-Hola -se despertó, por fin, pues ya eran las tantas, mi amiga Dilema-. ¿En qué piensas? -me preguntó, al verme meditando, porque ya lo he dicho antes, yo pienso, no como mi amiga, que ya saben cómo es: superflua y con la cabeza llena de pájaros; aunque, la verdad, la pájara es ella, y menuda, no vayan a creer, os lo digo yo, que la conozco de cabo a rabo, literalmente lo expongo y lo afirmo, aunque sin ánimo de ofenderla, pues en el fondo tiene su corazoncito, o no, pero vayan ustedes a saber, que yo ya no estoy segura de nada.
-Irresoluta, ¿que no me oyes? -insistió mi amiga, que por si acaso no lo he dicho ya, es la mejor insistiendo, y no para hasta que consigue lo que quiere, aunque debo decir que, la pobre, no es que tenga mucha amplitud de miras, qué le vamos a hacer, y yo la contento con cualquier cosa. Pero en aquel momento, como en muchos, yo no tenía la intención de hacerle el más mínimo caso, que bastante estaba yo haciendo pensando en lo que podíamos hacer. Y es que una no puede estar en todo.
-Irre, ¿te pasa algo o qué? -se alarmó un poco mi amiga, al ver que no le respondía.
-No -me limité a decirle, porque cuando yo quiero, me limito y me contengo.
-¿No? Pues no lo parece -me dijo, mientras se acercaba a mí, no sé muy bien con qué intención, aunque imagino que buscaba guerra, pero yo ya había decidido de antemano que no iba a caer en la trampa y que no le iba a pegar, aunque me lo pidiera de rodillas, que dicho sea de paso, no puede pedirme las cosas de rodillas, porque no las tiene, pero es un decir, y como puedo decir lo que yo quiera, porque soy yo la que cuenta la historia, pues lo digo, y punto.
-Haces mala cara -me dijo, cuando estaba a mi lado, como quien no quiere la cosa.
-Pues claro que hago mala cara -empecé a gritarle, y ya no pude parar, echándole en cara todo lo que se me pasaba por la cabeza-. No he dormido en toda la noche pensando en lo mejor que podíamos hacer dada nuestra situación, mientras que tú dormías a cola suelta despreocupada de todo, y eso no, Dilema, eso no, que yo no puedo hacerme cargo de todo, que bastante tengo yo con lo de mi concha y con lo de seguir siendo virgen, que ya no puedo más, que estoy a punto de reventar, y la verdad es que podrías ayudar un poco...
-¿Y qué culpa tengo yo con lo de tu concha y de que sigas siendo virgen? -me reprochó, no sin cierta razón, lo confieso, pero yo tampoco tenía culpa, y ya que decía ser mi amiga, que por lo menos compartiera un poco de mi desespero, pues para algo están las amigas, ¿o no?
-Algo de culpa tendrás -me defendí.
-Pues no sé en qué -se defendió ella, enroscando la cola.
-Es que eres tan... -dije, sin terminar la frase, porque no hay cosa en la vida que le moleste más a mi amiga Dilema que dejarla sobre ascuas.
-Tan, ¿qué? -se interesó, molesta, confirmando así lo que acabo de decir, ciñendo aún más su cola.
-Tan... -seguí con la fórmula, y es que cuando quiero ser intrigante, no hay quién me gane.
-¿Tan? -se deshacía de nervios mi amiga, alargando su cuello hasta que su cabeza rozó la mía, y con los ojos desorbitados, a punto de saltársele de las cuencas.
-Tan buena amiga -bromeé, porque no era lo que en un principio pensaba decirle.
-Pufff -ventoseó, mientras desenroscaba la cola.
-¡Dilema!
-¿Qué?
-¡Te has tirado un pedo!
-¿Y qué?
-Tú, lo que quieres es que te pegue, ¿verdad?
-Bueno, si te apetece.
-¡Lo que yo digo! ¡Con los problemas que tenemos, y tú sólo piensas en darte placer! -empecé a gritar, enrollando y desenrollando la lengua-. ¡Perseguidas por la justicia, acosadas por las autoridades! -seguía yo reprochándole a mi amiga-. ¡Dos fugitivas que no tienen dónde caerse muertas y ella -dije señalándole con la cola- sólo piensa en ella!
-Hija, no te pongas así, que no es para tanto -intentó calmarme, acariciándome con la lengua la concha resquebrajada, lo que a decir verdad, me sosegó, porque yo no sé qué ni cómohace mi amiga Dilema, pero el contacto de su lengua sobre mi dolida concha me relaja y me alivia la desazón al instante, lo que me hace pensar si no hay algo de sexual en ello, pero peor es lo de ella, que le gusta que le peguen, la verdad.
-Lo siento, Dilema, perdóname, es que estoy muy nerviosa, y como no he dormido en toda la noche... -me justifiqué, por justificarme, porque no sentía la menor necesidad de hacerlo, ni tenía por qué, pero como soy una jiracoleona educada, me limito a las buenas maneras, y que conste que no estoy justificando la justificación, y además, la que se tiró un pedo fue ella y no yo, las cosas claras.
-Bueno, te perdono -me dijo, condescendiente, cosa que me molestó mucho, porque no sé cómo lo hace, pero al final siempre es ella la que me perdona a mí.
-Mira -le dije señalándole el suelo, y para cambiar de tema, pues ya estaba harta de tanta discusión-, se me han caído tres trozos de concha con tanta agitación.
-No te preocupes, que ahora mismo te los pongo.
-Gracias, Dilema -me rebajé.
-No hay de qué, que para algo están las amigas -me dijo, muy seria.
-Claro -suspiré.
-Pues eso. Venga, ponte -me contestó, animada.
-¿Así? -tomé posición, animada también.
-Así, muy bien.
-Es que, a veces, eres tan indolente.
-Indolente no, que no me gusta esa palabra. Quizás un poco impasible o estoica.
-Es lo mismo.
-¿Quieres decir?
-Sí.
-Vale, pero no te muevas, que sino te va a quedar la concha hecha un churro.
-No sé que es peor.
-Irresoluta, no seas negativa, que hoy estoy muy contenta.
Mientras mi amiga me recomponía la concha, decidimos que una vez que terminara, bajaríamos a la ciudad... Yo casi me sentía más segura en la montaña, pero ella insistió en bajar, porque ya que habíamos llegado hasta allá, decía, no nos íbamos a echar atrás, lo que me pareció bastante razonable, todo hay que decirlo, aunque me cueste darle la razón, dicho sea de paso.
-¡Ya está! -dijo triunfal mi amiga Dilema, mientras aprovechaba y atrapaba un moscardón que pasaba por allí.
Mi vida era un continuo desasosiego. Es lo único que puedo decir con certeza, aparte de que seguía siendo virgen, con lo que eso conlleva y repercute; que ahora que viene al caso, vaya palabra más fea esa de repercute, que bien podía haber puesto otra, pero bueno, lo hecho, hecho está, y no hay que darle más vueltas al asunto, que sino acabaré loca, si no lo estoy ya. Y yo me preguntaba por qué, qué era lo que había hecho yo para merecer semejante castigo. ¿Y lo de mi concha? Eso sí que... Es lo que pasa, que una cosa lleva a la otra, y la otra a la de más allá, y ahora me veía como me veía: desorientada y perdida, que viene a ser lo mismo. O aturdida, eso era lo que estaba, confundida y atontada, además de pasmada, todo hay que decirlo, y lo digo, que después no quiero confusiones. Y es que cada día me enteraba de algo nuevo, como lo de mi amiga Dilema, que me había dicho que le gustaba que le pegara. Y eso sí que no, que a mí me gustaba pegarle para hacerle daño, no para darle placer, lo que me hacía pensarsi no era yo un poquito violenta o agresiva, que también viene a ser lo mismo, pero que no sea por falta de adjetivos, que para algo están, y yo estoy en el derecho de utilizarlos. Pero bueno, no es lo que importa ahora, y además, a nadie le incumbe si soy violenta o estoy loca, las cosas como son. Lo que importa es que estaba amaneciendo y no sabía qué hacer, si bajar a Jiracoleón City, o no. En eso estaba yo, como digo, mientras mi amiga Dilema dormía a cola suelta sobre una roca. En cambio yono había dormido en toda la noche pensando en lo mejor que podíamos hacer, si bajar a la ciudad o permanecer escondidas entre la maleza de la montaña hasta encontrar la mejor solución, si es que la había, porque la verdad sea dicha, íbamos de mal en peor, y no podía permitirme el lujo de tomar una decisión equivocada, ni el lujo de permitirme el lujo de tomar la decisión equivocada, valga la redundancia, que por cierto, vaya palabra más pomposa esa de redundancia, que bien podía haber puesto plétora o profusión, aunque vaya palabras más feas, también.
Huíamos. Mi amiga Dilema y yo nos convertimos en dos fugitivas de la noche a la mañana. Después de varios días, nuestro paso era lento y arrastrado, aunque si tengo que decir la verdad, era como el primero. Como corresponde a losjiracoleones, pues ya he dicho en alguna ocasión que, al menos yo, no estoy para romper las estadísticas, en eso, debo admitir que soy un poco conservadora. O sea, que lo quequiero decir es que nuestro paso era igual de lento el primer día que empezamos a huir que ahora. Sólo para que me entiendan, que después vienen las equivocaciones y los problemas. Y no quiero más problemas, que bastante tengo ya con lo de mi concha, que por su culpa he reventado todas las estadísticas sin yo quererlo y me trae por la calle de la amargura. Tampoco queríamos levantar sospechas. No se trataba de ir huyendo como dos locas, las cosas como son. Íbamos una al lado de la otra. Como buenas amigas, con nuestras largas colas enlazadas, íbamos tranquilas y calmosas intentando pasar desapercibidas. Y fíjense que digo como buenas amigas, o sea, que quiero que quede claro ese "como". Detrás de nosotras dejábamos dos brillantes estelas de moco jiracoleonil,paralelas entre sí, que refulgían, fíjense qué palabra me acaba de salir sin que yo quisiera que saliera, a causa de los incidentes rayos de sol matutino. Eran como dos Vías Lácteas terrestres derramadas sobre la accidentada superficie del extenso páramo que se perdían, sinuosas, en la lejanía.Con uno de mis ojos observaba cómo miles de insectos se acercaban, atraídos por la baba, para mojar sus antenas dormidas ysaborear nuestro jugoso néctar vertido, aplacando así su sed. Algunaque otra araña aprovechadaacudía rápida a nuestro riachuelo de humores y de vida para darse un festín de gorgojos felices y escarabajillos desprevenidos. El círculo de la vida, pensaba yo. Porque, ahora que viene al caso, de vez en cuando me da por pensar, me pongo filosófica. El círculo natural de la vida que avanzaba y que se cumplía, mientras nosotras avanzábamos también por el sendero que nos alejaba del páramodondehabíamos vivido toda nuestra vida. Nuestras largas colas enlazadas evidenciaban una gran amistad, que no era tal, aunque sí que es verdad que quizás seamos tal para cual. Dejábamos el páramo que nos vio nacer y donde siempre habíamos vivido entre frondosos helechos y adormideras adormecidas. Huíamosporque yo, Irresoluta, había asesinado a dos congéneres con sendas tazas de hierba luisa envenenada. Las autoridades jiracoleoniles del páramo me estaban buscando, y por eso tuve que huir de mis dominios. Mi amiga Dilema, que no hizo nada, pero que lo sabía todo y en todo quiere estar, seempeñó en ser mi cómplice, en mi compinche, como a ella le gusta decir. Por eso me acompañaba, ávida de aventuras, uniendo su destino al mío.
-Irreeee... -empezó a hablar Dilema mirándome de reojo y tirando de mi cola.
-¿Quépasa, Dilema? -suspiré, sabiendo que no le pasaba nada.
-Nada -me confirmó.
-Pues el que nada no se ahoga -le dije de mal humor.
-Es que... -continuó sin terminar la frase, volviéndome a tirar de la cola.
-Es que no puedes estar ni dos minutos callada, eso es lo que te pasa -me molesté.
-Sí que puedo -protestó.
-No, no puedes -insistí.
-Llevamos dos días arrastrándonos y no hemos llegado a ningún sitio -se quejó.
-¿Y qué quieres que haga? -le pregunté malhumorada, porque es verdad que yo no podía hacer nada, y sabía por experiencia que cuando mi amiga empieza a quejarse, no hay quien la aguante, y yo no estaba dispuesta a pasarle una, que bastante tenía yo con lo de mi concha y, además, seguía siendo virgen y eso sí que no.
-Estoy cansada -lloriqueó, pasándose la lengua por la cabeza y fingiendo que se enjugaba las lágrimas.
-Yo también estoy cansada y no me quejo. No podemos parar, tenemos que seguir -le dije, intentando zanjar la cuestión.
-Podríamos descansar un poco sobre esta roca -dijo ella, haciendo ademán de acercarse a una gran piedra que se encontraba al lado del camino, mientras me tiraba de la cola con la suya.
-Cuando llegue la noche, todavía es pronto -le propuse, sabiendo que tenía la batalla perdida, porque no hay en la vida nada peor que proponerle algo a mi amiga Dilema.
-¿Pronto para qué, si no tenemos nada que hacer? Sólo estamos huyendo... -contraatacó.
-¿Sólo? ¡Claro, como tú no has matado a nadie...! -me molesté.
-No exageres. No hemos dejado de arrastrarnos en dos días; ya estamos lejos, no nos van a encontrar -intentó quitar importancia a lo que yo había dicho y no hay cosa peor que alguien quite importancia a lo que yo pueda decir, aunque lo que yo diga no sea importante.
-Por si acaso -le dije-. Además, no haber venido, que nadie te lo pidió -rematé.
-Irresoluta, como sigamosa este ritmo, también me vas a matar a mí, pero de cansancio. Eres una asesina nata -me dijo, irónica, con la intención de molestarme.
-Sigue arrastrándote y cállate de una vez -fue mi intento para que mi amiga no siguiera con el tema.
-Pero... -se dispuso a decir algo que yo no estaba dispuesta a oír.
-¿No querías aventuras? ¿No estabas tan contenta por ser una fu-gi-ti-va? -le reproché.
-No, si me gusta, pero...
-Pero, ¿qué?
-Pensaba que era otra cosa...
-Pues esto es lo que hay.
-Estoy cansada y tengo miedo.
-¿Miedo, tú? No me hagas reír, Dilema.
-Sabes de sobra que soy muy sensible.
-Sí, ya...
-Ya, ¿qué?
-Vuelve, si quieres, que yo no te he pedido nunca que me acompañaras.
-¿Qué vuelva? ¿Yo sola? Ni pensarlo, querida.
-Entonces, sigue andando. Y suéltame la cola, que no tenemos que ir cogidas todo el camino. -le recriminé.
-¡Snif! -empezó a disimular, oprimiendo su cola con la mía.
-Te conozco, Dilema. No empieces... -suspiré, fastidiada.
-Snif-snif -apretó aún más con su cola.
-¡Para y suéltame la cola! -grité.
-De-sa-gra-de-ci-da -me dijo arrastrando las palabras sabiendoque esa manera de hablar me ponía nerviosa.
Mi amiga Dilema deslió su cola de la mía y continuamos serpenteando por el sendero que nos conducía hacia un futuro que, ahora que viene al caso, no teníamos muy claro. No nos hablamos durante un largo tiempo, aunque Dilema, que como muy bien sabemos, pues en alguna ocasión ya lo he dicho, no puede permanecer más de dos minutos callada, silbaba de vez en cuando para llamar mi atención, pero yo hacia oídos sordos, pues no me apetecía discutir, y prefería seguir arrastrándome y no hacerle ni caso. No iba a darle esa satisfacción. Entre la vasta vegetación, nuestros cuerpos se deslizaban poco a poco no sin cierta armonía, todo hay que decirlo, pues nuestros caparazones de caracol gigante iban de un lado a otro creando una hipnótica danza. De vez en cuando, nuestras lenguas se desenrollaban como rápidos matasuegras hacia alguna rana despistada o algún nido de arañas, nuestra comida preferida. Por supuesto,la puta de mi amiga, y digo puta porque lo es, no con doble sentido, era la que más comía, la más ávida y la que no perdía oportunidad. Aunque, si me pongo a pensar, más vale ser puta y estar bien alimentada que virgen y con la concha resquebrajada, pero no quiero pensar en eso, que bastantes problemas tengo, y no merece la pena que le tenga envidia a mi amiga, pues no la merece, aunque mi envidia fuera sana, que no lo es, a decir verdad, las cosas como son. Pues como iba diciendo, mi amiga se adelantaba y cruzaba su sucia lengua para atrapar la presa que se encontraba en mi camino y que por derecho me pertenecía. Y, vamos a ver, lo que es de una, es de una, no hay más que hablar. Yo la odiaba a muerte cada vez más, pero no le dije nada con tal de que estuviera callada y siguiera deslizándose sin rechistar. Además, en el fondo, me gustaba estar acompañada en mi huida, aunque fuera por Dilema. Siempre me queda la esperanza de que quizás no sea tan mala, y que en el fondo pudiera tener su corazoncito, como yo lo tengo y esté mal decirlo. También sabía que mi concha era delicada, por no decir que era un desastre, y que se me podía resquebrajar de nuevo o caérsele un trozo, y que mi amiga Dilema era la única que podía reparármela adecuadamente, pues aunque se le puedan reprochar muchas cosas, la maldita tiene traza, las cosas como son.
-Quiero fumar -dijo, de pronto.
-No tenemos cigarrillos, ya lo sabes -le contesté, aburrida.
-Quiero fumar -insistió.
-Tú misma te acabaste mi reserva de cigarrillos de amapola, ¿o es que ya no te acuerdas? -le hice recordar.
-Quiero fumar -alzó la voz, y no hay cosa que me moleste más que alguien alce la voz por el simple hecho de alzarla.
-Me estás dando el día, Dilema -le dije, a punto de perder los nervios, cosa que me pasa muy a menudo, o sino, que le pregunten a las difuntas Problema y Conflicto, que espero que estén ardiendo en el infierno.
-Quiero fumar -me retó mi amiga, porque ya, lo que mi amiga quería, era retarme, que la conozco mejor que nadie.
-¿Eres tonta o qué? -le dije, parándome en seco, y digo en seco por decir, porque con toda la baba que soltamos los jiracoleones, es imposible parar en seco.
-Quiero fumar -volvió a insistir mi amiga Dilema, a la espera de un par de lengüetazos que le cruzaran la cara. Y es que a veces pienso que le gusta que le pegue, porque sino, la verdad, no lo entiendo.
-¡Toma, toma y toma cigarrillos! -le pegué, porque se lo merecía, y aunque no se lo hubiera merecido, yo le hubiera pegado igual.
-... -intentó decir algo mi amiga.
-¡A callar! -la corté yo, antes de que dijera nada.
Y, contra todo pronóstico, no dijo nada, cosa que me sorprendió, y eso que una está hecha a todo. Pero como yo soy un poco así, y cuando digo así, piensen lo que quieran, porque a mí me da igual lo que los demás puedan pensar de una, le di otra oportunidad, porque en el fondo soy buena.
-Dilema... -le dije, aduladora.
-... -ni me miró.
-Dilema, venga, no seas así -insistí.
-Así, ¿cómo? -dijo sin mirarme.
-Pues así. Tenemos que llevarnos bien, o esto no sé adónde puede ir a parar -me justifiqué.
-La agresiva eres tú -se justificó ella.
-Es que me sacas de quicio, pero si quieres que te pida perdón, te lo pido -me rebajé.
-Pídemelo -me exigió, la malvada.
-Perdón, Dilema, no quise hacerte daño -mentí yo muy bien.
-Bueno, ¡te perdono! -me dijo totalmente alegre, como si no hubiera pasado nada, y siguió caminando, satisfecha por lo que ella creía que había sido un triunfo, pero la verdad es que los lengüetazos que le di en la cara, con su pan se los coma.
El caso es que todo esto que he contado hasta ahora era con el fin de algo que ahora no me acuerdo, pero escrito está por si sirve de algo, y si no sirve para nada, por lo menos que quede escrito, que nunca se sabe o por si acaso. Y para quien pudiera interesarse por el destino de mi amiga Dilema y el mío, reproduciré la última conversación que tuve con ella, antes de que se fuera a descansar sobre la roca en la que ahoraduerme. Porque nuestro destino es tan incierto como el que yo deje de ser virgen, la verdad sea dicha. Estábamos sobre una colina y caía la noche. Debajo de nosotras, miles de lucecitas se ofrecían a nuestros ojos cansados:
-¿Qué es eso?
-No sé, parecen luciérnagas.
-Pues vamos, que me muero de hambre.
-No, espera...
-¿Qué?
-No son luciérnagas, Dilema. Las luces no se mueven.
-Qué raro.
-Sí
-¿Qué hacemos?
-No sé.
-Estoy pensando que...
-Yo también
-Irresoluta, ¿tú crees?
-Creo que sí.
-¡Pues vamos!
-Estamos cansadas. Deberíamos dormir y bajar mañana.
Vuelvo a tomar esta historia que parece que no tuviera fin, pero si hay alguien que tenga que decir la última palabra, ésa soy yo, que soy la protagonista... Y no es que tenga afán de hacerme notar, pero cada uno a lo suyo y cada cual en su sitio, que desde que se me resquebrajó la concha, no paso ni una. ¿No dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del crimen? Pues bien, para no romper esta estadística, pues ya he dicho en más de una ocasión que no nací para eso, yo, Irresoluta de la Vacilación Indeterminada, volví a mis dominios, al lugar del crimen... Lo que no esperaba era ver a mi amiga Dilema ocupando, como si tal cosa, los territorios que poco atrás habían sido de mi propiedad. Después de haber estado varios días arrastrándome de un lodazal a otro, por ciénagas infestas de sanguijuelas que se adherían a mi desprotegido cuerpo sin concha. Después de haber estado llorando día y noche sobre barrizales desconocidos, entre oscuros y misteriosos pantanos, bajo la perenne lluvia que reblandecía aún más mi dorso indefenso... La tristeza soldada en mi ánimo; la locura como una alimaña insoportable; el no saber qué hacer, ni por dónde tirar... Pues bueno, después de todo eso, pobrecita de mí, cuando me decido a volver al lugar del crimen, para no romper las estadísticas, vuelvo, y me encuentro, contra todo pronóstico, a mi amiga Dilema recostada plácidamente sobre mi roca preferida, fumando, como si tal cosa, mi reserva de cigarrillos de amapola, cargando mis dominios conel humo violeta que expulsaba en grandes bocanadas yque se mezclaba con mi rabia... Me quedé traspuesta. No me lo podía creer. Me arrastré sigilosamente hacia ella, sin que me viera.
-¡¿Qué estás haciendo aquí?! –grité a sus espaldas, dándole un gran lengüetazo en la cabeza.
-¡Irresoluta! –se incorporó todo lo velozmente que puede un jiracoleón-. ¿Qué haces, tú, aquí? –me preguntó incrédula, apagando el cigarrillo sobre el que creo que era el único helecho vivo que quedaba.
-¡Eso te pregunto yo a ti, que me veo forzada a huir de mis dominios, y tú no pierdes el tiempo, quedándotelos!
-Deja que te explique, Irresoluta...
-¿Qué me vas a explicar? ¡Que ya te conozco, Dilema, que ya sé cómo eres!
-Me vine aquí, para cuidar tus dominios...
-Sí, ya veo que no has dejado ni un helecho vivo, veo que los has cuidado muy bien.
-¡Qué fijación que tienes con los helechos, hija mía! -dijo, intentando calmarme.
-¡Tú lo que eres, es una usurpadora! ¡Una invasora! -le grité, fuera de mí.
-¡Ay, Irresoluta, cálmate! Invasora puede que sí, pero usurpadora no, que no me gusta esa palabra -me dijo, liando y desliando su larga lengua.
-Irrumpes en mi territorio y te instalas en él, como las sanguijuelas que llevo en mi lomo -le reprochaba, pensando que a mi amiga no se le podía negar cierta gracia.
-¡Uy, es verdad, tienes el espinazo lleno de lombrices! –me dijo, mientras cogía uno de los gusanos y se lo comía.
-No pierdes oportunidad -me quejé, sintiéndome aliviada por tener a un parásito menos sobre mi cuerpo lastimado.
-Estoy harta de comer sanguijuelas. No he hecho otra cosa desde que me fui -refunfuñé.
-Pues yo aprovecho y sigo, eh... ¿no te importa, no? -me dijo, alentada por el banquete que veían sus ojos desorbitados por la gula.
-No, no me importa. Así, quedo desparasitada, que tú no sabes lo que es que te estén chupando la sangre las veinticuatro horas –le dije con doble intención.
-Me lo imagino, querida, me lo imagino –me contestó, sin parar de comer y sin darse cuenta de que me refería a ella.
A medida que mi amiga Dilema se iba comiendo todas las sanguijuelas, mi mal humor iba desapareciendo. Pensé, como tantas veceslo había hecho ya, que mi amiga Dilema quizás no fuera tan mala, pues, en realidad, me estaba dejando limpia de parásitos, y eso es algo que tenía que agradecerle... Poco a poco iba calmándome, mientras sentía el roce de la ávida lengua de mi amiga sobre mi piel desprotegida y preguntándome si no había algo sexual en ello.
-¡Uy, mira, una garrapata! ¿La quieres? -me preguntó, con la intención de no dármela.
-No, cómetela tú; si encuentras otra, me la das -le dije, sabiendo que si encontraba otra, no me la iba a dar.
-Están tan ricas, ¡son como caramelos!
-¿Caramelos?
-Sí, caramelos rellenos.
-Qué loca que estás, Dilema.
-Y las sanguijuelas son como las gominolas.
-Ya lo digo yo, loca del todo -me resistí a reír.
-Es que, sino, la vida sería tan aburrida.
-Quizás tengas razón.
-Yo nunca me equivoco.
-Si tú lo dices...
-Claro, además, tengo una sorpresa para ti -me dijo, contenta, desenroscando la cola.
-¿Ah, sí? -me interesé.
-Sí -afirmó, pero sin decirme de qué se trataba.
-¿Y? Dímela -me interesé de nuevo, sin mostrarme ansiosa por saber.
-Todavía no, que antes me tienes que contar muchas cosas –dijo en el momento en que atrapaba un gran escarabajo pelotero.
-No me apetece hablar –le contesté, pensando en cómo podía estar tan guapa, mi amiga, con todo lo que comía.
-Venga –dijo zalamera, ofreciéndome con la lengua el escarabajo que acababa de atrapar.
-Que no, que ahora no –insistí, haciéndome de rogar, mientras aceptaba el coleóptero con desgana.
-¿Sigues siendo virgen, todavía? -me preguntó de golpe, seguro que molesta por haber aceptado el escarabajo.
-¿Eso es lo que quieres saber, si sigo siendo virgen? -me molesté.
-Bueno, entre otras cosas... -comentó, intentando entornar los ojos, pero no pudo, porque los jiracoleones no podemos entornar los ojos.
-Ya te he dicho que no quiero hablar ahora. Estoy muy cansada, y no es el momento -zanjé.
-¡A mi amiga, la fugitiva, no le apetece hablar! –chilló-. ¡Después de todos estos días en los que no he sabido nada de ti, ahora vuelves, y no te apetece hablar! –gritaba, rotando los ojos en todas direcciones-. ¡Yo, que estaba tan contenta de ser la amiga de una fugitiva, y me vienes con el cuento de que no quieres hablar! –continuaba declamando, inexplicablemente fuera de sí-. ¡Con la de cosas interesantes que te habrán pasado, y no me las quieres contar, a mí –se golpeó el pecho con la cola-, a tu amiga Dilema, que siempre a querido lo mejor para ti, a mí –volvió a sacudirse el tórax-,tu cóm-pli-ce,tu com-pin-che, a la en-cu-bri-do-ra del a-se-si-na-to, a la im-pli-ca-da en esta negra historia, a la par-tí-ci-pe de este caso: el caso de la jiracoleona virgen y sin concha que a-se-si-na a quien se pone en su camino, a la co-au-to-ra...!
-De coautora nada, que yo fui la única que envenenó a Problema Y Conflicto–la corté, indignada-. Además, deja de arrastrar las palabras, que me pones nerviosa.
-Siempre haciéndote notar...
-¿Qué?
-Ese afán de protagonismo...
-¿Qué estás diciendo?
-He hecho tanto por ti, y me lo agradeces tan poco...
-Las cosas se hacen sin pedir nada a cambio.
-Tanto, he hecho tanto por ti...
-¡Vamos, Dilema, no te me hagas, que ya nos conocemos!
-Eres una de-sa-gra-de-ci-da.
-Yo nunca te pedí que hicieras nada por mí, ni que me ayudaras.
-Una e-go-ís-ta.
-No empieces, Dilema.
-Una in-gra-ta.
-Dilema, no arrastres las palabras, que sabes que no me gusta.
-Una de-sa-pe-ga-da.
-Para de una vez. No sigas hablando así.
-Tan des-pren-di-da.
-¡Toma! –le di un lengüetazo en la cara.
-¡Ay! –se quejó.
-¡Y toma! –volví a darle más fuerte todavía.
-¡Ay! ¡Y encima, violenta! –empezó a fingir que lloraba.
Como siempre, mi amiga Dilema tuvo que decir la última palabra. Nos quedamos las dos calladas, llenas de rabia. Ella enroscaba y desenroscaba la cola una y otra vez, sin mirarme, aguantándose las ganas de seguir discutiendo, mientras que yo, empezaba a arrepentirme por haberle dado tan fuerte. Pero claro, ya sabéis que mi amiga no puede permanecer callada mucho tiempo.
-¡Sniff! –suspiró, mirándome de reojo, y enjugándose con la cola las falsas lágrimas.
Para no darle el gusto, permanecí callada, sin prestar la menor atención a los falsos sollozos de mi amiga Dilema.
-¡Sniff, sniff! –volvió a fingir acercándose a mí.
-Venga, Dilema, no sigas fingiendo.
-No finjo –moqueó.
-No quería darte tan fuerte –mentí.
-Perdóname, Irresoluta, que a veces no sé lo que digo –mintió ella.
-Perdóname tú a mí –me vi obligada a decir, para quedar bien.
-Bueno, ¡pues te perdono! –dijo ella, muy alegre, sin rastro de pesadumbre, y sintiéndose vencedora de la discusión-. Además, alguna vez que otra, todas nos ponemos violentas, y más tú, que eres una a-se-si-na y, encima, virgen.
Si no conociera a mi amiga Dilema, diría que no es muy inteligente, que de verdad dice las cosas sin pensar y sin maldad; pero la conozco. Sé que todas y cada una de sus palabras son estudiadas con precisión, que las dice con una determinada y calculada intención envenenada. Por eso la perdono, porque sé por dónde va, y aunque ella no se dé cuenta, la controlo. Sólo hay una cosa que le envidio: ella no es virgen y yo sí, y eso me da mucha rabia, mucha.
-Irresoluta, te has quedado callada.
-¿Qué quieres que te diga?
-¡Mira, tengo un plan!
-¿Un plan?
-Sí, en estos días he estado pensando.
-Seguro que has pensado algo bueno –dije sarcástica.
-No seas cítrica –me reprochó-. Verás: cuando desapareciste de tus dominios y yo me hice con ellos...
-Sí, ya... –la corté entre bostezos, demostrándole una total falta de interés.
-Calla y escúchame –siguió ella, agitada-. Bueno, pues cuando te fuiste y yo me vine aquí, después de leer tu agenda olvidada, que por cierto, lo que dices de mí no me gusta mucho, lo primero que hice fue recoger tu concha resquebrajada que dejaste tirada en el suelo, y la guardé en la cueva de al lado –me dijo muy alegre, esperando ver mi reacción.
-¿Qué? ¿La guardaste? –le pregunté, ahora sí, más interesada.
-Sí, ¿qué te parece? Sabía que volverías, porque todo a-se-si-no vuelve al lugar del crimen. Yo sólo me he limitado a esperar.
-No sé. ¿No hay algo necrófilo en todo esto?
-No seas tonta, necrófilo sería si estuvieses muerta, pero ya sabes que se te cayó la concha, y tu seguiste vivita y coleando, rompiendo todas las estadísticas.
-Pues sigue dándome repelús eso de que tengas guardado mi carey, qué quieres que te diga.
-Es que he pensado una cosa...
-¿Sí...?
-¡Te la voy a pegar con resina!
-¡Ah! -acerté a decir.
-¿No te parece una idea genial?
-Pues..., no sé -dije, porque realmente no sabía.
-¡No se hable más, te la pego y punto! ¿Qué podemos perder?
-Tú, no sé... Yo, ¿la dignidad?
-No digas tonterías, ¿cuándo has tenido tú dignidad?
Y Dilema se fue a buscar mi concha sin dejarme oportunidad a réplica. Esperé, de mal humor, a que mi amiga volviera para decirle unas palabras, pero tras los cuatro o cinco minutos que tardó en volver, y porque, aunque a veces tenga mi genio, soy pobre de espíritu, desistí de ello.
-¿Lo ves? -dijo, levantando con la cola, la bolsa que contenía mi concha- ¡Y lo mejor de todo, es que no está hecha a-ñi-cos, sino sólo resquebrajada! No será tan difícil recomponerte...
-¿Tú crees? -dije, incrédula.
-Claro. Venga, Irresoluta, date la vuelta, que voy a empezar -dijo, mientras cogía un poco de resina del árbol cercano.
Yo me di la vuelta y la dejé hacer. Me puse en sus manos, como tantas veces había hecho ya...
-Te voy a dejar una concha divina -me decía, mientras me ponía el primer trozo de nácar con su larga cola-. Y ahora éste..., ¡ay, no, que éste no cuadra! A ver..., ¡éste, sí, como anillo al dedo! -se divertía.
-No sé por qué utilizas esa expresión, si los jiracoleones no tenemos dedos -le dije yo, por el simple hecho de fastidiarla, y porque es verdad que no tenemos.
-¡A callar, y no te muevas! -me dijo ella, totalmente inmersa en su trabajo-. ¡Ni una palabra, Irresoluta, que te estoy recomponiendo la concha como mejor puedo! -siguió adosándome trozos de coraza sobre la espalda, y no sé por qué digo espalda, por que los jiracoleones no tenemos exactamente espalda, sino espinazo, dorso, o envés, que viene a ser más o menos lo mismo.
Durante cuatro o cinco horas, mi amiga Dilema estuvo recomponiéndome la coraza, trozo a trozo, mientras que cada vez que me ponía uno, sentía un gran placer, no sé si por el roce de su lengua o por el contacto de la resina, o vete a saber si era por las caricias de su cola al presionar los trozos sobre mí, haciendo que mi contenido flujo jiracoleonil se derramara, sin quererlo yo, en pequeñas cantidades incontenibles y deleitantes; y haciéndome pensar, otra vez, si no había algo sexual en todo ello...
-¡Ya está! -dijo mi amiga, triunfante, cuando terminó. ¡Ha quedado perfecta!
-¿De verdad? -pregunté, no sin cierto temor, porque no sabía muy bien qué era perfecto para Dilema.
-Mírate en el charco -me dijo, señalándomecon la lengua hacia la pocita en donde yo había tenido mi reserva de batracios.
-Por lo que veo, te has comido todas mis ranas -le regañé, al mismo tiempo que ladeaba mi cuerpo para verme reflejada en la charca.
-Una tiene que comer -se disculpó, sin sentirlo-. ¿Qué te parece mi obra de arte? -me preguntó, ansiosa.
-¡Psé! -le contesté, sin querer reconocer que, realmente, mi amiga Dilema, cuando quiere hacer algo bien, lo hace; las cosas como son.
-¿Psé? ¿No te parece..., cómo diría yo...?
-¿Gaudiana? -la corté, sabiendo que ella no tenía ni idea de lo que quería decir aquella palabra.
-Sí, me ha quedado muy gaudiana -dijo satisfecha, haciendo como que sí que sabía lo que quería decir aquella palabra, aunque una nunca sabe, quizás sí que lo sabía... En eso estuve pensando, entre sueños, toda aquella noche...
A la mañana siguiente, mi amiga Dilema me despertó al alba, con un golpe de cola.
-¡Despierta, Irresoluta, despierta! Nos vamos ahora mismo de este páramo! Aquí no tenemos nada que hacer. He pensado que tú y yo, huyamos lejos, como dos fugitivas, ¿no te parece emocionante? ¡Fu-gi-ti-vas! Correremos muchas aventuras, muchas. Seremos dos a-ven-tu-re-ras.
Yo, todavía medio dormida, entrelacé mi cola con la de ella, y nos fuimos arrastrando hacia las afueras de la ciénaga, dejándome llevar por mi amiga, que no paraba de hablar, y volteando la cabeza hacia atrás, para observar los dos relucientes y paralelos senderos de baba jiracoleonil que íbamos dejando a nuestro paso arrastrado.
-¡Ay, Irresoluta, qué de aventuras correremos, qué emoción! ¡La asesina y su cómplice! Por cierto, me tienes que contar dónde escondiste los cuerpos de las hermanas Incertidumbre...