LAS EXQUISITECES DE GUILLERMINA

-¡Buenas tardes! -tintinean las campanillas que cuelgan desde el techo al chocar con la elegante puerta de noble madera que ha abierto Alfonso. Ese buenas tardes, ufano y sincero, quizás un poco infantil por la manera de decirlo un hombre de casi cuarenta años, parece ir dirigido a un fantasma, pues no hay nadie que responda a ese  saludo alegre que, merecidamente, espera una respuesta. Da unos pasos, en apariencia inciertos,  y las campanillas vuelven a sonar al cerrarse la puerta, como si fueran ellas las que corresponden cortésmente a Alfonso, y las que instan, a la vez, a que quien sea salga de donde quiera que esté. No hay clientes, aunque Alfonso ha tenido la sensación de que unos cuantos bombones corrían por el suelo para esconderse. Y es que está nervioso, aunque se alegra de que no haya nadie más, porque así se siente más libre y más seguro de sí mismo, más él. Debemos saber que Alfonso viene casi cada día. Algo extraño lo empuja a ello. También debemos saber que no hay nada más extraño que el amor, o sí, pero Alfonso hace tiempo que está falto de él, por muy extraño y necesario que sea.
-Mon cher Fofó -sonríe Guillermina, asombrada, como si hiciera años que no lo ve, y no hay una razón para ello, pues ayer mismo lo vio, mientras sale de la trastienda quedándose detrás del mostrador como una Venus de Milo. Sublime y exquisita, igual que los bombones que ella misma hace y vende, aunque más que vender, parece que los ofreciera sin pedir nada a cambio, pues, como ella dice: qué vulgar es el dinero, ¿no es mucho mejor ver cómo se deleitan mis clientes con los dulces que hago con tanto cariño, sin pedir nada a cambio? Pas du tout, ça c´est un cadeaux pour vous, oh là là!, pas d´argent, ma cherie, ha dicho tantas veces. Y lo curioso del caso, si es que pudiera haberlo, y de hecho, podemos adelantar que lo hay, es que después de escuchar estas amables palabras de Guillermina, el beneficiario y agraciado cliente no ha vuelto nunca más por la confitería... Que la finura y la distinción de Guillermina son notables a los ojos y sentido común de toda la gente del pueblo está fuera de toda duda. Que su comportamiento hacia los demás es intachable, también. Su buen gusto al vestir,  la exquisitez de sus movimientos, la voz suave y aterciopelada que regala al hablar y que impide interrumpirla, por el simple hecho de seguir escuchándola, o el no haberla visto jamás junto a gente dudosa, son sólo una ínfima parte de las virtudes que la están ayudando a convertirse en la mujer, sino más deseada, sí en la más respetada de toda la gente bien que la conoce, que es mucha. Y es Alfonso quien más la venera y admira, de todos es sabido. Piensa que no hay otra mujer como ella y podemos decir que, de hecho, no la hay.
-Alfonso, Guillermina, Alfonso... -la mira, extasiado, porque por si queda alguna duda, desde el primer día que la vio ya no se la pudo quitar de la cabeza  este buen hombre. Y es que el extraño candor y la turbadora sencillez de Guillermina, lejos de pasar inadvertidos como un soplo de pureza, llamaron la atención de nuestro Alfonso desde que ella llegó al pueblo de no se sabe dónde y, por supuesto, a su vida. Pero todo esto no quita que a él no le guste que lo llamen Fofó. Aunque a ella, a Guillermina, quizás le otorgue esta exclusiva deferencia, pues no es igual cuando lo dice ella que cuando lo dice otra persona. Pero, ¿no es lo mismo, no debería serlo? Lo es, pero él no lo sabe; sólo nosotros y la excepcional Guillermina, si ése es su nombre.
-Toujours Fofó, y no hay nada más que hablar –resuelve ella, señalándolo con el dedo.
-Guillermina… –dice Alfonso. Y ya no tiene nada más que hablar. Se crea un silencio que en un principio podría parecer molesto, pero no lo es en absoluto, al menos para Alfonso, que considera esta elipsis como una muestra de cariño.
-Il est trop tard, mon chouchou, je dois fermer –dice Guillermina, rompiendo el encanto que ella misma ha creado. Y, llegado a este punto, estamos en la obligación de explicar que  Guillermina no es francesa ni belga, ni de cualquier otro país donde se hable francés. Simplemente, adopta este idioma como una segunda lengua, pues ella cree que le confiere esa politesse francesa que tanto admira y que, sin lugar a dudas, posee, lo crean o no. Sepan que se le adhiere misteriosamente de forma natural. Cómo lo aprendió nadie sabe, aunque señalaremos que también posee otras muchas y extraordinarias cualidades, que poco a poco, iremos descubriendo.
-Yo te ayudo, Guillermina, y después te acompaño a casa –le propone Alfonso esperanzado, pues su amada le ha dicho mon chouchou y, aunque no sepa muy bien qué es lo que quiere decir,  se imagina que debe significar algo bueno, porque ¿qué maldad puede salir de la boca de Guillermina?
-Pas du tout, ¡pas du tout!, ¿qué diría la gente? –se alarma ella, aparentemente molesta.
-¿Qué importa la gente? –se atreve a protestar nuestro ingenuo Alfonso.
-No está bien, y tú lo sabes -le recrimina Guillermina con una risita que, en otra, podría parecer maliciosa y, de hecho, lo es también en ella, pero, ¿cómo consigue Guillermina tamizar sus gestos, e incluso, sus intenciones, ofreciendo así una ingenuidad falta de toda doble intención y, cómo no, a prueba de cualquier posible duda respecto a su honesta y decorosa vida?
-Claro, Guillermina, perdóname. No  sé  cómo  he podido pensar... -y piensa: ¿qué tiene de malo que la acompañe a su casa?, mientras cree volver a ver a cuatro o cinco bombones correr por la pared de la confitería hasta esconderse detrás de una de las vitrinas…
-Et voilà! -dice ella, ofreciéndole un bombón con la punta de los dedos-. Es mi nueva creación, mon chouchou –sonríe, mientras que Alfonso quita la mirada que tenía fija en la vitrina.

Unos días después...

-Hoy va a ser un gran día -se dice Guillermina a sí misma frente al espejo, mientras se pellizca las mejillas para darles color. Colorete, nunca, piensa-. Soy una hija de puta -sonríe, mirándose a los ojos. Esos ojos angelicales, incrédulos, cuando alguien le pregunta por el secreto de sus exquisitos bombones, y ella responde aleteando las pestañas: je ne peux pas le dire, mon cherie, ça c´est un secret-. Espero que hoy no venga el pesado de Alfonso. Me cago en su puta madre. ¿Por qué narices se ha tenido que fijar en mí? Lo único que quiero es estar tranquila, que me dejen en paz. Guillermina, Guillermina, contrólate, que estás a punto de salir -se reprocha ladeando la cabeza y mirándose con los ojos entornados en el espejo-. Con lo bien que había empezado el día y me he tenido que acordar de él. ¡Lucero, ven! -llama a su perro, mientras sale del baño-. La madre que lo parió, que parece que se lo imagina. ¡Lucero, fiiiu, fiiiu, que vengas, coño!  -se sienta en el sofá del comedor y piensa que quizás no sea un buen día, como en un principio había pensado, mientras Lucero se acerca, receloso…
Antes de salir de casa, Guillermina abre la puerta de par en par.
-Que me vea todo el mundo -se dice, y se persigna piadosamente-. En el nombre del padre, del hijo y de la puta que lo parió -musita,  bajando levemente la cabeza-. Amén... me pica el coño... Voy a tener que lavarle la lengua con lejía a Lucero-. Y empieza a andar con la elegancia que la caracteriza hacia "Chez Guillerminne: douces et bonbons"-. Cualquier día me pega algo, y qué le digo yo al ginecólogo. Guillermina, la virtuosa, con chancro. ¿Los perros trasmiten chancro? No sé, pero me puede contagiar cualquier otra cosa… ¿Qué pasa? Sonríe, Guillermina, sonríe, que estás en Babia –recapacita, y comienza a andar aristocráticamente, hasta que alguien la para.
-Buenos días - le desea una conocida al cruzarse con ella-. ¿Por qué evito mirarla? –se pregunta la misma.
-Vaya con Dios (y a ver si es verdad y te mueres pronto, perra, que hace por lo menos un mes que no vienes a comprarme ni un maldito bombón, que por eso ni me miras, por vergüenza, pero me da igual, algún día vendrás y verás) -sonríe Guillermina tímidamente, y sigue andando como una gacela hacia su destino. (Un día de estos, Lucero me muerde el coño, que lo noto raro... ni se le ocurra, que de la patada que le doy, lo despanzurro. Zurro… Pan… Mierda de día… La gente es más fácil de controlar. Los perros tienen ese sexto sentido… ¿Y yo también? Debería… O no, porque soy humana. Mana el humo... ¡Coño, desvarío! Tengo que controlarme, que siempre tengo el coño en la boca. Lalalá, oh là là… Cuando llegue esta noche a casa, le pego al puto perro. Le chien, le chien, le chien… mort. Uy, va a llover... Ya está bien, Guillermina, que desvarías. Que sí, que no, que caiga un chaparrón… y os ahogue a todos, hijos de puta... Perro muerto. A Alfonso el primero, por pesado, que es un cabrón. Oh, mon dieu, le chien est mort… Pero si lo mato, ¿quién me come el coño? Vaya… Me compro otro…porque puedo… otro perro… va a llover. Mira ésa… Me odia. ¿La saludo? Que se joda, yo la saludo). Alarica, ma cherie, cuánto tiempo (perra… La perra Alarica).
-Hola, Guillermina, ¿cómo estás? (supongo que divina, como siempre).
-Tres bien, merci (mírame, mira qué cuerpo tengo, foca). ¿Y tú? Te veo muy bien (bien gorda es lo que te veo. Alarica, vaya nombre).
-No creas. Si yo te contara… (¿se lo cuento? No debería…)
-C´est grave? (me vuelve a picar el coño).
-Ay, Guillermina… (no voy a llorar delante de ella).
-Ah, non! Je ne veux pas écouter aucun problème. Es que soy muy sensible y todo me afecta, mi amor (aparte de que me importa un comino lo que te pueda pasar). Otro día me cuentas, cariño, que ahora tengo mucha prisa (so mema), y tengo que abrir la tienda (le pego, esta noche le pego a Lucero. Y ésta me da igual, que se suicide si quiere y, sino… ¡Uy, me ha caído una gota en el vestido de seda salvaje!)
-Claro, otro día te cuento. Yo también tengo mucha prisa y mira cómo está el cielo (mejor así, que no tengo ganas de contarle nada a ésta, tan fina ella).
-Hasta otra, querida (cerdita. Esa nube…)
-Adiós, Guillermina (qué suerte tienen algunas. Sin marido y sin niños que le amarguen la existencia. No sé si volver a casa, ¿qué hago?)
-Adiós, adiós, y cuídate (la puta ésta me ha entretenido y me va a caer un chaparrón encima que te cagas. Pero, ¿adónde va por ahí, si antes venía por el otro lado? Que haga lo que quiera. Me da igual. Es una infeliz… Desliz… Perdiz… Tamiz… Se me va a mojar el vestido… Y los zapatos, carísimos.  ¿Y si me voy a casa? No tengo por qué abrir la confitería, si no quiero. Para eso soy la dueña… Total, los días de lluvia viene poca gente. Me tomo el día libre. Pues sí, me lo tomo. Voy a casa y despachurro a Lucero de una patada en los huevos, que me tiene harta… Ya no me come el coño como antes… Voy a la tienda y pongo una nota. ¿Cerrado por asuntos personales? ¿Cerrado por defunción? ¿Y quién se me puede haber muerto? ¿Cerrado por…? ¿Por…? ¿Por? ¿Porompompón? No pongo ninguna nota. Que se jodan… No tengo por qué ponerla… Doy la vuelta y me voy a casa. Sí. Es lo mejor… Mierda, está lloviendo más. Corre, Guillermina, corre… La pluie…No te vayas a caer, Guillermina… Oh là là, me vuelvo loca del todo… La pluie, la pluie…). Guillermina corre como un cervatillo bajo la lluvia por las estrechas callejuelas. La gente la mira maravillada. No hay nadie en el mundo que corra como ella. La extrema gracilidad de Guillermina cautiva a quien la mira. Rebosa feminidad en la ligereza de sus pasos, que parece que no tocara el suelo, sino que volara ayudada por la hermosa esbeltez  de su cuerpo, embutida en el distinguido vestido de seda salvaje que ella lleva como la gran mujer que todo el mundo piensa que es. Es una maravilla verla correr con ese porte, ese aire de gacela desamparada y seductora. Y así, mientras medio pueblo queda extasiado ante la presencia alada de Guillermina bajo la lluvia que, dicho sea de paso,  cada vez corre más rápido por la amenaza de tormenta, ella llega a su casa justo en el momento en que el primer gran trueno resuena, determinante, en el cielo, y el perro Lucero se cobija bajo la gran cómoda victoriana que domina la habitación de su ama.
-¡Lucero...! ¡Lucero, ven! (maldito seas). Ven, que me tienes hasta el coño –ordena Guillermina bajando la voz, no vayan a oírla los vecinos, mientras escruta con la mirada a su alrededor, y Lucero, que no esperaba volver a ver a su dueña hasta el anochecer, no puede reprimir el orinarse, pues si ya estaba asustado por la tormenta, sólo le faltaba esto. Y, lo que son las cosas, la inocente evacuación del pobre perro es lo primero que ve Guillermina al entrar en su habitación, y no vamos a entrar en la cuestión, interesante, pero no imprescindible, sobre la causalidad; pues el humor irreprimible del animal se ha extendido, traicionero, bajo la cómoda, señalándolo como culpable-. ¡Mira lo que has hecho! –grita Guillermina, hecha una furia, al descubrir el charquito en el suelo-. ¡De la patada que te voy a dar, te va a quedar el culo como la bandera de Japón!
-¡Guau! –intenta escapar Lucero.

Unos días después...

Alfonso creía  ver a unos cuantos bombones corretear por la oscuridad. Estaba nervioso. Por primera vez se encontraba en casa de Guillermina. Sentía un malestar extraño, pero ni se le pasaba por la cabeza que era por los bombones que amablemente le había ofrecido ella que, por cierto, se sentía plenamente dueña de la situación. ¿Qué situación...?
-Mon chouchou, sólo te queda un bombón, ¿no lo comes?, venga, cómetelo, un último esfuerzo -Guillermina acerca la bandeja de plata donde quedaba el último de los dulces que laboriosamente había preparado pensando exclusivamente en Alfonso, y que él, finalmente, se llevó a la boca-. ¿Qué te han parecido? –le pregunta, mientras que Alfonso observa asombrado cómo de la cabeza de Guillermina sobresalen unas gigantescas antenas.
-Te brillan los ojos, Guillermina.
-Estás cansado. Ven, Fofó (idiota).
-¿Dónde me llevas? (estoy en tus manos, mi amor)-. Alfonso ve cómo Guillermina se transforma-. ¿Qué es lo que corre por las paredes? ¿Dónde me llevas?
-Calla, calla Fofó. Lo que ves, es lo que ves. Nada más. Túmbate aquí… ¿ves qué bien? (ya está, ya está).
-No, en la cama no, Guillermina -¿qué es lo que hay sobre la cama? ¿Qué es lo que se mueve bajo la colcha?-. ¿Qué es eso, Guillermina? ¿Qué hay ahí?
-Rien, mon chouchou. C´est rien.
-¿Qué eres?
-Je suis ce que tu veux, mon chouchou.
-Eres igual que Delia.
-¿Delia?
-Como en el cuento de Cortázar…
-No. Yo soy de otro cuento.
-Por favor, cásate conmigo.
-Tranquilas, tranquilas, que hay para todas.
-Guillermina...
-Voilá! Voici la verité! –dice Guillermina, mientras levanta la colcha que cubre la cama.

"IN UTERO"


Mientras que yo daba a luz a mi niño, a mi vecina le quitaban la matriz: no podía imaginar que nunca vería a mi hijo, que ella me lo robaría: yo sé que ella supo, en ese mismo instante, mientras las dos quedábamos vacías, que mi niño sería suyo, que me lo robaría: y así fue: igual que una serpiente sustrae los huevos de los nidos: fue entonces cuando empecé a perder la cordura, a desvariar, a decir cosas raras, a perderme: quizás sea tarde para hablar de ello, pero también es temprano para acostarse, para dudar, para abandonar la cama fría y abrir las ventanas: siempre es temprano o demasiado tarde para hacer algo: después de todo, no hay más que escucharme, deplorando la fertilidad de las mujeres, envenenándome las ideas durante toda una vida, hablando míseramente, cerrando los labios alrededor de las palabras, como vacilando antes de dejarlas escapar: donde estoy, el silencio es, a veces, tan intenso, tan espeso, que tengo la sensación de atravesarlo: siento las vidas que existen en mí y que se están perdiendo: es una de mis fantasías: en cada persona existen muchas vidas: están, digamos, en nuestro interior, serpenteando sobre hileras de metal, brillantes, como vías de ferrocarril: si vamos por una de ellas, hacia un incierto destino, podemos ver las otras paralelas, en las que también podíamos habernos embarcado si hubiéramos tenido la fuerza necesaria para hacer el cambio, para deslizarnos quizás hacia otro destino distinto, igualmente incierto: es la manera que tengo de decir que estoy sola y que, cuando alzo la vista para encontrar la noche, la encuentro reunida en mi hombro: me cuesta un gran esfuerzo acomodar los músculos del rostro para ofrecer una sonrisa: por eso, estoy siempre seria: ¿debería estar feliz por algo?: es curioso; los demás temen mirarme a la cara por temor a aprender algo: por eso estoy sola: todo se me ha ido, incluso mis fracasos, y el tiempo, la ilusión, la noche, la histeria, mi hijo: hay tal silencio aquí, por la noche, que parece que mi cuerpo esté amputado: tanto silencio que, cuando duermo, despierto y medito entre las botellas de los fetos en conserva: y pienso que es mejor estar sola, y que no quiero ver a nadie: luego, después de largas horas en el oscuro silencio, amanece, y veo cómo las nubes se atreven a salir como enormes piernas separadas y lánguidas después de un orgasmo: eso me crea un gran desconsuelo: puesto que la vida es la única fuerza de donde podemos sacar la tragedia de nosotros, he decidido entregarme a ella totalmente, que es lo mismo que esperar la muerte: lo importante no es lo que uno piensa, ni siquiera lo que uno hace: lo importante es lo que uno es: sobre todo, es notable el silencio: puedo sentarme tranquila para observar el desfile: la nieve subiendo hacia el cielo, las flores que brotan entre los dedos de mis pies, una música lejana, el fluir del tiempo; todo ello junto: mi locura: los prados humeantes, las tostadas quemándose entre los hierros, los lagos helados, los bordes rígidos, o sea, mi locura: nada sucede, pero existe una poderosa sensación de que algo ha sucedido o que va a suceder: el cartero entrega una carta muy esperada a quien la espera, las cortinas se corren por el simple hecho de que alguien ha pensado que deberían correrse, suena la melodía que tienes en mente: casualidades: corro por los inmensos corredores como una convicta: pienso en el hijo que nunca tuve: que tuve y me robaron: grito como un ganso desangrado: siento cómo mis entrañas se disuelven y resbalan por mis rodillas: la alfombra, roja: lloro igual que un niño: mi hijo: mi locura: me abraso por dentro: ¿estoy llorando?: sí: por eso pediré una jarra de agua helada: frío: silencio: no oigo nada: ni áspero ni decisivo como lija, hacha o cuchillo: no oigo nada: el silencio: ¿y las risas?

ENTRELUCES

Miró la hora: las doce en punto. Felisberto se trasladó a la casa de unas viejas viudas de voluminosos moños donde siempre atardecía...

Traslados y traspasos, transferencias o traslaciones, viajes e idas y venidas hacia un mundo imaginario de cabellos vivos. Trasgresión de dimensiones hacia un universo ficticio cada vez que el reloj marcaba las doce. De la realidad al papel. Así, como si tal cosa y sin él quererlo, aparecía en aquella casa de algún cuento escrito por alguien que él desconocía; alguien que no soy yo. ¿Desde cuándo? No se sabe.

En efecto, Felisberto Hernández viajaba por aquella historia ajena (aunque ya la sentía algo suya) durante unos minutos, dos veces al día. Una casa de atardeceres abruptos donde siempre había la misma gente: unas enlutadas viudas de grandes moños grises, copiosos y abundantes, que escuchaban muy atentamente un cuento sobre una joven suicida leído por un hombre de bigote afilado y curvilíneo... En una esquina, una joven de cabello prensil, siempre apartada de los demás, siempre en penumbra, escuchaba expectante el mismo cuento, mientras jugaba a trenzar y destrenzar (dedos hábiles los de la joven mujer de pelo negro y frondoso) un cordel que siempre tenía entre sus manos. Felisberto siempre la observaba, pero nunca se atrevía a hablarle. Normalmente, cuando el hombre de bigote orlado que leía el cuento terminaba y se dirigía hacia un piano para tocar alguna pieza, Felisberto regresaba a la realidad.

***

Al poco tiempo de aquellas extrañas traslaciones, Felisberto no dejaba de pensar en la casa de las viudas y en los abultados moños de sus cabezas, y también en el cuento que leía el hombre de bigote espiral, el cual también tocaba el piano al atardecer, en el que una mujer se suicidaba por amor o por algún otro motivo misterioso que no se sabía, ya que el cuento no lo explicaba, y por lo que todos los oyentes después discutían... Pero, sobretodo, pensaba en ella; aquella mujer joven que lo miraba cuando el cuento acababa, sentada con la cabeza recostada en el muro, entre la tenue luminosidad que entraba por una de las persianas de aquella sala de lectura y que iba echándose perezosamente (la luz) hasta una de las mesas sobre la cual se disponían algunos retratos de muertos queridos; hasta que aquella débil claridad desaparecía y, extrañamente, nadie encendía las lámparas… También se preguntó qué era lo que seguía pasando entre aquellas paredes cuando él volvía de la casa de las viudas de moños encopetados.

***

Lo que más turbaba a Felisberto era el hecho de sentir cada vez más el deseo de volver a la casa de las viudas y quería descubrir por qué, qué era lo que le arrastraba a ello… Esperaba a que el reloj marcara las doce y cerraba los ojos para abrirlos ya, entre los gruesos muros de la casa de las viudas de voluminosos moños… Y allí se encontraba, cuando miró hacia la pared del fondo del salón de lectura, el porqué de ese deseo. Vio a la joven mujer de pelo extraordinario. Sentada en una silla inexistente por la amplitud de su vestido, la cabeza recostada ligeramente hacia atrás, contra la pared, y su largo y negro cabello ondulado desparramado sobre ésta. Soñolienta entre la penumbra que, como si de algo vivo se tratara, se condensaba por toda la sala a medida que pasaban los segundos, dilatándose. Ella escuchaba atenta el relato que el hombre de bigote helicoidal leía a los allí presentes, con los ojos perdidos y una dulce y aprobatoria sonrisa dibujada en los labios (podía estar así todo el tiempo que hiciera falta. Observándola; mirando cómo su pelo avanzaba por la pared como si de una planta trepadora se tratara. Así, hasta que ella lo viera o hasta que él desapareciera de la casa de las viudas). Felisberto decidió esperar a que el hombre terminara de leer el fatídico relato para intentar hablar con ella, pues no quería interrumpirla de su ensimismamiento. Llevaba varios días intentándolo, pero siempre desistía al ver que la oscuridad abrazaba la casa y nadie encendía las lámparas y él desaparecía... Mientras esperaba, creyó ver a través de una de las persianas de la sala unas palomas revolotear sobre una de las estatuas del jardín y se percató de que el hombre que leía el cuento también miró hacia el mismo sitio, dejando en suspenso una frase, para reanudar nuevamente la lectura como si nada hubiera pasado... Felisberto deseaba que la joven de cabello enigmático lo viera, pero ella no lo miró hasta que acabó la narración de la mujer suicida.

La luz que se filtraba por las persianas caía sobre unas flores rojas y amarillas al fondo del salón, transformándolas en fuego, cuando el hombre lector de bigote acaracolado acabó de leer y todos lo rodearon animadamente, haciéndole comentarios de todo tipo y que, no hace falta decirlo, siempre eran los mismos. Felisberto buscó con la mirada a la joven, pero no logró distinguirla entre toda la gente que intentaba, cada uno a su manera, dar su opinión sobre el cuento que acababan de escuchar y las razones que podían haber llevado a la joven al suicidio. Creyó verla entre los imponentes moños de las viudas, pero al acercarse se dio cuenta de que se había equivocado. Después de unos minutos de búsqueda infructuosa, el crepúsculo de la tarde raptó la escasa luz que quedaba en la casa y nadie encendió las lámparas… Antes de la transición llegó a oír las primeras notas de una fuga de Bach.

***

No dejaba de pensar en la joven mujer de cabello arbóreo. Tenía que volver a verla. Sí. Y el reloj marcó las doce...

Felisberto se acomodó recostándose sobre el piano que más tarde tocaría el lector de relatos, cuando las viudas así se lo pidieran.

Después de que el hombre lector terminara de leer el cuento a los oyentes, todos se levantaron y empezaron a hacer comentarios sobre el relato de la suicida. La joven mujer de cabello movedizo siguió sentada, observando a Felisberto que, por fin, se acercó.

-Estoy muerta –le dijo ella, tímidamente y sin mirarlo a los ojos, cuando lo tuvo delante-. Pero me alegra tanto conocerle…

Felisberto no supo qué contestar pues no era lo que esperaba oír. En realidad, no tenía nada planeado, pero aquella situación y aquellas palabras que la mujer le expresó lo turbaron sobremanera.

-Y, dígame… -se interesó ella de nuevo y, ahora sí, levantando la cabeza y mirándolo a los ojos, mientras que su pelo iba desprendiéndose del muro en el que había estado descansando-. Dígame, señor… ¿señor?

-Felisberto, Felisberto Hernández –se disculpó, haciéndole una pequeña reverencia, creyendo que la ocasión así lo requería.

-Y, vamos a ver, ¿usted también está muerto, como yo? –le preguntó, volviendo a bajar la cabeza, mientras su cabello buscaba dónde aprehenderse.

-No, no estoy muerto –le contestó.

-Bueno, todo llegará, no se preocupe –dijo la mujer, mirando a un lado, como si se desentendiera de la cuestión.

-De hecho... –comenzó a decir Felisberto.

-¿Y no podría morir? –le preguntó la joven de pelo sensorial, muy interesada, tensando el cordel que siempre tenía entre los dedos.

-Yo no… -titubeó, Felisberto.

-¡Qué desgracia…! –lo interrumpió, alarmada y tapándose la cara con las manos.

-Bueno, supongo que algún día moriré... –la esperanzó.

-Yo muero cada día –dijo a ella, interrumpiéndolo, de nuevo.

-No la entiendo –se extrañó Felisberto.

-Yo soy la mujer del cuento que se lee aquí cada día –sonrió la mujer, con la mirada clavada en los ojos de él y con la mano en el pecho.

-Perdón, pero no creo que… -empezó a decir Felisberto.

-No le estoy pidiendo que lo crea –lo cortó ella.

-Si está muerta, no puede volver a morir –señaló él, con la total convicción de que había expuesto una gran e inteligente disgregación filosófica, y animado de que la conversación discurriera con una fluidez aparente.

-Estoy condenada –dijo la mujer, mientras desenredaba su pelo del alto respaldo de la silla.

-Sigo sin entenderla, ¿está condenada a morir cada día? –se interesó Felisberto.

-Me gusta oír mi propia muerte cada día. Me distrae. Sobretodo, escuchar las teorías que dicen después de que se haya leído el cuento. Nadie sabe por qué motivo me suicidé. Es tan divertido… morir cada día… -dijo, sin contestar a la pregunta y bajando la cabeza de nuevo, como si le diera vergüenza expresar lo que estaba diciendo.

-Pero para usted la muerte no existe, o no debería importarle… -dijo Felisberto, con la intención de animarla y de que siguiera hablándole.

-¡Sí que existe y sí que importa! ¡Tiene consecuencias irreversibles e irrevocables! –alzó la voz la mujer y su cabello se enredó en el alto respaldo de la silla en la que estaba sentada.

-Por ese principio, también podríamos decir que nacer no importa… -siguió Felisberto, con sus teorías filosóficas.

-No es lo mismo nacer que morir. Yo estoy muerta, ¿es que es una palabra tan difícil de entender para usted? Cuando alguien se muere, nadie encontrará su rostro, su voz, su tacto… Cuando alguien se muere, está muerto y, con el paso del tiempo, nadie recuerda su cara, sobre todo de los que más lo quisieron, pues a las personas que más queremos las hemos visto desde tantos ángulos, bajo tantas luces y con tantas expresiones, que cuando queremos acordarnos de ellos, todo se nos confunde, todas aquellas impresiones que teníamos se nos enmarañan en la memoria, quedándose sólo en un simple borrón.

-No sé que decirle.

-No diga nada. Lo que yo quiero decir es que una persona nunca muere. Siempre quedará en nuestra memoria.

-Pero de qué sirve si, como según usted dice, son solamente un borrón.

-Eso no importa. Lo importante es que quede en nuestra memoria la persona, su esencia. ¡Hay tantas cosas que se saben cuando se está muerta…! –dijo ella, cuando de pronto, en la casi total oscuridad de la sala, el hombre lector empezó a tocar el piano una de las fugas de Bach para complacer a las viudas de rodetes imposibles de la casa, que así se lo habían pedido. Felisberto comprobó de nuevo que nadie encendía las lámparas y que la oscuridad iba condensándose en la sala por momentos.

-Creo que voy a desaparecer –dijo.

-¿Tan pronto? –se quejó la mujer.

-Está anocheciendo. Es tarde...

-Enciende una lámpara, no seas tonto –dijo ella, tuteándole de pronto.

-Yo no puedo, no puedo alterar esta realidad.

-He visto cómo desaparecías otras veces ante mis ojos –siguió tuteándole–. ¡A eso le llamo yo mala educación!

-En realidad... –comenzó a decir Felisberto.

-Y no me hables de usted, y la respuesta es sí –sonrió ella.

-Pero si todavía no le he...

-La respuesta es sí, Felisberto, sí. ¡Y háblame de tú! –lo riñó la mujer, cariñosamente.

-Yo… no sé qué decir –se encogió de hombros.

-No hay nada que decir, nos amamos y eso basta.

-Nos amamos –dijo él, creyendo que iba a desaparecer de un momento a otro.

-Antes de irte, bésame –le pidió ella, encogiendo la boca y cerrando los ojos, a la espera de que Felisberto le diera un beso.

Felisberto se acercó a la mujer y la besó en los labios, mientras desaparecía no sin sentir cómo el cabello de ella se enroscaba y acariciaba suavemente su nuca…

-¡Vuelve pronto! –llegó a decir ella, después del beso.

***

El reloj marcó las doce y nada más traspasar hasta la casa de las viudas de abultadas castañas, Felisberto se dio cuenta de que la joven mujer de cabello ondulado no estaba sentada donde siempre, en la sala antigua en donde el hombre lector de bigote elíptico leía el cuento de la suicida. Miró hacia la habitación contigua y vio su pelo negro avanzando por el marco de la puerta en la que estaba apoyada. Ella le hizo señas con la mano para que fuese.

-Estaba preocupada. Has tardado mucho en volver.

-He tardado doce horas, como siempre.

-El tiempo no siempre se siente igual. Para mí ha sido una eternidad.

-Tienes toda la razón

-Y yo quiero estar muerta por ti, para querernos eternamente.

-No es tan fácil.

-¿Qué quieres decir?

-Vivimos en dimensiones diferentes.

-No te preocupes, todo se arreglará.

-Cuando dos personas se aman como nosotros, nada puede ir mal.

-Sólo podemos amarnos durante unos minutos cada día.

-¿Quieres decir que nuestro amor es imposible como el de Romeo y Julieta, el de Tristán e Isolda, el de Calixto y Melibea…?

-Eso sólo son amores de ficción. Nunca existieron. Son amores escritos, no son como el nuestro.

-¿Y qué soy yo? ¿Acaso no soy la misma mujer que muere cada día en los labios del mismo hombre que lee mi propia muerte suicida de las hojas de un libro? –gimoteó la joven mujer de cabello fértil.

-No llores.

-¿Acaso no lo soy, dime, no lo soy?

-No me importa quien seas. Fíjate que ni siquiera sé tu nombre. Yo te quiero igual.

-Los nombres no son importantes. No quieren decir nada.

-Tienes razón. Lo que tenemos que hacer es encontrar una solución a nuestra desgracia.

-Como cuando las palomas atacan a una estatua.

-Te entiendo.

-Por eso me quieres.

-Por eso te quiero.

-Yo, también.

-Voy a desaparecer de un momento a otro.

-La próxima vez, no tardes en venir.

-Doce horas.

-Doce horas.

-Adiós.

-Adiós, mi amor… ¡Y muérete pronto!

***

Llegó el día en que la casa de las viudas le parecía distinta y, además, no tan misteriosa como en un principio.

-Felisberto, estaba deseosa de que llegaras.

-Yo también tenía ganas de verte.

-¿Has solucionado lo de tu muerte?

-No he podido.

-¿Y quién puede, dime, quién puede…?

-Mi amor, no hablemos más de muerte.

-A mí me gusta.

-No creo que debamos…

-¿Qué tiene de malo?

-No es sano.

-Comprende que yo ya estoy muerta. Además, la muerte, ¿no te parece romántica?

-¿Romántica?

-Claro: acudir a las tumbas familiares, barrer las hojas secas que las ocultan y confunden…, para luego cambiar el agua a los floreros y limpiar las huellas de los caracoles en las lápidas…

-No sigas hablando. Yo quiero hablar de vida, de nosotros, de nuestro amor.

-Pues entonces, llévame contigo.

-¿Adónde?

-Al otro lado. ¿Cómo vamos a querernos viviendo en mundos separados? Además, estoy empezando a cansarme de ver siempre las mismas cosas de esta casa. Sólo he visto las cosas de mi propio cuento, de éste en el que estoy muerta en vida, y quién sabe si habré de ver otras cosas de otro cuento que estén escribiendo ahora…

-¿Y cómo te llevo al otro lado?

-Pues no sé, pero si no te mueres pronto, algo tendremos que hacer, ¿no?

***

No tardó en ver a su amada. Estaba recostada en el piano de la sala con una copita de licor en las manos.

-¿Quieres un poco? –preguntó ella, y bebió un pequeño sorbo encogiendo la boca como si quisiera guardarla dentro de la copita.

-Ahora no.

-Hace un rato pensaba que a lo mejor estabas casado en tu otra dimensión. No estarás casado, ¿verdad?

-No, claro que no –rió Felisberto.

-No me importaría, mientras que me quisieras igual, además, no sé por qué te ríes… ¡Oh!

-¿Qué?

-¡Oh!

-¿Qué pasa?

-¡He perdido mi cordel! –exclamaba ella, mesándose el cabello.

-¿Qué? –insistió Felisberto.

-¡Mi cordel!

-Bueno, no pasa nada, lo encontraremos.

-¡Los cordeles son muy importantes!

-¿Ah, sí?

-¡Pues claro, mucho más que los recuerdos! Los recuerdos nos nublan las ideas. No nos dejan avanzar en la vida. En cambio, un cordel es de lo más práctico.

-Mira, ahí está, en el suelo, bajo el piano.

-¡Gracias a Dios!

-Voy a desaparecer.

-No te vayas todavía –le pidió ella.

-Está anocheciendo, siempre es igual, lo sabes. ¡Y nadie enciende las lámparas!

-La noche es perfecta para todos los amantes menos para nosotros.

-Doce horas más.

-Llévame contigo.

-Hay noches que no duermo pensando cómo vamos a solucionar lo nuestro, no me lo pongas más difícil.

-Tengo todo el tiempo del mundo para esperarte, ya sabes que estoy muerta.

-Si muero, como tú dices, quizás nos encontremos y podamos amarnos eternamente.

-Es mejor que me lleves contigo. Los muertos nunca se encuentran. Erramos entre los vivos como fantasmas –lloró la joven mujer de cabello detenido.

Mientras la mujer lloraba en el crepúsculo, Felisberto desapareció de la casa de las viudas.

***

Un día, después de que se leyera el cuento de la suicida, la casa empezó a oscurecer y, como siempre, nadie encendía las lámparas. Felisberto tuvo el impulso de hacerlo, pero la mujer de pelo selvático se lo impidió.

Ya sé! –gritó ella, levantándose de la silla, mientras su cabello se desprendía con dificultad del respaldo.

-¿Qué pasa?

-Tengo un plan. ¡Abrázame fuerte!

-¿Así?

-Más fuerte todavía –le dijo ella apretando el cordel entre las manos.

Felisberto la abrazó todo lo fuerte que pudo. El piano comenzó a sonar. Ella aulló y desaparecieron los dos de la casa de las viudas...

De buenas a primeras, aparecieron sobre las ramas de un gran árbol, de los cientos que habían en lo que parecía un gran páramo. No se dijeron nada. Sólo esperaron mirándose a los ojos. Tras un largo tiempo, se besaron.

-¡Estoy viva!

-¡Sí!

-¡Estoy viva!

-Estás viva.

-¿Y por qué?

-¡Qué más da! Bajemos del árbol.

-¿Bajar?

-Claro, no vamos a quedarnos aquí toda la vida.

-Baja tú primero, que a mí me da miedo.

Felisberto comenzó a bajar del árbol con cuidado. Mientras, la joven mujer de cabello ondulado ató un extremo del cordel a una rama y estrechó el otro en su cuello.

-Cuando el reloj marque las tres, búscame en este cuento –llegó a decir ella antes de saltar y quedar suspendida en el aire sin que Felisberto pudiera evitar su muerte.

ACOPLAMIENTO PERFECTO (RELOAD)

Si la pusiéramos delante del espejo que tiene sobre la cómoda de su habitación, observaríamos que es carnívora, pues su pelvis es similar a la de un lagarto y no a la de un ave, como la de un Diplodocus. Más que a un Tyrannosaurus cretácico diríamos que es más parecida a un Allosaurus jurásico. Su cuello en forma de S la delata como temible, además de sus pies con garras y cuatro dedos. Como buena bípeda, usa la cola para mantener el equilibrio. (Todas las tardes da largos paseos por el bulevar, tensando la vértebra caudal, convirtiéndose así en la más distinguida, que no querida ni deseada, de toda la ciudad. Los demás ciudadanos, cuando la ven, se apartan como ornitisquios asustados y ella avanza, muy digna, con la vista al frente y sin mirar a nadie: quince metros en dos zancadas, haciendo temblar el suelo a cada pisada suya. Cuando está cansada o los zapatos oprimen sus pies escamosos, regresa a casa y toma té con pastitas amargas que ella misma hace con hojas de arce; pues ella, aun siendo saurisquia, es vegetariana, aunque nadie lo crea. Por la noche, antes de irse a dormir, reza su novena sentada en la cama, con un viejo rosario de dientes de iguanodón heredado de su madre. Le ruega a dios un buen marido, que la cuide y que la quiera -en realidad arde en deseos por conseguir un buen macho dominante que la pise todas las noches- y que, por favor, suplica un día tras otro, no tarde mucho en llegar, porque la cloaca se le estaba secando.)

-Con un huevito o dos, me conformo. Porfavorporfavorporfavor... –mira al cielo, o sea, al blanco techo de su habitación, cada noche- amén.

Ella es buena, no es mala, no; lo que pasa es que está un poco resentida con el mundo: ¿qué es eso de que ni siquiera la saluden cuando sale a pasear, que se aparten de ella asustados, que los jóvenes (según ella, bellos seres en la mejor edad reproductora) la señalen con el dedo, que escupan a su paso...?

Un día aparentemente como cualquier otro (de todas maneras sabremos que fue un dos de febrero de 2265, gracias a la fecha del periódico que más tarde compraría), se despertó triste y amargada, lo que era usual en ella. Tras una ducha con agua fría para endurecer sus escamas, creyó renacer. Sus gestos no eran decididos ni calculados ni tampoco precisos. Optimista ella, cantaba en voz alta para que la oyera todo el mundo. No quería que nadie se enterara de su estado de ánimo. Fingía.

-¿Y por qué no? ¡Que se enteren! ¡Que se entere todo el mundo que estoy contenta! –gritaba a pleno pulmón, bajo el chorro de agua de la ducha. (Pero, realmente, no estaba contenta, era ira lo que sentía. Odio hacia los demás.)

En dos grandes zancadas llegó a su habitación y abrió el armario ropero de puertas de concha de tortuga. Sacó uno, tres, diez vestidos al azar y los tiró encima de la cama con dosel marfileño y sábanas de piel de lagartija. Los observó unos segundos y cogió uno rojo, para volver a dejarlo en el mismo sitio, y después coger otro verde de seda. Se lo probó y al verse reflejada en el espejo sobre la cómoda, se lo quitó al momento, lanzándolo al suelo con rabia. Nerviosa, dio un aullido sobrecogedor mientras saltaba, alternando las dos patas, sobre el suelo nacarado. Después, se prueba otro y se lo quita. Otro y se lo quita. Otro, y se lo quita. Otro más, y se lo quita…

-¡Loquita me voy a volver! ¡Loquita, loquita! –bramó, y empezó a patalear de nuevo.

Tras un lapso en el que creía estallar de ira, escoge uno de dorado lamé, y lo desecha. Uno naranja y lo desecha, uno de seda salvaje lila y lo desecha; otro, carísimo, y también lo desecha…

-¡Deshecha estoy, que no encuentro qué ponerme! –cayó al suelo, con el dorso de una de sus garras en la mejilla. Pasaba el tiempo y ella lloraba sin saber cuál de los vestidos ponerse...

Cuando logró serenarse un poco, se levantó del suelo y escogió (con los ojos cerrados) varios vestidos; se los probó uno tras otro: uno azul, otro violeta, uno granate, otro amarillo, hasta que se decidió por uno de raso negro, más negro aún que su vida.

-¿Y porqué no? –pensó, sin mucho entusiasmo, mientras se miraba en el espejo.

Antes de salir a la calle, asomó su enorme cabeza por la ventana y miró al cielo para ver qué tal día hacía: nublado a más no poder. Cogió su sombrilla de volante óseo de marginocéfalo para protegerse las escamas de la posible e inclemente lluvia ácida. Salió de casa y cerró la puerta con tres vueltas de llave. Dio unos pasos y volvió de nuevo hasta la puerta. Introdujo otra vez la llave en la cerradura y dio otro giro.

-Siempre es mejor cuatro vueltas que tres –se dijo a sí misma.

Bajó las escaleras de veinte en veinte y en un momento llegó al peristilo que daba a la calle donde, la portera, ni siquiera la saludó. Abrió el portón y, antes de salir definitivamente a la calle, se persignó tres veces, como era su costumbre.

-Hasta luego –le dijo a la portera. No obtuvo respuesta.

Su vértebra caudal estaba tensa, como era normal en ella. Andaba poco suelta, con pasos más cortos y toscos que de costumbre. Saludaba a la gente y no era correspondida, aunque de vez en cuando, alguien inclinaba la cabeza desagradablemente al cruzarse con ella, e incluso, alguno que otro escupía al suelo mostrando indiferencia.

-¿Por qué? -pensaba...- ¿Por qué? –seguía pensando.

Cuando pasó por delante de la terraza del bar del hotel Trentino, aminoró su marcha, pero no se decidió a quedarse y continuó caminando. Tras andar unos cuantos metros, paró en seco y pensó en volver, pero no se atrevió y siguió dando pequeñas zancadas hasta el quiosco en el que solía comprar el periódico.

-El Nowadays, por favor –pidió educadamente-. ¡Dos de febrero de 2265! ¡Cómo pasa el tiempo! –pensó, cuando vio la fecha del periódico impresa en una de las esquinas.

Hubiese querido desandar sus pasos y sentarse en una mesa solitaria de la terraza del bar del hotel Trentino, tomar un martini seco con unas cuantas gotas de ginebra mientras leía el periódico, pero el día no acompañaba. (En el bar del hotel Trentino había un camarero que le gustaba muchísimo, pero nunca se armaba de valor para sentarse en la terraza e intentar aunque fuera un amago de coqueteo.)

Bajo el parasol de marginocéfalo caminó y caminó durante horas sin que nadie le hiciese el menor caso, hasta que se sintió cansada y decidió volver a casa.

-Ha sido un día horrible –pensó, tristísima.

Al llegar a casa, se quitó el vestido y echó una pequeña siesta de tres horas y cuando despertó, ya era noche cerrada. Se levantó de la cama y se asomó a la ventana, recostándose sobre el alféizar, apoyando la barbilla en sus garras. Soñadoramente, miraba al cielo, o al infinito, o quizás hacia la nada, mientras meneaba la cola dibujando círculos en el espacio. Al cabo de un rato, comenzó a llorar desconsoladamente y se retiró de la ventana, no fuera que alguien la viera en ese estado. Se sentó frente al espejo de la cómoda de su habitación.

-¿Por qué? –le preguntó a su imagen reflejada.

Y poco a poco fue quedándose dormida...

Tras pasar toda la noche dormida (y roncando) sobre la madera caoba de la cómoda, despertó (debido, todo hay que decirlo, al ruido de sus propios ronquidos). También era un día aparentemente como cualquier otro (aunque sabremos que...), pero se sintió distinta. Decidió ducharse con agua tibia y no fría como normalmente acostumbraba, y sus escamas quedaron suaves y brillantes, igual que las de una iguana recién salida de las aguas del Pacífico.

-Qué extraño –pensó.

Salió del baño contenta (muy contenta) y en dos zancadas llegó a su habitación. Abrió de par en par las puertas de concha de tortuga de su armario ropero. Sacó un solo vestido. Era un vestido de piel de serpiente brillante, muy extremado.

-Perfecto –se dijo al ponérselo-, me queda perfecto –volvió a decirse, bastante sorprendida y extrañada.

Antes de salir a la calle, asomó su gran cabeza por la ventana y miró al cielo. Era un día soleado, sin una nube. Sonrió y cogió su sombrilla de volante óseo de marginocéfalo para protegerse las escamas del sol y salió de casa cerrando la puerta tras de sí, sin echar la llave. Olvidó persignarse antes de bajar las escaleras de veinte en veinte y en un momento llegó al peristilo que da a la calle donde, sorprendentemente, la portera la saludó.

-Que tenga un buen día, señorita.

-¿Cómo? –preguntó la saurisquia, pues no estaba acostumbrada a que la saludaran, y menos aún a que le deseasen un buen día.

-Que le deseo un buen día –repitió el saludo, más amablemente si cabe, la portera.

-¡Ah, oh, gracias!

-Hoy está usted muy guapa.

-¡...! –no logró decir nada nuestra jurásica amiga, mientras abría el portón y se disponía a salir a la calle.

Abrió su paraguas óseo de marginocéfalo y comenzó a caminar. Su vértebra caudal no estaba tensa como era normal en ella. Andaba más suelta, con pasos más largos y delicados que de costumbre. Saludaba a la gente y sorprendentemente era correspondida, incluso de vez en cuando, alguien inclinaba la cabeza cumplidamente al cruzarse con ella; es más, hubo alguien capaz de sonreírle con deferencia.

-¿Estaré soñando? -pensó ella...- ¿Estaré soñando? –siguió pensando.

Al pasar por delante de la terraza del bar del hotel Trentino, aminoró la marcha, pero decidió no quedarse y continuó caminando. Tras andar unos cuantos metros paró en seco y pensó en volver, pero no se atrevió y siguió dando pequeñas zancadas hasta el quiosco en el que solía comprar el periódico.

-El Nowadays, por favor –pidió educadamente-. ¡Dos de febrero de 2265! ¡Cómo tarda en pasar el tiempo! –pensó, extrañada, cuando vio la fecha del periódico impresa en una de las esquinas-. ¿El dos de febrero no fue ayer? –dudó.

Contrariamente a lo que pensaba, decidió volver al bar del hotel Trentino. Se sentó en la mesa más solitaria de la terraza y esperó (bastante nerviosa) a que viniera su adorado (y platónico amor) camarero, el cual, no hay duda de que era un día diferente, no tardó en llegar (más guapo y apuesto que nunca).

-¿Qué desea tomar la señorita? –preguntó, amable y encantador, el garboso camarero.

-Un martini seco con unas cuantas gotas de ginebra –pidió ella sin cerrar su sombrilla ósea, un poco avergonzada.

-¿Un dry martini, pero al revés?

-Exacto –respondió ella, ruborizada, escondida bajo el parasol óseo (lo que le permitía mirar la abultada entrepierna del camarero).

El camarero no tardó más de un minuto en traerle el cóctel y ella se lo agradeció con un ligero movimiento de cabeza. Él le devolvió el gesto con la mano en el pecho y una gentil inclinación. Ella sonrió, mostrando sus dientes de cocodrilo. El camarero se quedó (providencialmente) al lado de ella, a la espera de un nuevo servicio.

Bajo el parasol de marginocéfalo ella bebía el martini en cortos tragos sin quitar la vista de la entrepierna del camarero. Cuando lo hacía (dejar de mirar la hipnótica protuberancia), miraba a un lado y a otro, esperando que no la cogiesen en falta, mientras emitía una especie de risilla sorda y neurasténica tapándose la boca con la garra, como si estuviera haciendo una travesura. Al rato, las miradas de ella y el camarero se cruzaron. En vez de ponerse nerviosa, le aguantó la mirada con sus ojos de reptil. El camarero la siguió mirando. Ella, también. El camarero le sonrió. Ella, también. El camarero se acercó un poco más. Ella se removió en la silla. El camarero le iba a decir algo. Ella pestañeó excitada. El camarero habló y ella escuchó perpleja:

-Io sono Marco, bella dona.

Ella no acertó a decir palabra, sólo movía la cola, agitada. Durante casi dos horas, el camarero Marco no paró de hablar con la diplodocusiana lagarta, mientras que ella pensaba que, definitivamente, aquél no era un día normal.

-Fino a domani mattina –le dijo, el camarero, al final de su monólogo.

-¿Es... es... es una cita? –tartamudeó ella.

-Sí, mañana libro –le confirmó, mientras ella se desmayaba.

Al llegar a casa, vio un gran huevo sobre la cama. No recordaba haber puesto ninguno. Se acercó y posó delicadamente una garra sobre el cascarón. Notó que había vida. Lloró. Lloró de alegría. No se lo podía creer: iba a ser mamá. Llamaron al teléfono. Era Marco.

-Domani faremo l’amore.

-¿Quieres pisarme?

-Es lo que más deseo.

-¡Hay un huevo en mi cama!

-¡Ti amo! –colgó el camarero.

Se puso muy nerviosa. Algo no cuadraba. No era normal un día tan perfecto. Se acercó a la cómoda y se sentó frente al espejo. Fue entonces cuando se vio dormida al otro lado y lo comprendió todo.

-¡No! –gritó furibunda...- ¡No! –volvió a gritar, más furibunda todavía.

Se levantó de la silla hecha una furia. Rugió estremecedoramente. Agitó la cola con rabia y dibujó potentes círculos en el aire para tomar impulso y sacudir el cristal con ella. El espejo se hizo añicos al caer al suelo. No estaba dispuesta a volver al otro lado ni menos aún a que todo fuera un sueño. Había conseguido a su amado camarero; iba a ser mamá; no dudaba en qué ponerse por las mañanas, pues cualquier vestido le sentaba de maravilla; todos la saludaban; Marco la iba a pisar… Era tan feliz… ¡No volvería jamás! ¡Se quedaba allí!

-¡Crick! –empezó a resquebrajarse el cascarón del huevo que permanecía sobre la cama.