás!
-Es que de ti me espero cualquier cosa.
-Pues mira, te voy a untar la concha con la miel que he traído.
-¿Y para qué me vas a untar la concha con miel?
-Así resistirá más.
-¿El qué?
-No te me pongas trágica, ya sabes de qué te estoy hablando.
-Bueno, si tú lo dices...
-¡Venga, date la vuelta!
-¿Así? -dije dándole la espalda
-Muy bien.... -me dijo, mientras cogía el panal con la cola y dejaba caer pegajosas gotas de miel sobre mi concha-. ¿Ves qué bien?
-No está mal -dije sin reconocer del todo que, en realidad, me gustaba la sensación de su lengua esparciendo la miel por todo mi caparazón.
-¡No está mal, no está mal...! Verás cómo te voy a dejar la coraza: ¡de puro nácar!
Yo ya no dije nada. Me dejé llevar placenteramente. Pensé que a lo mejor Dilema no era tan mala, y que en el fondo era una buena amiga, pero tiene el problema de no poder estar callada dos minutos seguidos....
-Y el caso es que no eres del todo fea.
-¿Cómo? -pestañeé como si tuviese pestañas, pues no las tengo.
-Pues eso, que no llego a entender cómo todavía eres virgen. No es que seas una maravilla, pero no eres fea, las hay peores; y yo creo que no te mereces estar así, tan desaprovechada. Cada cosa tiene su qué y su cómo, pero es que tú rompes todas las estadísticas... No me gustaría verte con la concha hecha añicos, porque que palabra tan fea añicos, ¿no te parece?: a-ñi-cos, a-ñi-cos, ¿verdad que sí?...
Mi amiga Dilema siguió hablando. Yo dejé de escucharla, porque como dice ella, cada cosa tiene su qué y su cómo, y yo, no estaba para ni estadísticas, ni para añicos, ni para nada. Sólo pensaba: ¡Cállate y sigue frotando, hija de puta, frótame la concha, sólo frótame la concha!

(continuará...)