ACOPLAMIENTO PERFECTO (RELOAD)

Si la pusiéramos delante del espejo que tiene sobre la cómoda de su habitación, observaríamos que es carnívora, pues su pelvis es similar a la de un lagarto y no a la de un ave, como la de un Diplodocus. Más que a un Tyrannosaurus cretácico diríamos que es más parecida a un Allosaurus jurásico. Su cuello en forma de S la delata como temible, además de sus pies con garras y cuatro dedos. Como buena bípeda, usa la cola para mantener el equilibrio. (Todas las tardes da largos paseos por el bulevar, tensando la vértebra caudal, convirtiéndose así en la más distinguida, que no querida ni deseada, de toda la ciudad. Los demás ciudadanos, cuando la ven, se apartan como ornitisquios asustados y ella avanza, muy digna, con la vista al frente y sin mirar a nadie: quince metros en dos zancadas, haciendo temblar el suelo a cada pisada suya. Cuando está cansada o los zapatos oprimen sus pies escamosos, regresa a casa y toma té con pastitas amargas que ella misma hace con hojas de arce; pues ella, aun siendo saurisquia, es vegetariana, aunque nadie lo crea. Por la noche, antes de irse a dormir, reza su novena sentada en la cama, con un viejo rosario de dientes de iguanodón heredado de su madre. Le ruega a dios un buen marido, que la cuide y que la quiera -en realidad arde en deseos por conseguir un buen macho dominante que la pise todas las noches- y que, por favor, suplica un día tras otro, no tarde mucho en llegar, porque la cloaca se le estaba secando.)

-Con un huevito o dos, me conformo. Porfavorporfavorporfavor... –mira al cielo, o sea, al blanco techo de su habitación, cada noche- amén.

Ella es buena, no es mala, no; lo que pasa es que está un poco resentida con el mundo: ¿qué es eso de que ni siquiera la saluden cuando sale a pasear, que se aparten de ella asustados, que los jóvenes (según ella, bellos seres en la mejor edad reproductora) la señalen con el dedo, que escupan a su paso...?

Un día aparentemente como cualquier otro (de todas maneras sabremos que fue un dos de febrero de 2265, gracias a la fecha del periódico que más tarde compraría), se despertó triste y amargada, lo que era usual en ella. Tras una ducha con agua fría para endurecer sus escamas, creyó renacer. Sus gestos no eran decididos ni calculados ni tampoco precisos. Optimista ella, cantaba en voz alta para que la oyera todo el mundo. No quería que nadie se enterara de su estado de ánimo. Fingía.

-¿Y por qué no? ¡Que se enteren! ¡Que se entere todo el mundo que estoy contenta! –gritaba a pleno pulmón, bajo el chorro de agua de la ducha. (Pero, realmente, no estaba contenta, era ira lo que sentía. Odio hacia los demás.)

En dos grandes zancadas llegó a su habitación y abrió el armario ropero de puertas de concha de tortuga. Sacó uno, tres, diez vestidos al azar y los tiró encima de la cama con dosel marfileño y sábanas de piel de lagartija. Los observó unos segundos y cogió uno rojo, para volver a dejarlo en el mismo sitio, y después coger otro verde de seda. Se lo probó y al verse reflejada en el espejo sobre la cómoda, se lo quitó al momento, lanzándolo al suelo con rabia. Nerviosa, dio un aullido sobrecogedor mientras saltaba, alternando las dos patas, sobre el suelo nacarado. Después, se prueba otro y se lo quita. Otro y se lo quita. Otro, y se lo quita. Otro más, y se lo quita…

-¡Loquita me voy a volver! ¡Loquita, loquita! –bramó, y empezó a patalear de nuevo.

Tras un lapso en el que creía estallar de ira, escoge uno de dorado lamé, y lo desecha. Uno naranja y lo desecha, uno de seda salvaje lila y lo desecha; otro, carísimo, y también lo desecha…

-¡Deshecha estoy, que no encuentro qué ponerme! –cayó al suelo, con el dorso de una de sus garras en la mejilla. Pasaba el tiempo y ella lloraba sin saber cuál de los vestidos ponerse...

Cuando logró serenarse un poco, se levantó del suelo y escogió (con los ojos cerrados) varios vestidos; se los probó uno tras otro: uno azul, otro violeta, uno granate, otro amarillo, hasta que se decidió por uno de raso negro, más negro aún que su vida.

-¿Y porqué no? –pensó, sin mucho entusiasmo, mientras se miraba en el espejo.

Antes de salir a la calle, asomó su enorme cabeza por la ventana y miró al cielo para ver qué tal día hacía: nublado a más no poder. Cogió su sombrilla de volante óseo de marginocéfalo para protegerse las escamas de la posible e inclemente lluvia ácida. Salió de casa y cerró la puerta con tres vueltas de llave. Dio unos pasos y volvió de nuevo hasta la puerta. Introdujo otra vez la llave en la cerradura y dio otro giro.

-Siempre es mejor cuatro vueltas que tres –se dijo a sí misma.

Bajó las escaleras de veinte en veinte y en un momento llegó al peristilo que daba a la calle donde, la portera, ni siquiera la saludó. Abrió el portón y, antes de salir definitivamente a la calle, se persignó tres veces, como era su costumbre.

-Hasta luego –le dijo a la portera. No obtuvo respuesta.

Su vértebra caudal estaba tensa, como era normal en ella. Andaba poco suelta, con pasos más cortos y toscos que de costumbre. Saludaba a la gente y no era correspondida, aunque de vez en cuando, alguien inclinaba la cabeza desagradablemente al cruzarse con ella, e incluso, alguno que otro escupía al suelo mostrando indiferencia.

-¿Por qué? -pensaba...- ¿Por qué? –seguía pensando.

Cuando pasó por delante de la terraza del bar del hotel Trentino, aminoró su marcha, pero no se decidió a quedarse y continuó caminando. Tras andar unos cuantos metros, paró en seco y pensó en volver, pero no se atrevió y siguió dando pequeñas zancadas hasta el quiosco en el que solía comprar el periódico.

-El Nowadays, por favor –pidió educadamente-. ¡Dos de febrero de 2265! ¡Cómo pasa el tiempo! –pensó, cuando vio la fecha del periódico impresa en una de las esquinas.

Hubiese querido desandar sus pasos y sentarse en una mesa solitaria de la terraza del bar del hotel Trentino, tomar un martini seco con unas cuantas gotas de ginebra mientras leía el periódico, pero el día no acompañaba. (En el bar del hotel Trentino había un camarero que le gustaba muchísimo, pero nunca se armaba de valor para sentarse en la terraza e intentar aunque fuera un amago de coqueteo.)

Bajo el parasol de marginocéfalo caminó y caminó durante horas sin que nadie le hiciese el menor caso, hasta que se sintió cansada y decidió volver a casa.

-Ha sido un día horrible –pensó, tristísima.

Al llegar a casa, se quitó el vestido y echó una pequeña siesta de tres horas y cuando despertó, ya era noche cerrada. Se levantó de la cama y se asomó a la ventana, recostándose sobre el alféizar, apoyando la barbilla en sus garras. Soñadoramente, miraba al cielo, o al infinito, o quizás hacia la nada, mientras meneaba la cola dibujando círculos en el espacio. Al cabo de un rato, comenzó a llorar desconsoladamente y se retiró de la ventana, no fuera que alguien la viera en ese estado. Se sentó frente al espejo de la cómoda de su habitación.

-¿Por qué? –le preguntó a su imagen reflejada.

Y poco a poco fue quedándose dormida...

Tras pasar toda la noche dormida (y roncando) sobre la madera caoba de la cómoda, despertó (debido, todo hay que decirlo, al ruido de sus propios ronquidos). También era un día aparentemente como cualquier otro (aunque sabremos que...), pero se sintió distinta. Decidió ducharse con agua tibia y no fría como normalmente acostumbraba, y sus escamas quedaron suaves y brillantes, igual que las de una iguana recién salida de las aguas del Pacífico.

-Qué extraño –pensó.

Salió del baño contenta (muy contenta) y en dos zancadas llegó a su habitación. Abrió de par en par las puertas de concha de tortuga de su armario ropero. Sacó un solo vestido. Era un vestido de piel de serpiente brillante, muy extremado.

-Perfecto –se dijo al ponérselo-, me queda perfecto –volvió a decirse, bastante sorprendida y extrañada.

Antes de salir a la calle, asomó su gran cabeza por la ventana y miró al cielo. Era un día soleado, sin una nube. Sonrió y cogió su sombrilla de volante óseo de marginocéfalo para protegerse las escamas del sol y salió de casa cerrando la puerta tras de sí, sin echar la llave. Olvidó persignarse antes de bajar las escaleras de veinte en veinte y en un momento llegó al peristilo que da a la calle donde, sorprendentemente, la portera la saludó.

-Que tenga un buen día, señorita.

-¿Cómo? –preguntó la saurisquia, pues no estaba acostumbrada a que la saludaran, y menos aún a que le deseasen un buen día.

-Que le deseo un buen día –repitió el saludo, más amablemente si cabe, la portera.

-¡Ah, oh, gracias!

-Hoy está usted muy guapa.

-¡...! –no logró decir nada nuestra jurásica amiga, mientras abría el portón y se disponía a salir a la calle.

Abrió su paraguas óseo de marginocéfalo y comenzó a caminar. Su vértebra caudal no estaba tensa como era normal en ella. Andaba más suelta, con pasos más largos y delicados que de costumbre. Saludaba a la gente y sorprendentemente era correspondida, incluso de vez en cuando, alguien inclinaba la cabeza cumplidamente al cruzarse con ella; es más, hubo alguien capaz de sonreírle con deferencia.

-¿Estaré soñando? -pensó ella...- ¿Estaré soñando? –siguió pensando.

Al pasar por delante de la terraza del bar del hotel Trentino, aminoró la marcha, pero decidió no quedarse y continuó caminando. Tras andar unos cuantos metros paró en seco y pensó en volver, pero no se atrevió y siguió dando pequeñas zancadas hasta el quiosco en el que solía comprar el periódico.

-El Nowadays, por favor –pidió educadamente-. ¡Dos de febrero de 2265! ¡Cómo tarda en pasar el tiempo! –pensó, extrañada, cuando vio la fecha del periódico impresa en una de las esquinas-. ¿El dos de febrero no fue ayer? –dudó.

Contrariamente a lo que pensaba, decidió volver al bar del hotel Trentino. Se sentó en la mesa más solitaria de la terraza y esperó (bastante nerviosa) a que viniera su adorado (y platónico amor) camarero, el cual, no hay duda de que era un día diferente, no tardó en llegar (más guapo y apuesto que nunca).

-¿Qué desea tomar la señorita? –preguntó, amable y encantador, el garboso camarero.

-Un martini seco con unas cuantas gotas de ginebra –pidió ella sin cerrar su sombrilla ósea, un poco avergonzada.

-¿Un dry martini, pero al revés?

-Exacto –respondió ella, ruborizada, escondida bajo el parasol óseo (lo que le permitía mirar la abultada entrepierna del camarero).

El camarero no tardó más de un minuto en traerle el cóctel y ella se lo agradeció con un ligero movimiento de cabeza. Él le devolvió el gesto con la mano en el pecho y una gentil inclinación. Ella sonrió, mostrando sus dientes de cocodrilo. El camarero se quedó (providencialmente) al lado de ella, a la espera de un nuevo servicio.

Bajo el parasol de marginocéfalo ella bebía el martini en cortos tragos sin quitar la vista de la entrepierna del camarero. Cuando lo hacía (dejar de mirar la hipnótica protuberancia), miraba a un lado y a otro, esperando que no la cogiesen en falta, mientras emitía una especie de risilla sorda y neurasténica tapándose la boca con la garra, como si estuviera haciendo una travesura. Al rato, las miradas de ella y el camarero se cruzaron. En vez de ponerse nerviosa, le aguantó la mirada con sus ojos de reptil. El camarero la siguió mirando. Ella, también. El camarero le sonrió. Ella, también. El camarero se acercó un poco más. Ella se removió en la silla. El camarero le iba a decir algo. Ella pestañeó excitada. El camarero habló y ella escuchó perpleja:

-Io sono Marco, bella dona.

Ella no acertó a decir palabra, sólo movía la cola, agitada. Durante casi dos horas, el camarero Marco no paró de hablar con la diplodocusiana lagarta, mientras que ella pensaba que, definitivamente, aquél no era un día normal.

-Fino a domani mattina –le dijo, el camarero, al final de su monólogo.

-¿Es... es... es una cita? –tartamudeó ella.

-Sí, mañana libro –le confirmó, mientras ella se desmayaba.

Al llegar a casa, vio un gran huevo sobre la cama. No recordaba haber puesto ninguno. Se acercó y posó delicadamente una garra sobre el cascarón. Notó que había vida. Lloró. Lloró de alegría. No se lo podía creer: iba a ser mamá. Llamaron al teléfono. Era Marco.

-Domani faremo l’amore.

-¿Quieres pisarme?

-Es lo que más deseo.

-¡Hay un huevo en mi cama!

-¡Ti amo! –colgó el camarero.

Se puso muy nerviosa. Algo no cuadraba. No era normal un día tan perfecto. Se acercó a la cómoda y se sentó frente al espejo. Fue entonces cuando se vio dormida al otro lado y lo comprendió todo.

-¡No! –gritó furibunda...- ¡No! –volvió a gritar, más furibunda todavía.

Se levantó de la silla hecha una furia. Rugió estremecedoramente. Agitó la cola con rabia y dibujó potentes círculos en el aire para tomar impulso y sacudir el cristal con ella. El espejo se hizo añicos al caer al suelo. No estaba dispuesta a volver al otro lado ni menos aún a que todo fuera un sueño. Había conseguido a su amado camarero; iba a ser mamá; no dudaba en qué ponerse por las mañanas, pues cualquier vestido le sentaba de maravilla; todos la saludaban; Marco la iba a pisar… Era tan feliz… ¡No volvería jamás! ¡Se quedaba allí!

-¡Crick! –empezó a resquebrajarse el cascarón del huevo que permanecía sobre la cama.

PRECIPITADOS EN UN BOSQUE ENTRÓPICO

Sobre un suelo lleno de hojas, unas secas, otras verdes, hay una mujer sentada con las piernas totalmente estiradas y abiertas. La particularidad es que está desnuda con todo su cuerpo cubierto de un engrudo blanco. La cabeza mira hacia el suelo. Detrás de ella sólo se ve un bosque frondoso y oscuro. Tras unos segundos en los que ella está inmóvil, al fondo aparece un hombre andando muy lentamente hacia ella, que nota su presencia, y gira poco a poco la cabeza. El hombre también está desnudo y recubierto de la misma sustancia blanca.

ELLA:

(Llorosa) Pensaba que te habías ido para siempre… Estaba muy triste y muy sola... Ven, siéntate a mi lado. Yo no puedo levantarme (Se queja.) Mi cuerpo se está secando.

ÉL:

(Se sienta torpemente junto a ella.) Ya sabes que no podemos separarnos. Estamos hechos el uno para el otro; siempre estaremos unidos, aunque no lo queramos. (Se mira la mano y lentamente abre los dedos.)

ELLA:

No sé…, a veces pienso que no quieres estar conmigo, que estás cansado de mí y que cualquier día desaparecerás. (Le coge suavemente las manos y las mira.) Tú también te estás secando. ¡Pobre! (Le besa los dedos.)

ÉL:

¡Ufff! (Suspira y retira sus manos de la boca de ella. Levanta la cabeza y mira hacia arriba.)

ELLA:

(Insiste) De todas maneras, gracias por volver. (Baja la cabeza y llora.)

ÉL:

¡Ufff! (Mueve la cabeza a un lado y a otro, nervioso.)

ELLA:

Eres bueno... Yo sé que me quieres, que no estás cansado de mí. Nos necesitamos el uno a otro… A veces, cuando duermes en la noche, siento el calor en mi cuerpo, que se hincha y resquebraja…


ÉL:

(La interrumpe contestándole molesto.) Sí, sí, gracias por explicármelo (Asiente con la cabeza.)

ELLA:

Lo de ayer no volverá a pasar… Es la entropía…

ÉL:

(Enfadado) Sabes perfectamente que lo de ayer volverá a pasar. No somos perfectos. Fuimos hechos así: Protocloruro de mercurio. Somos precipitados en un bosque. La entropía no tiene nada que ver.

ELLA:

Tienes razón. Quizás alguien juega con nosotros. Pero no puedo comportarme como un animal. Te juro que no lo volveré a hacer, aunque a veces sienta que debo buscar el líquido del que fui separada. Ya no soy nada elástica. En cambio tú, no sé como puedes mantenerte tan fresco y ágil.

ÉL:

¡Ufff! (Cierra fuertemente los puños y niega con la cabeza.)

ELLA:

Perdona, pero a veces pienso…

ÉL:

(Tras unos segundos de silencio, suspira). ¡Ufff!

ELLA:

Lo siento… Sé que nunca me engañarías, aunque haya otras alternativas…

ÉL:

¿Qué quieres decir?

ELLA:

Aunque no lo creas, yo sé que tú sientes la entropía tanto como yo. Sufres el calor y la expansión de tu cuerpo igual que yo. Este desacoplamiento gradual que nos absorbe hace que estemos más unidos…

ÉL:

(La interrumpe.) Gracias. Perdona mi comportamiento. (Pone las piernas encima de las de ella.)

ELLA:

(Incisiva) ¿Qué tal la otra?

ÉL:

(Ofendido) ¿Qué otra?

ELLA:

No quieras engañarme. Sé que, cuando te resecas, buscas ayuda en otra. Sé que hay más precipitados en el bosque.

ÉL:

(Defendiéndose) ¿Estás diciendo que te engaño?

ELLA:

Hum…

ÉL:

(Furioso) Seguro que tú sí te vas con otro cuando te resecas.

ELLA:

Nunca he hecho tal cosa.

ÉL:

Pero insinúas que yo lo hago.

ELLA:

Alguna vez he deseado irme con otro cuando he estado reseca. Pero yo soy débil y prefiero sumergirme… Yo sé que cuando tú desapareces buscas líquido en otra, pero no me importa, siempre que vuelvas.

ÉL:

Hum…

ELLA:

No me parece mal que lo hagas de vez en cuando.

ÉL:

Hum..…


ELLA:

Recuerdo cuando vine al bosque… Tú me acogiste sin preguntarme nada. Calmaste el calor de mi cuerpo. Durante todo el tiempo que yo no estuve, seguro que hubo otras. Yo no te pedí exclusividad. No te pedí nada. Ni tan siquiera te pedí cariño. Nos necesitábamos para la estabilidad de nuestros precipitados. Fuimos egoístas el uno con el otro… Pero ahora resulta que nos queremos... al menos yo sí que te quiero… Antes que perderte, prefiero que busques en otras lo que yo no puedo darte…

ÉL:

Perdona, tienes razón. No se trata de ser promiscuos, pero quizás de vez en cuando…

ELLA:

Perdóname tú a mí. Ya lo hablaremos en otro momento.

(Se levantan, ayudándose mutuamente, y comienzan a andar. Ella camina muy torpemente, cada vez más despacio, hasta que queda inmóvil en mitad del escenario. Él la observa durante unos segundos. La toca tímidamente al principio. Al instante comienza a quitarle nervioso la pasta blanca que la recubre, para ponérsela sobre la suya. Ella queda totalmente desnuda y sin nada de engrudo, quizás algún resto. Él sale corriendo del escenario y ella, que durante todo el proceso ha estado inmóvil, se derrumba en el suelo.)

Fotografía: Julia Montilla

AFICIONES EXTRAÑAS

AFICIONES DIVERSAS

1) Me paso el día leyendo los anuncios breves de los periódicos. Hay algunos muy curiosos: “Señora vallisoletana sin piernas ni brazos, busca joven mozo sin piernas, pero con brazos, para empezar nueva vida. Preferible que disponga de olla exprés”. Pensé en cortarme las piernas y responderle, pero cuando estaba a punto de cortarme la segunda pierna, me di cuenta de que no tenía una olla exprés. Una pena. “Mujer ambigua, muy viajada y con barco propio, busca compañero ambiguo y con ganas de recorrer mundo, para encerrarnos en casa durante un año. Abstenerse menores de diez años”. Obviamente, no le contesté. “Caballero sin igual, busca a nadie con el que pueda compararse”. “Mujer abierta, busca alma gemela que la cierre”. “Si quieres conocer caballero augusto dispuesto a todo, no busques más, estoy detrás de ti”. “Si al levantarte cada mañana sientes que te duele el bazo, llámame”. “Auténtico turco en el amor ofrece demostración gratis”. “Soberbia soltera daría clases de buena conducta a un precio módico”. “Crucigramista consumada desearía fundar hogar”. “Busco a alguien para actividad simpática”. “Vendo o regalo mujer por cansancio, a cambio de masaje capilar”, etcétera, etcétera... Yo, ya tengo preparado el mío: “Busco gente de todo tipo a la que le guste la oca rellena. No importa sexo, ni edad”.
2) Me encanta mirarme al espejo durante horas enteras, totalmente quieto, sin pestañear, casi sin respirar. Siempre gana el de enfrente.
3) Cuando defeco, observo si el producto flota o no. Es un buen sistema para decidir cualquier duda de cualquier tipo.
4) Me gusta hacer lámparas modelo Tiffany, broches de pan tostado, fruteros de papel maché, muñecos de alcanfor, ceniceros de tela, y tarjetas de felicitación al óleo o carboncillo, que nunca obsequio y que guardo en el fondo del armario.
5) Adoro romperme las uñas con las tenacillas y las falanges de los dedos con el martillo, para luego aullar de dolor.
6) Asomado al balcón de mi casa, me pongo a mirar a toda la gente que pasa: si alguien tiene el pelo ensortijado, o es menor de siete años, tiro una maceta desde lo alto para que le rompa la cabeza, y luego me escondo y me río.
Me gustan todas estas cosas, que ya se han convertido en aficiones. No podría vivir sin ellas. No podría.

AFICIÓN ANTIGUA

Siempre me ha gustado la tierra. Comer tierra. De pequeño, cuando mi madre me llevaba al parque para que me columpiara en las cadenetas y en la barca, yo prefería comer tierra. Menos mal que el pediatra le dijo a mi madre que eso era normal en los niños. Así, primero comía tierra y después jugaba con los niños a hacer castillos de arena, a las canicas o bolas, a las chapas que debían seguir el camino trazado en el suelo arenoso. Yo, todo lo hacía con la boca: los castillos de arena, lanzar la canica contra otra con la lengua, desplazar la chapa con los labios... Todo, con tal deque mi boca estuviera en contacto con la tierra. Me quedé sin amigos. No controlaba. Decían que era un cochino. Me daba igual. Yo seguí comiendo tierra sin controlarme. Hasta ahora. Al salir de casa no me persigno, sino que cojo un puñado de tierra de las macetas que adornan el portal del edificio donde vivo, y me lo meto en la boca. Si no lo hago, no salgo. He tenido algún problema con algún vecino (últimamente, con mi vecino Federico) que me ha visto comer la tierra de las macetas comunales, pero lo he mandado al carajo y punto. Dicen que soy un degenerado, y ya. Pues bueno, soy un degenerado, ¿y qué? Ayer mismo, cuando fui a la floristería a comprar tres saquitos de tierra vegetal, el dependiente me preguntó si tenía una buena terraza con plantas, pues voy cada semana a comprarle unos cuantos sacos de tierra, y cuando le dije que no, que me los comía, me miró de una manera extraña. Que se joda. Ya no voy a comprarle nunca más. Además, últimamente encuentro demasiadas lombrices de tierra en sus sacos, y a mí, lo que me gusta es la tierra, no los gusanos. Todo tipo de tierra me gusta. La tierra abertal, que se abre tiernamente, con sus grietas misteriosas. La tierra blanca o de Segovia, como astringente o aperitivo. La tierra campa, ¡kilómetros cuadrados de tierra sin un solo árbol! La tierra de batán como caramelo. La tierra de miga, tan arcillosa y sabrosa. La tierra de pan llevar, donde se siembran los cereales, tan nutritiva. La de Venecia o ancorca, dura como el turrón alicantino. Incluso la tierra vegetal, oxigenada y orgánica. A veces, quisiera morirme y que me enterraran bajo tierra para estar en contacto permanente con ella. Pudrirme con ella. Deshacerme en ella. Para siempre. Sin que nadie me moleste. Sólo yo. Yo, y nadie más.

NUEVA Y SINGULAR AFICIÓN

Hoy he deshuesado una oca. Le he abierto las patas para poder vaciarla por el ano. No es ninguna tontería, es algo muy delicado. Cuando he introducido los dedos (índice y corazón) a través del recto (proctólogo yo), he tenido una erección. ¿A partir de ahora, cada vez que quiera follar con alguien, tendré que hacerlo con los dedos metidos en el culo de una oca...? Bueno, la oca era grande, no sé cuanto pesaba, pues la vendían por pieza y no por peso. ¡Una gran oca! Me la han vendido viva. Yo he insistido en ello. He preferido jugar un poco con ella antes de matarla. Al llegar a casa la he soltado dejándola en el suelo y se ha puesto a correr como una loca. La oca loca. Parecía que supiera, la cabrona. Se ha metido en todas las habitaciones, meándose y cagándose por todos lados. Ahí ha sido cuando me he cabreado y he empezado a darle golpes con el palo de la escoba en la cabeza. ¡Toma, hijaputa, toma!, le decía. Pero ella, claro, no entendía su penosa situación y se ha puesto histérica. ¿Las ocas qué hacen: gritan, cacarean, aúllan, gruñen, berrean...? No sé, el caso es que se ha puesto a chillar como una desequilibrada. Puesto que dicen que la música tranquiliza a las fieras, he puesto un CD de Mozart. Pensé que La flauta mágica iría bien, dado el caso (¿qué caso?), pero no. Cuando la reina de la noche entonaba mi aria preferida, la de la risa, la oca subió el tono de sus gritos y yo me dije: ¡basta! ¡Ahora vas a ver...! ¿Que qué hice? ¿Alguien ha visto una oca desplumada viva? Es patético..., pero divertido. La oca, desplumada, se quedó muda. No sé si traumatizada, pero muda, por fin. Con la oca calladita en un rincón de la cocina, me dispuse a preparar el relleno: jengibre, hinojo, canela, azafrán, ciruelas pasas, todo ello, macerado en un buen coñac. La oca (desplumada) miraba muerta de miedo, cómo iba yo pesando y mezclando los ingredientes para su relleno. Cuando terminé de ¿acondicionar? lo que le iba a meter por el culo, la miré y le dije: ven. Ella, claro, no se movió. Yo insistí con un tono de voz más dulce: ven, ven, que no te voy a hacer nada... No se movió. Como vi que se resistía, desistí yo también: la deshuesaría viva y punto... Creo que al final murió de vergüenza, o del susto, o... no sé. El caso es que no soportó ser sodomizada. No lo entiendo, seguro que se pasó la vida poniendo huevos mucho más grandes que el diámetro de mis dos dedos. Nunca imaginé que deshuesar una oca por el ano fuera tan sencillo, siempre que se tengan los utensilios adecuados. Lo primero que he hecho es cortar de un tajo el cuello por el coracoides, y las patas por el tarso: la cabeza y los pies han quedado separados del cuerpo central. Después, con la oca bocabajo, he separado las tibias para dejar más espacio libre a la salida de los huesos, y he metido los dedos por el ano para inspeccionar y tener una idea más clara de lo que había por ahí dentro (ha sido cuando he tenido la erección, arriba mencionada). Lo primero que he encontrado ha sido el pigostillo, que son los huesos que están pegados a la pelvis y al fémur. Sin pensarlo dos veces, he tirado de ellos para ver qué pasaba. Parecía que la oca tomaba vida otra vez, pero no, sólo era el movimiento involuntario de su carne al mover sus huesos por dentro. Tras un momento de duda comprendí que nunca podría sacar los huesos de la oca por el ano de aquella manera, pues estaban todos unidos y el conjunto era demasiado grande para poder sacarlo por un orificio tan pequeño. Así no. Imposible. Pero pensando, pensando... Cogí un mazo y golpeé a la oca por todo el cuerpo: tenía que romper sus huesos para poder sacarlos con mayor facilidad. Y así fue: todos iban saliendo gracias a mi paciencia y buen hacer. La caja torácica salió sin ningún tipo de complicación. Poco a poco, a trocitos. Todo el proceso me llevó dos horas. Dos horas extrañamente perturbadoras y hermosas. A todo ello, yo seguía con la erección. Incluso, cuando llegó el momento de rellenar la oca (procedimiento mucho más fácil que el deshuesado), yo seguía caliente. Por eso, antes de meter la oca en el horno, tuve un affaire con ella. Fue perfecto. Yo diría que sublime. Una sensación nueva a la que tendría que prestar atención más adelante (¿se convertiría en una nueva afición?). Cuando llegó el momento de éxtasis, lo pensé... De verdad que lo pensé: ¿sigo o no? Era tanto el placer, que seguí. No pude parar. Un ingrediente más se uniría al relleno... ¡Mis invitados a la cena no notarían la diferencia! Estoy muy contento de haber encontrado una nueva afición. Aparte de aportarme una necesaria vida social que últimamente tenía olvidada. No debo estar solo. Cada día una cena, una reunión: una sopita, unos bombones rellenos de... licor, una buena copa con sus cubitos de... hielo, un buen café con... ¿leche?

CUATRO MUNDOS NUEVOS

La afición a deshuesar ocas ha producido, indirectamente, otras no menos singulares:
1) la de hacer cojines una vez desplumado el animal. Cojines grandes, pequeños, medianos, de seda, de raso, de algodón salvaje, triangulares, redondos, cuadrados o en forma de trapecio...
2) Hacer caldos de ave con sus huesos, que hierven durante largas horas en las tardes de domingo...
3) Crear lienzos abstractos con sus vísceras...
4) Recoger perritos abandonados de las calles...
Me explico: una vez sodomizada y cocinada la oca, ¿qué hacía con sus despojos?... A veces pienso que no merezco tanta felicidad, tanta dicha causada por mis aficiones, pero quién sabe si Dios existe y me obsequia con simpáticas ocupaciones, que yo hago con aplicada pasión... Una vez, el vecino de enfrente me dijo que yo era raro y que en ocasiones le daba miedo. ¡Hipócrita! Recuerdo el día que lo vi en el cuarto de baño de su casa frente al espejo, desnudo y espatarrado, con una cubitera repleta de hielo. Yo estaba peinándome, a punto de salir de casa para ir a la granja a comprar una oca, cuando oí unos gemidos extraños. Apagué la luz y observé por la ventanilla (que, mira tú por dónde, está frente a la de mi vecino). ¡Se metía cubitos de hielo por el culo! Después, esperaba unos minutos y los expulsaba ya licuados, extasiado y sollozando de placer. ¡Eso es raro, no yo! Si hubiese sido en verano, en pleno mes de agosto, lo entendería, lo vería lógico, pero introducirse cubitos de hielo en pleno invierno, es de locos. Mi vecino Federico, (¿Federico on the rocks…?) No, yo no soy raro, ¡no señor! ¿Qué tiene de raro hacer cojines con pluma de oca, o hacer sopa de ave, o plasmar en lienzos mis emociones, o recoger perritos abandonados?

COJINES

Una vez enculada y guisada la oca, ¿qué podría hacer con sus plumas? Evidentemente, cojines. Me gusta hacerlos, sobre todo, en forma de estrella de cinco puntas. Son los más difíciles, pero los que me dan mayor satisfacción una vez terminados. Primero, dibujo dos estrellas en dos piezas de tela. Una en cada trozo. No es nada fácil, no. Una estrella de cinco puntas bien hecha tiene su intríngulis. Como en un principio no me salían, tuve que recurrir a mi vecino Federico, que es matemático (aparte de raro). Al principio, no quería prestarme un libro de trigonometría, por lo que tuve que acudir al bajo instinto del chantaje. Le dije: “o me prestas el mejor libro de trigonometría que tengas o en la próxima reunión de la comunidad digo que te metes cubitos de hielo por el culo. Tengo pruebas; lo he grabado con mi cámara de vídeo.” Y me fui a mi casa a esperar los dos minutos escasos que tardó en traerme no uno, sino cinco libros de trigonometría y un curioso y sesudo tratado sobre el tema, titulado: “Trigonometría de los tres tristes tigres” (¡Ay, Guy yermo de cabras e infantes!) Ahora, dibujo unas estrellas de cinco puntas perfectas para mis cojines de pluma de oca. En pocos meses, hice cientos de cojines de todas clases. La casa se me llenó de cojines, por lo que tuve que empezar a regalarlos. No hay biblioteca, geriátrico o sala de espera en toda la ciudad, que no tenga uno de mis cojines de pluma de oca. Son cómodos y originales. Tuvieron tanto éxito que tuve que patentarlos, y ahora, Zorra Home quiere hablar conmigo y llegar a un acuerdo para su comercialización a gran escala por todo el mundo. Pero yo no quiero. Mi afición a hacer cojines con pluma de oca no es lucrativa. Es un acto de amor, un pasatiempo, un no tirar plumas de oca al viento. Hay que aprovecharlas y punto. Como los huesos...

SOPAS

Un día, cuando la oca estuvo deshuesada, follada y asada, me dije: si se hacen caldos de pollo, se podrán hacer también de oca. Así fue como empezó mi afición a los caldos de oca. Me salen riquísimos. En una cacerola pongo dos litros de agua fría, los huesos de la oca, una cebolla partida en dos, abundante apio, tres zanahorias medianas que le pido a mi vecino Federico (que siempre tiene, no sé porqué, aunque empiezo a sospechar), y un pellizco de sal. Lo dejo cocer todo una hora y media a fuego mediano. Después, saco los huesos de la oca, pero no los tiro, pues me servirán para otra afición que me embauca sobremanera y que más adelante contaré... Aparte, en una sartén, pongo aceite y un trozo de mantequilla a calentar: añado harina y leche (he dicho leche) sin dejar de remover con la varilla hasta que tengo lista una bechamel (he dicho bechamel), que añadiré licuada junto con la zanahoria y el apio previamente colados al caldo de oca. Al final, una vez apartado el caldo, deslío una yema de huevo (a ser posible de oca) en él, pero con cuidado que no hierva, pues la yema no tiene que cuajar. Escupo tres o cuatro veces en la olla, y ¡ya está lista para tomar! Yo... no la pruebo. Yo sólo como tierra como creo recordar que os he dicho alguna vez; pero a mis amigos les encanta. Ellos no conocen mi toque final... Reconozco que es una pequeña travesura mía. Travesura, no perversión. Para perversión la de mi vecino Federico. Además, son tan gratos los domingos por la tarde en los que preparo el caldo y siento su olor impregnado por toda la casa mientras lanzo vísceras de oca contra el lienzo.

LIENZOS

Cuando ya pensaba que las ocas no daban más de sí, descubrí, de pronto, que sí, que todavía había más por hacer. Hasta el momento, una vez que había hecho el amor (queda claro que no es ninguna perversión: hacer el amor) con la oca y se horneaba, rellena, poco a poco en mi horno, yo tiraba sus vísceras a la basura. Pensaba que no servían para nada. Pero no fue así. Una nueva afición se estaba gestando sin yo saberlo: cuando un día, un trozo de hígado cayó al suelo blanco (de mármol impoluto) de la cocina y vi aquella masa informe desparramada bajo mis pies, quedé maravillado. Exaltado, comprobé que una nueva afición se imponía: ¿qué pasaría si, en vez del suelo, el destino de la casquería ocal fuera lanzado contra un lienzo desde diferentes posiciones espaciales y a velocidades alternativas? Al día siguiente, compré un lienzo de dimensiones considerables (tres por cuatro metros) y lo dispuse recostado en la pared más grande de mi salón. Lo primero que lancé fue un riñón, que estalló en la tela en tonos marrones y lilas. Quedé maravillado, imposible explicar lo que sentí ante el impacto visual que, de pronto, se ofrecía ante mis ojos. Sin pensarlo (era mi primer cuadro y no tenía experiencia, no me controlaba), cogí el hígado que yacía, viscoso, en una bandeja junto al resto de la casquería y lo reventé contra el lienzo, que cambiaba de vida a cada explosión de color visceral. Viendo que mi obra necesitaba un rojo intenso en la esquina superior derecha, lancé con furia el corazón. Quedó magnífico, quizás algo ostentoso, pero justo donde yo quería. La lengua y las patas quedaron fijadas en la parte inferior del cuadro, oportunas y eficaces. Las mollejas, justo en el centro, como corales extraños que daban un toque marino y ambiguo a la obra. Los ojos estallaron en el borde izquierdo del tapiz, creando una atmósfera inquietante y a la vez graciosa. Y, por último, dispuse los sesos triturados sobre la tela para que fueran escurriéndose, a ver qué pasaba. Esa noche casi no dormí. Me levantaba a cada rato de la cama e iba al salón para observar cómo iban deslizándose los sesos en mi obra de arte. Hipnotizado, quedé dormido en el suelo del salón, mientras miraba embelesado el discurrir lento y viscoso, caracolil, de los sesos entre la demás casquería plasmada sobre la tela. Ese fue mi primer cuadro. Ahora, después de haber hecho cientos de ellos, se pueden observar en distintas galerías de arte, y están muy cotizados. Tengo un prestigio. Un reconocimiento. Pero, que estén muy cotizados, no quiere decir que los venda. Son míos. Míos y de nadie más. No hago cuadros para enriquecerme. Es una afición. Una de tantas, y no la comparto. Mi vecino Federico dice que soy raro, que no es normal que no venda mis cuadros que valen millones. Yo le digo que más anómalo es meterse cubitos por el culo en pleno invierno. Él se enfada y deja de hablarme durante un par de semanas, y yo, lejos de preocuparme por ello, aprovecho y encuentro nuevas aficiones. Como la de recoger perritos abandonados por la calle.

PERRITOS

Mira, Federico, le dije un día a mi vecino, no pienso darte dos pepinos grandes, ni un poco de sal, que sé cómo eres y cómo las gastas; además, no soy tonto, y sé que la sal es para despistarme. Y le cerré la puerta en las narices. Desde entonces no me habla, pero no me importa, pues gracias a él he encontrado otra afición. Cuando me siento solo, salgo a la calle y recojo un perrito abandonado. Me da igual la raza. Conque quiera venir conmigo, me basta. Yo no lo obligo. ¿Que por qué esta nueva afición? Pues para ver cómo roen los huesos que han servido para el caldo de oca (que previamente ha sido dada por culo, rellenada y dorada lentamente en el horno) y que por supuesto, no he tirado, sino que he guardado en la nevera después de su cocción, ya que nunca se sabe qué nueva afición puede acontecer. Y es que es una delicia entrañable ver cómo roen y juguetean los perritos con el hueso antes de atragantarse con ellos. Ya se sabe que estos huesos no son los más adecuados para que los coman los perros, pero ellos parecen no saberlo. Mucha gente pensará que esto es una perversión. Nada más lejos. No. Antes de que les pase algo malo por estas incívicas calles de Dios, yo los recojo, los acaricio y les doy algo que comer. Para perversión, la de mi vecino Federico. Algún día acabará mal.

CONCLUSIÓN

Me levanto de la cama a las siete de la mañana. Me lavo la cara, las manos, y el glande después de orinar. Voy a la cocina y me preparo un buen tazón de tierra vegetal para desayunar. Desayuno en pijama si es invierno o desnudo si es verano. Después, me visto y me peino (con raya al lado) y salgo a la calle contento. Voy al parking donde tengo mi moto (dos calles más abajo). La arranco normalmente a la primera, y voy hacia la granja donde compro siempre las ocas. El dueño de la granja me saluda efusivamente (soy una mina para él). Pongo la oca dentro del ¿cofre? de la moto. La oca chilla: no comprende esa oscuridad, ni esa compresión. A la vuelta, antes de subir a casa con mi oca, compro el periódico en el quiosco del barrio. El quiosquero, en vez de coger el dinero que vale el periódico y callarse, me pregunta: ¿otra oca? Yo ni le respondo. Espero el cambio (si lo hubiera), doy media vuelta y voy directo a mi casa con la oca (que no para de moverse) en brazos y que es motivo goloso de algún perro callejero que no deja de mirarla y que a la menor oportunidad le hincaría el diente. Me apiado de él (del perro) y lo invito a casa. Al llegar, dejo a la oca en el suelo, y al momento se pone a correr. Cojo al perro para que no vaya tras la oca, y le acaricio suavemente la cabeza y el lomo. El perro, agradecido, me lame la mano cariñosamente y se calma. Mientras la oca corre aterrorizada por toda la casa, yo leo tranquilamente los anuncios clasificados del periódico junto a mi nuevo amigo canino, que me mira ufano y satisfecho. Tomo un aperitivo de tierra de Segovia mientras leo y subrayo los anuncios que me parecen interesantes, tipo: “alquilo pasapurés antiguo a persona decente”, o “pies de cerdo, vendería a persona inspirada”. A eso de las dos de la tarde, deshueso y relleno la oca como ya he explicado más arriba y la meto en el horno. Aparto los huesos y las vísceras para posteriores aficiones. De hecho, mientras la oca se tuesta en el horno, aprovecho y hago el caldo de oca (ver el apartado sopas) y comienzo a lanzar las vísceras contra el lienzo (ver apartado lienzos.) El perro observa estupefacto mis lanzamientos de casquería sobre un cojín de pluma de oca (ver apartado cojines) que yo mismo he hecho días atrás. Con mi obra de arte (perturbadora, precisa e inquietante, según los críticos) a medio terminar, cuelo el caldo para entresacar los huesos de oca y apago el horno. Los pongo en un plato y llamo al perro (ver apartado perritos). Viene moviendo la colita (si la tiene), me mira expectante reprimiendo un ladrido. Entretanto, yo mantengo el plato de huesos en mi mano y observo cómo va poniéndose cada vez más nervioso. Cuando el perrito dice guau o empieza a saltar intentando llegar hasta la pitanza, poso el plato en el suelo para que empiece a corroer los huesos. Durante unos segundos o minutos (depende del caso), observo detenidamente al perro que ni me hace caso mientras come. Hasta que: ¡oh!, se le atraviesa un hueso fino de oca en la garganta o en el cuello, y muere. El tiempo de agonía varía según el hueso y el lugar en donde se haya obstruido (de tres minutos a cuatro horas, por el momento). Meto al perro en una bolsa de basura perfumada. Bajo y lo tiro al container más cercano y vuelvo a subir a mi casa para terminar de preparar el caldo, y sacar la oca del horno. Después, culmino el cuadro lanzando las últimas vísceras. Si no tengo invitados, ceno solo en la cocina algo de tierra de pan llevar o de batán. Antes de irme a dormir, no siempre, aunque cada vez más, observo a través de la ventanilla del cuarto de baño y a oscuras a mi vecino Federico. Seguidamente, me voy a dormir y sueño con nuevas aficiones.