Todo olvido de anteriores
vidas impías alumbra recuerdos. En casos universales, encaja rápido. De oratorias
límpidas ordenadas que una endemoniada mujer
enferma declinó interesadamente juzgué, inmerso, sin temer el extraño lugar de impuros
aquelarres. Quejarse una eternidad temeraria es concebir ofensas necias ordenadas,
casi inventadas.
Oí y escuché muertos
iracundos resucitados astutamente. Hubo algunas
ceremonias en misteriosas
oscuridades, sin un nombre
tomado relevante, intuido oficialmente y legado,
ungido, enarbolado, grácil, orientado,
mas evitando inconscientemente nuestras vidas imperecederas
tan amadas. Supersticiones aparte,
la alquimia grotesca,
antes y después, impulsó sabias
cábalas ocultas que un
espiritista nigromante ordenaría tras elucubrar nuevos galimatías ofensivos.
Duele impugnar nuestra elección racional. Otros yugos aprietan más.
Idolatramos, novelamos obras mágicas edulcoradas de azufre. Volvemos enseguida,
rodamos, golpeándonos, unidos, embrujados nuevamente, zaheridos, aojados, quiméricos,
untados, embellecidos, muertos, esotéricos, inacabados. Nunca vimos íncubos tan
ectoplasmáticos, nunca. Quemada, una enigmática pavesa alzó sus alas maléficas.
¿Iría rumbo al tan olvidado desencanto? Amuletos virginales impuse aleatoriamente
tras entuertos nada gloriosos. Ocho encarecidos laureles para el círculo hechizado
o llantos encadenados nunca oídos. Donde estaba siempre el manto estrellado no
se encontraron ciertas ofrendas durante el amanecer. Ya encontraríamos rúbricas
demoledoras en teúrgias repugnantes escondidas, sin conjuros o ruedas repulsivas
invadidas durante años sin maleficios encantados, enclaustrando nuestros corazones.
Antes, nadie tenía antojos crueles unidos a necedades dañinas o supersticiosas.
El ser enemigo contra abracadabrantes letanías afligidas conllevaba ostracismos
sin tregua. Razonar antes que uncir es siempre elemental quimera universal. En días
alternos y en las obstinadas lecturas ocasionales, recapacité con ingentes teoremas,
originando, quizás, una emblemática teosofía espiritista pese a ser adivinatoria.
¿Sucumbí a los entes
si al santiguarme infamé y luché inconscientemente, garantizándome así su minuciosa
atadura sempiterna?
Ella supo unir nuestro
sentir en carencias reflejadas en terribles ofensas. Nunca otro ser emponzoñó las
oportunidades de indagar graves ausencias sin alterar necrológicamente al diablo
inmundo escondido. Pero una elucubración sibilina estuvo suscrita, obediente, en
su techo acosado. No obligué con hechizos elegidos: quité un incomprensible error
repetido ominosamente sin alzar lumbres iracundas refulgentes; quemé ultrajantes
efluvios maléficos entre llamas envolventes; vaticiné extraños símbolos antinaturales;
leí a nuestros tesoros románticos obstinadamente entre suspiros enemigos; malmetí
eternos truenos en rojas marmitas enlozadas en nácar; enlacé lunas, culebras, ungüentos; amigué
ratas, tritones, oleosos óleos, sapos, cianuro; usé ramas; ofrecí, yuxtapuse, quebré,
ulceré, integré, tapé, até, rompí, maridé, embebí, licué, amasé, cocí, amarré, mezclé;
intenté sumir al yacer, mientras echaba zarzamora con letanía al remanso sin esperar
milagros… ¡En nueve días escupí quince unicornios! Intenté no culparme.
Estuve hallando oscuras
muertes, brutales rémoras en sitios distintos, implacables santuarios terroríficos
internos no tangibles, odiosos signos embrujados, noches maléficas ignominiosas,
pasos en cercos hechizados, ojos asombrados y suspiros imantados. Ni un niño cantando.
Antes hubo elegías hermosas en cada habitación o una nana armoniosa meciendo al
rorro recién adormecido, nada ahora de aquellos días espléndidos.
Extraños sucesos
acontecen, son querellas ultrajantes. Espiamos ejes satánicos trasnochados. Antiguamente
no temíamos a nada. Durante estos meses olvidamos dar amor y ya ahorramos en susurrar
hermosas odas. Realmente, algo que uno ignora es repugnante o harto anómalo.
Con el rigor usado no burlaremos un kurdo, antes kermese kantiano. Entonces, sin
esperanza llevamos amor más allá, ¿no? Olvidamos mirar en zulos cochambrosos los
arcanos recónditos, sabedores, ensimismados más en nenúfares estivales sin ensañamiento
nuncupatorio. En los pecados encontramos culpa, horrores oscuros; tuve oportunidad
de observar sus lascivas oraciones salvajes sin emoción metido entre nogales, encogido,
sintiendo dolores, entumecido todo, obligado durante once semanas largas, oculto
siempre horas ominosas. Muchos brebajes recibí: entuertos santificados, yermas
llanuras eclipsadas, venenos abundantes, remedios entramados nunca merecidos; incluso
temidas órdenes repugnantes sin otro sacramento ultrajante. Suspicaz, sospeché enseguida
muy inteligentemente: lluvia apacible saciaba su impúdica nariz lasciva. Aguas voluntariosas
aumentaron ríos, mares, embotaron llanos, empobrecieron valles, acosaron relevantes
vidas impermeables, dieron alma quimérica usurpando en nuestros ojos encantados.
No gasté en nuncios de repulsa animal y mantuve, orgulloso, galimatías obscenos.
Llevo
observándola, nervioso, durante eternas intrigas nocturnas. Finalmente, obtuve raros
mensajes asfixiantes, concluyentes, insoportables. Osiánicas níveas gallinas ensangrentadas
neutralizaron el típico impulso casuístico al entonar nanas maternales, impropias
tonadas otacústicas: rapsodas sarcásticos obsesivos jalearon olés compulsivamente.
Olvidé mejorar otros menesteres, otras litúrgicas artes.
Ella suplía techos ojivales y hacía artesonados
recónditos tras ocultos disimulos en tres ratos impíos; omitía santiguarse con una
alevosía rutilantemente tenebrosa. Ella transmitía ocasiones sorguinas sin quejas
ultramontanas. Intentaba no temer elegíacos tratos ostentosos. Sin yo olerlo, rugió
grotescas invocaciones ancestrales, solo ella las enumeró gracias al nulo tirabuzón
espiral sinuoso. Pero al rato, abordó algunos ritos temibles; incluso supo turbar
algunos sujetos numerarios, obligándoles también a rugir incesantemente.
Otros, sucumbieron entre cantos ofreciendo nefastas
oraciones mortales, insalubres sermones tras aumentar sus cabalísticas artes putrefactas.
Ilusos todos. Aunque no estuve suspicaz, dominé el bombardeo alquímico resistiendo
con obstinación, evitando malos presagios, revolviéndome en su acre rezo impuro,
obligándola, suplicándole con ardor, terciando en dramáticos ruegos acusadores tan
innombrables como opugnados son otros menesteres. Así, quedó ultrajada, inoperante,
noqueada. Improvisé saltando tras aquel ser demoníaco. Ella tuvo retranca, escogió
neutralizarme hábilmente a yacer asesinada; sembró pócimas azufre sulfurosas alejando
demoníacos ocultismos desencantando el lugar, misteriosa y orgullosa. Lastré agónicos
síncopes, temeroso ante nuevas yacturas. Estuve luchando ante la calchona odiosa
hasta ocupar la adversa locura con radiantes iridiscencias sustitutivas. Trinó Abraxas
ligando a la ofensiva santiguadera ahorrándome cíclicas improvisaciones durante
ocho segundos. Agradecido, lancé gritos huyendo barranco abajo, lamentando amargamente
con ojos cuasi arrepentidos. ¿Acaso la paz obedece palabras prestidigitadas por
entes repugnantes sin alma liberada?
Vi, intuí algo grotescamente resucitado, algo
no olvidado. Quise usar incumplidos encantos remedados o también utilizar sustitutos
de respetadas oraciones garantistas ante simples embrujos negativos, con añorados
juegos infantiles. Tamaño ardid duró en pie lo acaso tan añorado.
Mantuve al rato inconexas cabalísticas,
ocupándome nuevamente del embrujo jorguín. Así dominé el ímpetu ruin, asqueado,
mas orgulloso, no tanto jugándome un innecesario conflicto para acabar redimido
ante falsas ordalías llevadas al ruego como otras muchas ocasiones ut supra. No, antes desaparecería en soterrados
arrabales recónditos resguardándome así, puro, ante demonios ancestrales de enajenado
juego atosigante. Dos embrujados entuertos no tienen retos arcanos rudimentarios.
El nuevo encantamiento liberó grandes rutas
ignotas nosománticas de rancias predicciones, amparadas rumbo al quinto universo
escondido. Durante algún rato, contuve, obligado, nuevas bendiciones concebidas.
Noctívagos sueños expulsaron xilófagos obscenos y actuaron obstinadamente reacios
a bondades ofrecidas disipando el sentimiento criptográfico. Oí melodías ululantes
nunca añoradas. Lejos de enojarme, juré a la onerosa sátrapa cochambrosa humanizar
a todo súcubo, yuxtaponiendo las órdenes sabias bajo los olmos grises, según ganase
alguna yarda salvadora. Quise usurpar el logro obtenido, sabiéndome wagneriano indiscutible.
Di gracias, enarbolando tres simples telas,
apelando repulsas de antemano no estudiadas. No cupieron aburridos ruegos ganadores
al rezar sumarios edulcorados. Y ya, acabé. Noté otro tiempo. Intuí emociones nunca
esperadas sin tratar ilusiones emocionantes. Mostré poderes ocultos que
únicamente empleé para enderezar razones declinadas. Encontré reposo y acomodo.
Nadie obtuvo trofeos inigualables. Ella no expiró, solitaria, entre dos arcadas
diamantinas y sucumbió, inerme, entre nebulosas trampas rutilantes. Asqueado, subí
por ondulados nichos. Faltaba ofrecer testimonio ocurrido, necedades obtusas que
utilicé impasible. Esperanzado, reí orgulloso. Quise unificar embustes, mas encontré
indicios nigrománticos tan reales os digo… Un zoófago creció. Algunos suspiraron.
Nadie inquirió. Se impusieron querubines, unicornios infaustos, elfos raros, altivos
luchadores, adversarios preparados… Ungüentos no tintados irritaron toda alma enamorada.
Nadie pensó liberar ángeles níveos, aunque muriesen instalados sobre trasgos.
Aún duermo enojado, rumiando, especulando sobre una nunca anunciada posibilidad,
un tiempo alegre, un niño adormecido por elegantes ritmos rituales, arte angélico
delicado.
Pista para el criptograma: http://www.elblogderipley.com/2008/10/amor-y-myolastan.html
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