CRÓNICAS IRRESOLUTAS (II)

LIBÍDINE, LUBRICATA

Soy un jiracoleón hembra y me llamo Irresoluta. Lo de antes es una simple historia más de tantas que me pasan en la vida. Últimamente estoy receptiva y lo único que quiero es un buen jiracoleón que me colme de placer y de jiracoleoncitos. Os juro que me paso las noches arrastrándome por el páramo, pero no encuentro a ninguno y siempre vuelvo a casa más sola que la una, dejando tras de mí un hilo secretor de lujuria: la estela de amor que nadie sigue, el rastro de pasión para posibles amantes que nunca vienen...
Es por las noches que escribo cartas de amor que luego disperso ilusionada por las vastas marismas, con la intención de que alguno las lea. Mojo la pluma entre los labios de mi húmeda vagina y comienzo a escribir, con mi mejor letra, sobre las grandes hojas de higuera que voy recogiendo durante el día. Sé que os parecerá extraño, pero es nuestra manera: cuando los rayos del sol inciden en las hojas escritas con flujo jiracoleonil, se pueden leer poemas de amor en letras tornasoladas, que supuestamente ciegan el entendimiento y la razón de los jiracoleones machos. Cambian de color y enroscan su pegajosa lengua de casi un metro y enrollan la cola de casi dos, hasta que rozan su esfínter contraído por la pasión. En ese momento empiezan a buscar jiracoleonas en celo metidos en sus conchas helicoidales de caracol irisado, rodando y rebotando por las ciénagas que dominan nuestro hábitat. Normalmente encuentran a alguna dispuesta a todo, pero yo no sé qué es lo que hago mal, porque llevo cerca de tres años esperando con la lengua fuera, sobre mis pechos hinchados, al jiracoleón de mi vida... Y se dice pronto, pero tres años son tres años; más aún cuando, por causas que desconozco, yo estoy en celo todos los días del año, en vez de los cien que normalmente tenemos las jiracoleonas... No sé, supongo que llegará el día, no puede tardar, o al menos, eso espero. No voy a ser yo la que rompa las estadísticas, no nací para eso. Porque ahora que viene al caso, estoy harta de las estadísticas: ¿dónde estoy yo en ésos padrones, dónde? Si fuera fea, como mi amiga Fortuita, lo entendería; pero hasta ella ha tenido varios contactos con jiracoleones distintos, y ya tiene ocho retoños, más feos aún que ella, todo hay que decirlo, pero los tiene... Porque no vayan a pensar que lo único que quiero es sexo, chiquichiqui y ya está, no, quítenselo de la cabeza; lo que yo quiero es amor, cariño, ternura..., en definitiva, que me quieran... Y tener muchos hijos, muchos..., pero, ¿cómo?, si no encuentro a nadie para acoplarme, a nadie que me haga suya... Yo no sé cómo hace mi amiga Fortuita, que siendo como es, está como está...
No quiero engañar a nadie, pero la verdad, también necesito sexo. Sexo sin más. ¿Y, por qué no? ¿Qué tiene de malo?

(continuará...)

CRÓNICAS IRRESOLUTAS (I)

ESTRATEGIA

-Estaba sedienta –le comenté a la primera rana que me encontré en la ciénaga, como quien no quiere la cosa.

-¿Deseosa? –me preguntó aburrida sobre una pequeña roca musgosa, mirándome con sus dos ojos convexos.

-Sedienta de todo –encogí mi largo cuello de jirafa hasta ella.

-¿Qué anhelabas? –se interesó muy alegre dando un gran salto hacia otra roca más alta y mirándome a los ojos camaleónicos, más prominentes y abombados aún que los suyos.

-Agua y venganza –le respondí alzando otra vez el cuello para ponerme a su altura.

-Entiendo..., -bajó la mirada sin entender nada-. ¡Qué bonita concha tienes! -cambió de tema, de pronto, como si no le interesara lo que yo creía que era una buena y artificiosa conversación para atraer su atención.

-También ansiaba cariño, que me amaran un poco..., -reanudé el diálogo de nuevo, llevándolo hacia donde yo juzgaba conveniente.

-¿Sólo un poco? –se interesó la rana de nuevo.

-Aunque fuera un poquito... –le contesté mientras enrollaba poco a poco mi larga cola de lagarto.

-Estabas en celo.

-Estaba receptiva.

-Ávida de sexo...

-Y sobre todo harta.

-Pobre... -hizo ademán de pestañear, pero se dio cuenta de que no tenía pestañas y quedó perpleja.

-Tenía que trazar algún plan y me afané en ello -erguí el cuello.

-¿Y qué pensaste?

-Primero, bebería agua... -le dije, desliando mi larga cola de nuevo.

-Agua -repitió la rana insensata.

-Después, comería algo... -la miré fijamente con mis dos ojos locos.

-¿Algo? -se encogió.

-Y por la noche ya vería lo que haría... -disimulé con gran soltura.

-¡Qué cosas! -dijo la rana, totalmente ajena a mis planes.

-Encendí un cigarrillo porque... -dije con gran misterio.

-Porque... -se interesó, abriendo los ojos.

-¿...quién ha dicho que los jiracoleones no fumamos?

-¡Jijí! –rió, tapándose la boca con las ancas.

-Y, mira tú por dónde, los planes cambiaron.

-Es que no se puede hacer planes... –negó con la cabeza, y ya, totalmente inmersa en la conversación

-Y antes de encontrar agua para beber... –dejé en el aire.

-¿Sí? –me preguntó la rana muy interesada.

-...te encontré a ti –dije mirándola fijamente a los ojos.

-¡Anda! -me respondió feliz, ignorante de su inminente destino.

-Sí -continué-, mis planes se fueron al garete.

-¿Qué quiere decir garete? -me preguntó

-Encontré antes la comida que la bebida -le dije, sin contestar a su pregunta.

-¿Qué quiere decir garete? –insistió, saltando hacia otra roca más cerca de mí.

-Y entonces decidí cambiar mis planes, porque una no está para perder el tiempo –comenté, como si no hablara con ella.

-Sí, sí, pero, ¿qué quiere decir garete? -volvió a preguntarme muy nerviosa.

-Porque, que seas una rana, no quiere decir que vaya a dejar pasar la oportunidad...

-Soy sencilla... -me cortó.

-...y seguro que estás buenísima... -la corté yo y erguí mi largo cuello hasta la roca en donde ella se encontraba.

-... aunque no sepa qué quiere decir garete -dijo muy triste, hundiendo sus sobresalientes ojos.

-...enrollada en mi lengua... -seguí, mientras la desplegaba hacia ella.

-¿Qué quiere decir garete? -volvió a animarse.

-...que es más larga aún que la tuya -le dije y, justo después, en un abrir y cerrar de ojos, la rana hipnotizada, quedó atrapada en mi músculo más valioso.

-¡Uy, qué lengua más largaaagh...! -llegó a decir la pobre incauta.

-¡De-li-cio-sa! –dije, mientras el anuro, a modo de aperitivo, pues me gustan presas más grandes, se deslizaba por mi largo cuello de jirafa, más prolongado aún que mi lengua, antes de iniciar el oscuro y curvo viaje por el interior de mis entrañas espirales. Después, rompiendo todas las estadísticas, bebí agua del propio lago en donde habitaba mi tentempié, mi piscolabis, y fui a dormir la siesta, cobijada en mi concha de caracol gigante...

(continuará...)


EL CUENTO PERFECTO


Si escribo, tiendo lo que escribo y dejo que el aire decida lo demás, pensaba Strawberry en la cama. Normalmente, el aire altera todo lo que escribo, se dijo. Si escribiera aquel sueño, quizás el de otro; no, mejor el mío, aquel que tengo marcado en el recuerdo... Hacía ya algún tiempo que un sueño le rondaba por la cabeza y Strawberry quería escribirlo. Era un sueño de medusas que corrían por el marco de la puerta de su dormitorio. Si lo escribo, debiera sumergirlo en agua destilada, que siempre es mejor que el agua mineral, pues constantemente quedan restos, para que fuese un sueño verdadero y puro, para que se diluya la tinta en el pocillo de arcilla, pues lo haría de forma artesanal, con cariño, con cuidado, con el corazón, igual que el sueño en las lagunas de mi cerebro castigado; sí, si lo escribo, pensaba Strawberry todavía en la cama, sin la menor intención de levantarse y escribirlo. Debiera hacerlo... Si escrito estuviera el sueño, o sea, en un papel marcado, cogería el mechero para quemar las puntas del papel escrito. El sueño en llamas, pensó Strawberry. Las llamas serían pequeñas; serían llamitas... Y se juntarían. Poco a poco, las llamitas se juntarían e irían creciendo, mientras muevo los dedos; despego uno, después el otro, alternativamente, y jugaría a no quemarme mientras las medusas corren despavoridas hacia la nada… Si escribo el sueño, entierro lo escrito en un cajón con la esperanza de que no lo encuentre yo cuando consuma ese poco de tiempo que tenga para descubrirlo. Podré decir que era un cuento maravilloso. Era maravilloso, diría a mis amigos, pues unas medusas semitransparentes recorrían el marco de la puerta de mi habitación. Un cuento cuento, de los de verdad, creedme. Un cuento perfecto… El sueño, a cada instante, renace y muere. Nadie lo contempla. Sólo yo, pensaba. Y qué delicia verlo ir y venir borrándose, del modo en que a veces uno se esfuma con un cigarrillo en la boca, acodado en la barandilla de un balcón, el mío, pensó Strawberry, el de un quinto piso que es sétimo o séptimo, ya no sé, se dijo, o por qué no, mi sueño proyectado en un papel fotográfico, para que luego se rebele y se revele, si quiere, si yo quiero, siguió pensando. Yo decido, pensaba Strawberry mientras se daba media vuelta para seguir durmiendo, yo decido. ¿Añadiré algo más al sueño, lo adornaré, le pondré florituras o lo dejaré así, desnudo, tal como es, en su sencillez, con su verdad y su mentira, con los tentáculos de las medusas recorriendo el marco de la puerta? Yo decido.

Strawberry tendía unas hojas de papel escrito en las cuerdas del tendedero. Qué voy a hacer, le dijo a su vecino de al lado cuando éste le preguntó qué hacía tendiendo unas hojas de papel en el tendal; ¿no ve? le dijo, no ve que estoy tendiendo unas hojas de papel, pensó. Es muy sencillo, continuó, pues realmente lo hago para que el aire altere lo que hay escrito en estas hojas, ¿sabe una cosa?, siguió Strawberry justificándose ante su vecino, apoyando la barriga en el borde de la barandilla mientras tendía las hojas desde el sétimo o séptimo piso, todo lo que escribo lo tiendo y en este caso era más necesario que nunca. ¿Que porqué? Pues porque hacía ya algún tiempo que quería escribir un cuento sobre un sueño que tuve hace ya muchos años y que nunca he podido quitarme de la cabeza. Un sueño sobre medusas y anémonas… Bueno, si quiere que le diga la verdad, seguía hablando Strawberry a su vecino, no había anémonas, sólo medusas que recorrían el marco de la puerta de mi habitación pero, fíjese usted que, aún sin querer hacerlo, resulta que al final he adornado un poco el cuento sobre mi sueño de medusas que recorren el marco de la puerta de mi habitación y he incluido alguna que otra anémona compañera que, ahora que me doy cuenta, son totalmente innecesarias. Por eso cuelgo las hojas en las cuerdas, para que el viento se lleve lo innecesario. No me mire con esa cara. Le sorprendería la de cosas que se lleva el aire. En este caso, quizás se lleve a las anémonas. Y a los peces abisales. Porque también he incluido unos cuantos peces de los fondos marinos, ¿sabe usted? No. No sabe, claro. No puede saberlo. Le hablo, decía Strawberry a su asombrado vecino, de cosas muy personales que a usted ni le van ni le vienen, pero le recuerdo que fue usted quien me preguntó. ¿Qué me diría usted si le dijera que otra de las cosas que hago con mis escritos es sumergirlos en agua destilada? Lo hago muchas veces. Lleno un pocillo de agua y sumerjo los papeles escritos. Es muy emocionante. Sólo queda lo que realmente importa; lo mismo que hace el viento, lo hace el agua. A veces, sabe usted, me pregunto si vale la pena escribir, no sé si me entiende… Cuando hay que ser drástico, acudo al fuego. Empecé ya de pequeño, pues me gustaba mucho hacer mapas antiguos con indicaciones tortuosas para llegar a un tesoro escondido, casi siempre por los piratas. Quemaba los bordes de la hoja con el mechero de mi padre y pasaba la llamita por debajo, haciendo círculos rápidos para que el papel se oscureciera y tomara el color típico de los pergaminos. Con el tiempo, fíjese usted, me di cuenta de que el fuego también borraba lo innecesario, lo superfluo, las tonterías, digamos, para que usted me entienda, decía Strawberry a su vecino mientras seguía tendiendo hojas en las cuerdas. Si yo, por ejemplo, siguió, cogiera estas hojas y las quemara, quién sabe lo que el azar quemaría y lo que no. Figúrese que desapareciera lo concerniente a las medusas que recorren el marco de la puerta de mi habitación, sí, hombre, las medusas de mi sueño, las que hay escritas en lo que estoy colgando. Pues eso, imagine que quedaran sólo las florituras, las anémonas y los peces abisales. Muchas veces, el fuego se equivoca, créame. Quién sabe si lo mejor es esconder lo que escribo en un cajón hasta que se me olvide que lo tengo escondido allí y, entonces, pueda decir a mis amigos que escribí un cuento maravilloso, perfecto. En este caso, podría decir que era un cuento sobre unas medusas que recorrían el marco de la puerta de mi habitación y que es una pena que no puedan leerlo, porque era un cuento muy, muy bonito y muy bien escrito, porque en el momento de escribirlo estaba muy, muy inspirado. ¿No cree que sería lo mejor, dígame, no lo cree…? También es posible proyectar un sueño en papel fotográfico, ¿sabe? No crea que no lo haya hecho con este, el de las medusas, pero es que me quedó muy simple, muy así, ¿sabe?, como muy pobre, con solamente unas medusas recorriendo el marco de la puerta de mi habitación, sin anémonas ni peces abisales, y uno a veces es pomposo, como usted sabrá… Es curioso, pensó Strawberry cuando estaba tendiendo la última hoja de su cuento sobre medusas que recorrían el marco de la puerta de su habitación, que esté hablando solo, como si hubiera un vecino aquí al lado que me escucha, es curioso, pensó; mucho... Bueno, ya está, terminé, dijo al colgar la última hoja sobre el tendal. Seguro que queda un cuento perfecto, pensó.

AHORA YA ESTÁ CLARO

La muerte es el futuro de todos; por eso sé que has venido desde el futuro, porque en la muerte el tiempo pasa mucho más rápido que cuando estamos vivos, por el simple hecho de que allí, donde quiera que estés, no existen las horas. Has venido a rescatarme del infierno en que me encuentro desde que ya no estás a mi lado. Porque tú no quieres verme así, como un animal enjaulado entre cuatro paredes, lloroso, sucio, obsceno.

Ahora, cuando el sol de verano empieza a dejar rincones sombríos a lo largo de toda la casa, justo cuando parecía que te habías ido para siempre y la vida se me escurría de los dedos colándose por el fregadero como agua sucia, vuelves junto a mí para llevarme. No quieres aparecerte sólo en sueños, porque desde que ya no estás, todas las noches he estado junto a ti aunque fuera en sueños. Pero un día vi mi nombre escrito en los cristales empañados de la ventana y supe que habías sido tú.

Yo creo que ya habías venido otras veces, pero no me daba cuenta. Me sobresaltaba de aquel modo tan extraño, cuando dormitaba en el sofá en las tardes solitarias hecho un ovillo, con un temblor leve y un sudor frío empapándome todo el cuerpo. Entonces, miraba a través de los cristales de la ventana entreabierta, por donde entraba una fresca brisa marina, que me embriagaba con su aroma salado y traía consigo, muy a lo lejos, los dóciles punteos del lamento de tu muerte. Me percataba de que el sol decía adiós, coloreando de tonos violetas y anaranjados las nubes rezagadas del horizonte que se alzaban en el cielo, poco antes azulísimo. No te veía, pero sospechaba que habías estado a mi lado…

Me calzaba perezosamente los zapatos olvidados en el suelo desde no sabía cuándo, y observaba primero el salón y luego el resto de la casa. Todo estaba intacto, tal y como quedó aquella fría noche de invierno camino del hospital. Los platos seguían sucios sobre la mesa, las gotas del grifo repiqueteando perennes sobre el fregadero de acero inoxidable, una vela colocada en medio del mantel se había consumido hacía ya mucho tiempo, al igual que mi (tu) vida. Y aunque la habitación mostrara un clima apagado, frío y vacío, la imagen de nuestra última noche juntos seguía aún muy viva. (Igual que cuando mi padre destrozó aquel tren de vapor que tanto me gustaba porque decía que yo ya era demasiado mayor para jugar con esas cosas. Y aun así, seguía viéndolo como nuevo en mi cabeza, deleitándome con sus movimientos en círculo sobre la vía, el traqueteo de sus vagones y aquel humo imaginario de un color tan negro como el azabache.)

Podía aspirar todavía el olor de la colonia que llevabas puesta aquella noche. Miraba hacia el sofá de terciopelo marrón que había situado junto a la ventana y te recordaba allí, durmiendo junto al calor del fuego de la chimenea, con un libro abierto de par en par encima de tu pecho, esperando a que yo volviese y te despertara, revolviendo tu pelo y diciéndote cosas al oído para que tú me besaras y me obligases a quedarme toda la noche a tu lado, a la espera del nacimiento de un nuevo día.

Pero aunque me costaba admitirlo, ya no estabas. Te habías ido... lejos, muy lejos. Pero no partiste como partía el sol en aquellas tardes, triste y solitario. No, porque a la mañana siguiente él volvería risueño para darme un poco de calor mientras que tú… Tú te habías marchado para no volver jamás. A un lugar de donde aún nadie ha podido volver.

Si hubiera sabido que habías estado buscándome mientras yo dormía el resto de mis noches, junto a una parte vacía de la cama que nadie jamás volvería a poder llenar, hubiera salido a la arena de la playa en busca de tus pisadas; hubiera recogido las cenizas de las hogueras que había junto al mar, para averiguar si tu habías encendido la llama; hubiera bebido del agua del mar para saber si te habías bañado en sus aguas; hubiera recogido todas las caracolas para intentar oír tu voz; hubiera examinado cada roca por si había sido acariciada por tus manos, para saber si habías sido tú quien había pasado la noche al raso, dándole gracias a las estrellas por aquellos días que pasamos juntos y preguntarle al sol si había tocado con su luz naranja a la persona que convirtió, con su embaucadora media sonrisa, el infierno en mi propio paraíso.

Y te recordaba tumbado en el sofá... O cuando atrasaba la hora de los relojes para que no te marcharas a trabajar y tenerte así unos minutos más a mi lado. O aquella vez en que me besaste sin decir nada... Aquella tarde en la calle, cuando empezó a llover de forma huracanada y nada más llegar a casa cogiste una toalla y me secaste el pelo. O aquellas veces que nos quedábamos tirados en el césped mirando el sol, sin pensar. O cuando me dijiste que tú nunca te enterabas de nada hasta que no te lo decían claramente, y entonces yo te dije que te quería y tú me dijiste: “vale, ahora ya está claro...” Como la vez en que te descubrí llorando y se me partió el corazón. O cuando me hice un corte muy feo en la cara y le pedí al médico que te dejara entrar a la habitación para que me soplases en la herida. ¿Y aquella noche, de pie, junto a la orilla del mar, cuando me mentiste diciendo que estarías toda la vida a mi lado? No ha sido así. Ya no estás a mi lado. Ya no estás. Te fuiste.

Recordar me hacía sentir bien. Recordar aquello que fue y no volvería a ser jamás...

Pero has venido a rescatarme. El sol acaba de marcharse y ha dejado a una bandada de gaviotas volando en picado tras él, pero no logran alcanzarlo. La habitación ha quedado sumida en la más profunda oscuridad, y en el más absoluto y frío silencio, sólo roto por el sonido del devenir y el retroceso de las olas del mar. Has venido justo cuando empezaba a afrontar que no volvería a sentirte rodeándome con tus brazos, como tampoco sentiría el roce de tus dulces labios sobre mi piel salada, ni escucharía ninguna de tus risas, ni volvería a sentirme vivo nunca más.

Has venido por mí. Te he visto golpear las ventanas. Yo pensaba que no era cierto y me acurrucaba todavía más en el sofá. Pero cuando he oído que pronunciabas mi nombre y he abierto los ojos, te he visto rascando los cristales... Has vuelto, pues tras noches en las que nada queda, ni siquiera el eco del viento en el cristal de la ventana congelada, has arañado mi corazón para despertarme de la noche eterna en la que me encontraba; después de tantos días de papel vacío en los que, como un ciego, leía páginas no escritas; has vuelto para que huyamos lejos.

Vienes para rescatarme. ¿Huiremos del frío y del aliento escarchado, del prematuro desengaño y los derrumbes? Voy contigo... Huimos lejos, muy lejos, al otro lado.

Es una intimidad precaria la nuestra, pues algunos hombres desnudos salen de entre la niebla olvidada para acariciar nuestro cabello y alisar los flecos de nuestra ropa raída. No estamos solos, pero, curiosamente, no hay nadie más aquí. Estamos solos tú y yo.

Yo siempre quise ser un niño muerto para que pudieran contarme metáforas gastadas, hablarme de fantasmas que se desvanecen, de cenizas y huesos, de las voces que nadie escucha, de sucias pupilas, de los ojos redondos de calavera, de sombras tenaces, de la nada instantánea, de las gaviotas golpeadas en la ventana.

Tú eres un muerto muy singular; ya nadie, y yo menos, recuerda desde cuándo. Somos olvidados de pelo oscuro, y hemos perdido la vida en una batalla secreta, que solo nosotros sabemos. Hemos quedado tendidos en una suave pendiente del laberinto oscuro. Nada se ha atrevido a tocar nuestra carne muerta. Nos hemos fundido lentamente en la tierra. Nuestros cuerpos resisten la podredumbre y nadie entiende el macabro portento. Los años van diluyéndose sobre nuestra piel reseca y permanecemos adheridos al paisaje como otra fría pared gris.

Recostados en el suave declive, nos observamos en silencio y señalamos nuestro sueño de cuero viejo; admiramos nuestra tenacidad y anhelo de pervivir en la muerte. Hay otros hombres desnudos; la mayoría de ellos sólo se sientan a nuestro lado, en silencio, o nos hablan sobre sus sueños y pesadillas. Es curioso que haya otros hombres si estamos solos. Algunos pocos nos acunan y nos humedecen con sus lágrimas que resbalan por la suave piel de nuestro vientre de pergamino, hasta llegar al escondido ombligo, para caer, y perderse en el áspero y negro pelo de nuestro sexo herrumbroso. En el centro del laberinto, nuestras manos plácidas yacen extendidas, y entre los dedos crece la hierba y persistimos.

Doy un trago y te miro: dime, ¿por qué hemos vivido? Tú no me respondes. Silenciosa y terrorífica respuesta. Ni tan solo una huella borrada…

Derrotados, nos miramos de nuevo y nos alejamos. Ni siquiera nos decimos adiós, pues mutuamente nos recordamos otro tiempo, y nuestras palabras sólo son palabras, palabras deshaciéndose, desaparecidas, ya, en el fracaso. Y no lloramos... En la muerte, nos vamos distanciando. Caminamos por pasillos diferentes y ya ni siquiera oigo tus pasos. Cada vez más lejos el uno del otro. ¿Acaso me has traído junto a ti para una nueva despedida? Un día lluvioso, no cualquiera, cansado de buscar y no encontrarte, avanzo entre la niebla.

Intento volver a casa para que vuelvas a rescatarme, pero es inútil; ya estoy en el lugar donde el tiempo no existe, en el futuro de todos. Bajo la lluvia, como lo hacen los enamorados, miro a través de la ventana de lo que fue nuestra casa y me encuentro únicamente para afirmar, con grotesca elegancia, el terror de mi propio cadáver sobre el sofá.

VORÁGINE

Sólo lo que se esconde es profundo y es verdadero. De ahí la fuerza de los sentimientos viles. Es excéntrico decirlo, pero no encuentro una diferencia clara entre escribir, vivir y morir. Es lo mismo. Quizás no tenga valor lo que digo, pues la forma esencial de abordarlo no necesita del menor talento. Aún después de haber matado al niño Leocadio, a veces, me visita su espíritu por las noches... Oigo como sus uñas arañan el cristal de mi ventana. Me sonríe. Cric, cric, cric, suenan sus uñas en el cristal. Creo que todos los espíritus están dotados de deficiencias inconfesables.

-¿Doce añitos dices que tienes?

-Todavía, no, pero casi.

-¡Que ricura de niño!

-¿Jugamos?

Hacía años que me daba cuenta y no me importaba, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si el idiota era quien lo expone. Pero el idiota no soy yo, era Leocadio y por eso lo cuento. En realidad, no es grave cerrarse en banda, aunque te pone completamente aparte, y aún teniendo cosas buenas es evidente que a ratos existe una especie de nostalgia, un deseo de cruzar hacia el otro lado. Y se cruza, vaya si se cruza... Lo triste es que todo va mal cuando uno es idiota, y el niño Leocadio lo era. Ser imbécil te deslumbra y te ciega. Vas dándote contra los quicios de las puertas, hasta que un día, la herida es tan grande que no puedes poner remedio. Las soluciones huyen mientras uno coge violetas, ajeno a todo. Coges el frasquito y te olvidas de todo.

-Toma, huele.

-¿Qué es?

-Huele muy bien, ya verás.

-¿A margaritas?

-No, a violetas; las margaritas no huelen.

El niño Leocadio, a pesar de que para mí tenía nombre de loco, no lo era. Más bien era idiota, como ya he dicho. Tengo que hacer esto y lo otro, decía, mientras las margaritas lo sepultaban. Se dejaba llevar por él mismo, aunque no estaba del todo desligado: tenía un sentimiento de no estar del todo bien, lo que lo ponía de nuevo al pie del cañón. Era idiota, pero no tonto. Era como un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños con un adulto a cuestas, de manera que cuando el niño Leocadio llegaba a ser, en unos de esos momentos de justicia existencial, un adulto, ocurría que a su vez llevaba consigo al niño, y como sabemos, una coexistencia pacífica de dos mundos, con sus tonos lilas y naranjas, es imposible.

-¿Así huelen las violetas?

-Así.

-No me gusta, me marean.

-Qué le vamos a hacer. Anda, huele un poquito más.

Lo podríamos entender metafóricamente, pero no hace falta pensarlo más: es lo mismo que decir que un poeta es un criminal; o lo mismo que cuando decimos que fulano no tiene talento, sólo estilo. Pero justamente ese estilo particular es lo que no se puede inventar, pues es con lo que se nace. Es una gracia heredada, el privilegio que tienen algunos de hacer sentir su pulsación orgánica: es algo más que el talento, es su esencia. Es un bombeo, una comba de sentimientos ensalzados. El niño Leocadio y yo, quien sabe si no somos la misma persona. He decidido no detestar más a nadie desde que he observado que termino siempre por parecerme a mi último enemigo. Y el niño Leocadio y yo, no lo voy a negar, nos parecemos (creo que conocí al pequeño Leocadio el mismo día que creí conocerme a mí. Por eso tuve que matarlo). El infante (Leocadio) no sólo se comía mis quesos franceses, sino que también me produjo arritmias en el corazón y en la memoria. Tras unos años de supuesta complementación provechosa, un día me di cuenta de que el niño Leocadio era un completo idiota. Intenté deshacerme de él cordialmente. Vete antes de que sea tarde, le decía. Pero, nada: todo lo bueno que podía hacer venía de mi indolencia, de mi incapacidad de pasar a la acción, de llevar a cabo mis proyectos y designios. Mi voluntad de dar lo máximo (¿hay algo mejor que ofrecer la muerte?), era lo que llevaba al impúber Leocadio a los excesos y a los desajustes. Yo no quería herir sus sentimientos, pues quizás eran los míos. Pero no tuve otra opción. Tuve que darle un poco de lejía... Es que la vi allí, tan sugerente, encima de la lavadora. Una botella blanca que, como en el cuento de Alicia, decía (no lo decía): bébeme.

-Toma, Leocadio, bebe, lo necesitas.

-¿Está rico?

-Está muy rico.

-Vale.

Tuve que darle un vaso de lejía para que el corazón le quedara blanco y no se le rompiera. Toma, Leocadio, lo necesitas, le dije. La bebió de un trago y desde entonces viene a visitarme todas las noches: cric, cric, cric, suenan sus uñas en el cristal de la ventana de mi habitación. ¿Qué quiere? No lo sé, pero yo lo siento como algo divertido. Y no es que intente justificarme por haber matado al niño Leocadio, pero muchas veces pienso si Leocadio (el idiota, él, ¿yo mismo?) no soy yo por querer quemar el corazón del niño que todos llevamos dentro.

-Me encuentro mal.

-Claro, claro.

Cuando viene a visitarme (cric, cric, cric), nunca abro la ventana. Sólo me acerco a ella y observo al pequeño Leocadio; cómo sonríe suspendido en la oscuridad vacía de la noche. Se parece tanto a mí que me toco y acaricio mientras me doy asco de mí mismo... Al cabo de un rato deja de rasgar el cristal con las uñas y deja de sonreír. Me señala y me dice no con el dedo. No, me dice. No, ¿qué?, pienso yo. Y dejo de tocarme... Yo hago un gesto diferente cada noche; un gesto de no saber qué es lo que quiere que no haga, pero él desaparece alejándose hacia no sé dónde y yo vuelvo a la cama para llorar, mientras oigo al vecino de al lado masturbándose con los movimientos sincopados, cada vez más rápidos, de su mano lubrificada de su propia saliva viral.

-¿Leocadio?

-...

-Leocadio, no vuelvas más.

Leocadio deja de ultrajarme a medida que se acerca el alba y sólo me redimo en el momento en que él desaparece. De vuelta a ese mundo que es éste me siento presa de un orgullo pueril y me abandono al espanto. Creo que no hay un eje central. Soy disperso, qué le voy a hacer. Cojo un libro de Rimbaud y salgo para comprar el pan. Mi vecino sale a la misma hora y esperamos el ascensor. Buenos días, me dice. Buenas tardes, le contesto. ¿Perdón?, se extraña. Te perdono, le digo. Cuando llega el ascensor y mi vecino abre la puerta, le digo que mejor bajo andando, no sin antes observar su mano... Él se encoge de hombros y yo aprieto con odio el libro de Rimbaud contra mi pecho y comienzo a bajar las escaleras cantando el abecedario, hasta el último escalón que es la letra ka.

-¡...hache, í, jota, ka!

Paso el día como si estuviera en el paraíso. Ni me acuerdo del niño Leocadio. Me noto bien apegado al mundo, aunque creyéndome que no formo parte de él. Me siento como el alce caucasicus, ya extinto. Un mínimo de conciencia me hace infeliz y vuelvo a casa. Al llegar me doy cuenta que he perdido mi libro de Rimbaud y de que no he comprado el pan del día. Angustiado, vuelvo a la cama. Leocadio vuelve a mí: cric, cric, cric...

-He perdido mi libro de Rimbaud.

-(Cric, cric, cric...)

-Y no tengo pan.

Pienso que si la muerte es tan horrible como pretende hacerme creer el pequeño Leocadio, ¿cómo es posible que al cabo de cierto tiempo crea feliz a cualquiera (amigo o enemigo) que haya dejado de vivir?

-¡Vete, vete!

-(Cric, cric, cric...)

-¡No quiero verte más!

Mañana pasearé por todos los sitios en los que estuve hoy. Quiero encontrar mi libro de Rimbaud. Y comprar pan.

Mi vecino es un imbécil. También tendré que matarlo.

-(Cric, cric, cric...)