POÉTICO SQUASH


Fueron días en los que los ruidos que la maldad ignora se deshacen en la lluvia y en la bruma, y quedan como la tenaz realidad de una sombra que nos sueña. Pero uno de aquellos días fue decisivo; fue como el zarpazo de un oso: una presencia momentánea que con sus uñas desgarra la razón dejando un olor tibio.

Aquel día de identidad precisa, Quincey McGee apoyó el periódico en su regazo y le preguntó a su esposa qué era lo que le ocurría por el modo en que lo miraba. La señora McGee oyó la pregunta como un eco quebrantado y perdido, y retrocedió hasta el alféizar interior de una de las ventanas del salón para contestarle que no lo estaba mirando, que no le pasaba nada, que simplemente estaba pensando en no ir aquella tarde a jugar al squash con su amiga Susan -como de costumbre hacía todos los jueves-, y que no sabía por qué, el número de teléfono de su amiga había desaparecido de la agenda del móvil y no tenía cómo avisarle. Después, la señora McGee se sentó en el alféizar, de espaldas a la ventana, y sintió el calor del sol en la espalda, provocándole un temblor agrietado, como si por su espina dorsal revoloteara la luz de una lámpara de aceite. Estaba decidida.

Quincey McGee notó en el aire el reflejo de lo desaparecido, se acomodó en el sillón, y disimuló leer el periódico. Por nada del mundo su mujer dejaba de ir cada jueves a jugar al squash con su amiga y le pareció extraño. Aquel día de resplandores y de sombras, el corazón de Quincey McGee comprendió la labor de un cielo distante y la absurda certeza que se tiene de no poseer la vida. Volvió a dejar el diario sobre su regazo.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, sólo estoy un poco cansada.

-¿La mujer del doctor Ellis?

-¿Cómo?

-Tu amiga.

-¿Qué?

-¿La mujer de Edward Ellis?

-Claro, ¿qué otra Susan conoces?

-El teléfono de Edward está en mi agenda. Sube al estudio y llámalo; él avisará a su mujer o le puedes pedir su número.

-No.

-¿No, qué?

-Sí, no lo había pensado.

-¿Quieres que suba yo?

-No, ya voy yo. Sigue leyendo.

La señora McGee atravesó el salón sintiendo la mirada de su marido, que fingía leer de nuevo. Al llegar a la puerta se detuvo unos instantes al notar una bocanada caliente en su interior, quizás debido a su propia sangre. Pensó que así debía de ser siempre en el infierno. Reaccionó y continuó andando para entrar en un infierno distinto: ante la escalera que subía hasta la segunda planta de la casa, una de esas nubes espesas que las tardes convoca, nubló la luz caoba filtrada por una de las cristaleras del hall. Todo oscureció un poco, incluso sus intenciones: una afirmación que niega, el gesto de unas manos cruzadas, la luz de un paisaje en su memoria; la conversión del ultraje de los años en música, en un rumor, en un símbolo... Pero puso un pie en el primer escalón... Bajó la mirada durante unos segundos mendigando el reflejo que el silencio nombra. Después, levantó la cabeza, y sus ojos avanzaron lentamente por todos y cada uno de los diecisiete escalones enmoquetados de color silencioso. La señora McGee subió decidida con los gestos perdidos de una juventud, ahora renovada.

Entró en el estudio de su marido y vio la agenda sobre el escritorio: no la necesitaba, pero supo que Quincey no tenía nada que ocultarle. Ella nunca le dejaría ver su agenda al señor McGee. Comparó la agenda con la intimidad de un dulce sueño infantil que se olvida con los años. Aquella agenda, que bien podría ser un manual para construir jaulas para avestruces –pensó la señora McGee, siempre propensa a hacer semejantes asociaciones-, parecía hecha de una materia eterna. Y, en esos momentos de encuentro con la incertidumbre de lo efímero, cuando las esperanzas furtivas trazan mensajes misteriosos, la señora McGee pulsó la tecla de rellamada de su móvil.

-¿Edward? Lo voy a hacer... Sí, ahora... Ya está, ya está... ¿Qué? No te oigo... Lo voy a hacer... Edward, lo voy a hacer... Ven cuando puedas... ¿Edward...? Ya está, ya está...

Y cortó.

Al principio, aquellas palabras de sombra le dejaron un sabor intenso en la boca, pero después se dio cuenta que no era por las palabras, sino por el olor del marido, impregnado en la habitación. La señora McGee se tapó la boca y salió del estudio como quien sale del confesionario. Bajó con las manos en los bolsillos de su vestido, contando los escalones: diecisiete. ¿Qué pensaría su marido si supiera que nunca había jugado al squash con Susan? –pensó la señora McGee.

Se acercó a su marido por la espalda y, como las olas que cubren las rocas, lo abrazó. Fue un dorado instante fugitivo para Quincey McGee, un momento de dioses abandonados mecidos por el viento; el absurdo errante de la vida, algo definitivo y noctámbulo, difícil de explicar; algo así como el recorrido trazado por una pelota en un partido de squash.

Sin una buena práctica adquirida y con la fuerza de un dolor aturdido, la señora McGee talló un deslumbrante relámpago de bronce herido y el gris resplandor, en los momentos finales del fogonazo de un revólver, inundó la sala. Aquel instante condensó el cañón de los años que reflejan la clave de la vida y dibujó en el aire garabatos de humo sin el eco de unas palabras de despedida.

La señora McGee, borrados los gestos de su marido, permaneció tras él durante unos cuantos minutos, sin pensar en nada, aunque le quedó el refugio de la memoria y la confirmación de los azares resueltos y los sudores de pergamino; le quedó algo así como el trazado de una pelota de squash jugada en la cancha poliédrica que es la vida. Pero, ¿había resultado ganadora?

Una extraña honradez sacrificada habrá de permanecer en la vida de la señora McGee. Ella deseaba sentir de nuevo la niñez para poder entender la razón fundida en su cuerpo, y que sólo por eso, su existir no era en vano... El futuro de la señora McGee es inquietante por lo desconocido. Pero, eso sí, desde lejos, parece una bella adolescente momificada. Y le queda el recuerdo de una vida esperada y el fantasma más poderoso y terrible: cuando nos tenemos que enfrentar a uno mismo...

La señora McGee sigue esperando a Edward. Cada cierto tiempo se asoma a la ventana para ver si viene. Pero Edward no llega. Las llamaradas de vida que la señora McGee ve a través de la ventana la hacen sentirse minúscula, casi una mota de polvo o una cabeza de alfiler, o quizás nada, o sea, todo.

BALLENA CON JOROBA


...y una vez, no recuerdo ahora cuándo, un día nublado muy caluroso... Una gran afluencia de gente con banderitas, carnes desbordadas, y grandes ventas de refrescos en los quioscos dispersos a lo largo del malecón... Pero, si nos fijásemos más detalladamente, podríamos observar la herrumbre y los excrementos de las gaviotas como si fueran un manto podrido lanzado indiscriminadamente sobre aquel paraíso por el cual transitaba una ciudadanía educada, orgullosa, occidental (las banderitas, las banderitas...), a lo Susan Sontag. Así, poco más o menos, discurría aquel día de verano... En efecto, una postal. Y en ella, oculta entre no importa qué personas, ni el lugar exacto, una figura oscura parecida a un submarino, a una ballena con joroba... Nadie reivindicó el atentado y sólo ella supo por qué lo hizo. Realmente, no odiaba a nadie en particular; pero el odio ennegrecía su sangre y quemaba su piel. Una piel que ni siquiera el paso de los años logró curtir. Piel de seda nunca acariciada por el sol... Cuando se miraba la cara en el espejo, no se reconocía. Era una cara dura, inexpresiva, distinta, como si llevara encima el cadáver de otro. (¿Fue siempre así? Es posible que no, porque recordaba que unas venitas rojizas atravesaban sus párpados superiores y hacía tiempo, no sabía cuánto, ni yo sabría decirlo, que habían desaparecido.) ¿Desde cuándo aceptaba sin rebelarse una vida sin sueños, sin deseos y sin esperanza? No estaba para ideas neutras. Cada día que despertaba notaba un poco más de mal en el mundo. Empezó a desechar el instinto de conservación. No esperó el momento, su momento, para proponer algo, no sé qué. Tenía su voz. Ella misma se bastaba. Ella ya tenía su plan. Los demás pagarían caro no ser sordos ni mudos... Se consideró el centro, la razón y el resultado del tiempo. Nuestro tiempo. ¡Qué nostalgia el Paraíso! Una eternidad sin vida, una vida muerta, tranquila... Perdió algo, no sabemos qué. Sólo sabemos que perdió algo porque le era imposible llorar; es esa imposibilidad de llorar la que conserva el gusto por las cosas y las hace existir todavía. En su recuerdo hubo algún tormento que provocó el odio hacia los demás. ¿Le era imposible imaginar la vida de los demás, si hasta la suya le parecía inconcebible? Cuántos secretos... En el fondo de su armario guardaba su mayor secreto... Intentaba recordar algo que realmente le hubiera apetecido hacer o que hubiera deseado intensamente. Nada. Nada le importaba. Nada especialmente. Sólo sentía un vacío enorme dentro de ella, sólo silencio. Para ella, la dicha no estaba en el deseo, sino en la ausencia de deseo, y más exactamente en el entusiasmo por esa ausencia. Aquel día... Estaba inmóvil, bajo el calor, viendo pasar a las alegres muchachas de senos puntiagudos bajo las blusas ligeras. A los hombres enseñando los torsos oscuros por las camisas entreabiertas. Pero ya no le importaba, ya no. Le hirió el sol en la cara como una espada. El piar de los pájaros fue como un insulto para ella, y los gritos de los niños, una agresión. Se detuvo indecisa al borde de la calle, aturdida por un griterío inesperado. Ya no se movió. Se quedó quieta. Comprendió que en una o dos décimas de segundo iba a convertirse de verdad en el cadáver que tantas veces había creído ser. Miró al cielo. Los preparativos y la sensación de seguridad ejercieron una influencia benigna sobre su espíritu. Cerró los ojos durante un instante para tomar aire y los volvió a abrir: vio a unos niños en la acera de enfrente con sus ojitos tiernos y los pájaros interrumpieron su canto por la explosión. Un velo hecho de cuervos, como por arte de magia, eclosionó ofreciendo colores nunca vistos (porque cada vez es diferente). Se inflamó un naranja carnoso y antinatural, vaporoso e ingrávido. El momento se iluminó como los cuadros de antiguos maestros, donde flotan nubes de delicado plumaje: una luz peregrina sobre el oleaje sanguinolento. Se encendieron amapolas en el cielo y se apagaron los corazones como si algún dios, no sé si desde las alturas, pero sí desde muy lejos, apretara el OK de un mando a distancia. La ensordeció el ruido y comprendió que estaba muerta. No importaba que siguiera moviéndose. Estaba muerta. Se preguntó desde cuando había dejado de oírse, de sentirse a sí misma entre todo lo que la rodeaba. Seguía moviéndose, sin embargo, como las aves decapitadas... Se suspendió la vida en ese instante. Todo menos ella, que empezó a vivir de nuevo. Se le despertó un carácter místico... Y volvió a oírse en el silencio que la rodeaba y a sentir el mundo en ella y en torno a ella, y supo exactamente lo que había perdido, lo que había desaprovechado tontamente. Yo diría que se dio cuenta de que las razones que la impulsaron a hacer lo que había hecho eran las mismas que hubieran podido disuadirla. Se le hizo patente la belleza de todo lo que la rodeaba. Recordó la tierra donde había nacido, lejos de allí. Y el mar. Descubrió todo. Todo. Quiso detener el tiempo y volver hacia atrás. Por un momento vio a mucha gente que la miraba horrorizada, aunque ella no sabía que no la estaba viendo en ese momento, sino que era el recuerdo perpetuo de lo último que sus ojos fotografiaron. Recordó que abrió la boca para decirles algo, pero sólo le salió un grito de rabia justo en el momento de la explosión... No había un antes y un después. Era todo. Y todo mezclado. La envolvió un torbellino que la elevó y derribó al mismo tiempo. Sintió un vacío enorme dentro de ella, un temblor profundo, como si fuera deshilachándose. Fue olvidándose del porqué de todo aquello. Y pidió perdón, aunque no sepamos a quién... Las gaviotas del malecón, locas, levantaron el vuelo huyendo de la polvareda ocre y lanzaron unos chillidos penetrantes, robados probablemente de las almas muertas. Después de la explosión, sobrevino un silencio espeso. Y luego, más silencio todavía... Más tarde, no sé cuánto tiempo después, pero por fin, un estallido liberador estremeció el aire y sobrevoló, como un buitre hambriento: un helicóptero incansable, que fue gravitando majestuosamente hacia la postal destruida, como si fuera la paloma del Espíritu Santo, libélula curiosa, desplazando el aire malsano, soplando contra el veneno, ahuecando, removiendo dolores aspados; educado, al fin y al cabo.

ENTRE LILAS


-Perdón, ¿cómo me ha dicho usted que se llamaba?
-Alberto Hernández Esplugues.
-Y, ¿lo que me ha dicho es verdad?
-Totalmente.
-No me estará engañando...
-Eso, nunca lo haría; y mucho menos bromearía con algo tan serio. Ahora, si me permite, tengo que irme. Tengo otra mala noticia que dar y una novela a medio terminar.

A principios del 2008 (el 13 de enero, para ser más exactos), Alberto encontró encima de su escritorio la siguiente esquela:

Olga Figuerola i Nualart, vídua de Alberto Hernández Esplugues, ha mort cristianament a Barcelona, a l’edat de 87 anys, el dia 9 de setembre de 2006...

Alberto no recordó haberla visto antes y se preguntó cómo había ido a parar allí; pero no quiso darle importancia y salió del estudio para dedicarse a su pasatiempo preferido: el cultivo de lilas. Aquella tarde no le apetecía escribir.

Alberto decía que era escritor cuando le preguntaban a qué se dedicaba. Y no mentía; había escrito tres novelas: Sepan ustedes que no soy un caballero, de trescientas cincuenta y dos páginas; Con el agua hasta el cuello, de doscientas páginas, y la más ambiciosa, Por el camino equivocado, de casi ochocientas páginas. También había escrito centenares de poemas desde la adolescencia, de los que seleccionó setenta y cuatro para su poemario Mi vida al límite, el cual constaba de cuatro partes: Una rueda como volante, la primera, que trataba sobre los peligros que supone el azar en las relaciones con mujeres de rompe y rasga, de veinte poemas de no más de treinta versos; Sobran las noches, la segunda, sobre sus noches solitarias y melancólicas, de quince poemas de rima asonante y sesenta versos cada uno; Desfases y desacuerdos sublimes, veintidós poemas libres sobre la dualidad de las personas queridas, y por último, Amaneceres entrópicos, diecisiete poemas que trataban sobre su vida sexual. De toda la obra citada, nada fue publicado. Nada. Pero eso no quitaba que no fuera escritor; no remunerado, pero escritor al fin y al cabo. Realmente, Alberto se ganaba la vida dando malas noticias y, en sus pocos ratos libres (según él, cuando no se dedicaba a escribir ni a dar malas noticias), a cultivar lilas (no pavos o insípidos, ni gente insustancial, sino flores).

A Alberto lo llamaban para que dijera a la señora del abrigo de piel de zorro que, sintiéndolo mucho, ya no quedaban zapatos de color crema de la talla siete y, en los restaurantes, para comunicar a los matrimonios de mediana edad y aspecto dudoso que, si no tenían reservas, no les podían dar una mesa, pues todo estaba completo y en esos momentos nadie estaba tomando el postre... Por las mañanas, en el centro comercial, tenía que repetir varias veces que se había agotado el último libro de la periodista de moda, y por las tardes, sino escribía, cuidaba de sus lilas.

Aquel domingo por la tarde, 13 de enero de 2008, estaba vaciando todas sus macetas y revisando con cuidado cada brizna, cada hoja y cada terrón de tierra que sacaba. Había empezado sobre la mesa metálica de siempre, pero hacía un buen rato que la tenía totalmente llena de tierra oscura y flores aplastadas, y ya no sabía cómo seguir. Pensaba en la esquela que se había encontrado encima del escritorio... Se sintió nervioso y algo perturbado. Algo había leído en aquella esquela que le hacía sentirse así, pero no sabía qué. Aquella sensación era rara en él, pues estaba acostumbrado a afrontar todo tipo de contratiempos, alguno de ellos muy difíciles. Como le ocurrió la semana anterior, cuando tuvo que ir al hospital para dar una mala noticia: una funcionaria de correos, después de un parto sin demasiadas complicaciones, había tenido un niño azul. Los médicos no se lo habían dejado ver a la madre ni al padre, y habían llamado a Alberto para pedirle que, por favor, viniera lo más pronto posible y fuera él quien informara a los padres de la noticia. Alberto, que en aquellos momentos estaba trabajando en su próxima novela (Soy más hombre de lo que tú nunca llegarás a ser y más mujer de lo que nunca llegarás a conseguir era el título provisional), salió corriendo hacia el hospital. Al llegar, en una sala de paredes blancas y llena de médicos en bata, unas verdes y otras blancas, se encontró a una enfermera con moño, bastante pálida, con el niño azul en brazos... Poco antes, la enfermera había tenido un ataque de nervios al ver al niño azul. Ella estaba acostumbrada a los niños sonrosados y no pudo con aquello. Había visto bebés rojo intenso y blanco rojizo, rojo pálido y blanco inmaculado, pero nunca azules. Era superior a sus fuerzas... Aquella tarde, delante de la parturienta todavía mareada por la anestesia y de un padre que mascaba chicle sin parar, Federica, que así se llamaba la enfermera, no supo cómo decirles que su hijo no era sonrosado como el recién nacido de la habitación de al lado. Les dijo buenas tardes, y también que el niño estaba sano y que se lo llevarían tan pronto le hubieran hecho los últimos análisis. Y no se le ocurrió nada más que decir... Por eso tuvieron que llamar a Alberto, todo un profesional dando malas noticias. Y Alberto miró primero a Federica (blanca como el papel) y después al niño, más que nada para comprobar si era cierto o no lo que le habían dicho minutos antes por teléfono. Y, sí: no estaba morado ni congestionado; era azul, sólo azul. No como las fichas azules de parchís o como las canicas azules, ni como el mar azul que sale en las postales o en las ensaladeras de plástico que se regalan como souvenir a las personas que odiamos tras unas vacaciones en cualquier pueblo costero. Era sólo azul. Azul sin más. Y Alberto tenía que decírselo a los padres... El ginecólogo jefe de maternidad señaló al niño (todavía en brazos de la enfermera, ya más tranquila, al ver a Alberto) y luego una puerta, tras la cual esperaban la funcionaria de correos y su marido (abogado en paro, dicho sea de paso). Alberto entró en la habitación con total serenidad. Los padres del niño azul lo miraron angustiados, pues sospechaban que algo raro pasaba. Alberto hizo su trabajo:

-Tienen ustedes un niño azul precioso –les dijo; y salió de la habitación, mientras la cartera lloraba amargamente y el jurisconsulto en paro pensaba en cómo denunciar al hospital.

Pero ese domingo por la tarde, Alberto tenía toda la mesa llena de tierra oscura y flores aplastadas, y aún le quedaban varias macetas de lilas que vaciar. Podía recogerlo todo y tirarlo a la basura, o podía sacar la mesa plegable que le regaló su madre y que guardaba en el trastero, pero tenía prisa y no quería entretenerse. (¿Prisa para qué? Pues no lo sabemos.) Sólo le quedaba tirarse al suelo y continuar bajo la mesa. A Alberto le pareció una buena idea. Ahora, bajo la mesa, rodeado de tierra y de lilas aplastadas, recordaba el momento del hospital, y lo fácil que le resultó su trabajo. ¿Por qué ahora no le era tan fácil? Su prestigio ante las dificultades caería en picado. No lo volverían a llamar de los teatros para decir a los intelectuales que habían cambiado Hamlet por un musical de tipo Broadway, ni de las tiendas de moda para decirles a las chicas que no vendían tallas superiores a la cuarenta... Se agobió de tal manera, que recogió toda la tierra y todas las flores, y las tiró a la basura. Después, comprendió el motivo del bloqueo: la esquela.

¿Cómo era posible que después de más quince meses nadie le hubiera dicho que su mujer había muerto? Y lo que era peor: ¿Cómo es que nadie le había dicho que él ni existía desde no sabía cuándo? Eran muy malas noticias.

-Alberto, tu mujer murió el nueve de septiembre de 2006. Y tú, un par de años antes –se dijo a sí mismo, profesionalmente.

PLUMBUM


Después de largo tiempo esperando, la estridente sirena sonó traspasando los oídos de los trabajadores. Saturnino subió las escaleras de tres en tres, veloz, impulsándose con los brazos enérgicamente y fue el primero en llegar a los vestuarios. Estaba harto de todo y de todos.

(Supe que había muerto en el momento en que presencié mi propio entierro. Hasta entonces pensaba que sólo era un sueño. Pero no, no lo era. Aquellas escenas perturbadoras que veía, no sin cierto regocijo, eran de verdad. Tan reales como toda mi anterior vida, incluso más, ahora que lo real no debiera existir para mí.)

Frente al espejo se lavó las manos con aquel jabón basto y apenas se enjuagó la cara con el agua fría que todavía no había tenido tiempo de calentarse. Justo antes de que el primer chorro tibio saliera del grifo, Saturnino giró el volante y el agua cesó. En aquel momento los demás trabajadores llegaban en tropel a los vestuarios.

(Hubiera querido morir de otra manera. No sé cómo decirlo, algo así como más novelesco, más de película. De ese modo hubiera quedado en el recuerdo de todos los corazones, por siempre, para siempre. Pero tuve que perecer mientras dormía y dudo que alguien se acuerde de mí dentro de unos pocos años. No quiero decir que muriese de pronto, de un infarto o cualquier otro problema súbito que mi cuerpo no pudiera controlar. Al contrario, mi cuerpo estaba enfermo desde hacía muchos años. Sin yo saberlo iba muriendo cada día un poco… Sí, ya sé que todos morimos cada día un poco, pero yo estaba enfermo. Además, con el tiempo estarán todos aquí. Yo los espero. No es que los vaya a ver físicamente, pero seguro que los veré de la misma manera que me encuentro yo ahora. Será entonces cuando no tengamos nada que decirnos.)

Saturnino introdujo su llave en la cerradura de la taquilla número veintisiete y abrió la estrecha puerta metálica. Sacó una toalla azul celeste y se secó las manos y la cara con fruición. Después colgó la toalla del mismo gancho del que la había cogido. Suspiró y se sentó en la banca de madera comunal frente a su taquilla. Aquel olor a sudor varonil del vestuario, mezclado con el vapor de agua de las duchas y el de la propia fábrica, le desagradaba enormemente.

(La última noche de mi vida fue de lo más normal. Nadie hubiera dicho que en aquella misma noche la vida huiría de mí. Ni siquiera la portera… Creo que soñaba en el momento de morir porque aún recuerdo aquel sueño donde las olas mecían mi cuerpo en la orilla de una playa, un amanecer cualquiera de un día sosegado… Pero ahora que lo pienso con calma creo que casi toda mi vida ha sido un sueño. A veces, hasta me parece que esta dimensión para vosotros desconocida en la que me encuentro ahora es mucho más verdadera que mi antigua vida biológica. Ahora ya no estoy enfermo. Estoy muerto. Estoy empapado de paz.)

Sentado en la banca e intentando respirar lo menos posible, Saturnino se inclinó hacia delante y comenzó a desacordonarse las botas, pero no llegó a quitárselas. Se puso en pie y bajó la cremallera de su mono de trabajo hasta un poco más abajo del ombligo. Fue en aquel preciso momento cuando ayudándose con el pie contrario se descalzó. Se agachó, cogió las botas sucias con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, volvió a levantarse, alzó el brazo diestro con el dorso de la mano izquierda contra la parte baja de la espalda, y puso las botas sobre la taquilla, en lo alto.

(Mi enfermedad fue tan larga como ligera. Fue gris, como lo que la causó. Una banda de sulfuro de plomo en las encías y en la mucosa labial, de color gris azulada, negruzca, me daba un aspecto de marciano saturnino, como un Galileo sin telescopio. Una vida de volframio dando vueltas en la órbita de Titán o de Rea, convertido en un disco de plasma de hidrógeno y oxígeno con el número atómico ochenta y dos impregnando todo mi cuerpo.)

Saturnino movió sinuosamente los hombros y el mono de trabajo se deslizó cayendo hasta los tobillos. Volvió a sentarse en la banca y terminó de quitárselo. Después hizo una bola con la ropa y la lanzó dentro de la taquilla donde permanecería hasta el día siguiente hecha un guiñapo. Empezó a rebuscar en la oscuridad de la taquilla. Descolgó de la percha un pantalón vaquero y una camiseta negra y desgastada. No se cambiaría ni el calzoncillo ni los calcetines.

(Yo sé que se puede soportar cualquier verdad por muy destructiva que sea. Por eso soporto mi muerte. Además, dentro de esta verdad que es mi muerte hay tanta vitalidad como la esperanza a la que ha sustituido y que era la que yo tenía antes de llegar a esta nueva dimensión. Es fácil de entender: siempre tuve una necesidad de deshonor, como si hubiese sido el hijo de un verdugo. No sé si me entienden, pero inténtenlo, hagan el esfuerzo…)

Saturnino miró el agujero de uno de sus calcetines por donde le salía el dedo gordo del pie. Engurruñó el dedo y tiró de los bordes del agujero para tratar de esconder aquella uña y aquel trozo de piel que se hacía notar demasiado. No quería que ninguno de sus compañeros vieran la tristeza de un dedo con la uña quizás demasiado larga, rasgadora de tejidos, ganzúa de caminos hacia la ignominia, infame y traicionera. Saturnino miró hacia un lado y hacia el otro no fuera el caso que alguien lo hubiera visto. Vio cinco espaldas y cuatro culos, uno gordo y los otros tres enjutos, una axila, dos penes pequeños y arrugados, dos pechos hirsutos y todavía mojados, una toalla en el suelo, un calzoncillo sucio y minúsculo sobre una de las bancas, varios lunares, varias pecas en constelaciones, cabellos húmedos, labios que hablaban y que gritaban, un fluorescente apagado y cuatro encendidos, la pared desconchada, el techo de placas de amianto sucio, cuatro hileras de taquillas, unas abiertas, otras cerradas, y el vapor que desprendía el agua de las duchas del fondo. Nadie había visto el dedo deshonesto. Todos estaban inmersos en la impúdica labor de mostrar la carne como en un matadero de cerdos.

(La parálisis radial sobrevino de manera natural, pues nunca tuve la intención de mover demasiado mis extremidades. Brazos plúmbeos y piernas saturninas con peso de plomo y corazón ligero. Tumbado en el sofá mis párpados de bismuto se cerraban bajo la pleamar de luz solar, hasta que quedaba dormido y soñaba con mares de mercurio bajo un cielo literalmente de cobre. Como cuando perdía la memoria y los demás me miraban atónitos y me preguntaban: pero, ¿cómo es posible que no te acuerdes? Y yo les respondía que el cretinismo no sólo afectaba a los recién nacidos, y que, por favor, miraran si todavía quedaba algo de níquel en la nevera, pues necesitaba un trago ipso facto.)

Saturnino se puso los pantalones haciendo equilibrios: de puntillas, primero un pie, luego otro, y alzó las perneras, ya con los dos pies en el suelo, hasta la entrepierna, acomodándoselos después en la cintura. Se abrochó de arriba abajo los botones y se ciñó el cinturón de cuero negro. Mientras se pasaba una mano por la cabeza con la intención de arreglarse un poco el pelo, la otra cogía el desodorante de dentro de la taquilla. Aún sin haberse duchado, Saturnino se pasó el rolón suavemente, presionando ligeramente contra las axilas la bola, con un movimiento circular y perfecto. Saturnino seguía con el dedo encogido, como cuando se te encoge el corazón por la pena de tantas y tantas miserias.

(Me aumentó la presión arterial, tuve vómitos, estreñimiento, pero lo peor de todo eran aquellos dolores espasmódicos del epigastrio, en el abdomen... Aún así, no me creía enfermo, me creía diferente... Los trastornos de la marcha y la visión también me hacían pensar que yo era complejo, disímil y divertido. Recuerdo aquella vez en la que, creyéndome en Londres, explicaba a los vecinos de un pueblo murciano, que el Big ben me parecía maravilloso, cuando en realidad les señalaba el campanario desmochado de la iglesia del pueblo. Ellos reían, y yo pensaba que era mentira que los ingleses fueran serios y rectos, mientras bebía un vino de Jumilla casero pensando que era absenta, pues era ajenjo lo que había pedido, ya que a ratos también me creía en el París canalla y cancanero de hace cien años.)

Antes de ponerse la camiseta, Saturnino sintió un calambre en el pie: había tratado de esconder el ignominioso dedo demasiado tiempo y ahora la lógica de la mala suerte hacia acto de presencia. Disimuló y se sentó de nuevo en la banca intentando que las facciones de su cara no dieran ninguna señal de dolor. Saturnino hierático… Con las manos apoyadas en las rodillas y con la cabeza baja Saturnino cerró los ojos y apretó la mandíbula. Si se pudiera describir la palabra que cercó su mente y que de sus labios salió como un susurro incómodo, sería así: hucggmmmmmiuufff-sssss.

(Tuve lesiones renales debido a la hipertensión. También gota saturnina. Pero lo que realmente me mató fue la encefalopatía. Sí, eso fue lo que me mató, una lesión cerebral. En un principio pensé que los espasmos vasculares, la cefalea, los mareos, la hiperexcitabilidad, el insomnio, el temblor, y los transtornos visuales (amaurosis fugaz para aquellos que quieran saber el nombre científico) eran propios de mi carácter. Por eso aquellos mares metálicos y cielos marcianos. Me desangraba contra las olas macizas a cada brazada plúmbea que daba.)

Puso un pie encima del otro e intentó destensar el músculo contraído haciendo presión contra el suelo. Entró la última remesa en las duchas y Saturnino continuaba con la risa sardónica por el dolor, como si en vez de una contracción hubiera desarrollado un tétanos mortal. Giró la cabeza y comprobó que los sucios y minúsculos calzoncillos que había visto antes sobre una de las bancas habían desaparecido. Echó una mirada rápida y escrutadora alrededor del vestuario. Ninguno de sus compañeros lo tenía puesto. Ya no le dolía el pie. Se volvió a levantar. Eran unos cerdos. Aunque había uno que…

(Es de agradecer que por lo menos no se me desarrollara la meningitis… Aunque siempre fui volátil, cómo lo diría, superfluo y un poco desinteresado en mi antigua vida, si alguien escarbaba un poco, mi corazón se abría derramando afecto, tierno como una magdalena de Proust. Lo malo eran los trastornos del habla, pues muchas veces iba a comprar el pan por las mañanas y volvía a casa con unos alicates y una botella de güisqui.)

Cuando Saturnino se puso la camiseta se sintió raro. Notó una ligera presión en el pecho y en el cuello. Tras un pequeño lapso de desconcierto se dio cuenta de que se había puesto la camiseta al revés. Suspiro, se la quitó y se la volvió a poner. Miró hacia abajo mientras se alisaba el pelo con la mano y vio de nuevo el dedo ostentoso. Volvió a sentarse en la banca de madera y estiró el cuerpo con un brazo extendido hacia la taquilla para coger los zapatos y tapar, de una vez por todas, el dedo insurrecto.

(En los últimos meses de mi vida aparecieron la depresión y el delirio, y las ilusiones sensoriales se agudizaron de tal manera que vivía en un mundo de pesadilla, intranquilidad y contracciones faciales debidas al desconcierto. Un día, al despertar de unos de mis continuos ataques epilépticos me encontré cara a cara con un amigo que me miraba estupefacto y que me dijo: ha sido jacksoniano. Nunca soporté la pedantería de ciertas personas y menos aún que la practicaran a mi costa.)

Por último, Saturnino se calzó los zapatos y salió del vestuario sin despedirse de nadie. No quería saber nada hasta el día siguiente. Antes de salir miró por el rabillo del ojo y vio aquel compañero que…

Saturnino murió el mismo día en que él mismo descubrió su propia muerte. Veo, veo, decía, veo, veo una cosita que empieza por la letra “t”. Lo echaron a faltar el mismo día en que se echó a faltar él mismo y después de estar dos días enteros mirando el techo de su habitación los bomberos entraron en su casa como si de una película americana se tratara. ¿Te rindes? Pues, el techo. Techos de cromo… Veo, veo una cosita que empieza por la letra “b”. ¿Dónde veis un burro? No es un botón. No. No es una butaca. Tampoco. ¿Que qué es? Es un bombero. Un bombero que me mira con cara de asco y que dice que soy azul… Levantan mi cuerpo que no siente nada… Levantaron su cuerpo y Saturnino no sintió nada. Estaba muerto. La portera gritó y Saturnino siguió viendo techos. Veo, veo, la Verdad. La verdad era la muerte… La muerte era el fin y el principio. Esto es el principio de algo nuevo y que ya empiezo a comprender, pensó Saturnino, y que por mucho que quiera explicarlo no puedo. Estoy muerto: ¿qué tengo que explicar ya? Vino la policía. Veo, veo. Vino el forense. Veo, veo. Después de dos horas levantaron el cadáver de Saturnino para llevárselo. Veo, veo…

(Veo un mar de agua que ya no es metálico. No hay números atómicos que impregnen mi cuerpo. Ya, no. Veo a todos los que murieron antes que yo, pero no hay nada que podamos decirnos. Es tan triste como hermoso. Todo está claro. Tan claro como que estoy muerto. Bien pensado no está tan mal haber muerto de saturnismo. Me estremezco al ver las cosas como son y no cromadas de la infinita tristeza del quebranto, como aquel que me producía aquel compañero que…)

( ______ )


Ahora escribo a lápiz, de manera muy íntima, egoísta y esencialmente, sólo para mí...

¿Los intentos de desaparición son a su vez intentos de afirmación de mi yo?

Hacía tiempo que por mi cabeza rondaba la idea de desaparecer o por lo menos la de vivir sin ser visto. Por eso, me sorprendió que mientras caminaba solitario por la línea del horizonte que separa (o que une, depende de cómo se mire) todas las cosas, alguien me preguntara por qué quería desaparecer con la de cosas que hay (las mismas que la línea del horizonte une o separa) para ver en el mundo.

-Dígame, ¿de dónde le viene esa pasión por desaparecer?

Hice oídos sordos y continué caminando como si no fuera conmigo la cosa. Pero mi acompañante inesperado era uno de aquellos seres obstinados que no admiten la indiferencia por respuesta y volvió a preguntarme de nuevo.

-Dígame, ¿de dónde le viene esa pasión por desaparecer?

Antes de ser interrumpido por la pregunta indiscreta, paseaba ensimismado en mis pensamientos; pensaba en la manera en la que podría eclipsarme sin llamar la atención, en cómo podría pasar desapercibido, en cómo lograr ser nada, en ser un no ser... Y entonces llegó a mis oídos la pregunta.

-Dígame, ¿de dónde le viene esa pasión por desparecer?

Como he dicho, al principio hice como si no hubiese escuchado nada, tratando de pasar desapercibido, pero como mi acompañante satélite insistió en preguntarme por segunda vez, pensé que quizás mereciera una respuesta; una de esas réplicas verdaderas o reales que tanto gustan a los seres inquietos que no pueden permanecer en el silencio ni en la calma que da la soledad. Si alguien hace la misma pregunta dos veces es porque le debe interesar mucho lo que puedan contestarle (lo que no quiere decir que aprovechen la respuesta para su propio beneficio). Además, la pregunta tenía mucho que ver con lo que yo estaba pensando en esos momentos: mi desaparición. Yo leo mi propio pensamiento inconsciente. ¿Era mi anónimo acompañante de esos que leen el pensamiento de las otras personas? No lo sé, pero de todas maneras, lo intrigante, ahora que lo escribo me doy cuenta, no es si el aparecido (pronto sabrán porqué digo aparecido) leía o no el pensamiento de las personas; lo que realmente debería llamar la atención es por qué le interesaba saber el motivo de querer desintegrarme en la nada... Iba a contestarle que la razón de querer desaparecer o de al menos vivir sin ser visto (cosa que evidentemente no conseguía debido a su pregunta inesperada; o sea, que si me preguntaba era porque me veía y no estaba yo desaparecido) era Robert Walser, el escritor suizo que tuvo la maestría de desaparecer tan elegantemente, tanto en persona como en sus escritos, y que murió durante unos de sus interminables (es un decir) paseos sobre la nieve de Herisau... Pero no le contesté, más que nada porque cuando me disponía a hacerlo no había nadie a mi lado, no había acompañante alguno (por eso dije antes lo de fantasma. No, perdón, lo de aparecido). Pero después de unos segundos de perplejidad, ese nadie volvió a preguntarme desde la nada.

-¿Quiere decir que usted quiere ser como el doctor Pasavento?
-Exacto –contesté, no sé muy bien a quién-, soy como el doctor Pynchon.
-¿El doctor Pynchon?
-Sí, el doctor Ingravallo.
-Muy bien, siga caminando por la alameda del fin del mundo –me dijo el aparecido (extraño nombre para alguien desaparecido)-. Vaya, vaya usted, que allí todo es fácil y se sentirá bien consigo siempre.
-Es que no me interesa la realidad, sino la verdad.
-Le entiendo, le entiendo.
-¿Cómo ha hecho usted para desaparecer y ser un aparecido? –le pregunté, dándome cuenta en seguida de lo absurdo de la cuestión.
-Cuando se sigue la verdad, la realidad deja de existir.

¡Qué buena respuesta! Me quedé sin decir nada durante un tiempo, pensando en lo que me había dicho. Después, muy nervioso, me atreví a preguntar.

-¿Es usted el espíritu de Robert Walser?

Pero no hubo respuesta. Supuse que el invisible aparecido se había ido, que había desaparecido todavía más en la nada en la que yo ansiaba esfumarme. Volví a quedarme solo, tal y como seguramente había estado todo el rato. Fue entonces cuando pensé que si de verdad quería desaparecer, debía ir más allá...

04 de mayo de 2007
Doctor Pasavento
Herisau (Suiza)

Respetado Enrique Vila-Matas:

No me conoce, pero yo a usted, sí. O al menos puedo hacerme una idea de cómo puede ser. No es que yo haya desaparecido, es que no he publicado; es por eso que quizás usted nunca pueda desaparecer y yo sí. Una vez que se publica ya no se puede desaparecer, como bien sabe. He venido a Herisau tras los pasos de nuestro querido Robert Walser para encontrar el camino y poder eclipsarme. No se tome a mal el que haya adoptado el nombre de uno de los personajes de una novela suya; quién sabe si a lo mejor no se siente usted halagado. En todo caso, no tiene por qué preocuparse, ya que no le he robado el nombre, más bien lo he cogido prestado. Volverá a ser suyo, lo prometo. Recuerde que llegará el momento en el que yo desaparezca y ya no lo necesite. Mientras tanto, esta suplantación me servirá como entrenamiento para vivir sin ser visto, y posteriormente para mi definitiva desaparición. He creído oportuno escribirle todo esto como si de un micrograma de Walser se tratara (le confieso que hace tiempo que llevo practicando esta manera tan íntima de escribir). Creo que de esta forma usted podrá comprenderme mejor y espero haberle despertado cierta simpatía. Es una manera de escribir para ausentarme. Por eso le pido que no me busque. Sería absurdo que alguien me buscara queriendo yo desaparecer, ¿no cree? Espero que esté de acuerdo conmigo en que las palabras que le escribo son sensatas y nada agresivas. Yo le pido a usted el mismo trato y que me deje seguir tranquilamente el cada vez más desdibujado curso que ha tomado mi vida.

Atentamente,
alguien que dice ser Andrés Pasavento.

PD: por si llega a creerlo, no soy Bernardo Atxaga. Digamos que sigo los pasos de Agatha Christie, usted ya me entiende.

07 de mayo de 2007
Doctor Pynchon
Herisau (Suiza)

Admirado Enrique Vila-Matas:

Como Doctor Pasavento no he obtenido resultados positivos para mi desaparición. Como nadie en este mundo, quiero ser nadie; como nadie en este mundo, usted bien sabe. Por eso me atrevo a escribirle de nuevo y explicarle el motivo de la usurpación de otro de los nombres de uno de los personajes de su novela Doctor Pasavento, aunque no hace falta que se lo diga, pues quién mejor que usted para saberlo. Como ve, sigo en Herisau (Suiza), esperando, como puede imaginar, mi pronta y esperada desaparición. Quiero convertirme en un hombre sin biografía, en alguien fuera de todo. Usted estuvo a punto de conseguirlo si no hubiera sido porque dejó escrita su experiencia. Escrita y publicada en la colección de Narrativas hispánicas de la editorial Anagrama, como usted muy bien sabe. ¿Cree usted que el mismo hecho de haber nacido me impedirá desaparecer del todo? Yo no lo creo así, pues ya hemos estado desaparecidos anteriormente; me explico: al nacer, traspasamos el reposo y la calma eternos anteriores a nuestro nacimiento. ¿No lo ve usted así? Siempre se puede volver al pasado. Quizás nacer y morir sea lo mismo, quién sabe. Como dijo Carlo Levi en su prólogo a la traducción italiana de La vida y las opiniones del caballero Tristam Shandy de Laurence Sterne: Tristam Shandy no quiere nacer porque no quiere morir. Pero el caso es que nosotros, usted y yo, hemos nacido, y esto hace más difícil nuestra desaparición (y aún más la suya, que ha publicado).

Le saluda,
alguien que dice ser Thomas Pynchon y que días atrás fue el Doctor Pasavento.

PD: no trate de averiguar quién soy y déjeme ser nadie o al menos intentarlo. Para su tranquilidad, le diré que no soy Antonio Lobo Antunes; para usted, soy de los que se dan por desaparecidos.

10 de mayo de 2007
Doctor Ingravallo
Herisau (Suiza)


Respetado Enrique Vila-Matas:

Como diría su querido Walser, me gustaría ser capaz de vivir sin que nadie se acuerde, ni remotamente, de que existo. Usted sabe que existo, pero por lo menos no sabe quien soy, aunque ahora me haga llamar Doctor Ingravallo, igual que otro de los personajes de su novela Doctor Pasavento, culpable de que usted nunca pueda desaparecer, como ya le he dicho en alguna ocasión, si no recuerdo mal; pero así es el horror de la gloria literaria: la publicación, que cierra todas las puertas para pasar inadvertido... Como ve, no puedo desaparecer del todo; ni como Andrés Pasavento, ni como Thomas Pynchon. Por eso me permito obsequiarme con otro de los nombres de su imaginación: así no tengo que pensar. No debe plantearse la cuestión de si soy o no el Doctor Ingravallo, más que nada porque ya sabe que no puedo serlo en la realidad; pero si se lo plantea como una verdad y no como una realidad, le puedo asegurar que soy Ingravallo, como el que más. Como dice el Doctor Pynchon, el doble pensamiento es una forma de disciplina mental que acaba resultándonos muy sintética y útil si somos capaces de creer dos verdades contradictorias al mismo tiempo. Yo soy capaz, ¿usted lo es?

Cordialmente,
quien dice ser Ingravallo, antes Thomas Pynchon, y antes de Pynchon Doctor Pasavento.

PD: no soy Álvaro Pombo, créame; más bien podría decirse que soy de los que escriben para enloquecer y no para publicar.

¿20 de mayo de 2007? (No sé que día es, ni me importa; ni siquiera sé si existe)
Nadie
Desde el horizonte que une y separa las cosas (bellas)

Recordado yo, que una vez fui:

Tras largos paseos por los caminos nevados de Herisau y algún que otro intento de desaparición; tras haber escrito (creo que a lápiz, pero no estoy seguro; o más bien no está seguro quién escribe, pues ya no existe) unos cuantos microgramas en los que he podido conseguir la ocultación del autor, he logrado, por fin, desaparecer. Alguien que no soy yo, pero que bien pudiera serlo, pues estoy totalmente de acuerdo con la descripción, diría que son papelillos de la soledad. Tú (si existes todavía, yo ya no soy tú; eres aquel que fui) sabes que no escribo por el simple hecho de escribir o de publicar, sino para estar egoístamente solo. De todas maneras, quiero dejar constancia (¿a ti, a mí mismo, a nadie?) de cómo ha sido mi eclipse, por si alguna vez quieres, o quiero yo, o quiere alguien, volver atrás, al pasado, al lugar de los no desaparecidos, al mundo real, que no verdadero...

Mis solitarios paseos sobre la nieve alrededor del Psychiatrisches Zentrum Herisau (en la época de Walser, simplemente llamado sanatorio o manicomio de Herisau, cosa que ahora sería políticamente incorrecto, supongo) como Doctor Pasavento, Pynchon o Ingravallo, fueron totalmente improductivos; o sea, que fueron improductivos en cuanto a productividad improductiva, que era de lo que se trataba: no lograba desaparecer, no conseguía el anonimato puro, no alcanzaba el eclipse total. Estos doctores no me sirvieron de nada (porque la ficción, por muy real que sea, no es verdadera), así que decidí desposeerme del lastre que suponían para mi desaparición, que no aparecía, y caminar como un solitario sin nombre. Me desposeí de todo, hasta del pensamiento. Fueron unos cuantos días de andar sin rumbo; días de claroscuros, donde la nieve parecía en un extraño estado de inmovilidad, como a la espera de alguna catástrofe... Hasta una tarde en la que vi una figura tumbada bocabajo en la nieve. Era un hombre vestido de negro. Pensé en Robert Walser (así tuvo que morir una tarde tras uno de sus largos paseos dominicales que tanto bien le hacían). Corrí hacia aquel cuerpo inerme y me arrodillé a su lado. Pasé una mano bajo su cuello y la otra tiró de uno de sus hombros. Quedó frente a mí, como un cristo yaciente... Pero no era Robert Walser. Era yo. Fue entonces cuando me di cuenta que por fin había desaparecido.