LAS EXQUISITECES DE GUILLERMINA

-¡Buenas tardes! -tintinean las campanillas que cuelgan desde el techo al chocar con la elegante puerta de noble madera que ha abierto Alfonso. Ese buenas tardes, ufano y sincero, quizás un poco infantil por la manera de decirlo un hombre de casi cuarenta años, parece ir dirigido a un fantasma, pues no hay nadie que responda a ese  saludo alegre que, merecidamente, espera una respuesta. Da unos pasos, en apariencia inciertos,  y las campanillas vuelven a sonar al cerrarse la puerta, como si fueran ellas las que corresponden cortésmente a Alfonso, y las que instan, a la vez, a que quien sea salga de donde quiera que esté. No hay clientes, aunque Alfonso ha tenido la sensación de que unos cuantos bombones corrían por el suelo para esconderse. Y es que está nervioso, aunque se alegra de que no haya nadie más, porque así se siente más libre y más seguro de sí mismo, más él. Debemos saber que Alfonso viene casi cada día. Algo extraño lo empuja a ello. También debemos saber que no hay nada más extraño que el amor, o sí, pero Alfonso hace tiempo que está falto de él, por muy extraño y necesario que sea.
-Mon cher Fofó -sonríe Guillermina, asombrada, como si hiciera años que no lo ve, y no hay una razón para ello, pues ayer mismo lo vio, mientras sale de la trastienda quedándose detrás del mostrador como una Venus de Milo. Sublime y exquisita, igual que los bombones que ella misma hace y vende, aunque más que vender, parece que los ofreciera sin pedir nada a cambio, pues, como ella dice: qué vulgar es el dinero, ¿no es mucho mejor ver cómo se deleitan mis clientes con los dulces que hago con tanto cariño, sin pedir nada a cambio? Pas du tout, ça c´est un cadeaux pour vous, oh là là!, pas d´argent, ma cherie, ha dicho tantas veces. Y lo curioso del caso, si es que pudiera haberlo, y de hecho, podemos adelantar que lo hay, es que después de escuchar estas amables palabras de Guillermina, el beneficiario y agraciado cliente no ha vuelto nunca más por la confitería... Que la finura y la distinción de Guillermina son notables a los ojos y sentido común de toda la gente del pueblo está fuera de toda duda. Que su comportamiento hacia los demás es intachable, también. Su buen gusto al vestir,  la exquisitez de sus movimientos, la voz suave y aterciopelada que regala al hablar y que impide interrumpirla, por el simple hecho de seguir escuchándola, o el no haberla visto jamás junto a gente dudosa, son sólo una ínfima parte de las virtudes que la están ayudando a convertirse en la mujer, sino más deseada, sí en la más respetada de toda la gente bien que la conoce, que es mucha. Y es Alfonso quien más la venera y admira, de todos es sabido. Piensa que no hay otra mujer como ella y podemos decir que, de hecho, no la hay.
-Alfonso, Guillermina, Alfonso... -la mira, extasiado, porque por si queda alguna duda, desde el primer día que la vio ya no se la pudo quitar de la cabeza  este buen hombre. Y es que el extraño candor y la turbadora sencillez de Guillermina, lejos de pasar inadvertidos como un soplo de pureza, llamaron la atención de nuestro Alfonso desde que ella llegó al pueblo de no se sabe dónde y, por supuesto, a su vida. Pero todo esto no quita que a él no le guste que lo llamen Fofó. Aunque a ella, a Guillermina, quizás le otorgue esta exclusiva deferencia, pues no es igual cuando lo dice ella que cuando lo dice otra persona. Pero, ¿no es lo mismo, no debería serlo? Lo es, pero él no lo sabe; sólo nosotros y la excepcional Guillermina, si ése es su nombre.
-Toujours Fofó, y no hay nada más que hablar –resuelve ella, señalándolo con el dedo.
-Guillermina… –dice Alfonso. Y ya no tiene nada más que hablar. Se crea un silencio que en un principio podría parecer molesto, pero no lo es en absoluto, al menos para Alfonso, que considera esta elipsis como una muestra de cariño.
-Il est trop tard, mon chouchou, je dois fermer –dice Guillermina, rompiendo el encanto que ella misma ha creado. Y, llegado a este punto, estamos en la obligación de explicar que  Guillermina no es francesa ni belga, ni de cualquier otro país donde se hable francés. Simplemente, adopta este idioma como una segunda lengua, pues ella cree que le confiere esa politesse francesa que tanto admira y que, sin lugar a dudas, posee, lo crean o no. Sepan que se le adhiere misteriosamente de forma natural. Cómo lo aprendió nadie sabe, aunque señalaremos que también posee otras muchas y extraordinarias cualidades, que poco a poco, iremos descubriendo.
-Yo te ayudo, Guillermina, y después te acompaño a casa –le propone Alfonso esperanzado, pues su amada le ha dicho mon chouchou y, aunque no sepa muy bien qué es lo que quiere decir,  se imagina que debe significar algo bueno, porque ¿qué maldad puede salir de la boca de Guillermina?
-Pas du tout, ¡pas du tout!, ¿qué diría la gente? –se alarma ella, aparentemente molesta.
-¿Qué importa la gente? –se atreve a protestar nuestro ingenuo Alfonso.
-No está bien, y tú lo sabes -le recrimina Guillermina con una risita que, en otra, podría parecer maliciosa y, de hecho, lo es también en ella, pero, ¿cómo consigue Guillermina tamizar sus gestos, e incluso, sus intenciones, ofreciendo así una ingenuidad falta de toda doble intención y, cómo no, a prueba de cualquier posible duda respecto a su honesta y decorosa vida?
-Claro, Guillermina, perdóname. No  sé  cómo  he podido pensar... -y piensa: ¿qué tiene de malo que la acompañe a su casa?, mientras cree volver a ver a cuatro o cinco bombones correr por la pared de la confitería hasta esconderse detrás de una de las vitrinas…
-Et voilà! -dice ella, ofreciéndole un bombón con la punta de los dedos-. Es mi nueva creación, mon chouchou –sonríe, mientras que Alfonso quita la mirada que tenía fija en la vitrina.

Unos días después...

-Hoy va a ser un gran día -se dice Guillermina a sí misma frente al espejo, mientras se pellizca las mejillas para darles color. Colorete, nunca, piensa-. Soy una hija de puta -sonríe, mirándose a los ojos. Esos ojos angelicales, incrédulos, cuando alguien le pregunta por el secreto de sus exquisitos bombones, y ella responde aleteando las pestañas: je ne peux pas le dire, mon cherie, ça c´est un secret-. Espero que hoy no venga el pesado de Alfonso. Me cago en su puta madre. ¿Por qué narices se ha tenido que fijar en mí? Lo único que quiero es estar tranquila, que me dejen en paz. Guillermina, Guillermina, contrólate, que estás a punto de salir -se reprocha ladeando la cabeza y mirándose con los ojos entornados en el espejo-. Con lo bien que había empezado el día y me he tenido que acordar de él. ¡Lucero, ven! -llama a su perro, mientras sale del baño-. La madre que lo parió, que parece que se lo imagina. ¡Lucero, fiiiu, fiiiu, que vengas, coño!  -se sienta en el sofá del comedor y piensa que quizás no sea un buen día, como en un principio había pensado, mientras Lucero se acerca, receloso…
Antes de salir de casa, Guillermina abre la puerta de par en par.
-Que me vea todo el mundo -se dice, y se persigna piadosamente-. En el nombre del padre, del hijo y de la puta que lo parió -musita,  bajando levemente la cabeza-. Amén... me pica el coño... Voy a tener que lavarle la lengua con lejía a Lucero-. Y empieza a andar con la elegancia que la caracteriza hacia "Chez Guillerminne: douces et bonbons"-. Cualquier día me pega algo, y qué le digo yo al ginecólogo. Guillermina, la virtuosa, con chancro. ¿Los perros trasmiten chancro? No sé, pero me puede contagiar cualquier otra cosa… ¿Qué pasa? Sonríe, Guillermina, sonríe, que estás en Babia –recapacita, y comienza a andar aristocráticamente, hasta que alguien la para.
-Buenos días - le desea una conocida al cruzarse con ella-. ¿Por qué evito mirarla? –se pregunta la misma.
-Vaya con Dios (y a ver si es verdad y te mueres pronto, perra, que hace por lo menos un mes que no vienes a comprarme ni un maldito bombón, que por eso ni me miras, por vergüenza, pero me da igual, algún día vendrás y verás) -sonríe Guillermina tímidamente, y sigue andando como una gacela hacia su destino. (Un día de estos, Lucero me muerde el coño, que lo noto raro... ni se le ocurra, que de la patada que le doy, lo despanzurro. Zurro… Pan… Mierda de día… La gente es más fácil de controlar. Los perros tienen ese sexto sentido… ¿Y yo también? Debería… O no, porque soy humana. Mana el humo... ¡Coño, desvarío! Tengo que controlarme, que siempre tengo el coño en la boca. Lalalá, oh là là… Cuando llegue esta noche a casa, le pego al puto perro. Le chien, le chien, le chien… mort. Uy, va a llover... Ya está bien, Guillermina, que desvarías. Que sí, que no, que caiga un chaparrón… y os ahogue a todos, hijos de puta... Perro muerto. A Alfonso el primero, por pesado, que es un cabrón. Oh, mon dieu, le chien est mort… Pero si lo mato, ¿quién me come el coño? Vaya… Me compro otro…porque puedo… otro perro… va a llover. Mira ésa… Me odia. ¿La saludo? Que se joda, yo la saludo). Alarica, ma cherie, cuánto tiempo (perra… La perra Alarica).
-Hola, Guillermina, ¿cómo estás? (supongo que divina, como siempre).
-Tres bien, merci (mírame, mira qué cuerpo tengo, foca). ¿Y tú? Te veo muy bien (bien gorda es lo que te veo. Alarica, vaya nombre).
-No creas. Si yo te contara… (¿se lo cuento? No debería…)
-C´est grave? (me vuelve a picar el coño).
-Ay, Guillermina… (no voy a llorar delante de ella).
-Ah, non! Je ne veux pas écouter aucun problème. Es que soy muy sensible y todo me afecta, mi amor (aparte de que me importa un comino lo que te pueda pasar). Otro día me cuentas, cariño, que ahora tengo mucha prisa (so mema), y tengo que abrir la tienda (le pego, esta noche le pego a Lucero. Y ésta me da igual, que se suicide si quiere y, sino… ¡Uy, me ha caído una gota en el vestido de seda salvaje!)
-Claro, otro día te cuento. Yo también tengo mucha prisa y mira cómo está el cielo (mejor así, que no tengo ganas de contarle nada a ésta, tan fina ella).
-Hasta otra, querida (cerdita. Esa nube…)
-Adiós, Guillermina (qué suerte tienen algunas. Sin marido y sin niños que le amarguen la existencia. No sé si volver a casa, ¿qué hago?)
-Adiós, adiós, y cuídate (la puta ésta me ha entretenido y me va a caer un chaparrón encima que te cagas. Pero, ¿adónde va por ahí, si antes venía por el otro lado? Que haga lo que quiera. Me da igual. Es una infeliz… Desliz… Perdiz… Tamiz… Se me va a mojar el vestido… Y los zapatos, carísimos.  ¿Y si me voy a casa? No tengo por qué abrir la confitería, si no quiero. Para eso soy la dueña… Total, los días de lluvia viene poca gente. Me tomo el día libre. Pues sí, me lo tomo. Voy a casa y despachurro a Lucero de una patada en los huevos, que me tiene harta… Ya no me come el coño como antes… Voy a la tienda y pongo una nota. ¿Cerrado por asuntos personales? ¿Cerrado por defunción? ¿Y quién se me puede haber muerto? ¿Cerrado por…? ¿Por…? ¿Por? ¿Porompompón? No pongo ninguna nota. Que se jodan… No tengo por qué ponerla… Doy la vuelta y me voy a casa. Sí. Es lo mejor… Mierda, está lloviendo más. Corre, Guillermina, corre… La pluie…No te vayas a caer, Guillermina… Oh là là, me vuelvo loca del todo… La pluie, la pluie…). Guillermina corre como un cervatillo bajo la lluvia por las estrechas callejuelas. La gente la mira maravillada. No hay nadie en el mundo que corra como ella. La extrema gracilidad de Guillermina cautiva a quien la mira. Rebosa feminidad en la ligereza de sus pasos, que parece que no tocara el suelo, sino que volara ayudada por la hermosa esbeltez  de su cuerpo, embutida en el distinguido vestido de seda salvaje que ella lleva como la gran mujer que todo el mundo piensa que es. Es una maravilla verla correr con ese porte, ese aire de gacela desamparada y seductora. Y así, mientras medio pueblo queda extasiado ante la presencia alada de Guillermina bajo la lluvia que, dicho sea de paso,  cada vez corre más rápido por la amenaza de tormenta, ella llega a su casa justo en el momento en que el primer gran trueno resuena, determinante, en el cielo, y el perro Lucero se cobija bajo la gran cómoda victoriana que domina la habitación de su ama.
-¡Lucero...! ¡Lucero, ven! (maldito seas). Ven, que me tienes hasta el coño –ordena Guillermina bajando la voz, no vayan a oírla los vecinos, mientras escruta con la mirada a su alrededor, y Lucero, que no esperaba volver a ver a su dueña hasta el anochecer, no puede reprimir el orinarse, pues si ya estaba asustado por la tormenta, sólo le faltaba esto. Y, lo que son las cosas, la inocente evacuación del pobre perro es lo primero que ve Guillermina al entrar en su habitación, y no vamos a entrar en la cuestión, interesante, pero no imprescindible, sobre la causalidad; pues el humor irreprimible del animal se ha extendido, traicionero, bajo la cómoda, señalándolo como culpable-. ¡Mira lo que has hecho! –grita Guillermina, hecha una furia, al descubrir el charquito en el suelo-. ¡De la patada que te voy a dar, te va a quedar el culo como la bandera de Japón!
-¡Guau! –intenta escapar Lucero.

Unos días después...

Alfonso creía  ver a unos cuantos bombones corretear por la oscuridad. Estaba nervioso. Por primera vez se encontraba en casa de Guillermina. Sentía un malestar extraño, pero ni se le pasaba por la cabeza que era por los bombones que amablemente le había ofrecido ella que, por cierto, se sentía plenamente dueña de la situación. ¿Qué situación...?
-Mon chouchou, sólo te queda un bombón, ¿no lo comes?, venga, cómetelo, un último esfuerzo -Guillermina acerca la bandeja de plata donde quedaba el último de los dulces que laboriosamente había preparado pensando exclusivamente en Alfonso, y que él, finalmente, se llevó a la boca-. ¿Qué te han parecido? –le pregunta, mientras que Alfonso observa asombrado cómo de la cabeza de Guillermina sobresalen unas gigantescas antenas.
-Te brillan los ojos, Guillermina.
-Estás cansado. Ven, Fofó (idiota).
-¿Dónde me llevas? (estoy en tus manos, mi amor)-. Alfonso ve cómo Guillermina se transforma-. ¿Qué es lo que corre por las paredes? ¿Dónde me llevas?
-Calla, calla Fofó. Lo que ves, es lo que ves. Nada más. Túmbate aquí… ¿ves qué bien? (ya está, ya está).
-No, en la cama no, Guillermina -¿qué es lo que hay sobre la cama? ¿Qué es lo que se mueve bajo la colcha?-. ¿Qué es eso, Guillermina? ¿Qué hay ahí?
-Rien, mon chouchou. C´est rien.
-¿Qué eres?
-Je suis ce que tu veux, mon chouchou.
-Eres igual que Delia.
-¿Delia?
-Como en el cuento de Cortázar…
-No. Yo soy de otro cuento.
-Por favor, cásate conmigo.
-Tranquilas, tranquilas, que hay para todas.
-Guillermina...
-Voilá! Voici la verité! –dice Guillermina, mientras levanta la colcha que cubre la cama.

"IN UTERO"

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Mientras que yo daba a luz a mi niño, a mi vecina le quitaban la matriz: no podía imaginar que nunca vería a mi hijo, que ella me lo robaría: yo sé que ella supo, en ese mismo instante, mientras las dos quedábamos vacías, que mi niño sería suyo, que me lo robaría: y así fue: igual que una serpiente sustrae los huevos de los nidos: fue entonces cuando empecé a perder la cordura, a desvariar, a decir cosas raras, a perderme: quizás sea tarde para hablar de ello, pero también es temprano para acostarse, para dudar, para abandonar la cama fría y abrir las ventanas: siempre es temprano o demasiado tarde para hacer algo: después de todo, no hay más que escucharme, deplorando la fertilidad de las mujeres, envenenándome las ideas durante toda una vida, hablando míseramente, cerrando los labios alrededor de las palabras, como vacilando antes de dejarlas escapar: donde estoy, el silencio es, a veces, tan intenso, tan espeso, que tengo la sensación de atravesarlo: siento las vidas que existen en mí y que se están perdiendo: es una de mis fantasías: en cada persona existen muchas vidas: están, digamos, en nuestro interior, serpenteando sobre hileras de metal, brillantes, como vías de ferrocarril: si vamos por una de ellas, hacia un incierto destino, podemos ver las otras paralelas, en las que también podíamos habernos embarcado si hubiéramos tenido la fuerza necesaria para hacer el cambio, para deslizarnos quizás hacia otro destino distinto, igualmente incierto: es la manera que tengo de decir que estoy sola y que, cuando alzo la vista para encontrar la noche, la encuentro reunida en mi hombro: me cuesta un gran esfuerzo acomodar los músculos del rostro para ofrecer una sonrisa: por eso, estoy siempre seria: ¿debería estar feliz por algo?: es curioso; los demás temen mirarme a la cara por temor a aprender algo: por eso estoy sola: todo se me ha ido, incluso mis fracasos, y el tiempo, la ilusión, la noche, la histeria, mi hijo: hay tal silencio aquí, por la noche, que parece que mi cuerpo esté amputado: tanto silencio que, cuando duermo, despierto y medito entre las botellas de los fetos en conserva: y pienso que es mejor estar sola, y que no quiero ver a nadie: luego, después de largas horas en el oscuro silencio, amanece, y veo cómo las nubes se atreven a salir como enormes piernas separadas y lánguidas después de un orgasmo: eso me crea un gran desconsuelo: puesto que la vida es la única fuerza de donde podemos sacar la tragedia de nosotros, he decidido entregarme a ella totalmente, que es lo mismo que esperar la muerte: lo importante no es lo que uno piensa, ni siquiera lo que uno hace: lo importante es lo que uno es: sobre todo, es notable el silencio: puedo sentarme tranquila para observar el desfile: la nieve subiendo hacia el cielo, las flores que brotan entre los dedos de mis pies, una música lejana, el fluir del tiempo; todo ello junto: mi locura: los prados humeantes, las tostadas quemándose entre los hierros, los lagos helados, los bordes rígidos, o sea, mi locura: nada sucede, pero existe una poderosa sensación de que algo ha sucedido o que va a suceder: el cartero entrega una carta muy esperada a quien la espera, las cortinas se corren por el simple hecho de que alguien ha pensado que deberían correrse, suena la melodía que tienes en mente: casualidades: corro por los inmensos corredores como una convicta: pienso en el hijo que nunca tuve: que tuve y me robaron: grito como un ganso desangrado: siento cómo mis entrañas se disuelven y resbalan por mis rodillas: la alfombra, roja: lloro igual que un niño: mi hijo: mi locura: me abraso por dentro: ¿estoy llorando?: sí: por eso pediré una jarra de agua helada: frío: silencio: no oigo nada: ni áspero ni decisivo como lija, hacha o cuchillo: no oigo nada: el silencio: ¿y las risas?